Duelo apresurado

Se asombra de lo que ahora sabe que sabe: alguien ha muerto, y se acaba de dar cuenta;

ella ha muerto;

y aunque fuera profundamente imperfecta, siente como si le faltara un brazo;

siente como si se hubiera dejado veinte años en el cubo de la basura;

siente como si las cosas que ha vivido fueran un garabato en la esquina de un papel;

siente como si todavía no hubiera aprendido el alfabeto de la vida;

siente que

¡No, no puede ser! -siente ganas de gritar.

Quien ella era había muerto hacía ya tiempo.

Ha ido arrastrando tras de sí un cadáver, una sombra granulada,

el dorso de una carta en blanco, una imagen pixelada.

Una imagen sin resolución,

un dilema sin resolución.

Y que si mira atrás, se transformará en sal, vendrá la lluvia y se la llevará

por las alcantarillas, y luego, al mar,

donde no será ya nada, ni siquiera una gota;

nada, ni siquiera un río que hizo su propio cauce.

Sabe que algo sigue vivo; ella, lo que los demás llaman “ella”

respira, se mueve, se levanta cada día, aún dispone de energía

para vivir varias décadas más, e incluso, hacerlo con cierta felicidad.

Pero ese algo, ¿de verdad soy yo? ¿O alguien que ha usurpado mi cuerpo?

Pero, espera: este cuerpo ¿es el mismo que antes había?

¿Y si ha muerto también? ¿Y si ha mudado de piel

lo que antes en él vivía

y ahora -como ya hemos dicho- se ha ido y ha muerto?

Se mira un momento en el espejo: ya no es una niña,

pero tampoco se siente la mujer que todos dicen que es.

Su edad se le figura un signo sin significado, un denominador arbitrario

sin objeto que denominar.

¡Qué mundo más absurdo!, exclama.

Pero es verdad.

Su viejo mal ya no está, y no se lo espera.

Porque descansaba sobre cierta fuerza de voluntad, y ésta tampoco está.

Ahora ella -la que queda, la nueva- está cansada. Muy cansada

para agarrarse a la urente enfermedad,

la que le quemaba la vida, pero le daba, a cambio, seguridad, identidad.

Su vieja sed de aventura sigue ahí, pero su margen para soñar

se ha estrechado, la ahoga, es sólo

un recuerdo;

(sonríe levemente al reparar en que el recuerdo está, además,

brutalmente idealizado; no todo fue bueno, ¡ay, no! ¿Volverías a hacerlo? Qué va. ¿Te arrepientes de algo? ¡Pues claro!)

Ahora siente una mayor facilidad

para mandarlo todo a paseo y elegir, a cambio, la banal, la cotidiana, la poco llamativa

normalidad.

Se fueron, pues, sus cuitas, arrastrando consigo sueños incumplidos, páginas de diario, recuerdos nítidos y confusos, deseos que jamás se hicieron realidad junto con otros que, por desgracia, sí.

Se fueron, llevándose también, por cierto, con las palabras de tantos personajes de libros caducos que lamentaban el final de la mejor parte.

Bien, el certificado de muerte ya está listo, ¿y ahora?

¡Urge hacer el duelo, y luego el sepelio!

Antes de que el cadáver se convierta en peste

e infecte a los demás.

Pero ¡un momento!

Quedan unas células pequeñas, rosadas

como un botón de flor que haya mutado en perenne.

En ellas está el ADN

de la muchacha que avanzaba paseando su mirada

por la calle, leyéndola,

viendo historias, absorbiendo los sueños

propios y de los demás;

de aquella que intuía, en el fondo

que iba a vivir por siempre, por siempre jamás.

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12 comentarios

Archivado bajo Poemas

12 Respuestas a “Duelo apresurado

  1. Lo he leído todo, ¿eh?. De cabo a rabo. Si fuera posible que alguien nos devuelva a la vida…, yo me apunto. Fue un placer pasar; como siempre. ¡Un feliz día, Leire!

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  2. Menudo comentario le he puesto a Deimos y Phobos creyendo que era un artículo tuyo. ¡Jajajajja!

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  3. … y mañana será un nuevo día, haya ADN o no.

    Le gusta a 1 persona

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