Archivo mensual: diciembre 2016

‘Rey de picas, una novela de suspense’, de Joyce Carol Oates

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Joyce Carol Oates escribe muy bien, magníficamente bien, eso está fuera de toda duda. Sus obras podrán gustar más o menos -en realidad, la mayoría son bastante desasosegantes y es posible que nos veamos impelidos a abandonar su lectura en algún momento-, pero esta autora puede elegir cualquier tema, cualquier anécdota, por banal o trillada que parezca (de hecho, esto es algo que ella ha llevado a la práctica en muchas ocasiones; ¿o alguien puede decir que en los relatos de Infiel, por ejemplo, se narraba algo verdaderamente original?), y dará probablemente igual, porque cautivará al lector sensible de inmediato. Un buen ejemplo de ese arte o magia lo tenemos en Rey de Picas, que viene a contar una historia que seguramente ha sido contada miles, si no cientos de miles de veces, o quizá incluso más: el descenso de un hombre a los infiernos, como un ciego pastoreado por un lazarillo también ciego, su propia mente ofuscada.

Leer la reseña completa en http://www.librosyliteratura.es/rey-de-picas-una-novela-de-suspense-de-joyce-carol-oates.html

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Tiempo

Tiene todo el tiempo del mundo y puede marcharse cuando quiera.

Tiene todo el tiempo

que le queda, y todavía más.

Tiene el tiempo del resto de su vida y los restos de las de otros que las desaprovecharon.

Cose los retales y se hace un vestido que le durará hasta que se muera,

se mete los segundos desperdiciados en los bolsillos,

horas muertas por otros haciendo nada, haciendo trivialidades,

haciendo cosas que ellos creían muy importantes en aquel momento.

Vanidad, vanidad, todo es vanidad,

y ellos no lo saben.

Es ajena al eco tronante de voces coléricas, rabiosas, concentradas, encerradas en un tiempo y una vida estrechos, limitados, ciegos, abocados

al fracaso existencial.

Toma para sí, gentilmente, las vidas de los muertos en vida, que no las quisieron;

alza las manos, mostrando las palmas, mirándolos fijamente; a ellos, tan airados;

a ellos, tan indignados; a ellos, los de las lenguas sarcásticas;

quiere preguntarles ¿de verdad creéis que nada de esto importa?,

pero sabe que jamás lo van a entender.

Porque sus vidas están a punto de agotarse, están ya agotadas, y ellos aún no lo saben.

Si les revelara la verdad -“estáis muertos”-, no podrían creer sus palabras;

si les abriera los ojos -“porque no habéis conocido la merced”-, le responderían con risas

que sólo pretenderían ocultar el sonido de sus lágrimas incrédulas.

Ella tiene tiempo, en realidad no tiene otra cosa.

Todo el tiempo que quiera para existir.

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Why are all Christmas tales sad?

“Why are all Christmas tales sad?”, that was the question I randomly read on that printed page. It was a link to some other piece, so I couldn’t read it. But I quickly made up a theory of my own.

One day, about 2,000 years ago, the most precious gift was sent to humankind, in the shape of a baby boy. This baby grew up to be the most exceptional form of existence that has ever been known or will ever be; a portentous giant of kindness, love, faith, humanity, nobility, selflessness, and empathy. It matters little to nothing whether you believe that he was God incarnate, or not (I believe He is). What matters is what people did with this gift that had been given to them.

We all know what they did. They took this shining diamond and they muddied it, kicked it, cracked it and shattered it. Yes, they took this man and they mocked him, humiliated him, beat him, tortured him and finally gave him an agonic, horrendous death for everyone to witness.

He knew this well enough before he came to us. He knew that he was coming to a world full of brutish, arrogant, stupid, violent, egotistic people who wouldn’t know kindness, truth, beauty and purity if they hit them with a sandbag in the face.

Christmas is a happysad time for this reason. Because we are celebrating the birth and the very existence of kindness, truth, beauty and purity, but we also know that they have no chance to thrive in a world that has not changed one bit. We are laughing and dancing because God loves us and has given us a testament of his undying, immense love; but our laughter is hiding the tears from the pain of watching all of that die, crushed by the world. We know that that pain will ensue and that it echoes the same pain that dwells in our heart: that there is no hope for the world to save itself; that if we are to be saved, it will only be because God will forgive us, not because we know any better. The stories written by authors of all times echo this feeling. Those authors, or the people who formed those tales, knew, on perhaps some unconscious level, that Christmas is the reminder of our great failure as a race: our inability to see, and to embrace love.

Come the progress that may -humans producing humans in laboratories, DNA sequences being read and rewritten to perfect the races, men living for centuries-, it is all in vain, and men will be no more than empty shells, biological dolls doomed with self-conscience unless and until they are able to know love. Love for one another, love for all that is good and beautiful, unconditional love for themselves and their kin. Without love, human life is devoid of meaning. Without embracing love and becoming love, humans will always remain the naked monkey trying to make sense of an intrincate, yet simple mystery.

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Finally finding someone

Whom you get to know so well,

And become so close to,

That you are tempted to call them your best friend,

Perhaps even your soul sister.

Someone whose next move you can predict,

whose next thought and feeling you can foresee

Almost as if they were the fruits of your own heart.

Someone whose life reflects yours to the most minute detail,

someone whose face and look tell the tale of a spirit

So free and untameable as yours has always been and will always be.

Someone whom you see every day in a rendezvous

that becomes one of your shining lights and star,.

A moment to hope for and to hold on to so dearly

when life is a stormy black cloud that throws your boat against the rocks.

The friend, oh such close friend

that is always there for you and is all you want and all you wish to be

And suddenly you remember

that it’s only a character in a book

and will never be more real

Than the shreds of the most blissful dream

that escape your grip when you reluctantly wake up.

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Destino

¿Cuántas gotas de lluvia y tardes lluviosas?

¿Cuántas hojas caídas y cuántas retornadas a las ramas?

¿Cuántos petirrojos recién nacidos, cuántos que recién aprendían a volar?

¿Cuántos ordenados pasos de las manecillas del reloj?

¿Cuántos encuentros, cuántos encontronazos?

¿Cuántas modulaciones de la voz, con o sin intención consciente y manifiesta?

¿Cuántas páginas sobre cuya piel quedó impresa la huella de mis dedos?

¿Cuántas horas arrostradas en terrible soledad, y cuántas en que yo misma rechacé toda compañía por amor a esa misma soledad?

¿Cuántas lecciones desaprovechadas, cuántas recordadas, cuántas por fin aprendidas?

¿Cuánta banalidad, y cuánto tiempo por ella robado?

¿Cuántos locos sueños irrealizados, cuánta cordura adquirida a cambio de sacrificar algunos de ellos?

¿Cuánto tiempo empleado en el trabajo más honorable: la supervivencia pura?

¿Cómo se han venido a armar todos ellos sobre esta plantilla que yo no veo, conspirando, acoplándose de alguna manera, con algún sentido, sólo para que ahora, en este momento, yo pueda colocar aquí este interrogante?

Y la búsqueda sigue…

¿Algún día lo sabré?

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Duelo apresurado

Se asombra de lo que ahora sabe que sabe: alguien ha muerto, y se acaba de dar cuenta;

ella ha muerto;

y aunque fuera profundamente imperfecta, siente como si le faltara un brazo;

siente como si se hubiera dejado veinte años en el cubo de la basura;

siente como si las cosas que ha vivido fueran un garabato en la esquina de un papel;

siente como si todavía no hubiera aprendido el alfabeto de la vida;

siente que

¡No, no puede ser! -siente ganas de gritar.

Quien ella era había muerto hacía ya tiempo.

Ha ido arrastrando tras de sí un cadáver, una sombra granulada,

el dorso de una carta en blanco, una imagen pixelada.

Una imagen sin resolución,

un dilema sin resolución.

Y que si mira atrás, se transformará en sal, vendrá la lluvia y se la llevará

por las alcantarillas, y luego, al mar,

donde no será ya nada, ni siquiera una gota;

nada, ni siquiera un río que hizo su propio cauce.

Sabe que algo sigue vivo; ella, lo que los demás llaman “ella”

respira, se mueve, se levanta cada día, aún dispone de energía

para vivir varias décadas más, e incluso, hacerlo con cierta felicidad.

Pero ese algo, ¿de verdad soy yo? ¿O alguien que ha usurpado mi cuerpo?

Pero, espera: este cuerpo ¿es el mismo que antes había?

¿Y si ha muerto también? ¿Y si ha mudado de piel

lo que antes en él vivía

y ahora -como ya hemos dicho- se ha ido y ha muerto?

Se mira un momento en el espejo: ya no es una niña,

pero tampoco se siente la mujer que todos dicen que es.

Su edad se le figura un signo sin significado, un denominador arbitrario

sin objeto que denominar.

¡Qué mundo más absurdo!, exclama.

Pero es verdad.

Su viejo mal ya no está, y no se lo espera.

Porque descansaba sobre cierta fuerza de voluntad, y ésta tampoco está.

Ahora ella -la que queda, la nueva- está cansada. Muy cansada

para agarrarse a la urente enfermedad,

la que le quemaba la vida, pero le daba, a cambio, seguridad, identidad.

Su vieja sed de aventura sigue ahí, pero su margen para soñar

se ha estrechado, la ahoga, es sólo

un recuerdo;

(sonríe levemente al reparar en que el recuerdo está, además,

brutalmente idealizado; no todo fue bueno, ¡ay, no! ¿Volverías a hacerlo? Qué va. ¿Te arrepientes de algo? ¡Pues claro!)

Ahora siente una mayor facilidad

para mandarlo todo a paseo y elegir, a cambio, la banal, la cotidiana, la poco llamativa

normalidad.

Se fueron, pues, sus cuitas, arrastrando consigo sueños incumplidos, páginas de diario, recuerdos nítidos y confusos, deseos que jamás se hicieron realidad junto con otros que, por desgracia, sí.

Se fueron, llevándose también, por cierto, con las palabras de tantos personajes de libros caducos que lamentaban el final de la mejor parte.

Bien, el certificado de muerte ya está listo, ¿y ahora?

¡Urge hacer el duelo, y luego el sepelio!

Antes de que el cadáver se convierta en peste

e infecte a los demás.

Pero ¡un momento!

Quedan unas células pequeñas, rosadas

como un botón de flor que haya mutado en perenne.

En ellas está el ADN

de la muchacha que avanzaba paseando su mirada

por la calle, leyéndola,

viendo historias, absorbiendo los sueños

propios y de los demás;

de aquella que intuía, en el fondo

que iba a vivir por siempre, por siempre jamás.

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‘Tabú’, de Ferdinand von Schirach

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Sí, el de “Crímenes”.

Una novela para los que gustan de dar mil vueltas a razones que son una sinrazón; de hacerse preguntas que jamás, ni ellos ni nadie, van a poder contestar: ¿Qué es el arte? ¿Qué es la belleza? ¿Qué es la realidad, y qué, la verdad? ¿Y si la verdad resulta no gustarnos? ¿Qué es la culpa?

Leed esta novela si buscáis respuestas, pero no esperéis encontrarlas aquí. O sí.

 

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