Una vida

Un día de verano nació un niño.

En brazos de su madre, brillaba más que el sol.

Pronto aprendió a sonreír, a sujetar la cabecita;

luego, a gatear a toda prisa y, más tarde, a caminar.

Todavía no tenía un año.

Colores, números y letras siguieron en rápida procesión,

sin que nadie, ni él, se dieran cuenta.

Primer día en el colegio; la maestra le dice a la madre:

“Es un niño especial”.

No tardaron mucho en darse cuenta todos, cada uno a su manera; también él.

Tras miles de días de libros y de tardes a solas, hablando con trasgos y con dioses, por fin

salió de allí.

Siguió aprendiendo, con otras gentes, en otras ciudades.

Hizo algún amigo; pocos. Tuvo novias; muchas.

Se convirtió en admirado orador, carismático y con una luz propia

que todo el mundo veía.

Todos querían tocar los bordes de su ropa; pero él levantaba alambradas que sólo unos pocos podían cruzar.

Y todos y todas lo sabían: “Es un chico especial”.

Cuando estaba fuera, entre ellos, los imitaba; se fundía con ellos; los engañaba pareciendo a sus ojos uno más.

Trepó por el mundo de apariencias que ellos habían construido, guardándose para sí que se reía de tanta farsa; llegó adonde quiso; su mente era prodigiosa.

En cada viaje que emprendía ponía la esperanza -un poco más mermada, cada vez- de encontrar, ahora sí, su tierra de promisión.

Pero nunca sucedió.

Tan sólo habitaciones de hotel en las que se encerraba, y saboreaba el efímero placer

de no ser, por unos momentos, nadie; de no ser conocido por nadie; de hurtarse a las miradas de todos.

Ahora era libre; estaba allí donde nadie podía encontrarlo.

Al quedarse a solas, tras cerrar la puerta, por mucha compañía que hubiera tenido,

oía el eco, siempre el eco.

Miraba dentro de sí; veía un agujero negro que todo lo devoraba, que sólo irradiaba

un eco, siempre un eco.

No podía contarle a nadie que veía el mundo en millones de colores;

no podía explicar el huracán de sentimientos que le arrasaba el alma

cada día que pasaba entre ellos;

que cada día que pisaba el mundo

le dolía igual que si pisara cristales rotos

que perforaban todo su cuerpo de los pies a la cabeza.

Amaba a la humanidad, pero los hombres le resultaban odiosos;

se amaba a sí mismo, pero cuando se miraba en el espejo, veía a un extraño

que, dolorosamente, le recordaba un fracaso que su memoria no podía evocar.

 

Echar las cortinas; olvidar; huir por unos momentos.

Cuando salía, parecía lo que todos creían que era: un triunfador.

Un día, cansado de todo, volvió al pequeño lugar donde había nacido.

Lo reconocieron de inmediato, lo abrazaron, lo agasajaron.

Al día siguiente, un día de verano, en su vieja habitación

¡ya basta!

en íntimo holocausto, su mano rasgó por última vez

el espacio vacío.

En otro lugar, nacía un niño:

un niño especial.

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