Archivo mensual: noviembre 2016

Mensaje del futuro

Querida niña:

Vengo del futuro para enseñarte a lavar

con mi lejía especial

tu mente presente,

esa mente hiperactuada y que se cree omnisciente

pasada de revoluciones y forzada a tope.

Con mi lejía del amor sacaré todas tus manchas,

borraré el odio que te tienes

(porque te lo han inculcado),

el terror del desconocimiento

(porque no tiene sentido),

la tristeza de tu soledad

(porque ella es tu amiga y de ella aprenderás).

Vengo no para decirte que no te espera nada temible,

porque sí es así,

sino para asegurarte que no hay nada que temer.

Aunque ahora no lo creas,

has nacido para caminar en el agua,

entre llamas

por entre lenguas de tierra abierta

y sobrevivir a todo ello y a más.

Vengo a entregarte estas cenizas que tú un día me habrás dado a mí:

son el recuerdo de tu paso por todo lo que llegará y pasará,

todo lo que te marcará, todas las pruebas que superarás.

Vengo a reconfortarte y que no sientas pena, ni congoja, ni soledad,

porque yo he visto el final de la peli, y todo acaba bien.

Una cosa que nadie te ha dicho y que ahora no te vas a creer:

la heroína de la película eres tú.

Y así, aunque muchas veces te veas en peligro y quieras que te salven,

tú solita te aprenderás a salvar, y aun ayudarás a otros

aunque ni tú ni ellos lo sepáis jamás.

Y correrás peligros, y caerás en trampas, te perseguirán los malos,

pero así tiene que ser, y de todo ello bien librada saldrás.

Yo, porque vengo del futuro más allá, he visto el final;

ahora las cosas están mal, y luego lo volverán a estar,

pero si siguen estando mal, es que todavía no está la peli por terminar.

Así que siéntate y ten paciencia, todo se andará.

El guionista te ha escrito unas escenas que son dinamita pura.

Déjales que se rían: es que no entienden de qué va.

Déjales que rabien: son puros comparsas.

Quizá sólo necesitan esconder su vergüenza o su indignidad.

Ni te acerques a ellos; déjalos marchar.

Mientras pasan los anuncios, una solución para ahora te voy a enseñar:

ven, acércate, vamos las dos a lavar

a quitar estas manchas de rímel aguado con mi lejía especial.

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Una vida

Un día de verano nació un niño.

En brazos de su madre, brillaba más que el sol.

Pronto aprendió a sonreír, a sujetar la cabecita;

luego, a gatear a toda prisa y, más tarde, a caminar.

Todavía no tenía un año.

Colores, números y letras siguieron en rápida procesión,

sin que nadie, ni él, se dieran cuenta.

Primer día en el colegio; la maestra le dice a la madre:

“Es un niño especial”.

No tardaron mucho en darse cuenta todos, cada uno a su manera; también él.

Tras miles de días de libros y de tardes a solas, hablando con trasgos y con dioses, por fin

salió de allí.

Siguió aprendiendo, con otras gentes, en otras ciudades.

Hizo algún amigo; pocos. Tuvo novias; muchas.

Se convirtió en admirado orador, carismático y con una luz propia

que todo el mundo veía.

Todos querían tocar los bordes de su ropa; pero él levantaba alambradas que sólo unos pocos podían cruzar.

Y todos y todas lo sabían: “Es un chico especial”.

Cuando estaba fuera, entre ellos, los imitaba; se fundía con ellos; los engañaba pareciendo a sus ojos uno más.

Trepó por el mundo de apariencias que ellos habían construido, guardándose para sí que se reía de tanta farsa; llegó adonde quiso; su mente era prodigiosa.

En cada viaje que emprendía ponía la esperanza -un poco más mermada, cada vez- de encontrar, ahora sí, su tierra de promisión.

Pero nunca sucedió.

Tan sólo habitaciones de hotel en las que se encerraba, y saboreaba el efímero placer

de no ser, por unos momentos, nadie; de no ser conocido por nadie; de hurtarse a las miradas de todos.

Ahora era libre; estaba allí donde nadie podía encontrarlo.

Al quedarse a solas, tras cerrar la puerta, por mucha compañía que hubiera tenido,

oía el eco, siempre el eco.

Miraba dentro de sí; veía un agujero negro que todo lo devoraba, que sólo irradiaba

un eco, siempre un eco.

No podía contarle a nadie que veía el mundo en millones de colores;

no podía explicar el huracán de sentimientos que le arrasaba el alma

cada día que pasaba entre ellos;

que cada día que pisaba el mundo

le dolía igual que si pisara cristales rotos

que perforaban todo su cuerpo de los pies a la cabeza.

Amaba a la humanidad, pero los hombres le resultaban odiosos;

se amaba a sí mismo, pero cuando se miraba en el espejo, veía a un extraño

que, dolorosamente, le recordaba un fracaso que su memoria no podía evocar.

 

Echar las cortinas; olvidar; huir por unos momentos.

Cuando salía, parecía lo que todos creían que era: un triunfador.

Un día, cansado de todo, volvió al pequeño lugar donde había nacido.

Lo reconocieron de inmediato, lo abrazaron, lo agasajaron.

Al día siguiente, un día de verano, en su vieja habitación

¡ya basta!

en íntimo holocausto, su mano rasgó por última vez

el espacio vacío.

En otro lugar, nacía un niño:

un niño especial.

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‘Bajo los montes de Kolima’, de Lionel Davidson

bajo-los-montes-de-kolima

Tal vez, bajo mi punto de vista, Bajo los montes de Kolima no sea el mejor thriller que he leído, pero sí es una obra diferente, más compleja de lo que pueda parecer en una primera lectura. Cuidado con juzgarla habiendo leído sólo la mitad (casi caigo en ese error); este libro, como sucede con todos los buenos libros, es capaz de sorprender al lector, de metamorfosearse sibilinamente en otra cosa, de dar al traste con los prejuicios con los que todos vamos armados. No crea el lector que sabe más que el autor o que ya ha leído tantos libros que es capaz de predecir también éste.

Mi reseña: http://www.librosyliteratura.es/bajo-los-montes-de-kolima-de-lionel-davidson.html

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Portrait

Just give the portrait half a chance, you’ll be caught noticing

that glimpse of raw, elementary kindness,

the particle that ties you both together.

It is, quite simply, the portrait of someone

perhaps not of perfect composure, perhaps lacking in gravitas,

someone a bit too clever, a bit too cunning,

but basically kind.

Someone who could be someone’s eccentric uncle

who would spend his Sunday evening polishing his china ducks,

showing friends off around his ranch,

piggybacking the children who see him as the local big kid.

Someone’s eccentric uncle who will doze off at the end of the weekend

in his Louis XIV armchair,

his hairpiece a little displaced, giving him a young and silly look,

a Southern Maurice Minnifield in his Southern Riviera.

 

This was, in reality, the portrait of a gentleman.

But what happened, sir?

You give an angry face.

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