Y por fin he entendido tu significado,

por fin he aprendido tu inexplicable idioma sin enseñanza ni gramática.

Enterraré mi rostro en tu cabello mientras los metales del tiempo se bruñen en él:

oro, bronce, plata.

No querré otro espejo que el de tu mirada, donde siempre encontraré

el amor por mí que yo misma jamás tuve.

Adornaré tu nombre con brotes de flor de cerezo,

esa magnífica imagen de la maravillosa impermanencia,

la única palabra que no se deforma por más que en mi mente la repita

como un mantra

como un mantra.

Y jamás el tiempo arañará tu perfecta belleza, por más años que vivas,

ni cambiará mi amor por más cambios que en ti encuentre,

porque tú eres la magia que nunca envejece,

el maestro que me enseñó lo que es imposible de enseñar, ni puede en palabras ponerse.

 

 

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