Soltarse

En Operación Triunfo, los monitores de canto solían aconsejarles a los vocalistas sin pulir que soltasen el aire de tal o cual manera. Y uno de los principios básicos para conseguir relajarse es aflojar, o, lo que es lo mismo, soltar. Soltar músculos, desfruncir ceños, deshacer gestos que hacemos sin pensar. Cuando lo hacemos de forma consciente, nos damos cuenta de la tensión en la que estábamos. Y es que agarrarse crea tensión. Vivimos agarrados y agarrotados. También a cosas más etéreas: por ejemplo, nos agarramos a momentos, a etapas, a hábitos, a cosas aprendidas que repetimos durante largo tiempo. No sabemos si son lo óptimo a lo que podemos aspirar, pero, por si acaso, nos agarramos a ello porque nos da miedo el cambio.

Soltarse requiere de gran valor.

La infancia es el paraíso perdido, en parte, porque los niños no se aferran nunca. No saben hacerlo y, si les explicáramos en qué consiste y por qué lo hacemos, seguramente no lo entenderían. Les parecería absurdo, porque en realidad lo es.

¿Querer seguir siendo siempre lo que somos ahora, hacer lo que hacemos, mantenernos en esta etapa? ¿Por qué? ¿Querer agarrarse al tiempo, parar el reloj, que nada cambie?

Si los niños supieran lo que es aferrarse, quizá intentarían aferrarse a su infancia. No pasar de la guardería, no salir nunca del ciclo de eterno ocio basado en jugar, comer y dormir. Aprenderían, pero lo aprendido no les serviría de nada, sería un acto vacío de significado, carente de emoción, porque jamás podrían acumular más saberes sobre esos primeros saberes y habilidades básicos de la vida, ya que serían siempre niños. Jamás conocerían la felicidad y la satisfacción personal que dan la autonomía, el proceso de maduración,el uso de razón, el don de la conciencia. No sabrían lo que es equivocarse ni tampoco acertar. Ellos seguirían siempre en ese eterno mes de agosto de la infancia, no exenta de llantos y de miedo, pero carente de profundidad, porque jamás serían conscientes de sí mismos.

Cuando nos aferramos a una etapa de la vida, cuando dejamos que nos supere la pena por la despedida y la melancolía del cierre de algo, actuamos así, retrocediendo un poco a esa seguridad ficticia, queriendo ser niños otra vez.

Tememos encontrarnos con lo que hay al otro lado de esa puerta que ahora vamos a abrir y ese umbral que ahora nos disponemos a cruzar. Nos sentimos cómodos con esta vieja bata y las pantuflas de siempre, con las cien palabras que conocemos, con las cinco melodías que sabemos cantar. El cambio nos produce miedo y cansancio. En realidad, en el fondo del miedo al cambio que experimentamos en la vida repta, susurrante, el miedo a la muerte, que es el cambio supremo. Y una de las razones que me hacen creer que la muerte no es el final de la vida, sino el gran cambio, es precisamente que la vida invierte un montón de tiempo y esfuerzo en entrenarnos para ese momento. No se prepara a alguien a conciencia para nada, para algo que no existe. Un campeón olímpico no se dedica en cuerpo y alma a su disciplina para luego no participar en el campeonato.

Puede que el amable lector sea un sentimental, como yo, y que le cueste despedirse de situaciones, lugares, costumbres o personas que no sólo forman parte de nuestra vida, sino que participan en su dotación de sentido: la relación con aquellas cosas a las que estamos acostumbrados nos define; somos -o creemos ser- aquello que hacemos, somos la persona con la cual los que nos rodean se relacionan, aquélla que ellos ven; somos las rutinas que seguimos; somos los papeles que esas rutinas nos adjudican y nos hacen asumir como nuestra propia piel. Aunque, en el fondo, seamos más que eso o, dicho de otro modo, no seamos nada de eso sino en apariencia. Me recuerdo llorando al comprender que salían de mi vida, para no volver, personas, instituciones, modos de hacer las cosas, maneras de vivir; y, al mismo tiempo, pocos de esos cambios me trajeron situaciones peores que aquella que dejaba; y, cuando el cambio me trajo un estilo de vida que yo no deseaba y que no disfruté, comprendo ahora que era totalmente necesario para convertirme en quien yo iba a ser cuando aquel trance pasara.

La vida es un cambio constante, como todos aprendemos cuando vamos creciendo. Madurez no es amar el momento del cambio, sino aceptarlo como parte connatural de la vida.

A pesar de que nos haga llorar.

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2 comentarios

Archivado bajo vida real

2 Respuestas a “Soltarse

  1. Muy acertada reflexión, profunda y vital.
    Curioso que en la infancia nuestra respiración sea abdominal, habito qus vamos dejando con los años. De adultos hemos de reeducarnos en algo tan sencillo como respirar, física y emocionalmente.

    Abrazo

    Le gusta a 1 persona

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