El príncipe de Chernóbil

 

veinticincomilmetroscuadrados entre decenas de muros y tabiques: tu imperio.

En el fondo, muy abajo, un corazón de cristal que todavía milagrosamente late.

Imperio solitario, un planeta plutónico donde siempre es de noche, sobre todo últimamente.

Sin embargo, tu tiempo se mide en años humanos: ésa es tu fatalidad.

Imposible dar cabida a toda tu incomprendida genialidad, incontenible en tu propio cuerpo, en tu guarida

donde ahora ya no comes, ya no duermes, sólo creas, que es tu forma de vivir.

Príncipe de un imperio como una gota de aceite, que jamás dejó de expandirse

mientras tu amor necesariamente se contraía:

vuelto al derecho y al revés, agrietado por todos los lados, diezmado por todos los flancos.

El amor tuyo, el amor de cualquiera, ese artefacto tan poco artístico, tan poco genial, con el que no sabías qué hacer.

Juguete ajado, juguete poliédrico, caleidoscopio travieso, el único instrumento que no sabías tocar,

que se derramó en un riachuelo que nunca pudo fluir y se estancó

en una caja diminuta de madera de palisandro, parece que fue ayer.

Príncipe de un imperio hermoso pero desolado donde ya ni las aves respiran,

encerrado contra el mundo en tu asteroide gigantesco, tocando

la guitarra, tocando el piano, tocando el violín, tocando

tu última balada para tu imposible amada.

Príncipe de un imperio que, sin embargo, te ha sobrevivido y ahora te llora, pero

¿por cuánto tiempo?

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