De profesión, asustador

La de médico es una profesión maravillosa, quizá la profesión suprema si atendemos al valor moral y humano de las profesiones. Ayudar a los demás a restablecerse o, al menos, a que se sientan mejor y a paliar su sufrimiento es la tarea más hermosa que puedo imaginar. Si no fuera por el miedo y la aversión profundos que me inspiran la sangre, los hospitales y las intimidades materiales del cuerpo humano, me habría gustado dedicarme a la medicina y, de hecho, fue lo que respondí la primera vez que me preguntaron, siendo niña, qué quería ser de mayor.

Dicho esto, hay médicos y médicas que desprestigian a su gremio y suponen una deshonra para él, además de un peligro constante para los pacientes, es decir, los usuarios, o sea, los clientes, que, no lo olvidemos, ya sean médicos de la seguridad social o con consulta privada, son quienes les pagan sus estipendios.

Una simple muestra de ello la supone lo que le pasó el otro día a mi prima y sin embargo amiga Marta. Ella acudió con Daniel a la consulta del pediatra, sólo levemente alarmada por unas manchitas rosáceas que le habían aparecido al niño por todo el cuerpo. El pediatra titular no estaba, sino un sustituto, pero era un viernes y, habiendo pasado por la fatigosa experiencia de tener un niño enfermo en casa en fin de semana y tener que llevarlo a urgencias -horror de los horrores para cualquier padre o madre, como bien es sabido-, decidió curarse en salud y llevarlo a consulta, por si acaso. Además de las manchitas, Daniel acababa de pasar un aparatoso dolor de oídos con supuración. Todavía le salía pus en contadas ocasiones, pero el niño no se quejaba y parecía estar como de costumbre: alegre y contento.

Lo que sigue es la reproducción aproximada de lo que sucedió en la consulta del pediatra:

-A ver, dime.

-Pues que al niño le han salido manchitas rosas y además se rasca la cabeza y la oreja. Acaba de pasar una infección de oído.

-Vamos a ver… Pero, pero, pero… ¡joder, digo, cáspita, menuda otorrea! ¿Pero tú has visto esto, mujer?

-¿Cómo? Pero ¿qué tiene?

El pediatra coge un bastoncillo de algodón y lo introduce en el oído afectado. Luego mete el bastoncillo en su tubito y cierra éste.

-Pero, a ver, ¿no trajiste al niño a consulta por otitis? ¿Y no le has dado la amoxicilina?

-Pu… pues sí, pero como ya estaba mejor, dejé de dársela.

-¡Ah, claro! Pues por eso no se ha curado. El antibiótico hay que dárselo a-ra-ja-ta-bla, ¿entiendes? Porque claro, el pus en el oído, ya se sabe, del oído a la cabeza… hay un pasito, ¿me entiendes?

Marta ya estaba poniéndose blanca, ella misma notó cómo la sangre abandonaba la parte superior del cuerpo.

-A ver -siguió el pediatra, mirándola con el ceño fruncido-, quítale la ropa, le vamos a examinar.

Después del examen de todo el cuerpo y de los dos oídos, sin que Daniel dejara un momento de berrear pidiendo que se acabara aquel suplicio, y sin que el cuerpo entero de Marta dejara de temblar por un solo segundo, el médico volvió a sentarse y tecleó algo; luego volvió a mirar a Marta. Todo ello con el ceño muy, muy fruncido.

-Te voy a recetar otro antibiótico más fuerte. Se lo tienes que dar religiosamente, ¿estamos? El cultivo estará la semana que viene.

-Pero, a ver… ¿para qué es el cultivo? ¿Y por qué le han salido las manchitas?

-Bueno, pues el cultivo es para ver el bicho.

-Pe… pe… pero… ¿a qué te refieres con eso?

-A ver, mujer, basta ya, por favor. ¿De qué te sirve que te diga meningococo, neumococo, estafilococo, linfoma, leucemia… te sirve de algo? Se hacen las pruebas para estar seguros, para descartar.

“Para descartar, ¿qué coño?”, se pregunta Marta, a quien ya le tiembla hasta el pensamiento, pero no se atreve a decir nada; mejor no mentar la bicha, o el bicho. Pero ahora la consulta empieza a dar vueltas como si estuviera en un tiovivo. Mira a su hijo y piensa: pero ¿qué he hecho, Dios mío?

-Y… ¿y las manchitas?

.-Las manchitas, pues, es dudoso.

-Du… dudoso, pero ¿de qué?

-A ver, a ver, dudoso, ¿quieres que te dé un diagnóstico que no está claro? Te puedo decir que ha habido algún caso en que el niño tuvo que estar ingresado durante meses, que una niña se quedó ciega, que otro entró en coma… pero ¿te iba a servir eso de algo?

La angustia comenzó a ceder paso a la ira:

-Pero ¿me puede decir al menos si me tengo que preocupar también por eso, como si ya no tuviera bastante con preocuparme por lo del pus?

El médico, lejos de amedrentarse, se creció, pero, a regañadientes, se avino a contestar:

-¡A ver! ¡No son algo malo, si es a eso a lo que te refieres!

“Pues ¿a qué otra cosa me iba a referir?”, pensó Marta.

Cabizbaja, cogió la receta y al niño y se fue corriendo a la farmacia más cercana, para comprar un antibiótico y un cilicio con el cual flagelarse por poner en peligro a su hijo al no darle la anterior medicina tal como se la habían prescrito.

Afortunadamente, Daniel no tenía nada que no se curara con un poco de medicina administrada con el orden y el método de un fabricante alemán de coches. Pero Marta se me quejaba amarga e indignadamente (y, creo, con razón):

-Si detectan algo preocupante, ¿por qué no me lo dicen sin rodeos? Y si no es algo preocupante ¿por qué no me lo dicen claramente también? ¿A qué viene eso de mencionar parálisis, secuelas irreversibles, agonía y muerte, si es una posibilidad tan remota que no debería ni tenerse en cuenta? Parece que a algunos les gusta que sus pacientes se sientan mal. Todavía tuve que oír su último comentario:

-¡Pero tranquilízate, mujer! ¡Es que las madres sois todas unas alarmistas!

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7 comentarios

Archivado bajo Diario de Marta

7 Respuestas a “De profesión, asustador

  1. ¿Sabes lo que hay que hacer en esos casos de avasallamiento verbal? No acojonarse e ir a atención al paciente, pero eso si el antibiótico a rajatabla, eso es cierto.

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  2. Lo del juramento hipocrático se lo deberían tomar más en serio.
    Un mal día lo puede tener cualquiera, pero cuando este comportamiento es habitual se convierte en una mala praxis.

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  3. El 15 de agosto tuve que padecerlo en mi casa familiar 😦

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  4. Vaya tela. Por eso no es lo mismo un futbolista malo que un médico malo. Rezar para que siempre nos toque el competente, aunque sea bastante complicado. Besitos corazón

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