Archivo mensual: abril 2016

Hillsborough

El mundo al revés. Imaginemos esto: una persona va a ver un partido de fútbol. Los accesos al estadio son inadecuados para la cantidad de gente que se espera. Los policías encargados de velar por la seguridad no hacen bien su trabajo. Se produce una avalancha humana. Esa persona y decenas más mueren asfixiadas al ser aplastadas contra las vallas que separan el campo de la gradería. De las decenas de ambulancias que esperan fuera, sólo a cuatro se les permite entrar al campo. Son los aficionados los que tienen que socorrer a los heridos, ante la falta de recursos y la movilización insuficiente para una emergencia así. Un día negro.

Se abre una investigación. Al cabo de un tiempo, poco tiempo, el dictamen oficial es que fueron esas personas las culpables de su propia muerte. Nadie cometió ninguna negligencia, nadie es culpable de nada salvo las víctimas. Ninguna de las que murieron puede defenderse ni alegar que se limitaron a seguir las instrucciones de la policía, que nadie les advirtió de que se encaminaban hacia una trampa mortal, una ratonera. No pueden alegar que no eran hooligans, eran sólo aficionados de su equipo que iban a animarlo en un partido de alta rivalidad. Sólo querían participar en una fiesta del fútbol y, después, tomarse unas cervezas. Pero, de repente, son los únicos culpables de haber muerto de forma tan horrible y tan trágica.

Esto lo vemos y lo presenciamos cada día, en nuestra vida y en el mundo que nos acercan las noticias. Historias narradas de una forma tal, o con unas conclusiones tales, que nos inculcan el mensaje que se ha hecho tristemente habitual: “Él/ella se lo buscó”, “Algo haría”, “A quién se le ocurre meterse en esa situación/andar sola de noche/caminar por esa calle/tomar esa decisión”, “No es por disculpar al asesino, pero es que (insertar excusa estúpida y malvada para disculpar al asesino y culpar al asesinado)”, “Dicen que era un raro”, “El niño no hacía nada por socializar con los otros”, “Culpa de ella, por ir provocando”, etc. Excusas, éstas, expresadas y audibles en voz alta en cualquier opinadero de andar por casa, e insinuadas de forma más sutil pero igualmente maliciosa en artículos, textos escritos, tertulias de opinión y demás mentideros de mayor cualificación.

Es la historia torticera de siempre, intensificada y jaleada de modo insólito de un tiempo a esta parte; tanto, que ha adquirido carta de naturaleza y ya es un tópico habitual; si en cualquier debate sobre cualquier tipo de disputa, diferencia, conflagración o querella no hay alguien que entone el “sí, pero”, es que el debate es incompleto, es parcial, es manipulador, es miserable.

Y no. Hay veces en que la justicia está claramente y exclusivamente de un lado, y al otro toca sobrellevar la culpa y, en lo que sería deseable, aceptarla y pedir perdón.

En casos como el de Hillsborough -que, por cierto, ha pasado casi de tapadillo en los medios nacionales que leo habitualmente; puede que yo no haya reparado suficientemente en ello, pero, desde luego, sólo fue trending topic durante un par de horas-, el hecho de que la justicia, aunque tarde, haya llegado me reconcilia en parte con la humanidad; puede que haya esperanza, a pesar de las demoras, de los obstáculos, de las mentiras.

Me pregunto también qué supondrá para esos familiares este veredicto, este punto final. Parece que supone para ellos cierto consuelo y descanso. Espero de verdad que sea así. Es sólo un caso entre muchos, miles, que esperan que se haga justicia; pero, aunque los pasos sean pequeños y lleguen muy espaciados, no debemos dejar de darlos.

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“Los impunes”, de Richard Price

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Una buena novela debe tener como una de sus características la riqueza de matices, la evasión de la coartada fácil del blanco y negro, y, en ese sentido, Los impunes cumple. No es tanto una novela policiaca como un drama sobre policías, con crímenes y dilemas morales y justicieros de fondo. Hay aquí policías arrogantes, policías que se creen -y tal vez han sido- héroes, que -en general, y es importante el matiz- se mueven de acuerdo a unos principios loables, pero no siempre, y el “no siempre” es lo que destaca y nos interesa; también hay policías que se han pasado de la raya y son verdaderamente de temer, policías con graves pecados a sus espaldas y que, sin embargo, son capaces de actos de nobleza y bondad.

Leer la reseña completa en http://www.librosyliteratura.es/los-impunes.html

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Carrusel

Lunares de confeti, polvo sideral,

cuadraditos coloreados en un álbum de plástico y cristal,

segundos congelados en el devenir de milenios,

nimias rebanadas de tiempo que dejaron migajas a su paso.

La vida no es una tómbola, sino un carrusel.

Nuestro tiempo es una lágrima en la tormenta, es una pluma al viento,

es la última gota de luz solar aplastada bajo el manto de una noche acerada.

Pero

en este carrusel que nunca se detiene, también nosotros seguiremos.

Y nos encontraremos una y otra vez, sin que medie tregua para el olvido.

En la misma encarnación o en otras, nuestros rostros y actos son el grito que nos anuncia

y nos hace identificarnos y reconocernos como viejos amigos.

No sé dónde estáis

la muchacha que jugaba con muñecos de nieve,

el chico que soñaba con volar con la potencia de sus brazos y piernas,

la niña que sólo una vez jugó conmigo y a quien nunca olvidé,

el hombre que miraba la ciudad desde la azotea y escribía poemas,

la mujer que me hacía reír cada día a cambio de nada,

el chico que recorrió toda Europa en bicicleta para pasar dos horas conmigo,

quien hacía barquitos de papel,

quien escribía sobre cosas que nadie quería leer,

quien tocaba canciones para exorcizar el desamor,´

quien se estaba apagando lentamente pero aún intentaba brillar,

los que llegaron tarde y los que se fueron demasiado pronto,

aquel a quien no comprendí,

aquella a quien no escuché,

aquel que era

aquella que estaba

quien reía

quien penaba

yo

somos los pasajeros de este carrusel

cogidos de la mano como muñecos de una cadeneta de papel

vibrando bajo los auspicios de un suspiro,

viajando hacia delante, navegando, sin sentir la arena entre nuestros dedos,

dando vueltas en nuestro pequeño baile que sólo se advierte desde muy arriba en el cielo,

aquí, otra vez, rompiendo la jaula de lo efímero,

rebelándonos hasta el final,

jugando este juego

yo.

 

 

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Antes muertos que feos

Todos decimos querer ser unas cosas, pero, en realidad, lo que queremos es otra cosa muy diferente. Y, a base de que millones de individuos repitan querer ser unas cosas pero en realidad no estén engañando a nadie (porque todos nos conocemos a nosotros mismos, y eso es condición suficiente para conocer al prójimo), hemos creado, como sociedad, una narrativa, una imagen, cuya brecha con lo que realmente somos es cada vez mayor. Y lo triste y lo irónico es eso: que no nos engañamos.

Porque todo el mundo dice querer ser una serie de cosas, a saber: inteligente, eficaz, buena persona, generoso, entregado, esforzado, valiente, etc. etc.; pero lo que realmente, de verdad y en el fondo, quiere ser es una sola cosa: guapo.

Guapo o, en su defecto, delgado. O las dos cosas, por qué no.

Si nos miramos en los medios de comunicación, sobre todo en el más plural y versátil de todos, además del más representativo -porque es donde se expresa mayor cantidad de gente-, Internet, veremos claramente que la obsesión por ser bellos es enfermiza. No sólo la gente mantiene y sostiene unos ideales de belleza a los que rinde culto como si fueran divinidades con atributos divinos, sino que desprecia a todo aquel que no intente replicar esos ideales en sí mismo y, por la misma lógica, glorifica a quienes más se acercan a ellos.

La enfermedad va más allá. En realidad, no es que la gente quiera ser bella, porque para ello bastaría con que uno se considerara a sí mismo bello y esté satisfecho consigo mismo. Lo que en realidad quiere es ser considerada bella, a despecho de que lo sea. Ser considerado hermoso es, hoy en día, el punto más alto de la escala de valores mediante la cual uno se mide a sí mismo y es medido. El o la hermoso/a está en la cúspide, se considera que es el ejemplo más acabado de lo bueno de esta civilización. Nadie lo admite, pero es así; porque se suele decir de uno que es inteligente cuando claramente no se puede decir de él que es guapo. O amable, o buena persona, o buen trabajador, o buen padre/amigo/colega. Todos estos calificativos son medallas de consolación. “No es muy guapo, pero es simpatiquísimo”, ¿cuántas veces hemos oído o dicho algo así? Y si en una pareja hay una evidente desigualdad en términos de belleza, siempre se suele considerar que es la persona agraciada la que ha descendido de nivel para hacerle al otro el favor de ser su pareja. ¿O no?

La última expresión de esta manía obsesiva por ser considerados guapos es esa moda de que “todos los cuerpos son bellos”, a despecho de su hechura, tamaño, forma y demás cualidades estrictamente estéticas. Ahora hay modelos gordas (incluso obesas), modelos con diversos defectos físicos, modelos con otro tipo de características de forma y estéticas que hacen que no respondan al canon de belleza al uso. Son modelos que nunca serán top models, pero son reivindicadas en medios de comunicación y por parte de muchos blogueros e internautas. “Ellas también tienen derecho”, se dice. Como si ser guapo fuera un derecho, y no un atributo que depende en gran parte de la lotería genética. No importa que no todo el mundo pueda ser médico, o maestro, o conductor, o tornero, o policía, o fontanero, porque no tiene las cualidades, la valía, la inclinación natural, las aptitudes, la preparación ni la disciplina para serlo; no se reivindica el hipotético derecho de nadie a ser todas esas cosas o cualesquiera otras. Esas profesiones no importan. Como tampoco importa que no todo el mundo tenga lo que hay que tener para investigar la cura del cáncer, por ejemplo. Nadie reivindica el derecho de ser investigador de la cura del cáncer. No interesa; lo que interesa es ser considerados bellos y tener el derecho de ser considerado oficialmente como tal.

Pero no todo el mundo es guapo, ni tiene por qué serlo. Y resultan cansinos y vacuos los mensajes que tanto proliferan ahora, mensajes como “Eres hermoso/a tal como eres” y muchos otros exactamente iguales. Mensajes tan vacíos de contenido real como las pildoritas rosas que administra sin ton ni son la filosofía del optimismo y del sonreír a ultranza, como obligación. Tal como hace unos años se llevaba la obligación de ser risueño y ver el lado positivo siempre y en toda ocasión, ahora se lleva lo de considerarse siempre físicamente perfecto. Lo de amar el propio cuerpo.

Y amar el propio cuerpo es algo hermoso y saludable, pero no es una coartada para hacer del cuerpo y con el cuerpo lo que nos dé la gana. Cuidar algo es señal de que se ama. Abandonar algo a la buena de Dios no es amarlo. Abandonar el propio cuerpo, alimentarlo con lo primero que nos apetezca siempre y en toda ocasión, no usarlo para lo que es, no someterlo a disciplina, todo eso no es amarlo. Negar la realidad e invocar argumentos sin sentido sólo porque no tenemos el espíritu de sacrificio suficiente para hacer el mantenimiento de nuestro cuerpo -nuestra herramienta más preciosa para existir, para conocer la realidad, para experimentarla y para disfrutarla- no es amarlo.

Hay más de una contradicción en la que incurren todos los movimientos de belleza repartida democráticamente y a partes iguales (el principio, más bien el mandato de igualdad es uno de los legados más deleznables de los últimos siglos). Por un lado, que, al considerar dictatorialmente guapo a todo el mundo, de forma escrupulosamente igualitaria y porque sí, en realidad diluyen el concepto de belleza y la vacían de significado. Si todo el mundo es bello, entonces nadie es bello.

También hay quienes abogan por que no hay que cuidarse ni es importante mantenerse en un peso saludable, porque el cuerpo no es tan importante dado que hay muchísimos valores que son definitorios de la persona y que perduran y son los que en realidad pueden cambiar el mundo y etc., y lo que hacen es justamente lo contrario: al despreciar el valor estético y funcional del cuerpo -porque con el deterioro físico evitable, normalmente el achacable a un peso muy por encima o muy por debajo del que es saludable para cada persona, o el achacable a hábitos nocivos adquiridos y sostenidos durante un tiempo considerable- lo que hacen es subrayar su máxima importancia, como hace la zorra de la fábula con las uvas que no pudo conseguir: en realidad sí que me importa el cuerpo, pero, como no es tal como yo quiero y prefiero no hacer nada para cambiar de él las cosas que sí puedo cambiar, voy a hacer como que me importan más otras cosas que están socialmente mejor vistas pero que a mí, en el fondo, me parecen secundarias.

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‘La vuelta del torno’ (‘Otra vuelta de tuerca’)

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Personalmente, tiendo a pensar –y creo que sucede lo mismo con la mayoría de la gente– que lo sencillo suele ser casi siempre lo verdadero, aunque resulte menos sugerente y fascinante que los mundos fantásticos y enrevesados que cada uno pueda montarse en su imaginación. En este caso, lo sensato y razonable es deducir que cuando el señor James compuso esta novella, en realidad pretendía, seguramente, componer una excelente historia de fantasmas en la época victoriana. Historia de fantasmas de gran nivel literario, por cierto que sí; con muchos subtextos, también; que admite dos lecturas tan compatibles como nulamente excluyentes entre sí, por supuesto que claro que sí. Pero de ahí a afirmar que tal personaje es en realidad tal otro y que el destino final de este otro personaje no es el que está claro y meridiano que es cuando leemos el desenlace media un trecho enorme, el mismo que dista de la interpretación y la deducción a partir de textos literarios, por un lado, y la divagación que supone la total pérdida de la referencia de este texto, por el otro.

Leer la reseña completa en http://www.librosyliteratura.es/la-vuelta-del-torno.html

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El libro

Un cuaderno lleno de guijarros es lo que te dejo;

un libro con un reloj, una cápsula del tiempo llena de tinta y amor.

Una larga carta que te escribí cuando aún no sabía que existías;

un crucigrama con la mayoría de casillas en blanco todavía,

la senda de Pulgarcito que lleva al corazón,

al corazón de este bosque intrincado,

al corazón de esta manzana enterrada en blancas nieves,

al corazón de mi mente y de mi corazón.

Tú entenderás lo que yo todavía lucho por entender.

Porque eres y serás

alguien más inteligente´que yo

alguien más visionario que yo

alguien más noble que yo

alguien con más capacidad para amar que yo

alguien con más valor que yo

alguien con el coraje que hace falta para internarse en un mapa humano,

o para caminar a tientas y con la fe suficiente para saber que no caerá.

Alguien con menos prisa que yo, con menos miedo que yo,

alguien con más sabiduría que yo, alguien con más tiempo que yo.

(Aunque no alguien más afortunado que yo: ese don sí es para mí.)

Por eso sabrás leer entre líneas, descifrar lo que está transcrito en un idioma que yo no conozco,

porque es un mensaje para ti.

Sabrás desenterrar lo oculto, sabrás moverte por el desván polvoriento,

pisar sin que crujan las tablas y sin matar arañas.

Sabrás aceptar sin juzgar,

sabrás apreciar el aroma de las obsoletas hojas de papel, que en tu era ya no existirán,

calibrarás el peso del tiempo que flota entre las frases,

el peso de la ilusión, de los sueños, de las fantasías,

que entonces serán todas para ti:

el libro de mi vida, con hojas de otoño caídas del árbol

floreciendo en una nueva primavera,

y tú serás el alfarero místico que insuflará vida en las vidas que yo ahora imagino.

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De profesión, asustador

La de médico es una profesión maravillosa, quizá la profesión suprema si atendemos al valor moral y humano de las profesiones. Ayudar a los demás a restablecerse o, al menos, a que se sientan mejor y a paliar su sufrimiento es la tarea más hermosa que puedo imaginar. Si no fuera por el miedo y la aversión profundos que me inspiran la sangre, los hospitales y las intimidades materiales del cuerpo humano, me habría gustado dedicarme a la medicina y, de hecho, fue lo que respondí la primera vez que me preguntaron, siendo niña, qué quería ser de mayor.

Dicho esto, hay médicos y médicas que desprestigian a su gremio y suponen una deshonra para él, además de un peligro constante para los pacientes, es decir, los usuarios, o sea, los clientes, que, no lo olvidemos, ya sean médicos de la seguridad social o con consulta privada, son quienes les pagan sus estipendios.

Una simple muestra de ello la supone lo que le pasó el otro día a mi prima y sin embargo amiga Marta. Ella acudió con Daniel a la consulta del pediatra, sólo levemente alarmada por unas manchitas rosáceas que le habían aparecido al niño por todo el cuerpo. El pediatra titular no estaba, sino un sustituto, pero era un viernes y, habiendo pasado por la fatigosa experiencia de tener un niño enfermo en casa en fin de semana y tener que llevarlo a urgencias -horror de los horrores para cualquier padre o madre, como bien es sabido-, decidió curarse en salud y llevarlo a consulta, por si acaso. Además de las manchitas, Daniel acababa de pasar un aparatoso dolor de oídos con supuración. Todavía le salía pus en contadas ocasiones, pero el niño no se quejaba y parecía estar como de costumbre: alegre y contento.

Lo que sigue es la reproducción aproximada de lo que sucedió en la consulta del pediatra:

-A ver, dime.

-Pues que al niño le han salido manchitas rosas y además se rasca la cabeza y la oreja. Acaba de pasar una infección de oído.

-Vamos a ver… Pero, pero, pero… ¡joder, digo, cáspita, menuda otorrea! ¿Pero tú has visto esto, mujer?

-¿Cómo? Pero ¿qué tiene?

El pediatra coge un bastoncillo de algodón y lo introduce en el oído afectado. Luego mete el bastoncillo en su tubito y cierra éste.

-Pero, a ver, ¿no trajiste al niño a consulta por otitis? ¿Y no le has dado la amoxicilina?

-Pu… pues sí, pero como ya estaba mejor, dejé de dársela.

-¡Ah, claro! Pues por eso no se ha curado. El antibiótico hay que dárselo a-ra-ja-ta-bla, ¿entiendes? Porque claro, el pus en el oído, ya se sabe, del oído a la cabeza… hay un pasito, ¿me entiendes?

Marta ya estaba poniéndose blanca, ella misma notó cómo la sangre abandonaba la parte superior del cuerpo.

-A ver -siguió el pediatra, mirándola con el ceño fruncido-, quítale la ropa, le vamos a examinar.

Después del examen de todo el cuerpo y de los dos oídos, sin que Daniel dejara un momento de berrear pidiendo que se acabara aquel suplicio, y sin que el cuerpo entero de Marta dejara de temblar por un solo segundo, el médico volvió a sentarse y tecleó algo; luego volvió a mirar a Marta. Todo ello con el ceño muy, muy fruncido.

-Te voy a recetar otro antibiótico más fuerte. Se lo tienes que dar religiosamente, ¿estamos? El cultivo estará la semana que viene.

-Pero, a ver… ¿para qué es el cultivo? ¿Y por qué le han salido las manchitas?

-Bueno, pues el cultivo es para ver el bicho.

-Pe… pe… pero… ¿a qué te refieres con eso?

-A ver, mujer, basta ya, por favor. ¿De qué te sirve que te diga meningococo, neumococo, estafilococo, linfoma, leucemia… te sirve de algo? Se hacen las pruebas para estar seguros, para descartar.

“Para descartar, ¿qué coño?”, se pregunta Marta, a quien ya le tiembla hasta el pensamiento, pero no se atreve a decir nada; mejor no mentar la bicha, o el bicho. Pero ahora la consulta empieza a dar vueltas como si estuviera en un tiovivo. Mira a su hijo y piensa: pero ¿qué he hecho, Dios mío?

-Y… ¿y las manchitas?

.-Las manchitas, pues, es dudoso.

-Du… dudoso, pero ¿de qué?

-A ver, a ver, dudoso, ¿quieres que te dé un diagnóstico que no está claro? Te puedo decir que ha habido algún caso en que el niño tuvo que estar ingresado durante meses, que una niña se quedó ciega, que otro entró en coma… pero ¿te iba a servir eso de algo?

La angustia comenzó a ceder paso a la ira:

-Pero ¿me puede decir al menos si me tengo que preocupar también por eso, como si ya no tuviera bastante con preocuparme por lo del pus?

El médico, lejos de amedrentarse, se creció, pero, a regañadientes, se avino a contestar:

-¡A ver! ¡No son algo malo, si es a eso a lo que te refieres!

“Pues ¿a qué otra cosa me iba a referir?”, pensó Marta.

Cabizbaja, cogió la receta y al niño y se fue corriendo a la farmacia más cercana, para comprar un antibiótico y un cilicio con el cual flagelarse por poner en peligro a su hijo al no darle la anterior medicina tal como se la habían prescrito.

Afortunadamente, Daniel no tenía nada que no se curara con un poco de medicina administrada con el orden y el método de un fabricante alemán de coches. Pero Marta se me quejaba amarga e indignadamente (y, creo, con razón):

-Si detectan algo preocupante, ¿por qué no me lo dicen sin rodeos? Y si no es algo preocupante ¿por qué no me lo dicen claramente también? ¿A qué viene eso de mencionar parálisis, secuelas irreversibles, agonía y muerte, si es una posibilidad tan remota que no debería ni tenerse en cuenta? Parece que a algunos les gusta que sus pacientes se sientan mal. Todavía tuve que oír su último comentario:

-¡Pero tranquilízate, mujer! ¡Es que las madres sois todas unas alarmistas!

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