A cara de perro

¿Por qué gente con la que has crecido, con la que prácticamente has nacido (porque ellos figuran en algunos de tus primeros recuerdos -el jardín de infancia, sin venirnos más cerca), con la que incluso te has llevado bien, con la que has intercambiado chistes y bromas, angustias y momentos significativos de la adolescencia, con la que has tenido cierta complicidad generacional, de repente, ahora en la edad adulta, ni te mira a la cara cuando os cruzáis por la calle e, incluso peor que eso, te mira con cara de pocos amigos?

Ni que decir tiene que esa misma gente no sólo no te saluda, sino que, además, hace como si no te conociera de nada y le fueras a reclamar alguna deuda, o algo así.

Es como si, siendo niños, compartiéramos un mundo y, a partir de cierta edad, esté establecido por alguna misteriosa e incomprensible ley de la naturaleza que debamos exiliarnos de ese mundo y empezar a habitar mundos distintos y alejados entre sí. Que tengamos que hacer como si no nos conociéramos de nada, cuando hace nada hemos sido casi casi amigos.

Y yo no soy ninguna crédula ni partidaria especial de la idea de amistad -bueno, de la idea sí; con lo que no comulgo es con la realización de esa idea, pues nunca me ha sucedido y las veces en que he creído que me ha sucedido no ha sido sino un espejismo de amargo final-, la vida me ha hecho así, pero con gente con la que no has tenido ningún desencuentro, pelea ni discusión, ¿por qué no esperar al menos un reconocimiento?

Quizá sea que la edad en la que actualmente estoy nos haga así: adultos responsables, cada uno con su familia y sus deberes, demasiado ocupados, demasiado apremiados para pararnos un momento a concederle al otro ese simple reconocimiento. También puede ser que, inconscientemente, al negar el reconocimiento a ese otro que ha sido casi nuestro amigo tiempo atrás, estemos intentando negar ese pasado nuestro, negar que hemos sido niños y adolescentes, negar que hemos sido inocentes, vulnerables, incautos, locuelos y atolondrados y que hemos hecho tonterías, hemos confiado sin esperar nada a cambio, hemos cometido errores absurdos producto de la inmadurez, nos hemos abierto tal vez demasiado a quien tal vez no lo merecía o no nos estimaba lo suficiente, y hemos dejado que el mundo nos viera así, en nuestra conmovedora juventud.

De cualquier forma, yo no soy así y todavía me sorprende cada vez que me pasa algo como eso, que me ha pasado hoy mismo.

Me pregunto también si cuando seamos todos viejecitos y estemos en el tramo final de la vida, sin tantos protagonismos, sin tantas responsabilidades, siendo otra vez como niños -vulnerables, más inocentes a pesar de ser más resabiados, necesitados de amor, sufrientes, cada vez con menos que perder o siendo conscientes de que al final todos estamos destinados a perder todo lo mundano y que sólo habremos ganado aquello que hemos dado-, seguiremos negando reconocer a quienes han formado parte de nuestra vida, compartiendo tiempo y espacio -en suma, compartiendo mundo, algo que habrá sido exclusivamente nuestro, y que ningún otro grupo de personas de la humanidad pasada o futura ha formado ni formará con nosotros, pues el mundo no sólo es algo que nos contiene, sino que es algo que nosotros hemos hecho-, compartiendo avatares, aventuras, sensaciones, movimientos a gran y pequeña escala, edades y experiencias. Si lo hacemos, sólo estaremos negando una parte de nosotros mismos. Pero algo me dice que no será así, que, viéndole las orejas al lobo, toda esa gente que hace el vacío a los demás querrá volver al hogar, y no querrá hacerlo solo.

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4 comentarios

Archivado bajo vida real

4 Respuestas a “A cara de perro

  1. El ser humano es así. Tiene tantos defectos… Y, muchas veces, no hacemos nada por remediarlo. Dejadez, vergüenza… a saber.

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  2. Es complicada esa situación… Depende de las personas, de las situaciones… Yo he llegado a olvidarme de personas, a no reconocerlas. Soy así. Un desastre. Despistada y se me olvidan las caras. Por supuesto hablo de las personas con las que has tenido algún contacto pero no han sido importantes. Las importantes son imborrables y perduran siempre en mi memoria. Quédate con eso, quizás los motivos sean como los que me pasan a mí a veces… Un beso

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  3. Algo parecido a cuando eres el primero del grupo en ser padre, prolongándose en el tiempo. Besitos

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  4. La naturaleza del comportamiento humano es muy extraña… Comprendo lo que dices y estoy totalmente de acuerdo contigo: “el mundo es algo que nosotros hemos hecho”, cada quien a su modo. Besotes 🙂

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