Sin hacer ruido

Antes del quebrantamiento es la soberbia, Y antes de la caída la altivez de espíritu.

Proverbios, 16:18

La caída en desgracia no siempre es fragorosa. Hace ruido, sí, pero es un coro de ruidos desparejos, discretos, incluso inaudibles para muchos. Les pasan inadvertidos hasta que se dan cuenta de que todo ha cambiado, de que algo que daban por sentado y por eterno ya no está. La caída en desgracia se suele producir por un proceso casi mediocremente rutinario. Nos imaginamos la decadencia y la desaparición como algo trágico, tremebundo, súbito, que causa un impacto dramático, y resulta que es algo vulgar y aburrido, aunque no por eso menos cargado de significado.

Pero para todos hay un momento de iluminación. Darse cuenta sucede en un instante, y para cada uno será un instante diferente de ese proceso gradual de desmoronamiento. Habrá un momento en que veremos y constataremos que, en efecto, algo está tocando a su fin y es irreversible, y ese algo es irrescatable. Ese momento contiene una gran belleza, la belleza de ser testigos de algo irrevocable, del cumplimiento de un destino o de una fatalidad. Constatamos que la vida sigue su curso a pesar de lo grande que sea aquello que ha caído; cuanto más grande fuera el ídolo, tanto más hermoso es el momento, porque vemos que, a pesar de todo, el mundo realmente no cambia, la naturaleza no cambia, y nosotros no cambiamos; nada es insustituible.

Yo he tenido uno de esos momentos recientemente. El momento se dio en dos movimientos, por así decir; fueron como dos caras de una sola moneda. Y el dios de barro que vi caer fue el periódico con mejor reputación del país. Sí, así es. Yo ya había oído y leído decir a muchos que este periódico, antaño algo más que un periódico, una institución en la vida política, social, institucional de todo un país, un medio que era capaz de modelar el devenir de la historia del país y de influir en sus actores más importantes, estaba en crisis total y que era inevitable su caída en desgracia. Oía chistes, leía noticias sobre los errores -o las malas acciones- que cometieron sus máximos dirigentes y responsables, sobre sus problemas financieros, su errática línea editorial, sus devaneos con partidos políticos y gobiernos de distinto signo para intentar ganarse sus simpatías y mantenerse a flote, sus movimientos empresariales a la desesperada, sus constantes pérdidas de dinero y de lectores y , por consiguiente, de poder; pero, al no ser lectora habitual de ese diario, no era algo que yo misma pudiera constatar. Eran ecos que me llegaban y a los que no daba más importancia ni atraían más mi interés que otras decenas de noticias que oía a diario.

Hasta el pasado fin de semana, en que, leyendo en diagonal ese diario en su formato digital, como hago con otros varios, fui a hacer clic en un reportaje de tema ligero y frívolo, pero no exento de carga humana (claro). El título picó mi curiosidad: se refería a los sex symbols de los años 90 y qué había sido de ellos.

 

Lo que me llamó la atención casi más que el contenido prepotente, ofensivamente frívolo y superpopero del artículo fueron las reprimendas, bien merecidas, por parte de los comentaristas. Y todo ello en su conjunto me iluminó con respecto a la siguiente cuestión: este periódico ha tocado fondo, y sí, es irreversible.

Se trata de un medio de comunicación -uno más, no el único, ni el último, si bien sí el de mayor fama y mejor reputación, malamente dilapidada en estos recientes años- que se creyó por encima del bien y del mal, se creyó a la altura de los grandes ideales de cualquier estado, nación o comunidad y se creyó también, en ocasiones, más poderoso que los propios poderes establecidos. En sus páginas se encontraban firmas muy reputadas -no diremos grandes firmas, pues no todas lo eran y no en todas la reputación era merecida, pero dejémoslo ahí- que pintaban mucho en la política y en el devenir democrático del país, sobre todo en tiempos en los que la democracia no estaba del todo establecida en las mentes ni en el subconsciente colectivo. Y también después de todo eso. Leer ese diario no estaba al alcance de cualquiera, y su manejo del lenguaje era objeto de estudio y de imitación. No cualquiera podía entender un artículo allí publicado.

Y ahora nos encontramos con esto: un vulgar despellejamiento en plaza pública de figuras conocidas, y todo en base a ¿qué? Pues a que están cumpliendo años, ni más ni menos. Al lado de ese reportaje -descuidadamente escrito y con un muy mal entendido sentido del humor- podemos encontrar otros de semejante nivel, y todos esos contenidos, puestos juntos y en el mismo saco, dan una idea exacta de la concepción del mundo que ahora alienta esta versión 2.0 de este periódico: un mundo frívolo, superficial, materialista, consumista, con valores sin raíz, con personas que tienen mucha prisa por llegar no se sabe adónde, que quieren comer en los sitios más selectos, que quieren llevar el móvil más sofisticado, que quieren ser padres fetén pero que se note, y no dar por perdida su juventud ni dejar sus costumbres juveniles aunque hace tiempo que están peinando canas; que están continuamente intentando adelgazar (pero sin esfuerzo), medrar (sin trabajar), que sus hijos sean los mejores (y llevarlos a desfilar por programas de televisión, si se puede). De su concepción de la política, de la justicia social y de lo deseable para el buen devenir de un país mejor ni hablamos. En estos tiempos en los que la arena partitocrática se ha convertido en una fuente más -y entre las más generosas- de historias sentimentales, lúdicas y/o sensacionalistas, los medios -incluido aquél del que hablamos- aventan historias de corrupción de todo tipo según les interese y en la medida en que les interese; se hacen eco de sucesos criminales que son una minúscula gota en un océano que habla de cambios y de estados sociales, psicológicos y económicos verdaderamente alarmantes, pero que nadie se ocupa de analizar y de explicar globalmente. En los foros albergados en los espacios virtuales de estos medios se montan las mismas broncas que en un foro de coches cualquiera, quizá con un lenguaje algo menos barriobajero (o no); es como asistir a una reyerta entre borrachos en un club de rotarios en lugar de en la tasca del barrio, pero, para el caso, es lo mismo.

Recién en los mismos días en que leía ese lamentable reportaje que ensalzaba una vez más el valor intrínseco de la juventud y de la apariencia juvenil y relegaba a la categoría de infamia, crimen o pecado el terrible acto de envejecer (y de aparentarlo), me enteraba de que la decisión estaba tomada: este medio del que hablamos dejará de publicarse en papel y sólo lo hará en Internet. Y me dije que la publicación de noticias sólo en su formato digital va pareja a la sensación, totalmente enrevesada y falsa, de que en lo digital podemos bajar el listón de autoexigencia porque las palabras digitales es como si se las llevara el viento de lo inmediato; hoy hay una cosa en portada y con titulares de cinco columnas, dentro de diez minutos habrá otra cosa y nadie se acordará de lo anterior, a pesar de que en su momento hubiera habido cientos de personas dispuestas a batirse en duelo a garrotazos por llevar la razón sobre el tema en cuestión. La verdad es que es justo al contrario: es lo digital lo que permanece, mientras que el papel sólo queda en unas hemerotecas físicas que ya nadie va a revisar.

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2 comentarios

Archivado bajo Artículos

2 Respuestas a “Sin hacer ruido

  1. Lo triste es que lo amarillo vende, el insulto, el marujeo y esas mierdas (perdón). Mira cómo telecinco está en la cresta de la ola mes tras mesa

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  2. Voy a empezar a ver telecinco… jajaja
    (ni de coña)

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