Archivo mensual: marzo 2016

A cara de perro

¿Por qué gente con la que has crecido, con la que prácticamente has nacido (porque ellos figuran en algunos de tus primeros recuerdos -el jardín de infancia, sin venirnos más cerca), con la que incluso te has llevado bien, con la que has intercambiado chistes y bromas, angustias y momentos significativos de la adolescencia, con la que has tenido cierta complicidad generacional, de repente, ahora en la edad adulta, ni te mira a la cara cuando os cruzáis por la calle e, incluso peor que eso, te mira con cara de pocos amigos?

Ni que decir tiene que esa misma gente no sólo no te saluda, sino que, además, hace como si no te conociera de nada y le fueras a reclamar alguna deuda, o algo así.

Es como si, siendo niños, compartiéramos un mundo y, a partir de cierta edad, esté establecido por alguna misteriosa e incomprensible ley de la naturaleza que debamos exiliarnos de ese mundo y empezar a habitar mundos distintos y alejados entre sí. Que tengamos que hacer como si no nos conociéramos de nada, cuando hace nada hemos sido casi casi amigos.

Y yo no soy ninguna crédula ni partidaria especial de la idea de amistad -bueno, de la idea sí; con lo que no comulgo es con la realización de esa idea, pues nunca me ha sucedido y las veces en que he creído que me ha sucedido no ha sido sino un espejismo de amargo final-, la vida me ha hecho así, pero con gente con la que no has tenido ningún desencuentro, pelea ni discusión, ¿por qué no esperar al menos un reconocimiento?

Quizá sea que la edad en la que actualmente estoy nos haga así: adultos responsables, cada uno con su familia y sus deberes, demasiado ocupados, demasiado apremiados para pararnos un momento a concederle al otro ese simple reconocimiento. También puede ser que, inconscientemente, al negar el reconocimiento a ese otro que ha sido casi nuestro amigo tiempo atrás, estemos intentando negar ese pasado nuestro, negar que hemos sido niños y adolescentes, negar que hemos sido inocentes, vulnerables, incautos, locuelos y atolondrados y que hemos hecho tonterías, hemos confiado sin esperar nada a cambio, hemos cometido errores absurdos producto de la inmadurez, nos hemos abierto tal vez demasiado a quien tal vez no lo merecía o no nos estimaba lo suficiente, y hemos dejado que el mundo nos viera así, en nuestra conmovedora juventud.

De cualquier forma, yo no soy así y todavía me sorprende cada vez que me pasa algo como eso, que me ha pasado hoy mismo.

Me pregunto también si cuando seamos todos viejecitos y estemos en el tramo final de la vida, sin tantos protagonismos, sin tantas responsabilidades, siendo otra vez como niños -vulnerables, más inocentes a pesar de ser más resabiados, necesitados de amor, sufrientes, cada vez con menos que perder o siendo conscientes de que al final todos estamos destinados a perder todo lo mundano y que sólo habremos ganado aquello que hemos dado-, seguiremos negando reconocer a quienes han formado parte de nuestra vida, compartiendo tiempo y espacio -en suma, compartiendo mundo, algo que habrá sido exclusivamente nuestro, y que ningún otro grupo de personas de la humanidad pasada o futura ha formado ni formará con nosotros, pues el mundo no sólo es algo que nos contiene, sino que es algo que nosotros hemos hecho-, compartiendo avatares, aventuras, sensaciones, movimientos a gran y pequeña escala, edades y experiencias. Si lo hacemos, sólo estaremos negando una parte de nosotros mismos. Pero algo me dice que no será así, que, viéndole las orejas al lobo, toda esa gente que hace el vacío a los demás querrá volver al hogar, y no querrá hacerlo solo.

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Moraleja del patito feo

Este cuento tan tierno y conmovedor -hace llorar tanto como el cuento de Bambi, si no más- me deja con una interrogante o, mejor dicho, suscita en mí, ahora lectora adulta que vuelve a releerlo por enésima vez, pero por primera vez a esta edad que tengo ahora, una interrogante nueva: ¿dónde está el castigo?

Dónde está, pregunto, el castigo a todos aquellos animales que se rieron del patito feo, que lo despreciaron en su época de patito feo. ¿Qué ha sido de ellos? ¿Vinieron a pedirle perdón por haberse mofado de él y por haberlo arrinconado, ostracizado, humillado y acomplejado?

El cuento no dice nada de eso, y ese silencio, pienso yo, no indica más que una cosa: de ellos no se hizo nada digno de mención, no les pasó nada, no se dieron cuenta de nada ni se arrepintieron de corazón de su pasada actitud.

El cuento indica que el patito se fue a vivir a un estanque -algunas versiones apuntan incluso que tal estanque estaba “muy lejos” de la granja donde había nacido y donde después había sufrido el desprecio y el rechazo de sus congéneres; también el silencio sobre la actitud de su madre adoptiva es un silencio ominoso que sólo puede dar a entender una cosa, nada buena- y que allí encontró a sus verdaderos hermanos de sangre, los cisnes. A partir de allí vivió feliz con su verdadera familia, biológica, cultural y de todo. No se dice nada de que los animales de la granja llegaran a saber de su suerte, de su metamorfosis, de su -digámoslo ya- superioridad -Pues ¿qué otra cosa invita a concluir el cuento, sino que ser cisne es superior a ser pato?- y, mucho menos, de que corrieran a pedirle perdón, ni tan siquiera de que intentaran una aproximación servil y aduladora. El cuento -a no ser que haya una versión original que se haya edulcorado posteriormente, como ha sucedido con la mayoría de los clásicos- no dice ni pío ni se preocupa en absoluto por el destino de los demás animales.

Pues yo me quedo con las ganas de saber. ¿Les vino la vuelta en forma de metafórica patada en el culo por parte del señor Karma? ¿Se arrepintieron en algún momento de su desaforado cuatrerismo y de su miopía mental? ¿Lamentaron la oportunidad perdida de hacer un amigo valioso y, por añadidura, físicamente agraciado, además de exótico y elegante? No sabemos.

Y, en cuanto al cisne, ¿cómo vivió él su nueva vida? ¿Alguna vez se acordó de sus antiguos compañeros y -no lo olvidemos- familiares, de aquellos a quienes tuvo por madre y hermanos? Y, si es que sí, ¿con qué sentimiento los recordó? ¿Con añoranza, con ira, con perdón, con ternura, con indiferencia…? Tampoco sabemos. Es más: ¿acaso el cisne volvió un día a la granja para burlarse de su antigua cuadrilla, para restregarles por la cara su éxito en la vida, para repartir culpas, incluso para batirse en plaza pública con quienes le amargaron la infancia? ¿Hubo venganza, en otras palabras? Ni idea, oigan.

Yo creo que este relato queda incompleto sin ese colofón. O a lo mejor es que mi mente me hace buscar desenlaces significativos donde sólo hay meros desenlaces. No lo sé.

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Conectados

Algo que venía yo barruntando se ha visto ratificado por un artículo leído ayer en un periódico cualquiera. Y esto me ha hecho reflexionar. ¿Por qué La patrulla canina es la serie de dibujos animados más de moda?

No es que se hayan puesto todos de acuerdo para que así sea. Y el círculo de cada familia a cuyos hijos La patrulla canina les parece lo más es siempre forzosamente limitado. Los seis grados de separación (o unión) entre dos personas cualesquiera tampoco explican por qué, en un tiempo tan relativamente corto, La patrulla canina se ha convertido en la serie preferida de una inmensa mayoría de niños de varias edades. Y no me sirve la posible respuesta de que es la serie que emiten en determinada franja horaria en la que puede que una mayor cantidad de niños sea susceptible de estar viendo la televisión, porque los niños ven la televisión en varios momentos del día, en todos los cuales siempre hay en antena, en alguna de las muchas cadenas sintonizables y de recepción más o menos generalizada en todos los hogares, algún programa adecuado para ellos y que reúne las cualidades para haber podido ser su favorita; y, sin embargo, no lo es; es una en concreto. ¿Es que los niños se han mensajeado por whatsapp y se han animado unos a otros a ver la serie y a declararla su predilecta? Pues no parece probable tampoco. ¿Será cosa de una campaña de marketing orquestada a tal efecto? Que yo sepa, no. Además, ¿qué interés podrían tener los programadores o responsables de las cadenas para elevar a los altares a esa serie en concreto en detrimento de otra cualquiera?

Lo que sucede con La patrulla canina es lo mismo que sucede con una prenda de ropa en una determinada temporada, una canción o un grupo de música, una novela, una costumbre o moda social o cualquier otro fenómeno de los que calificamos como “de moda”. En realidad, no hay una explicación racional. Recuerdo que, hace ya algunos años, algo me movió a querer leer un determinado libro de los muchos que se ofrecían al lector desde las estanterías de novedades de mi biblioteca local. Aclaro que soy bastante exigente con los libros que escojo a ciegas para leerlos, porque, a fuerza de haber leído lo que yo considero que es bastante, sé de antemano con gran nivel de acierto y probabilidad si un libro equis me va a gustar o no, y casi hasta cómo está escrito y cómo va a terminar. Pues éste lo escogí. Más tarde -subrayo este matiz- me enteré de que era el libro de moda. Se titulaba “Los hombres que no amaban a las mujeres”, de Stieg Larsson. ¿Es que miles -o millones- de personas de todo el mundo se vieron impelidas, como yo, a elegir a ciegas ese libro cuando lo vieron en la estantería -seguramente mucho más nutrida aún que la mía- de su biblioteca local o de su librería habitual?

Hay manifestaciones de otro tipo -de muchos tipos-, como lo muestran todos los pequeños y grandes movimientos sociales y culturales que abarcan a una parte significativa y de peso relativo suficiente en cualquier momento de la historia y que se producen no en forma de círculo concéntrico, sino en forma de pequeñas erupciones que suceden a la vez en distintos lugares, sin que esos lugares estén comunicados de una forma que explique por sí sola esas erupciones.

Lo más increíble es que este fenómeno de coincidencia o de misteriosa simultaneidad es que se manifiesta especialmente entre personas con vínculos de amor o de afecto entre sí. Es entonces donde llega a su máxima expresión. ¿O es que no os ha sucedido nunca encontraros sintiendo lo mismo que una persona muy cercana, sin mediar experiencias compartidas que pudieran explicar las emociones y los sentimientos? ¿O sorprenderos viviendo análogas sensaciones físicas, por ejemplo, algún tipo de dolor localizado en la misma parte del cuerpo -incluso teniendo el mismo tipo de accidentes? ¿O sabiendo por intuición cuándo algo significativo le ha sucedido a la otra persona?

Se pueden aducir distintas explicaciones para estos fenómenos. Una que a mí me gusta es la existencia de una mente común, es decir, una única supermente a la que estamos conectados todos o de la cual somos emanaciones. Como si fuéramos minúsculas neuronitas de un único megacerebro. No todos pensamos y sentimos las mismas cosas al mismo tiempo, eso es inimaginable, pero sí que nos mueven, en ocasiones, iguales querencias, filias, fobias, impulsos y decisiones que no tienen una explicación totalmente racional y a prueba de bomba.

Es cosa de pensárselo la próxima vez que nos encontremos siguiendo una moda sin que nadie nos la haya publicitado.

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‘El silencio de las tierras altas’

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Un mensaje no debería necesitar de varias repeticiones para llegar razonablemente al receptor. Viene esto al hilo de las reflexiones que me ha suscitado la lectura de este extraño, misterioso y sugerente libro titulado El silencio de las tierras altas. No es que haga falta leerlo más de una vez -el nivel de claridad y de oscuridad de sus pasajes y de toda la historia en general no varía a mayor número de lecturas-, pero es, sin embargo, un libro que sí invita a una relectura. A mí me ha pasado, y eso es muy raro; pero este libro lo he vuelto a leer inmediatamente después de acabada la primera lectura. Algo quiere decir eso.

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¡Feliz Semana Santa!

Yo felicito la Semana Santa porque es la que yo vivo; no digo ya “celebro”, pues en mi pueblo no se hacen procesiones ni otras celebraciones que las funciones eclesiásticas de costumbre (a las cuales me gusta acudir cuando puedo, pero no siempre ha sido así y tampoco en esos años me refería a esta época como otra cosa que “Semana Santa”).

No felicito a nadie el solsticio ni el equinoccio porque son conceptos que no pertenecen a mi cultura y que, por lo que creo, cuando se utilizan en el medio en el que yo me muevo, ese uso responde más a una reciente convención social que tiene mucho de ideológica que a una costumbre que se haya establecido de forma natural. Dicho en plata (o en cristiano, expresión que viene más a cuento): se hace por la corrección política, para no ofender a los laicos y a los ateos, como si éstos utilizasen habitualmente tales términos o como si celebraran algo que tuviera remotamente que ver con fenómenos puramente naturales y nada más y, por tanto, como si se ofendieran si alguien les felicitara o les deseara una buena Semana Santa. Si algún día me encontrara con algún pagano de creencias y costumbres naturalistas y telúricas, no tendría ningún inconveniente en desearle un feliz tránsito de una estación a otra. Hasta la fecha, nunca se ha dado el caso.

Estas cosas me hacen añorar los tiempos en los que éramos, como sociedad, menos conscientes de otras sociedades, menos “abiertos de miras” quizá, menos “heterogéneos”, menos “eclécticos”, menos “integrados” (aunque no por ello más “apocalípticos”), pero, sin duda alguna, más naturales.

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Sarao

Y claro que quiero quedarme de fiesta contigo.

Toda la noche, mi parte favorita del día.

Toda la noche de fiesta contigo. Algún día lo haremos. De momento, hemos llegado a la mitad (la mitad de la noche).

Yendo del rojo al rosa al gris al verde,

saltando, contando en diez idiomas, las horas que llegan las horas que pasan.

Saltando en una piscina de pelotas o saltando desde diez metros de altura o desde diez palmos.

Dando palmas sin parar hasta que nos caemos de sueño.

Un refrigerio calentito ahora y que siga la fiesta.

Llamar por teléfono a alguien que no conocemos, hablar hasta hacernos amigos, usar y abusar su nombre.

Hacernos amigos del mundo y hacernos un abanico con las plumas de los patos y las gallinas.

Bailar sin parar hasta caernos redondos en la alfombra, bajo los sonidos de la noche y chillar

hasta despertar al gallo que todavía, ahí al lado, duerme.

Estirar los brazos y reír a grito pelado, sorprendidos del frío.

Sorprender in fraganti la madrugada que se despereza y llega. Tirar las sábanas, tirar de la manta

descubrir todos los secretos del mundo mientras el mundo duerme

pero nosotros no.

Abrir todos los cofres del tesoro, coger todo lo que queramos, salir corriendo

orgullosos y henchidos de nuestra propia travesura.

Hacer como que la vida será siempre así.

Sabes que nada me gustaría más.

Pero la mañana llega otra vez y mis rodillas crujen…

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Sin hacer ruido

Antes del quebrantamiento es la soberbia, Y antes de la caída la altivez de espíritu.

Proverbios, 16:18

La caída en desgracia no siempre es fragorosa. Hace ruido, sí, pero es un coro de ruidos desparejos, discretos, incluso inaudibles para muchos. Les pasan inadvertidos hasta que se dan cuenta de que todo ha cambiado, de que algo que daban por sentado y por eterno ya no está. La caída en desgracia se suele producir por un proceso casi mediocremente rutinario. Nos imaginamos la decadencia y la desaparición como algo trágico, tremebundo, súbito, que causa un impacto dramático, y resulta que es algo vulgar y aburrido, aunque no por eso menos cargado de significado.

Pero para todos hay un momento de iluminación. Darse cuenta sucede en un instante, y para cada uno será un instante diferente de ese proceso gradual de desmoronamiento. Habrá un momento en que veremos y constataremos que, en efecto, algo está tocando a su fin y es irreversible, y ese algo es irrescatable. Ese momento contiene una gran belleza, la belleza de ser testigos de algo irrevocable, del cumplimiento de un destino o de una fatalidad. Constatamos que la vida sigue su curso a pesar de lo grande que sea aquello que ha caído; cuanto más grande fuera el ídolo, tanto más hermoso es el momento, porque vemos que, a pesar de todo, el mundo realmente no cambia, la naturaleza no cambia, y nosotros no cambiamos; nada es insustituible.

Yo he tenido uno de esos momentos recientemente. El momento se dio en dos movimientos, por así decir; fueron como dos caras de una sola moneda. Y el dios de barro que vi caer fue el periódico con mejor reputación del país. Sí, así es. Yo ya había oído y leído decir a muchos que este periódico, antaño algo más que un periódico, una institución en la vida política, social, institucional de todo un país, un medio que era capaz de modelar el devenir de la historia del país y de influir en sus actores más importantes, estaba en crisis total y que era inevitable su caída en desgracia. Oía chistes, leía noticias sobre los errores -o las malas acciones- que cometieron sus máximos dirigentes y responsables, sobre sus problemas financieros, su errática línea editorial, sus devaneos con partidos políticos y gobiernos de distinto signo para intentar ganarse sus simpatías y mantenerse a flote, sus movimientos empresariales a la desesperada, sus constantes pérdidas de dinero y de lectores y , por consiguiente, de poder; pero, al no ser lectora habitual de ese diario, no era algo que yo misma pudiera constatar. Eran ecos que me llegaban y a los que no daba más importancia ni atraían más mi interés que otras decenas de noticias que oía a diario.

Hasta el pasado fin de semana, en que, leyendo en diagonal ese diario en su formato digital, como hago con otros varios, fui a hacer clic en un reportaje de tema ligero y frívolo, pero no exento de carga humana (claro). El título picó mi curiosidad: se refería a los sex symbols de los años 90 y qué había sido de ellos.

 

Lo que me llamó la atención casi más que el contenido prepotente, ofensivamente frívolo y superpopero del artículo fueron las reprimendas, bien merecidas, por parte de los comentaristas. Y todo ello en su conjunto me iluminó con respecto a la siguiente cuestión: este periódico ha tocado fondo, y sí, es irreversible.

Se trata de un medio de comunicación -uno más, no el único, ni el último, si bien sí el de mayor fama y mejor reputación, malamente dilapidada en estos recientes años- que se creyó por encima del bien y del mal, se creyó a la altura de los grandes ideales de cualquier estado, nación o comunidad y se creyó también, en ocasiones, más poderoso que los propios poderes establecidos. En sus páginas se encontraban firmas muy reputadas -no diremos grandes firmas, pues no todas lo eran y no en todas la reputación era merecida, pero dejémoslo ahí- que pintaban mucho en la política y en el devenir democrático del país, sobre todo en tiempos en los que la democracia no estaba del todo establecida en las mentes ni en el subconsciente colectivo. Y también después de todo eso. Leer ese diario no estaba al alcance de cualquiera, y su manejo del lenguaje era objeto de estudio y de imitación. No cualquiera podía entender un artículo allí publicado.

Y ahora nos encontramos con esto: un vulgar despellejamiento en plaza pública de figuras conocidas, y todo en base a ¿qué? Pues a que están cumpliendo años, ni más ni menos. Al lado de ese reportaje -descuidadamente escrito y con un muy mal entendido sentido del humor- podemos encontrar otros de semejante nivel, y todos esos contenidos, puestos juntos y en el mismo saco, dan una idea exacta de la concepción del mundo que ahora alienta esta versión 2.0 de este periódico: un mundo frívolo, superficial, materialista, consumista, con valores sin raíz, con personas que tienen mucha prisa por llegar no se sabe adónde, que quieren comer en los sitios más selectos, que quieren llevar el móvil más sofisticado, que quieren ser padres fetén pero que se note, y no dar por perdida su juventud ni dejar sus costumbres juveniles aunque hace tiempo que están peinando canas; que están continuamente intentando adelgazar (pero sin esfuerzo), medrar (sin trabajar), que sus hijos sean los mejores (y llevarlos a desfilar por programas de televisión, si se puede). De su concepción de la política, de la justicia social y de lo deseable para el buen devenir de un país mejor ni hablamos. En estos tiempos en los que la arena partitocrática se ha convertido en una fuente más -y entre las más generosas- de historias sentimentales, lúdicas y/o sensacionalistas, los medios -incluido aquél del que hablamos- aventan historias de corrupción de todo tipo según les interese y en la medida en que les interese; se hacen eco de sucesos criminales que son una minúscula gota en un océano que habla de cambios y de estados sociales, psicológicos y económicos verdaderamente alarmantes, pero que nadie se ocupa de analizar y de explicar globalmente. En los foros albergados en los espacios virtuales de estos medios se montan las mismas broncas que en un foro de coches cualquiera, quizá con un lenguaje algo menos barriobajero (o no); es como asistir a una reyerta entre borrachos en un club de rotarios en lugar de en la tasca del barrio, pero, para el caso, es lo mismo.

Recién en los mismos días en que leía ese lamentable reportaje que ensalzaba una vez más el valor intrínseco de la juventud y de la apariencia juvenil y relegaba a la categoría de infamia, crimen o pecado el terrible acto de envejecer (y de aparentarlo), me enteraba de que la decisión estaba tomada: este medio del que hablamos dejará de publicarse en papel y sólo lo hará en Internet. Y me dije que la publicación de noticias sólo en su formato digital va pareja a la sensación, totalmente enrevesada y falsa, de que en lo digital podemos bajar el listón de autoexigencia porque las palabras digitales es como si se las llevara el viento de lo inmediato; hoy hay una cosa en portada y con titulares de cinco columnas, dentro de diez minutos habrá otra cosa y nadie se acordará de lo anterior, a pesar de que en su momento hubiera habido cientos de personas dispuestas a batirse en duelo a garrotazos por llevar la razón sobre el tema en cuestión. La verdad es que es justo al contrario: es lo digital lo que permanece, mientras que el papel sólo queda en unas hemerotecas físicas que ya nadie va a revisar.

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‘Anatomía de las casas encantadas’

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En resumidas cuentas, no es éste un libro que pretenda inculcar determinadas creencias, ni que se base en ningún tipo de dogmatismo o en la mera fuerza de la palabra y de lo aparente -fuerza que puede resultar muy considerable-, ni tampoco que se decante por un lado o por otro aduciendo emociones, percepciones o un mal entendido empirismo (“sé lo que vi”, “yo estuve ahí”, etc.), sino que se limita a contar, a narrar historias o historietas, algunas muy conocidas, otras menos, pero todas basadas en la realidad o en testimonios de personas tan normales como cualquier otra.

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Novelista

En realidad, yo lo que siempre quise es escribir novelas.

De pequeña, es cierto, me inventaba artículos periodísticos y los firmaba con distintos nombres de guerra; nombres que se me figuraban pertenecientes a personas intrépidas, reporteras. Escribí decenas y decenas de artículos. Es cierto.

Pero, antes de eso, cuando era más pequeña aún, escribía relatitos o amagos de relatos. Cualquier cosa que se me ocurría valía para darle a las teclas de la máquina de escribir. Ahí no había edición posible, como no fuera la de la tira de tipp-ex. Y, como mucho, se podía encalar una palabra, no más. O sea, que había que pensarse muy bien lo que se escribía. La otra opción era despilfarrar el papel. Pero formaba parte de la ilusión y del encanto de ser escritora.

Luego se me ocurrió apuntarme a un curso de escritura creativa o de aprender a escribir. Me lo creí todo y aquello me arruinó, como suele pasarles a los chicos y chicas cantantes que pasan por Operación Triunfo. Te tocan la naturalidad y eso es una sentencia de muerte, o casi.

Puedes resucitar, claro; pero no vuelves igual a como eras antes. Pasa como -dicen- a las personas que vuelven de la muerte: no son exactamente iguales a como eran antes. Porque has pasado por la crisis suprema y eso te cambia. Pero quizás, como a ellos, también te enriquece.

La cuestión, sin embargo, es que ya no he podido dedicarme a cultivar aquel sueño mío que, a fuerza de no pensarlo, rumiarlo ni reflexionarlo, formaba parte de mi identidad. A partir de aquel curso, mi escritura ya no era la mía; me la habían robado y la habían sustituido por otra. Me preocupaba demasiado del cómo, del cuándo, del dónde. Me obsesionaba por leer a otros -los buenos, según venían recogidos en el canon- y, a poder ser, parecerme a ellos.

Luego me dio por pensar que tal vez aquello no era lo mío y nunca lo fue. Y entonces, cuando abandoné, me relajé.

Poco a poco empezaron a fluir de nuevo cosas de mi pluma, del teclado. Seguía sin ser igual que antes; no había esa alegría, ahora había más recapacitación, más concentración, más racionalidad. La pluma había adquirido trazas de bisturí. Diseccionaba el lenguaje, las frases; analizaba cada palabra, cada punto; trataba de seguir las recomendaciones establecidas para escribir: hacer croquis, esquemas, hacer resúmenes, tener bien claro lo que vas a decir y cómo decirlo, tener bien claro el mensaje, aspirar a cambiar el mundo, aspirar a descubrir grandes verdades, aspirar a descubrir qué es lo que piensas y sientes acerca de ese tema sobre el que estás escribiendo; esforzarte en construir personajes creíbles; esforzarte en dotarlos de pasado, presente y futuro; esforzarte -con denuedo- en dotarlos de carne y hueso; tomar prestada de la vida real lo suficiente para dar realismo a tu escritura, pero no tanto que aquello se convierta en una crónica periodística, en una descripción de hechos reales o en -¡horror!- una autobiografía.

Luego las palabras se liberaron y comenzaron a formarse en poemas, en párrafos de una única línea, en frases yuxtapuestas o en frases truncadas. Sin aparente hilazón, aunque para mí estaba siempre bien clara. ¿Técnica del flujo de autoconciencia? Pues no sé. ¿Inspiración? Quizás. ¿Esfuerzo? Sí, todavía sí, ahí estaba siempre, el maldito esfuerzo consciente. A mayor esfuerzo, menor diversión. Y yo que pensaba que de eso se había tratado siempre… Pues no; se debía tratar de trabajo, de trascendencia, de profundidad. De semiología, de significado, de transformación. ¡De alquimia!

Luego vino el “blogueo del escritor”, un paso más adelante que el “bloqueo del escritor”. Una salida cómoda y fácil; un camino a medio idem entre el anonimato y la privacidad (el secreto y la vergüenza, el ninguneo y el rechazo) y la gloria de los ojos del mundo y la publicación, aunque sea a escala mínimal. Un compromiso con uno mismo tan sólo; una luz a medias, un sí es, no es. Satisfactorio, sí, pero quizás tanto o tan poco como una comida prefabricada y calentada en el microondas, como tomar café descafeinado. Caliente y vivo, ma non troppo.

Y los poemas. Que no son una elección, sino un modo de ver, más allá de la mirada que uno elija. Salen así y se los quiere sean como sean, como a los hijos. Los poemas son como lanzar un guijarro al agua y mirar la onda que crean. Como ver la luz de la puesta de sol reflejada en las aguas. Sentarse en el muelle y tocar la superficie del lago con la punta de los pies. Sentir que saltas, pero saberte a salvo, sentada sobre la madera. Saber que no te vas a hundir, pero sentir todavía el impulso de nadar hasta ganar la otra orilla. Verla desde lejos y saber que quizá ésta es tu patria, pero añorar aquella tierra que te prometieron hace tanto tiempo.

Yo siempre quise escribir la novela que lo dijera todo, la novela donde poner todo lo que anhelaba crear, los mundos, los personajes; las palabras suyas, que serían también las mías; sus verdades, también las mías; sus mentiras, también las mías, sólo algunas de ellas piadosas. Crear un mundo, un universo, el cosmos entero. Hermoso o feo, pero mío, de mi creación.

 

 

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La Magia de los mandalas

Crianza, vida y felicidad

El círculo mágico

Mandala es una palabra que en el idioma sagrado sánscrito significa “centro, círculo, anillo mágico”.

Es una imagen simbólica basada en las figuras geométricas del círculo (y también puede aparecer el cuadrado), que representan las relaciones existentes entre los distintos planos de la realidad.

En muchas filosofías orientales se considera un valioso instrumento de meditación que permite la elevación espiritual de quien lo practica.

¿Cómo funciona un mandala?

Su uso está documentado desde tiempos antiguos; de Egipto, hasta China, pasando por India o los druidas en España, incluso en tiempos más modernos Carl Gustav Jung en sus investigaciones de psicología analítica descubrió que los mandalas son un poderosoinstrumento terapéutico, de conocimiento del ser y de crecimiento personal.

Y esto es así porque dibujar, pintar e interpretar un mandala significa entrar en contacto con la propia intimidad, con nuestro yo más profundo, nuestra sabiduría interior…

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