Archivo mensual: febrero 2016

Opus magnum

Viajes melancólicos por ciudades europeas,

desayunos continentales en hoteles de una sola vez,

sentarse al sol y escribir,

soñar despierta y escribir,

tener gatos y regar plantas y escribir,

escribir la novela de su vida, la novela de cualquier vida,

escribir las respuestas a todo, escribir la explicación de todo,

escribir y descubrir, escribir y averiguar el origen y el final del misterio,

poner en palabras ese misterio,

eso iba a ser su vida,

una vida dedicada a la obra, una vida consumida por la obra,

la obra mayúscula, la obra gloriosa, la solución a todo, por fin,

la verdad.

Sólo terminaría cuando posara su pluma (agotada)

sobre la última hoja de papel,

cerrándose la presa, subiendo el dique, sin que el torrente cesara jamás.

Y de repente, una noche, mientras soñaba con un helado de chocolate a la orilla de un lago,

o una mañana, mientras se batía el cobre con una frase, una coma o una partícula,

a su obra le salieron manos y pies, le brotaron dos ojos grises, o azules o verdes (según la luz y la hora del día),

le crecieron también alas, y voló

en círculos sobre su cabeza, y luego con piruetas y florituras aéreas,

posándose, durante intervalos de milisegundos, sobre su mano derecha, como burlándose amablemente:

“Y dime, querida, ¿qué más quieres escribir? ¿Qué otra cosa mejor?”

La novelista insultaba a la versista, y ésta, con más cortesía, trataba de inventar certeras diplomacias,

cada una intentando descubrir cuál iba a prevalecer, cuál era la del rol verdadero,

y hete entonces que la obra mayúscula pasó surcando los aires, y enmudeció a ambas.

El tiempo pareció entonces encogerse, y, en desérticas ocasiones, alargarse hasta el infinito.

La tinta de la pluma se secó, los viajes cesaron, no hubo más fotos que colgar.

Las palabras se convirtieron en líquido ambarino, espeso como mermelada, y caían con lasitud, también ellas burlándose, o jugando (quizá son la misma cosa).

El papel aún espera, y ella lo ama con añoranza, pero más ama aún a su obra que decidió convertirse en lo que ella misma quería,

la obra que se soñó a sí misma y nació como una flor rosada, como nace el sol cada mañana,

la obra que es un ave de sangre, un diamante que devora y derrota certeramente el tiempo y todos los demás elementos, y, cuanto más gira, destructor, con más cegador y furioso brillo reluce,

cegándola a ella y cegando al mundo todo,

haciendo caer templos, haciendo caer monumentos, haciendo caer teorías, circunloquios,

haciendo arder bibliotecas

sólo con un parpadeo de sus facetas diamantinas indestructibles.

Ella no entiende, pero sin embargo sabe que todas las razones por las que amaba su papel, su tinta y sus palabras son hermosas, mas falsas,

y ella también sabe, y sólo ahora empieza a entender que todo es ilusión, mas sólo el amor es real.

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Twitbookgramtube (y WordPress)

Las redes sociales e Internet, así, a bulto, tienen mala fama o, mejor dicho, está bien visto hablar mal de ellos. Desde el “yo no tengo tiempo para eso” a “es todo postureo” o lo de los inicios de Internet, “está lleno de friquis y raros”, cualquier frase despectiva sirve y es bienvenida. La gente se somete a desintoxicaciones de Internet y emergen de ellas plenos de sabiduría y jurando haber “descubierto cosas nuevas y maravillosas” que el malvado Internet les había impedido ver antes. Otra gente -como una profesora rusa, según publicaba hoy un digital- se “quita” de redes sociales y utiliza todo ese tiempo para aprender un idioma nuevo y para mejorar su nivel en otros cuatro, diciendo a continuación que se han dado cuenta de “la cantidad de tiempo que perdemos en las redes sociales” (como si el tiempo invertido en aprender o mejorar el dominio de cinco lenguas diferentes fuera siempre e inevitablemente “tiempo ganado”; a lo mejor la familia de esa persona, incluida su, al parecer, hija de sólo meses de edad, tiene una opinión completamente distinta –no en vano la mujer, siempre según el artículo, afirmaba sin ningún reparo que para conseguir los objetivos de aprendizaje “hay que quitar tiempo de otras tareas cotidianas”–, pero el periodista no le había preguntado a su familia). En fin, una época de luditas, iluminados y posturitas de corte mecanoclasta pretendidamente “in” y superior a la gente común y corriente que sí está en redes sociales.

No tengo cuenta en Instagram, pero suelo visitar las cuentas de algunas personas que publican contenidos que me interesan.

Tengo Twitter y, aparte de entretenido, me parece muy práctico para los momentos en que no tengo tiempo de leer los periódicos digitales uno por uno, como acostumbro a hacer por trabajo y por interés personal.

Frecuento muchísimo Youtube y me conozco al dedillo los canales de contenidos infantiles; tengo mis favoritos y he aprendido unas cuantas decenas de canciones sobre vacas, gallos, hurones y marineros bailongos en los meses recientes.

No tengo Facebook desde hace bastante tiempo, porque -y lo digo sin cinismo alguno- me di cuenta de que me hacía perder el ídem, aunque no por el hecho mismo de tener cuenta en esa web, sino porque mi actividad en ella no me reportaba ningún beneficio a casi ningún nivel. En otras palabras: Facebook había dejado de parecerme divertido y me molestaba el hecho de tener un perfil en una web que no me interesaba, así que lo cerré. Lo mismo que hice con Facebook lo hago con cualquier otra afición o actividad de mi vida, fuera de las actividades necesarias, ineludibles y obligatorias que todos tenemos: en el momento en que no me sirve para nada, la elimino, la dejo a un lado. No por eso soy mejor ni peor que nadie. No por no tener cuenta de Facebook soy superior a quienes sí la tienen. Pero tampoco por tener perfil de Twitter o de Instagram soy peor que quienes no la tienen. Ni más tonta, ni más vulgar, ni menos culta, ni, en resumidas cuentas, menos valiosa, digna ni interesante como persona. Pero, por alguna razón, la parte lúdica de Internet está investida de ese malditismo que hace que se vea como un tipo de entretenimiento de baja estofa, propio de gente que no lee, que ve mucho Telecinco, que no sabe redactar una frase de siete palabras sin cometer diez errores ortográficos y sintácticos, y que pega patadas a transeúntes desconocidos o tortura animales para grabarlo y lanzarlo luego a los cuatro vientos virtuales. Y no, no es así en absoluto.

Cuando Internet comenzó a popularizarse y el minuto de conexión costaba caro (tenías que pensártelo cada vez que navegabas, y tenías que ser muy consciente de para qué estabas usando tu tiempo de conexión, porque cada segundo tenía su precio), había gente que se indignaba moralmente cuando oía decir a otros que, para ellos, Internet era para el entretenimiento y para el ocio. Aunque hoy en día todo el mundo goza de tarifas planas que le permiten navegar a un precio módico y, quien no, tiene servicio de Internet a cargo del contribuyente en bibliotecas y otras instalaciones públicas, parte de aquella actitud aún prevalece a día de hoy. Está bien visto ir a pasear, leer o nadar por el puro placer de hacer esas actividades, sin tener como objetivo prioritario y declarado entrenarse para una maratón o un Ironman ni meterse Guerra y Paz entre pecho y espalda, pero sigue sin estar bien visto (normalizado, dirían algunos) usar Internet por el mismo motivo. Se recela -aunque sea de modo inconsciente- cuando uno navega para pasar el rato, para ver vídeos de gatitos o para usar su red social sin otro objetivo en mente que ver fotos de sus amigos o reírse con el último meme sobre temas de actualidad. Tal vez porque es el signo de los tiempos esa manía de que siempre tenemos que estar trabajando, haciendo algo de provecho, haciendo buen uso de cada segundo de nuestro tiempo. Y a eso hay que añadir el carácter furtivo, de entretenimiento oscuro, que tiene Internet. Es casi algo que uno hace a puerta cerrada, a solas consigo mismo. Nada bueno puede salir de ahí, parece decirnos esa estampa.

Y, sin embargo, es algo bueno que el mayor invento de las recientes décadas tenga una vertiente lúdica tan inagotable. Es algo estupendo y es, además, muy provechoso. Maestros, pedagogos y psicólogos de infancia podrían hablar mucho mejor sobre esto, pero el juego es una de las mejores formas que tiene el ser humano de aprender, de desarrollar y explotar todas sus potencialidades. Los niños aprenden mejor cuando el aprendizaje se hace a través del juego. Es, además, algo innato. Así que, sí, usamos Internet y las redes sociales para jugar, para ver lo que hacen otros en este inmenso parque de juegos de los ordenadores interconectados, para aprender tendencias, para reírnos con tonterías inofensivas.

Cuando llegamos a casa después de un largo día de trabajo, y una vez que hemos despachado las obligaciones y deberes que nos esperaban en casa, seguramente no nos apetece leernos el Tractatus logico-philosophicus, ni tampoco -por lo menos, a mí, aunque sé que a mucha gente sí- sintonizar noticias políticas en la tele, ni tampoco programas de sátira política (porque la sátira política es, después de todo, política), sino meternos en este túnel multicolor de duendecillos, globos y sorpresas que es Internet. Podemos encontrar una canción que nos ponga una sonrisa en la cara, una página en blanco que nos inspire, un artículo que nos mueva a reflexión o un vestido monísimo tirado de precio. O quizá sólo un rato de relax y de evasión,algo que siempre será mucho más grato que una lección de un idioma que quizá nunca vayamos a necesitar.

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La profesión más difícil del mundo

Sé padre, sé madre. Atrévete a fracasar.

Carrera sin salidas, valor que cotiza siempre a la baja,

la profesión más antigua del mundo y la menos agradecida:

mal pagada, cotizando hasta que te mueres, explotado,

metiendo horas por un tubo.

Sé madre, sé padre: siéntate en el banquillo, siéntete juzgado.

Hazlo lo mejor que puedas y comprueba cómo el esfuerzo es un pozo  sin fondo

en el que pareces destinado a hundirte y desaparecer

porque así de pesada es la condena del mundo.

Hagas lo que hagas, errarás el paso, o eso te dirán.

Dilemas tantos como días vivirás desempeñando el oficio, y sentirás que siempre has tomado la opción peor.

Si le diste biberón, lo mejor era el pecho;

si en la cuna, lo mejor era el colecho.

Si le diste puré, resulta que eso es un invento nuevo

(lo suyo era haberle dado el alimento puro y duro);

el cochecito que elegiste era de lejos el peor.

Sus resfriados son por tu negligencia al vestirle, y sus calenturas, por tu exceso de celo.

Las madres de sus amiguitos lo hacen siempre mejor.

Quizá hasta te miran con condescendencia, o con compasión.

Pasar demasiado tiempo con él lo hará un niño mimado;

pasar demasiado poco hará que sea frío y despiadado.

Si lo llevas a la guardería, eres un mal padre; si lo dejas con los abuelos, eres un explotador; si lo crías tú mismo, eres un antiguo y un consentidor.

Concederle sus deseos quiere decir que pretendes sustituir el cariño con objetos;

no concederle nada significa que tienes un corazón de acero.

Sucesivos dilemas te esperan en cada uno de los hitos de su crecimiento:

escolarización, dentición, socialización, comunión,

primeros deberes, primeras preguntas, primeros amigos, primeras novias.

En cada uno de esos episodios tendrás la sensación de haber fallado,

de haber hecho algo -no se sabe qué- mal.

Leíste demasiadas revistas sobre cómo Ser Padres, o demasiados manuales sobre Qué Esperar.

Escuchaste demasiados cuentos de viejos y de viejas, hiciste demasiado caso a quien hablaba por hablar.

Y a pesar de saber que lo haces lo mejor posible, te molestará esa pregunta inconsciente:

“¿habré hecho algo mal?”

Pero el mundo está lleno de padres y madres, y aún más lleno de hijos.

Hijos que hacen de superestrellas para vídeos de Youtube.

Hijos que se atragantan con su primera naranja, que ríen, que lloran, que se desgañitan

y que son grabados sin ellos saberlo y luego puestos en la plaza pública.

Quizá está bien, quizá está mal, ¿cómo voy yo a saberlo? ¿Quién soy yo para juzgar?

Hay también hijos que se atiborran de comida basura y se convierten en obesos.

Hijos a los que alimentan a base de dietas crudiveganas y salen en documentales.

Hijos a los que no se manda a la escuela y son instruidos (aparte de educados -se supone-) en su casa.

Hijos por los que se clama no tener qué darles de comer y se encomienda a las instituciones y a los comedores escolares.

Hijos a los que se permite, hijos a los que se restringe.

Y de todo eso se habla, hablan, hablamos. Opinamos, juzgamos, nos acaloramos, nos implicamos.

Sentimos todo eso como si fuera nuestro, nos sentimos investidos de razón aunque nos pueda la emoción.

Hijos que nacen, hijos que crecen. Hijos que enferman, hijos que se rebelan.

Padres que se esfuerzan, padres que ignoran, padres que aman, padres que deciden.

Inevitablemente, deciden.

Y todo eso ya es un triunfo:

amar, decidir.

Se han convertido en una sola cosa que no hace explicar.

Simplemente amar y luego decidir.

Escuchar al instinto y actuar.

No hay nada más.

Y que hablen.

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Plaga

Una criatura diminuta, recién nacida; ojillos vivaces, inteligencia portentosa.

Criatura acuática envuelta en su propio corazón.

Rodeada de repente por doscientos imbéciles, no aguanta el asedio.

Unos cuantos flashes y cientos de selfis después, yace ahí al lado.

Como si fuera un pingajo, como si fuera una basura.

Los cielos deberían llorar esta afrenta.

Pero no es la única; el rito de iniciación a la idiotez se repite

día tras día y hora tras hora.

Un rótulo de neón que se enciende cuando cerramos los ojos:

Cuidado con el imbécil, porque no descansa jamás.

Ahí tienes tu foto, ahí tienes tu vídeo.

Quema tu feisbuk, quema tu guasap, quema tu instagram.

Decenas y decenas de pulgares hacia arriba, viva tú y tu popularidad.

¿Qué importa todo lo demás?

Golpea al pequeño, róbale su dignidad, patéalo, reduce su amor propio,

píntalo de negro y púrpura.

Y grábalo todo, eso es lo más importante.

Osadía al desnudo, un videojuego para ti mismo, eres el mejor.

¡Que no se diga!

Que los demás vuelen sin motor. Que se estrellen sus sueños; el tuyo ya se ha cumplido.

Nadie te toca, nadie te molesta

mientras pisoteas cuanto te sale al paso, sintiéndote grande, sintiéndote invencible.

Quema tu tuiter, quema tu yutub, quema las calles con tu música a todo volumen.

Písale más, dale duro.

Consigues casi todo lo que quieres, haces colección de tus trofeos, retratas todos tus grandes momentos.

Criaturas pequeñas de ojos inocentes y ávidos dan la vida -qué remedio- por ti.

Décadas después, un día, de repente, una tosecilla seca, o un rastro de sangre en las heces,

y al cabo de seis meses estás en un agujero,

allí donde no vas a poder hacer más daño.

La naturaleza te separa y clasifica: la parte orgánica alimentará la misma tierra cuyas flores tú maltrataste, arrancaste, quemaste.

Ellas son las que ahora te devoran.

El resto va a desecho, no sirve para nada:

cuando naciste, olvidaron ponerte alma.

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Brécol

Hay muchas mentiras socialmente aceptadas -y convencionalmente aceptables- que se repiten sin cesar y que, sin embargo, todos sabemos intuitivamente que son mentira, nada de lo cual parece erosionar su elevado estatus ni, curiosamente, el halo de virtud del que impregnan a quien las pronuncia (aunque sepamos que nos está mintiendo).

Muchas de esas mentiras convencionales están relacionadas con los hábitos alimentarios, la salud y la apariencia física (aunque no son las más irritantes. A todos nos suenan frases como: “Yo es que soy de muy poco comer”, “No me gustan los dulces (o el marisco, o la pizza, o insértese el alimento calórico que sea)”, “Me cuesta mucho engordar” y -la frase que está motivando esta entrada en el blog- “Me encanta la verdura”.

Yo, personalmente, que considero que mi ingesta semanal de platos a base de verdura o con un gran porcentaje de verdura es razonablemente elevada -desde luego, muy por encima de la media nacional-, puedo afirmar categóricamente que es imposible que a uno le encante la verdura, por la sencilla razón de que la mayoría de verduras y hortalizas, por sí solas, así, crudas, recién sacadas de la huerta y lavaditas con agua nada más, no saben a nada. Ergo, no te puede encantar su sabor. Te puede gustar muchísimo, eso sí, lo que piensas y sientes sabiendo que te estás comiendo un plato de verduras (por algo la palabra “verdura” empieza con “v” de “virtud”, conceptos ambos que están firmemente enlazados en nuestro subconsciente colectivo); también puede que te encanten los ingredientes -más sabrosos todos ellos- que conforman el plato cuya base o elemento es la verdura y que realzan el -discretísimo- sabor de ésta, pero poco más. No conozco a nadie que diga que le encantan las hortalizas (que empiezan por “h”, igual que “honor”, aunque también igual que “hambre”) y las tome así, a pelo. Cualquiera de estos amantes irredentos de lo natural puede probar a cenar una ensalada a base de lechuga, tomate y cebolla, sin nada de aliño, y luego contarnos su maravillosa experiencia.

Dentro de la gran familia de nuestras amigas las verduras y hortalizas, sin embargo, las hay más insípidas y algo menos insípidas. Bueno, hay una tercera categoría: están las que no saben a nada y, si eso, saben raro. Directamente raro. El poco sabor que tienen es raro, y eso -y toda la raridad que atañe a la verdura en sí- hace que el acto de comerla sea un acto verdaderamente extraño.

Estoy pensando en el brécol (odio la palabra “brócoli”, innecesaria en español, pues ya tenemos “brécol”). No se me había pasado inadvertida la moda del brécol; de repente, parecía que todo el mundo se había enamorado del brécol. Lo que me decidió a probarlo fue coincidir a la hora de comer con un compañero que se había traído un táper (odio también esta palabra, pero hay que contemporizar) lleno de brécol y declaró que le había “cogido la mano” a esta verdura. Pensé que, si alguien almorzaba un plato único y éste constaba mayormente de brécol, no podía ser tan malo. Esa misma semana compré dos -cómo llamarlos- arbolitos de brécol. Y ésa fue la primera y última vez que comí brécol.

Lo primero que tengo que decir es que la sensación acerca de esta experiencia fue que estaba comiéndome una especie de bonsái un poco más feo, o quizá unas minicoliflores sin la gracia y la exuberancia de la coliflor. A la fealdad estética se sumó enseguida su sabor totalmente vegetal -en realidad, las peores verduras, desde el punto de vista culinario, son las que más recuerdan a un vegetal, será porque nos hacen sentir como vacas pastando. Su sabor se me figuró parecido a una planta silvestre, si alguna vez hubiera comido una planta silvestre. Y el tacto de sus decenas de tentáculos arbóreos tiene que ser muy similar a la sensación de masticar una esponja. Ni el ajo que le añadí consiguió mitigar un poco semejante bodrio.

Unas minicoliflores exóticas, con poco arraigo en nuestra tierra y en nuestra rica y saludable dieta, y cuya popularidad resulta sorprendente habiendo alternativas mucho más sabrosas y tan o más saludables, si es eso -que la mayoría de las veces lo es- el objetivo que se persigue: la misma coliflor, las espinacas, los tomates, las berenjenas, las acelgas… Hasta una lechuga es, si no más sápida, al menos sí mil veces más simpática que el puñetero brécol.

Así las cosas, y siendo el caso que no me considero especialmente exigente en cuestión de comidas -soy de buen conformar y me gusta casi todo, y a la mayoría de cosas que no me entusiasman les encuentro la gracia; hay muy pocas cosas que me disguste comer y que rechace-, mi conclusión es, por fuerza, que, como he dicho, lo del brécol es una moda y, como tal, inexplicable. Si cabe explicación alguna, es seguramente el puro esnobismo con toques de ortorexia inofensiva, a la par que la supuesta sofisticación de habernos apuntado a algo nuevo, foráneo y, por tanto, mejor, mucho mejor que cualquier vulgar plato de vainas con patatas más propio de nuestra cocina.

Ahora bien, puestos a hilar más fino y a buscar otra explicación, me gustaría retomar el apunte que he hecho más arriba. Ya saben: “verdura” – “virtud”. Primas hermanas, en nuestro subconsciente colectivo. Uno que hemos forjado a base de progresivas lavadas de cerebro, no se sabe si autoinfligidas o venidas de fuera, “del sistema”. En realidad, no nos gusta el brécol, a nadie le gusta (salvo que se le añada queso y se gratine, y mucha sal, y otras cositas de mucho gusto y sabor, pero claro, menos “saludables” y con menos macronutrientes), pero queda bien decir que sí nos gusta, que somos unos fans implacables. Nos gustamos a nosotros mismos cuando comemos brécol y muchas otras cosas tan sofisticadas, modernas y saludables, y nos gusta lo que nos decimos a nosotros mismos de nosotros mismos mientras comemos brécol. Nos gusta pensarnos virtuosos, más sanos, más perfectos, con mayor fuerza de voluntad que quien come una hamburguesa con queso para almorzar, por ejemplo. Hemos construido una narrativa repleta de falsas equivalencias, y nos la hemos creído a base de tanto repetirla. Siempre será más sano -objetivamente- comer brécol que una hamburguesa con queso, pero puede que, para la mente, no sea tan sano no comer nunca una hamburguesa con queso o cualquier otra cosa que nos guste. La salud es un concepto muy amplio y lleno de matices. Pero nos valoramos a nosotros mismos en función de lo que creemos aparentar y en función de lo que creemos que los demás piensan de nosotros. El brécol es una elección culinaria que nos eleva un poco sobre todos los demás, o eso pensamos; especialmente, sobre los que comen hamburguesas con queso.

Si estuviéramos solos en el mundo, ¿seguiríamos queriendo comer brécol? He ahí la cuestión.

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‘Robinson Crusoe’

Lo que más me ha enganchado, y algo que creo que puede interesar a lectores de cualquier época y cualesquiera exigencias, por tratarse de algo intemporal y más profundo que cualquier relato de aventuras marineras, es el retrato psicológico de un personaje, el de Robinson Crusoe. Un retrato que incluso hoy me parece finísimo, sorprendente y, sí, incluso provocativo y desafiante. Se trata de un hombre muy de su época y país de origen, muy devoto y creyente a partir de cierto momento, muy puritano, muy correcto y muy atento a las imposiciones de la observancia moral pero, al mismo tiempo, frío como un témpano, casi carente de emociones o muy reacio a manifestarlas, con evidentes contradicciones de índole moral (o son contradicciones sólo en la actualidad, mas no para su época) y totalmente carente de actividad psicológica en lo que atañe a ciertas áreas de la vida.

Leer reseña completa en http://www.librosyliteratura.es/robinson-crusoe.html

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¡No es la educación, estúpido!

¿Qué invocamos cuando hablamos de la educación?

La educación, junto con el medio ambiente y la igualdad, es una de las grandes deidades del mundo de hoy. Como siempre sucede en épocas de decadencia y de neopaganismo, los valores y conceptos que se endiosan y se adoran son valores y conceptos no carentes de importancia y dignos de ser admirados y respetados, pero que se han simplificado, y que evocan en nosotros una serie de conceptos y de imágenes que son a su vez de una simplicidad tal, que no son sino una mera sombra traidora, casi hasta contradictoria de lo que son en realidad.

La educación se invoca hoy en día como bálsamo de Fierabrás de casi todos los males que, como sociedad y aun como civilización, nos aquejan.

Pongo como ejemplo uno bien tristemente cotidiano. La mañana siguiente a una noche de juerga, samba y despiporre, aparece la ciudad con desperfectos por todas partes. Contenedores han sido destrozados, incendiados o desplazados de su sitio y volcado todo su contenido; paredes han sido pintarrajeadas (si eran blancas y recién pintadas, tanto mejor; bonus plus si pertenecen a un monumento o a una iglesia); registros de gas y agua han sido destrozados; espejos retrovisores de vehículos estacionados en la vía pública, arrancados sin piedad; incluso animales han sido golpeados hasta la muerte (caso real). La gente que todavía se inmuta por tales sucesos habla de que se necesita, como antídoto y prevención, más educación.

Lo mismo se oye siempre y cada vez que sucede un asesinato por violencia de sexo (que no “de género”, como la legión de periodistas con deficiente conocimiento de la lengua han propagado). Para prevenir más casos así, lo que hay que hacer es “educar a los jóvenes en la igualdad”. Bueno, pues las nuevas generaciones, supuestamente educadas en la más escrupulosa igualdad, resulta que reproducen con total naturalidad los mismos patrones machistas de cualquier otra generación anterior.

Educación, educación: es lo que, dicen expertos y personas de a pie, hace falta para subsanar cualquier atrocidad, vandalismo, desigualdad, acto de violencia, fealdad debida al ser humano, deficiencia en cuestiones de actitud, querencia por ideologías basura y, en fin, todo tipo de mal que aqueje al hombre.

Y sin embargo, no es más que una falacia. Una falacia que nos gusta creer, porque creer en ella implica creer en otra falacia, a saber, que el ser humano es capaz de controlarlo todo. Pasa algo parecido a lo que sucede en el campo de la salud: que preferimos creer que podemos detectar las “señales que nos indican que vamos a tener cáncer” (hay titulares de prensa que son así, literalmente) para así corregir los comportamientos que producen tales señales y librarnos de tener cáncer. Cuando lo cierto es justo lo contrario: no podemos saber si vamos a padecer esa enfermedad u otra cualquiera, y, por tanto, no hay forma de prevenirla salvo en términos puramente probabilísticos. No hay nada seguro. Pues con la maldad del hombre pasa igual. Hay actos, muchos, que se deben simplemente a que la persona que los ha cometido es mala. No hay más explicación. No se trata de una deficiente educación: un maltratador sabe que no se debe maltratar, que está muy mal, que no debería hacerlo. No es que le falte educación en valores, sino que lo que le falta son esos mismos valores. El matiz es vital. No es que la persona que se comporta mal ignore cuáles son los valores esenciales, los del ser humano individual y los de la sociedad. Probablemente, esa persona ha tenido una correcta y suficiente educación en valores. Pero de nada sirve educar sobre algo de lo que se carece.

Hasta las malas personas tienen dentro de sí la brújula moral que les indica infaliblemente la calidad de sus actos. Todos tenemos dentro de nosotros esa brújula que marca, indefectiblemente, hacia el norte de la bondad y la nobleza. Somos nosotros los que elegimos hacerle caso o no, pero siempre sabemos si estamos haciendo algo bueno o algo malo. No hace falta para ello ningún tipo de educación, entendiendo educación como esa formación de la persona que comienza en su familia, en su círculo más íntimo, y continúa en sociedad y en el colegio. Nos pueden enseñar cuáles son los valores convencionales, los que no son esenciales sino que favorecen la convivencia, aunque no sean indispensables para ella; pero no nos pueden enseñar sobre lo bueno y lo malo.

Es impopular y fea esta visión de las cosas porque tiene implicaciones terribles, a saber: la sociedad no tiene ninguna herramienta hermosa, concitadora de unánimes sentimientos a favor, para frenar y borrar de su faz el mal. Sólo tiene herramientas feas, desagradables, a las que se recurre cuando todo lo demás ha fracasado: la represión, la ley, el castigo, el encarcelamiento, es decir, el alejamiento forzoso de la sociedad de los elementos que la perturban y la violentan. A todos nos gusta mucho más la educación. Nos gusta la idea romántica de que podemos reformar al malvado a base de darle bellos y sabios libros para leer y de inculcarle los hermosos y rectos principios sobre los que descansa nuestra civilización. Sin embargo, esto no es más que un sueño o un espejismo, como la realidad se encarga de demostrarnos una y otra vez.

Y que conste que estoy pensando no sólo en los crímenes más abyectos y horrendos, sino en cualquier pequeño acto de maldad cotidiana tan aparentemente caro al ser humano, desde destrozar un contenedor de basura hasta tratar con sadismo verbal y prepotencia a alguien que ocupa una posición de poder inferior a uno mismo. ¿Estoy diciendo que el adolescente que, en una noche de juerga, destroza un contenedor o aquella otra de un mostrador de un servicio público que despacha de malos modos a un inmigrante de un país subdesarrollado son malas personas? Quizá sí o quizá no, pero no creo que sean muy buenas personas. Quizá sus maldades no vayan más allá, pero creo que para hacer algo así tienes que tener dentro un poso de no-bondad. Y, sinceramente, son ésas las personas que más miedo me dan, más que las personas con una gran maldad, porque aquéllas vienen en mucho mayor número y porque su poder de influir es mucho mayor. ¿Qué educación se puede usar contra eso? Ninguna. No se puede hacer nada. La educación sirve para muchas cosas maravillosas, pero no para erradicar el mal.

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Nudo gordiano

Cada uno de los tres colegios ofrecía sus seductoras ventajas y sus engorrosos inconvenientes. Y no cabía la posibilidad de separar unas de otros y hacer un Colegio Perfecto con las ventajas de los tres puestas todas juntas. No; no surgiría de la noche a la mañana un cuarto colegio que conjugara una metodología y un proyecto atractivos, modernos y afines al ideal de Marta para la educación de su hijo; que, además, estuviera a tiro de piedra de su casa; y que, encima, hubiera resultado ser también el que habían elegido los padres de los compañeritos que había tenido Daniel en la guardería, y con los cuales había hecho Marta tan buenas migas. No; cada una de esas características la tenía uno de los tres centros educativos en solitario.

En contrapartida, el colegio de la metodología ideal de la muerte y el profesorado profesional y atento estaba en el quinto pino; el cercano a casa con horario que venía que ni pintado para la logística de dejar y recoger al niño no había sido elegido por ninguno de sus amigos; y aquél al que por goleada iban a ir los amiguitos de Daniel dejaba que desear, a ojos de Marta, en cuanto a instalaciones y amabilidad y preparación del profesorado.

Días y noches -en vela, claro- dándole vueltas y más vueltas a la matraca. Que en qué colegio matricularlo. Que no es una decisión baladí; que mira que de eso dependen muchas cosas para su futuro; de ahí saldrán sus amigos, su grupo, quizá hasta su primera novia; algún maestro puede influir en él de forma beneficiosa y hacer que encuentre su verdadera vocación; o, si elijo mal, puedo estar colocándolo en medio de un nido de cuervos que le harán bullying y le destrozarán la vida… Con lo pequeño que es, pobrecito mío…

Cosas todas éstas que, palabra arriba, palabra abajo, se decía Marta en un no parar de admoniciones, consejos, exhortos y amenazas a sí misma. Imagínense la tortura mental.

Marta siempre había sido así, un poco tendente a accesos de neurosis y perfeccionismo, y a ataques de responsabilitis: de repente, podía jurarlo, sentía el peso del mundo sobre sus hombros, y el peso más grande y decisivo de todos correspondía a una personita que apenas levantaba un palmo del suelo, pero que, a sus 15 meses de edad, dominaba todo su mundo y era el centro de sus desvelos, esperanzas y preocupaciones.

Isma, su marido, no era así. De hecho, jamás lo había visto ni un pelín inquieto o nervioso por nada relacionado con Daniel ni con cualquier otra cosa bajo el cielo. Era el hombre tranquilo que se tomaba la vida con una serenidad natural, que le salía de dentro y para la cual no le habían hecho falta clases de yoga, viajes al Tíbet o sesiones de terapia grupal; es que él, sencillamente, era así. Por eso, a Marta no le resultaba de ayuda debatir aquellas cosas tan graves y trascendentales con él; porque, en el momento que abría la boca y empezaba a exponer el tema, se sentía como un niño intentando explicar a un adulto su grave problema, dentro de la gravedad que podía tener.

Sin embargo, era tal la magnitud del nudo gordiano, y tal la asfixia que le creaba, que fue el propio Isma el que aludió a él. Una noche, después de acostar a Daniel, estando ella sentada en el sofá mirando la tele sin ver, sencillamente Isma le dijo:

-¿Qué te pasa, Patata Rita? –Usando el sobrenombre cariñoso que Marta se había ganado y que procedía de ciertos vídeos músico-didácticos que habían encontrado cierta vez para Daniel.

Y ella se lo contó todo, claro. Que si el plazo de matriculación terminaba dentro de dos días. Que si todavía no se había decidido. Que si todos sus amiguitos iban a uno. Que si el otro estaba cerca y resultaba conveniente. Que si aquél era el que a ella de verdad le molaba, pero todo lo demás eran desventajas. Que si el día de puertas abiertas, la maestra de uno de los colegios -no iba a decirle cuál- le había cerrado la puerta en las narices porque todavía faltaba un minuto para que empezara la sesión. Que si los padres de sus amiguitos de la guarde hablaban maravillas del que ellos habían elegido, y que a qué esperaba ella. Que si una vecina y amiguita de su infancia -de Marta- era administrativa en otro -el que a ella en  verdad le molaba, pero que no tenía ni una sola ventaja más aparte de esa única ventaja totalmente subjetiva- y que se sentía segura enviando a Daniel allí. Y que si esto y lo otro.

Para cuando pronunció las últimas palabras, ya estaba llorando como una embarazada, sin poderlo evitar.

Isma le pasó un brazo por los hombros.

-Pero, hombre, chica, ¿no habíamos decídido que iba a ir al cólegio B? (Hay que aclarar que, a pesar de todos los años que llevaba en España, y de hablar español como cualquier hijo del vecino del quinto, Isma ponía los acentos en lugares atípicos, y, cuando escribía, las tildes o acentos ortográficos, también; a estas alturas, Marta todavía no tenía claro si lo hacía por gusto y por marcar su propia personalidad o porque, por la razón que fuera, no le entraba el tema de los acentos.)

Y sí, era verdad: allá por el Pleistoceno, Marta le había dicho a Isma que le gustaba el colegio B y que estaba requetedecidido, no había vuelta atrás ni giro posible de 180 grados: aquél era el futuro colegio de Daniel. A él le había parecido fenomenal.

-Ya, pero…

Y empezó a repetirle otra vez los argumentos  a favor y en contra de cada uno.

-¿Qué hago? ¿Qué hago?

-Pues, chica, mujer, yo lo veo bien clárito, pues. Si hábias decídido el B, pues el B.

Dicho así, con el tono de voz pausado de Isma y el ademán calmado y siempre inalterado de Isma, en efecto, sí: parecía bien clarito.

Pero no lo era tanto, y en esto contraatacó Marta, como sin duda tenía que hacerlo:

-Pero es que no es tan fácil. De esta decisión dependen muchas cosas. Daniel se juega su futuro –se vio en la necesidad de subrayar, lo más dramáticamente que pudo. –Según a qué colegio lo enviemos, tendrá unos amigos u otros, tendrá unos maestros o tendrá otros, aprenderá unas cosas o aprenderá otras, le pueden fomentar las aptitudes o arruinárselas… ¿Te das cuenta?

-Bueno, tambien puede ser que en el cólegio al que vaya le caiga una teja en el récreo, o que éncuentre un bóleto con el numero del gordo de Návidad. ¿Cómo saber, éntonces?

-No hagas chistes. Es una cosa muy seria. ¿No te preocupa?

-Yo no me preócupo de lo que no está en mi mano. Mi réligion me lo próhibe.

Lo dijo así, quedándose ipso facto tan ancho y pancho. Ésa era una de las características perdurables de Isma: que, siendo casi siempre tan moderado en su uso de la palabra, y con preferencia por las palabras y frases sencillas, cada una de sus frases era a la vez la aparente y su contraria, de modo que uno nunca podía estar seguro de cuándo hablaba en serio, cuándo en chanza y cuándo mitad y mitad. Probablemente, la mayoría de las veces se movía entre uno y otro extremo sin punto fijo ni intención declarada; sus elocuciones eran una expresión natural de su persona.

-Ya, vale. Pero entonces, ¿qué hago? ¿Qué hacemos, me quieres decir? -insistió Marta, subiendo inadvertidamente un cuarto de octava el tono de voz e indicando claramente ello la escalada hacia el pánico.

-En el fondo no son tres ópciones, son sólo dos, como siempre en la vida; nos puede párecer que hay más de dos ópciones pero son siempre sólo dos. Fíjate bien y te daras cuenta. ¿Verdad?

Pues sí, tuvo que reconocer Marta. En realidad, el colegio C -que le convenía por su cercanía al hogar– no contaba con suficientes puntos a favor. La cercanía no era un factor de suficiente peso para decantarse por él. Así fue como Marta se deshizo de esa opción.

-Vale, bien, ya está.

-Y áhora, fíjate bien, es muy fácil, simplemente élige el que a ti más te guste, es bien fácil, ¿no crees? No pódemos ver el fúturo, así pues, élige lo que tú quieras.

-¿Y tan fácil como eso?

-Sí, mujer, chica. Ay, chica, chica, que te cómplicas la vida por tontérias.

-¿Y si me equivoco?

-No te puedes équivocar. Lo que décidas será, Insh’Allah, lo que tenías que décidir. Y ya está. Mirá lo que te digo: hay que décidir sin pénsar demásiado. Pénsando sólo que no tiene nínguna impórtancia. Acértar, no acértar, ¿qué es eso? Nínguna décisión que tomamos tiene nínguna impórtancia. Decídimos y ya. Eso es lo que de verdad importa.

Y dicho esto, Isma volvió a tornar el foco entero de su atención al episodio de “Águila Roja” que estaba intentando ver.

Marta sentía que lo que le había dicho Isma resonaba con lo que ella misma, en el fondo, sentía, opinaba e intuía. Le dio un codazo a Isma y dijo:

-Oye, ¿y si lanzo una moneda al aire? Saldrá lo que estaba escrito que tenía que salir y por eso no debo preocuparme, ¿verdad?

-Eso mismo –contestó él, guiñándole un ojo. –Pero –continuó– si vas a decídirlo echándolo a suertes, ¿no es mejor decídir por ti misma?

–Tienes razón –dijo ella.

Y eso hizo.

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