La vampira (y III)

Increíblemente, es cierto: pese a que sigue comiendo, está más delgada.

Al cabo de una semana más, no sólo ha desaparecido del todo la hinchazón, sino que -para su mayúscula sorpresa-, vuelve a menstruar.

“Así que, después de todo, no he tenido la menopausia”, se dice.

Otra semana más, y los cabellos grises han disminuido en número, y su cabello ha ganado en brillo y fortaleza, igual que sus uñas y sus dientes.

Han dejado de dolerle los huesos de las rodillas.

La piel que cubre la pelvis ya no tiene cardenales. De hecho, los propios huesos de la coxis ya no le sobresalen. Tampoco los de la espina dorsal. Ni las costillas. Las nalgas se le han llenado agradablemente. En algunos puntos, la piel presenta hoyuelos -“celulitis”, piensa, pero sonríe al pensarlo, no esboza una mueca de asco. El hueco entre los muslos ha desaparecido; la carne se junta con la carne sin dejar ningún resquicio.

Incluso tiene un poco de pecho donde antes había una lisura igual que la de una tabla de planchar. Su vientre se redondea por debajo del ombligo, pero es una redondez bonita, propia del sexo femenino; no le repugna ni hace que salte su odiosa voz interior profiriendo palabras ofensivas y castigadoras; no le hace tener ganas de cortar trozos de su propia carne con unas tijeras. Ahora ese vientre redondeado pide una caricia, le inspira ternura.

Los ojos ya no aparecen mortecinos, ni están circundados de ojeras grises.

Ve su cuerpo de verdad, ve su cara de verdad, no la impostura que se ha obligado a sí misma a habitar durante más años de los que puede recordar. No ve la cárcel de huesos y pellejo con la que se ha identificado hasta considerar que la cárcel era su hogar. Y llora.

No odia su cuerpo ni su cara. Y tampoco siente odio hacia nadie. No siente amargura, no tiene ganas de publicar mensajes llenos de ira y de rabia -ni siquiera aunque sea una ira justificada-. Piensa en su indignación anterior, que la consumía casi tanto como esa hambre salvaje, primitiva, y siente vergüenza, porque era una indignación inservible que sólo reflejaba el odio que sentía hacia sí misma. Ese odio que ahora la ha abandonado.

Por fin, la vampira ha dejado de serlo: por primera vez desde que era una niña, se ve en el espejo.

De repente, se da cuenta de que tiene una tarea pendiente. Por primera vez desde que se encerró en casa, se ducha, se arregla y sale a la calle. Va al hospital donde estuvo ingresada y pregunta por el médico que la atendió. No sabe su nombre, pero da detalles de su ingreso. La recepcionista lo identifica, pero, aunque el doctor está en el hospital, en estos momentos está en quirófano y es imposible de saber cuándo la podrá atender, puede usted volver en otro momento o esperar, aunque puede ir para largo. No me importa, contesta ella; esperaré lo que haga falta.

Se sienta y espera y, en un momento dado, horas después (ya ha anochecido), el médico sale de un área restringida al personal médico. Ella lo reconoce inmediatamente, pero él a ella, no, aunque, por alguna razón, la mira intensamente y ella ve cómo hace esfuerzos por ubicarla. Ella se pone de pie y se le acerca. Le tiende la mano y él se la estrecha sin dejar de mirarla con igual intensidad.

-Usted no se acuerda de mí, pero yo fui su paciente, y quiero darle las gracias porque me ha ayudado a salvarme la vida. Oh, no, no, no me salvó usted, eso lo he hecho yo sola, pero usted me dio el empujón que me faltaba. Por eso, muchas gracias.

Le sonríe, se da la vuelta y se dispone a marcharse, pero el joven médico la llama:

-¡Señorita! Espere, por favor. Dígame, ¿quién es usted? ¿De qué la traté?

Ella le describe su caso con todo detalle, incluso la conversación que tuvieron. La cara de él es puro asombro.

-No, no puede ser. Sí, recuerdo a esa paciente, pero era una señora mayor, era una anciana, y usted… usted es una jovencita encantadora. Sin duda, el cansancio me ha confundido, no puede ser la misma persona… Pero, ¿qué más da? Escuche, mi turno termina dentro de una hora, ¿querría usted hacerme el honor de esperarme y dejar que la invite a tomar algo?

La ahora-ya-no-nomuerta vuelve a sonreír (ahora lo hace con frecuencia). ¿Por qué no? Acepta la invitación y vuelve a sentarse para esperar a su nuevo amigo. Cuando éste sale, ya sin la bata de médico, parece sólo un muchacho joven y lleno de vida, a pesar del cansancio que acumula. Por primera vez, lo ve sonreír, y la sonrisa le borra la fatiga.

Ella pide un refresco de soda. Le sabe delicioso. Charlan, ella no habla de su enfermedad, no habla de nada que suponga un “no”, sólo habla de síes. De lo que le gusta, de lo que piensa, de lo que le interesa.

Un par de meses más y él le propone matrimonio. Ella acepta. Todavía no se ha muerto, todavía su corazón sigue bombeando. Un año más y está embarazada, algo que jamás habría creído posible.

Diez años más y la flor dormida durante tanto tiempo vuelve a abrirse. Le ha dado una generosa prórroga, pero el corazón es lo único cuyo deterioro no ha conseguido revertir. Mientras se siente morir, esa tarde de domingo junto con su familia, todavía le da tiempo de sonreír una última vez.

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4 comentarios

Archivado bajo Narrativa/Relatos/Ficción

4 Respuestas a “La vampira (y III)

  1. ¡Precioso! Me ha encantado toda la historia, el giro que da la vida de la vampira, ese cambio en la forma de ver las cosas…

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  2. ¡¡¡Ayyyy, qué bonitoooooo!!!

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