La vampira (II)

La vampira ya ha sido egresada. Normalmente, apenas tiene fuerzas para caminar -pese a lo cual saca energías para sus excruciantes marchas de dos o tres horas-, pero esta vez se siente reanimada, paradójicamente plena de vitalidad ahora que va a palmarla en cualquier instante. Va en dirección a su casa. Sólo tiene una cosa en mente, sólo una.

Va al supermercado más cercano. Compra comida, mucha comida. Nada de lechuga, apio, tomate insípido; los odia, los ha odiado más con cada año que pasaba, pero no dejaba de comerlos. Odia especialmente y sobre todas las cosas la avena que se obligaba a sí misma a desayunar todos los días durante décadas. Y las bebidas de soja, de clara de huevo, de almendras; los complejos vitamínicos; los guisos de tofu; el pescado cocido. Nunca más. Tanta privación no le ha servido para nada. Ahora que va a morir, va a morir feliz, al menos. Compra galletas, tabletas de chocolate, litros de helado de varios sabores, bolsas de magdalenas, pizzas -a los cuatro quesos, con atún, con anchoas, con jamón, con aceitunas-, tortillas de patatas -se le ha olvidado cómo se prepara una simple tortilla de patatas-, empanadillas de atún, tartas rellenas de nata, pasteles de chocolate, pollos asados y más cosas que no me acuerdo. Va a casa con toda esa comida. Cierra la puerta, deja las bolsas en el suelo, abre una caja de helado y empieza a comerlo. Luego abre una bolsa de magdalenas y la emprende con ellas. Calienta una pizza y la prueba; está deliciosa. Un aluvión de sensaciones cae sobre ella, la inunda, la arrastra, la embriaga. Está llorando de placer y de gratitud. Ya no recordaba todos esos sabores deliciosos, la sensación de la saliva impregnando cada bocado, la lengua y la boca que acogen ávidas cada nueva porción, el estómago que ruge y se mueve sutilmente, agradecido por ese festín tras tantos años de privaciones y dietas a pan y agua. La vampira sigue llorando y sigue comiendo, sin pensar, sin parar. Es feliz por primera vez en muchos, muchos años. Total, se va a morir, ¿qué más da cuánta grasa tenga el cuerpo frío que ya se empieza a desintegrar? Nada le importa. Está casi muerta y, sin embargo, está más viva que nunca.

No sabe qué hora del día o de la noche es cuando termina toda esa remesa de comida. Los restos de los envases están tirados por el suelo, entre servilletas de papel usadas y algún cubierto (ha comido casi todo con los dedos). Se mete en Internet y, en un abrir y cerrar de ojos, ya ha comprado más comida que le será entregada, prometen, en dos horas, máximo. No puede esperar. Cuando llega su comida, hace exactamente lo mismo: comer, ser feliz, seguir comiendo, seguir siendo feliz. Piensa en las pobres almas que deambulan, famélicas, por los foros de Delgadaperfeccion y Miamigaana, entre otras webs. Las compadece y las desprecia a partes iguales. Ellas, seguramente, morirán desgraciadas, sin el privilegio de ese momento de redención del que ella sí está disfrutando plenamente.

Pasa una semana de orgía gastronómica indescriptible. Es como una luna de miel, como una escapada con un amante al que no se ha visto en años. No se arrepiente de nada. Come con mayor voracidad, temiendo que cada instante sea el último. No deja de sorprenderse al sentir que, en realidad, come con hambre. Después de tanta comida, sigue notando un vacío en el estómago. ¿Cómo es posible? Es porque ha privado tan sádicamente a su cuerpo de toda esa comida, de toda esa energía, durante décadas. Es porque su cuerpo se siente como si acabara de volver de una travesía de cuarenta años por el desierto. Ella jamás lo entenderá cabalmente, así que no lo intenta; simplemente, se deja llevar. Se siente como la reina del mundo.

Finalmente, al séptimo día, descansa; siente que puede descansar, que el vacío que sentía se ha reducido hasta casi desaparecer. Se levanta, lo recoge y lo limpia todo. Ahora quiere dormir, esperar a la muerte. Piensa que, casi seguro, se morirá mientras sueña.

Pero lo que le llega no es la muerte, sino el edema. Cuando se levanta y se mira otra vez en el espejo, sí ve un cuerpo, pero tampoco es el suyo, sino el de una versión hinchada de sí misma, como una muñeca inflable. Todo está dilatado, hasta las cejas, hasta las uñas, todo. La cara está redonda como un globo, los labios lucen gruesos como si se hubiera inyectado bótox. Pero lo peor es la barriga, una barriga enorme, como de embarazada.

En ese momento, por primera vez desde que salió del hospital, vuelve a oír la voz, esa voz que la ha acompañado y atormentado durante décadas. La voz le llama la atención sobre ese “enorme barrigón” y sobre su “cuerpo de vaca estúpida, gorda y fea”. La voz la increpa con gran ira: “¿De verdad crees que porque vayas a morirte pronto tienes derecho a tirar todo por la borda? ¿Qué van a decir en la morgue? ¿Qué pensarán de ti? Pensarán que toda tu vida has sido una glotona sin dignidad ni amor propio. ¿De verdad quieres eso? Eres débil, fea, inútil y estúpida si lo crees así”. Tiene un impulso de echarse a llorar, pero ¿para qué va a llorar? Por primera vez, desoye esa voz. Pega un puñetazo en la mesa. La voz enmudece.

Además, por increíble que parezca, vuelve a tener hambre. Se pone cualquier ropa holgada que encuentra y sale a la calle a por más comida.

Se siente fuerte, llena de energía y de vida. Enciende el ordenador y se mete en los foros. Publica un nuevo mensaje, el mismo en todos:

“Hola a todos/as, queridos míos. Sólo quiero que sepáis que me voy a morir. Mi trastorno se ha comido mi corazón y todo mi cuerpo y ya no voy a aguantar mucho más.”

Debate consigo misma si revelarles que va a morir comiendo y, lo peor de todo, feliz. Resuelve no decirles nada, pues eso automáticamente invalidaría todo lo anterior y también su fama y buen nombre en los foros, cosa que todavía le importa.

A los cinco minutos le llegan las primeras respuestas, que, al cabo de un par de horas, ya suman varias decenas. Las lee todas mientras engulle un bocadillo de calamares.

Los demás usuarios le profesan admiración. “¿Cómo lo has conseguido?”, le preguntan algunos. “¡Enhorabuena!”, le dicen otros. Muchos más callan; ella sabe que la envidian. Ella ha sido la mejor de todos: ha conseguido morir de pura delgadez. Morir siendo puro hueso, nada de grasa ni de músculo, nada de piel, nada de hormonas, nada de cerebro ni de corazón. Sólo hueso, hueso blanco, luminoso y puro.

Por un segundo, mientras el sistema le informa de que sus cuentas han sido canceladas “y esta operación es irreversible”, se pregunta si debería haber advertido a los demás usuarios de que están perdiéndose un montón de ratos felices, pero no lo hace, por dos razones: primera, sabe que no servirá de nada; segunda, no está totalmente segura de estar haciendo lo correcto. Si no tuviera su sentencia de muerte a punto de cumplirse, ¿aceptaría ella con sinceridad esa experiencia, ese placer tantos años vedado? Sabe que no.

Se mira al espejo antes de acostarse, rendida por la actividad a la que está sometiendo a su cuerpo. Sigue igual de hinchada. Se ve y se siente enorme, pero, al mismo tiempo, sigue teniendo hambre.

La vampira sigue comiendo, aunque no tan vorazmente ni tan ansiosamente como al principio, pero ya no siente ansiedad, no tiene miedo; come lo que le apetece cuando le apetece. Intenta no mirarse al espejo, pero no puede evitar hacerlo al menos una vez al día.

Y un día, nota algo muy curioso: el estómago, tan hinchado como un globo hasta ahora, parece haber disminuido. También ha bajado la hinchazón de sus manos, pies, tobillos, muñecas y cara.

Anuncios

2 comentarios

Archivado bajo Narrativa/Relatos/Ficción

2 Respuestas a “La vampira (II)

  1. Ayyy recordé que hay una caja de pizza en la cocina…creo que es como el amante secreto esperando por mi…jajajaja esta vampira me tiene impresionada.

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s