La vampira (I)

La vampira, esta mujer no muerta que vemos ahora, aparenta una edad (indefinida) entre los 30 y los 80. Puede tener más, o menos. Ella no puede saberlo, porque no se ve reflejada en el espejo.

La vampira vive sola. Una vez tuvo marido, pero huyó despavorido y debe de estar vivo en algún sitio, a salvo de ella. Tampoco tiene hijos, y no porque no quisiera, sino porque la mujer vampiro dejó de ser fértil a una edad temprana. Hace también muchos, muchos años de eso. Dejó de ser mujer y empezó a convertirse otra vez en niña, a medida que su cuerpo fue decreciendo, remitiendo y perdiendo partes de sí mismo, renunciando a ellas como peaje obligado para la supervivencia.

Esta mañana, la vampira ha cumplido fielmente con sus rituales de todas las mañanas: se ha levantado, ha hecho la cama con milimétricas precisión y simetría, se ha mirado -sin verse- en el espejo, ha cumplido con sus tareas de higiene personal, se ha pesado y peinado (con mucho cuidado para no arrancarse demasiados cabellos), ha desayunado su tazón de copos de avena, se ha vestido y ha salido a la calle, con las gafas de sol que tapan y a la vez protegen su piel, del color del marfil un poco añoso, y se ha dispuesto a caminar sus dos horas matinales, a buen paso. Lo hace así cada día porque no se ocupa en nada más; desde que le sustituyeron su fragmentada cadera por una de acero tungstenizado, goza -por decir algo- de la invalidez absoluta y puede dedicarse todo el día a su gran pasión, a aquello que ocupa su pensamiento y sus energías minuto a minuto.

Cuando vuelve a casa, está contenta: ha caminado a buen paso y el calor que hace hoy la ha ayudado a sudar un poco más. Pero ahora está ansiosa por cumplir su siguiente ritual. Así pues, sin siquiera cambiarse de ropa ni secarse, enciende su ordenador. El navegador se abre mostrando por defecto sus sitios web habituales; entre ellos hay varios digitales de actualidad, un par de foros, algunas redes sociales de uso común. Su nombre de usuario es el mismo, con variaciones de grafía, en todos ellos: xo_ninfaeterna_xo. Lee algunos nuevos artículos en los foros que frecuenta y donde es colaboradora estrella. Alguien pregunta por formas de esconder a su familia que está haciendo dieta; otra persona quiere saber cómo puede manejar una fiesta de cumpleaños -la suya propia- en la que la “obligarán” a comer alimentos prohibidos. Responde a esas atribuladas almas de poca voluntad. Se siente un poco mejor. Sigue pensando en aquella joven con la que se ha cruzado en el parque, con su cintura bien definida y sus piernas de bailarina. Se enfada consigo misma. “Seguro que se entrena durante horas todos los días”, se consuela.

A continuación, tiene un océano de horas para llenar. Se quedaría más tiempo navegando, pero hoy no hay nada interesante; los foros están muy tranquilos. La mayoría de usuarias son adolescentes o jóvenes en edad escolar o universitaria, y, como estamos en vacaciones de verano, seguramente se han ido fuera con sus familias y éstas les habrán confiscado sus móviles, con lo cual no podrán conectarse.

A la vampira le gustaría tener algún gato, lo ha pensado más de una vez, pero no está dispuesta a asumir la responsabilidad y el rollazo de tener que cuidar de alguien que no sea ella misma. Bastante tiene ya con lo que tiene.

Se quita la ropa y vuelve a pesarse, tiritando de frío. Se mira en el espejo, estudiándose detenidamente de pies a cabeza y deteniéndose en los puntos conflictivos: tobillos, muslos, cintura, caderas, vientre, nalgas, pecho. Luego examina el cuello, lo masajea; se acerca más al espejo y se observa la tez, se arranca algunos pelos de la barbilla, se depila esas incipientes patillas que le crecen tan rápido, pertinaces. ¡Qué horror! Enciende la calefacción, pues en casa no hace calor. Bebe un par de vasos de agua. Se masajea las pantorrillas; los calambres han amainado un poco. Se toma su taza doble de café de media mañana. Qué hacer, qué hacer.

De repente, un dolor indescriptible en el centro de sí misma viene a solucionarle el problema. No necesita pensar en qué va a ocupar su tiempo, pues el cuerpo da un golpe de estado y decide tirarse al suelo y retorcerse sobre sí mismo. El dolor es como una flor que se abre muy veloz e irradia toda su energía hacia todas las células y rincones de su cuerpo. No hay nada más salvo el dolor. A la vampira le da el tiempo justo de alcanzar el teléfono y llamar a emergencias.

Cuando despierta, inmediatamente se percata de que no está muerta, sino en un hospital, intubada y mantenida con vida y a salvo. La flor venenosa de aquel dolor que jamás olvidará se ha cerrado, pero -ella lo intuye y está segura de tener razón- sigue ahí, escondida en su pecho, dispuesta a abrirse en cualquier momento y acabar con ella.

Aprieta el timbre de llamada a la enfermera, que aparece enseguida y avisa al médico que se ocupa de ella. La vampira manipula el mando que gobierna la cama y hace que se eleve el cabezal, dejándola sentada como en una tumbona. El médico es un joven de mirada seria y cansada. La vampira no pierde el tiempo, no es mujer de rodeos, y tantos años de hambre famélica y de torturarse a sí misma le han enseñado el precioso don de la mezquindad.

-Quiero toda la verdad -exige. Y el médico la complace, quizás con el sádico placer de poder ser cruel con una persona cuya vida ha consistido en refinarse en el arte de la crueldad:

-Señora, su corazón es apenas una membrana. Va a reventar en cualquier momento. Nadie puede saber cuándo, pero tendrá suerte si vive más de un mes. Lo siento.

La vampira sigue sin perder el tiempo:

-Deme el alta. Quiero largarme. Si me voy a morir pronto, no pinto nada aquí.

El médico se encoge de hombros y vuelve a complacerla.

(Continuará…)

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