Archivo mensual: enero 2016

Sokatira

Dos titanes tiran de ti, uno es el no y otro es el sí.

El sí es un ángel rozagante de rubios cabellos.

Es el seno materno, es el cántaro rebosante

de leche fresca.

Es la alegría infinita que desoye el susurro del mañana,

ese mañana siempre con su cargamento de incertidumbres.

Es el goce, es lo que siempre deseaste, es lo que tu cuerpo pide y necesita.

¡Sí, sí, quiero ahora el placer!,

durante tanto tiempo rechazado, maldito placer, ya casi olvidado.

Soltar amarras y ver cuán arriba puedes volar sin caerte,

o no importarte siquiera si en algún momento caes;

ser niña otra vez, tocar con las manos otra vez tu naturaleza eterna.

Es no hacer cálculos, ni conocer los planes;

salir corriendo como los locos y riendo, cantando, sin aliento hasta el final

y que sea lo que Dios quiera.

El no es un cielo blanco, cegador, y un suelo sin aristas ni altibajos,

ancha y llana como la tierra que devora el horizonte.

Es un dolor sin dolor, una asepsia sorda,

es la precisión, la mentira tornada en verdad absoluta,

es la joya equívoca, es el abismo con sus ojos de noche.

Es la luna, blanca, pura, que te hipnotiza,

es el silencio sin ecos,

es el cuchillo en la balanza,

es el filo de la navaja, que, al acariciarlo, corta y canta

con una voz ancestral y susurrante.

Es la mirada de la serpiente que enamora al pajarillo,

es la promesa de algo cuyo nombre ignoras, pero que te mantiene en este precario equilibrio

entre un extremo y el otro,

los dos tirando de ti y tú en medio, gravitando

en tierra de nadie, en ninguna parte.

Dos son los extremos que tiran de ti y que te hacen gravitar aquí, sin poder moverte, sin hacer pie

mientras la marea sube.

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No es eso, soy yo

Es muy frecuente hoy en día oír que los que padecen determinados trastornos o enfermedades, normalmente relativos a adicciones o a comportamientos que se consideran anormales y que son nocivos para la propia salud física y mental, se refieran a sus afecciones como algo totalmente ajeno a ellas, un ser malvado que los controla y que han de combatir.

Aunque entiendo la lógica que infunde esta actitud, no es menos cierto que me parece contraproducente y contraria al objetivo de una sanación completa.

No se debería decir que la bulimia, el alcoholismo o el Trastorno Obsesivo-Compulsivo son “eso”, son “un monstruo”, ni se deberían personalizar como si fueran un ser o una entidad autónoma e inteligente que ha venido a por uno.

No son algo que te ha sucedido, no han venido de fuera y han caído sobre ti como podían haber caído sobre otro cualquiera. No son el hombre del saco.

No son externos a ti, sino que nacieron de ti. Pero la persona que los sufre no tiene un vicio moral, no es “glotona”, ni “vaga”, ni “maniática”, ni “pesada”. Tener alguna de estas afecciones no significa que la persona que los padezca lo haya elegido, ni, por tanto, que pueda dejar de comportarse así con sólo quererlo. Son personas con un trastorno, vale decir con una enfermedad, una alteración que les impide comportarse con normalidad y con convencionalidad en un área concreta de su vida, lo cual deviene en numerosas secuelas y padecimientos de tipo físico, psicológico y espiritual y en verdaderos dramas familiares.

Una enfermedad es algo que te pasa, y, en muchos casos, es algo a lo que estás predispuesto normalmente por genética; en cierto modo, por tanto, esos trastornos son parte de ti, aunque no las hayas espoleado deliberadamente ni por voluntad propia; han cobrado vida de ti, a pesar de que tú no hayas querido. Eras proclive a ellas y se han desarrollado en un momento concreto. En la mayoría de los casos, da igual qué suceso, trauma u ocurrencia estresante concreta les haya dado vida y las haya hecho adueñarse de tu mundo. Algunas veces, no sirve de nada (práctico) averiguar cuál es el origen psicológico del estímulo decisivo que finalmente les ha dado alas y los ha despertado de su letargo, en el que podían haber seguido durante toda tu vida (sin que tú jamás llegaras a enterarte de que eres bulímica/cleptómano/neurótica/comedor compulsivo), pues conocer su origen no sirve para ponerlos bajo control. Otras veces, puede ayudar a la recuperación: si el desencadenante ha sido una relación tóxica con otra persona, por ejemplo, analizar esa situación que provocó el inicio de la enfermedad puede arrojar luz sobre ella y sobre una gestión deficiente de sentimientos, situaciones y emociones que puede continuar a día de hoy y ser culpable de que el trastorno no haya remitido. Pero nunca son algo que uno elige. Las redes están llenas de webs pro anorexia, pero, en muchos casos, la gente que las mantiene y utiliza son falsos anoréxicos; no son enfermos (al menos, no de anorexia), sino que tienen cierto tipo de personalidad. En realidad, ellos no padecen la enfermedad, sino que participan de cierta idea perversa y aberrante de lo que es un fenómeno de moda.

Generalmente, la persona siempre tiene la posibilidad, la oportunidad y el poder de meter estas enfermedades en vereda, ya sea gracias a ayuda externa (hospitalización, grupos o asociaciones de ayuda, terapia cognitivo-conductual, medicamentos, familia y amigos, etc.) o por hercúleo poder propio. Mucha gente lo consigue y, afortunadamente, dado que cada vez hay más recursos a disposición de todo el mundo, cada vez más pueden conseguirlo.

Una de las razones por las que estoy a favor, desde un punto de vista terapéutico (entendiendo esta palabra en su sentido más amplio; no me refiero sólo ni principalmente a la terapia dirigida por profesionales o a la terapia reglada, sino al instinto de supervivencia por el cual uno procura su bienestar), de aceptar que estos trastornos son parte de uno mismo es que me parece la forma más natural y racional de tratarlos. Si te refieres a tu trastorno como algo que aleatoriamente te ha sucedido, quizá no llegarás a sentir que su curación te concierne desde lo más profundo de ti, y sólo desde esa posición se podrá llegar a una remisión de por vida. También es posible que sientas que lo que te ha pasado es algo injusto, que no debería haber pasado. O puedes sentir que has hecho algo mal, que te has equivocado horriblemente y que tienes la culpa de algo de lo cual no es posible encontrar culpables, porque no los hay.

Por añadidura, si aceptas que es un trastorno al cual estabas prácticamente predestinado y que, por alguna razón desencadenante de tu vida, ha estallado, serás más capaz de comprender y asumir que es algo que deberás controlar toda tu vida, de forma consciente, haciendo un esfuerzo constante por no permitir que se adueñe de ti otra vez. No me parece sano ni natural animar a la gente que padece esos trastornos a que los trate como “ese monstruo” y a que los odie con todo su corazón. ¿Para qué estimular el odio, sobre todo en un caso en el que no hay nada que odiar? ¿No es mejor animar a la comprensión, informar bien a la gente y brindarle técnicas y recursos para ayudarla a tener una vida sana? ¿No es lo óptimo ayudarla a enfrentarse a la realidad y a que se revista a sí mismo del poder para mantener su enfermedad bajo control?

La vida no es un videojuego en el que constantemente hay un enemigo encarnizado al que hay que odiar y destruir. No todo descansa sobre la lógica de ganadores contra perdedores. Somos seres humanos con pequeñas peculiaridades y propensiones genéticas. No tenemos la culpa de ellas, y sí la responsabilidad de pedir ayuda cuando la necesitemos y de hacer cuanto esté en nuestra mano para ser libres y felices.

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Aurora

Hay una cantautora noruega que se llama Aurora Aksnes y canta así:

 

Yo oí esta canción por primera vez en mi radio habitual, la única que escucho -y es por la música, porque por lo demás no me gusta la radio-, mientras conducía, y desde entonces la tengo en mi reproductor de mp3. La oí en esa cadena unas dos veces, literalmente, antes de que desapareciera por completo de antena. No sé si alguna vez volveré a oír hablar de Aurora, aunque probablemente tenga un gran seguidismo en círculos relativamente minoritarios (lo cual no es pequeño logro de por sí hoy en día en que hay una sobreabundancia de oferta musical y uno puede hacérselo él/ella mismo/a en su casa a poco que tenga una grabadora y una conexión a Internet).

Lo curioso del asunto es que parece que las radios empezaron a pinchar a Aurora debido a que, al parecer, Katy Perry se declaró enamorada de su música. Y hoy en día, paradójicamente, uno puede, como se ha dicho, convertirse en un pequeño hombre-orquesta autoproducido, autoeditado y autopublicado por Internet, y sin embargo no ser absolutamente nadie ni llegar a nadie si no goza del mecenazgo -desinteresado o no- de alguna megaestrella, preferiblemente Björk o Madonna, pero vale cualquiera otra.

Y, sin embargo, comparen y juzguen ustedes mismos. Aurora, cantando temas como “Runaway”, ha sonado unas pocas veces en la radiofórmula, y Katy Perry, con los suyos, es una megaestrellota del pop. Con todos los respetos a los seguidores de Perry, pero es lo que es; sus canciones yo no las he podido escuchar más de dos veces sin sentirme aburrida de ellas, y sin embargo puedo escuchar “Runaway” quince veces seguidas y todavía sentirme embrujada, hipnotizada y subyugada. Es una música que no envejece y eso nadie se lo podrá quitar.

(Además, no me gusta la gente que se pone alas para posar en los photocalls. Las alas son para los pájaros, los aviones y las compresas, no para las personas.)

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Estamos que lo petamos

liebster.png

Como veis por este pedazo de icono, ¡sí!, me ha caído otro premio, cortesía esta vez de Biblioteca Liceo 62, un blog que ahora estoy descubriendo pero que ya os puedo recomendar. ¡Gracias!

Las bases las podéis ver aquí.

Resumiendo:
1- Los blogs nominados tendrán menos de 200 seguidores.
1- Debes tener ya un Liebster para poder nominar a otros blogs.
3- Los nominados logran el premio cuando responden a ¡once preguntas! y nominan a los 5 blogs que han elegido.

 

Ahora, las preguntas:
1- ¿Por qué decidiste hacer un blog?
Porque necesitaba escribir y ponerlo en internet, así de claro. Lo que no tengo ni tenía tan claro era exactamente para qué necesitaba escribir en un espacio público, pero supongo que es la famosa dualidad entre intimidad y publicidad de la que ya he hablado.

2- ¿Cuántas horas le dedicas al blog?
No tantas como quisiera debido a otras prioridades, pero cuando lo agarro, me dedico a ello de veras, o lo intento.

3- ¿Tienes pensado incluir nuevos temas en el blog?
No, pero tampoco me pongo un límite en cuanto a tem.

4-¿Qué día de la semana te gusta escribir en el blog?
Cuando cae al par y puedo.

5- ¿Estás contenta con la evolución del blog?
Muy contenta y totalmente asombrada.

6- Tu mayor éxito.
Lograr un corpus bastante amplio de textos publicados del que puedo decir que es fiel representación de mi persona. Y, cómo no, haber conocido e interactuar con gente muy maja.

7- ¿Quién es tu blogger favorito?
Claro que tengo mis favoritos, pero no hace falta mencionarlos aquí, ellos ya saben quiénes son.

8- ¿Quién es tu youtuber favorito?
No, gracias. Según he leído, hay varias gentes por ahí que se han convertido en “estrellas de Youtube” a base de chabacanería, zafiedad y algo que puede rozar el delito.

9- ¿Tu mayor afición?
Hasta hace no mucho, habría respondido “leer”. Hoy en día, no estoy segura. Dejémoslo en “vivir”.

10- ¿En qué lugar del mundo te gustaría vivir?
Aquí mismo.

11- ¿Qué esperas de los blogueros que te siguen?
Que sigan siendo y haciendo exactamente lo mismo que hasta ahora.

Y antes de pasar a las nominaciones, debo decir que estoy amplia y sinceramente superada por el número de seguidores que ha alcanzdo este blog. Nada menos que 117 en este momento, lo cual supone un cifra, para mí, astronómica e impensable hace unos años. Claro que no todos ellos son lectores activos -de hecho, muchos de esos blogs ya no se actualizan, por lo cual se trata de blogueros pasivos- pero incluso quienes sí lo son e interactuan conmigo forman un grupo amplísimo. A todos, muchas gracias por acercaros a mi habitación virtual. (Estoy pensando en cambiar el nombre a “La casa de Leire” y, como el ritmo de adiciones siga así, luego habrá de ser “El hotel de Leire”, “El trasatlántico de Leire”…).

Mi filosofía es, normalmente, añadir al bloguero que me ha añadido, pero me estoy viendo incapaz de dar abasto a todos los blogs que aparecen ahora en mi lector. Trato de interactuar con al menos aquellos que interactúan conigo y a quienes ya conozco un poco y no me desprendería de ellos por nada. A los nuevos les pido paciencia ya que intentaré conocerlos poco a poco. De todos modos, pronto me va a ser imposible añadir a todo el mundo que me haya añadido primero, sencillamente por falta de tiempo para leer a todos, siendo así que no soy bloguera que guste de tener añadidos a blogueros con los que no sienta el impulso de charlar mediante los comentarios.

Y sin más dilación, voy nominando con salero, voy nominando con soltura, nomino sin ripio insulso,  nomino con gracia y desparpajo,  nomino con ganas y decisión, nomino sin que me tiemble el pulso, a éstos que aparecen más abajo:

https://sumasteon.wordpress.com/

https://metaforadeungrito.wordpress.com/

https://sensacionesdebolsa.wordpress.com/

https://amordesmadre.wordpress.com/

https://felipestories.wordpress.com/

https://cienciapoliticamenteincorrecta.wordpress.com/

https://historietasdeaquiydealla.wordpress.com/

https://pinkpanzeryorch.wordpress.com/

¡Felicidades

 

 

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J%&#R

¿Cómo hacéis?

¿Cómo hacéis los que tenéis hijos para blindaros ante la fealdad y la brutalidad del mundo?

¿Para no llorar cuando leéis y oís determinadas muestras de que hay gente imbécil, embrutecida, estúpida y malvada?

Yo sé que de un tiempo a esta parte me he hipersensibilizado y cosas que antes me entristecían pero que al poco rato podía olvidar ahora directamente me hacen llorar.

Casi todos los días hay un montón de historias tristísimas en los medios. Pero yo me he dado cuenta de que las que más me afectan son aquellas en que se hace daño a seres pequeños, inocentes, delicados, indefensos y completamente expuestos.

Como hoy, por ejemplo, en que he leído una historia espeluznante desde varios puntos de vista,. Al parecer, dos chicos han matado a 72 lechoncitos saltando sobre ellos y aplastándolos. Y todo, para poder jactarse de ello por Whatsapp.

Creo que poder todos de acuerdo en que esa gente no tiene sentimientos, y de que, además, es capaz de hacer cualquier cosa para luego difundirla por todas partes. No sólo eso, sino que hacer daño de forma gratuita a seres que no pueden defenderse y que nada les han hecho les parece una heroicidad, algo de lo que enorgullecerse.

Luego nos extrañamos o nos escandalizamos de que todavía haya casos de bullying que empujen a niños de 11 años al suicidio.

No puedo evitar llorar porque, si antes tenía el corazón a flor de piel, ahora ya no tengo piel, sólo tengo corazón, y cualquier roce le hace una herida, y, a estas alturas, tengo pocas esperanzas de que cicatricen.

Mi instinto me pide proteger a esos seres, sean niños o animales (incluso los vegetales y las plantas que sufren maltrato arbitrario me remueven los sentimientos más primitivos) y como no puedo, sólo me queda la empatía, pero, aunque dicen que es algo bueno y necesario, a veces me gustaría poder arrancármela.

😥

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Pequeñas tragedias

Una vez hablé por teléfono con Bagdad,

justo antes de que hicieran volar los postes de telecos.

Desde entonces, no conozco a nadie que viva en Irak,

ni tampoco en Somalia o Afganistán.

No conozco a ninguna niña que se prostituya en Bangkok,

ni tampoco a niños que se alimentan de un muladar en Katmandú.

Sólo conozco a un chico que recorrió diez veces diez mil kilómetros

porque buscaba como un poseso el último lugar donde había sido feliz

(no se acordaba).

Y a una chica que lo más cerca que estaba de la amistad

era cuando rompía a llorar por teléfono mientras pasaba la mopa por su casa vacía.

Y a un chico que se resignó a una vida triste y solitaria

porque pensaba que el amor era un grave pecado.

Y a una chica que enterró su soledad bajo nieve

porque pensaba que sus lágrimas a nadie le importaban.

Y a un chico que decidió ponerse enfermo

para que sus padres por fin se dieran cuenta de que existía.

Y a una chica que jamás dormía ni de noche ni de día

para poder hablar por un ordenador a gente para quien ella no era nada.

Y conozco y he conocido a un montón de gente equivocada,

de gente cuya vida era, de lejos, una comedia

y de cerca la mayor tragedia.

Gente cuyos nombres colecciono como cuentas de una pulsera

y que no olvidaré nunca.

Gente que va y que viene, dejándose poco a poco la piel a su paso

como los guijarros que el agua del río remueve.

Sus voces resuenan aún en mis oídos como el eco de aquellas palabras desde Bagdad.

Que, por cierto, pertenecían a un chico que sólo quería ayudar sin que el mundo conociera su nombre.

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Matarnos de hambre

Estamos, en apariencia, rodeados de gente triunfadora, famosa, hermosa y delgada sin esfuerzo. Y la sociedad nos invita educadamente a identificar comida con mal, con pecado. Así, “sucumbimos” a la “tentación” del chocolate, o hacemos dieta para “depurar los excesos” de la Navidad, por ejemplo. Estoy más que harta de ver, día sí, día también, en cualquier medio digital que leo a diario, artículos en los que se indica a la gente la necesidad de que se ponga a dieta, de que “coma sano”, de que adelgace. De que se ahorme al modelo de cuerpo único imperante hoy en día; de que sea aséptica, de que no tenga deseos de disfrutar de una comida por el simple hecho de que es un placer; de que vigile lo que come (como si la comida fuera un veneno).

Se nos anima o se nos insta constantemente a ponernos a dieta, a “perder esos odiosos kilos de más” (dando por sentado que esos “kilos de más” son dignos de odio y que en ningún caso esa persona puede querer conservarlos o serle indiferente tenerlos o no), pero cualquier persona que se quiera tomar la molestia de hacer la prueba empírica puede comprobar que hacer dieta con el único objeto de adelgazar o de mantenerse artificialmente delgados no sirve para nada. Bueno, sí: sirve para pasar hambre y privaciones, para perder oportunidades de disfrutar, y para sufrir y hacer sufrir a quienes están alrededor de uno. Por si esto fuera poco, sirve también para que la persona quede alienada con respecto a su cuerpo, para que lo vea como un enemigo, como algo que hay que encorsetar, manipular, manejar a su antojo, castigar y hasta odiar. Se impide crecer y desarrollarse al cuerpo como éste necesita hacerlo, y se lo odia por ser como es. Se posterga el amor y la gratitud al cuerpo, esa increíble máquina que nos mantiene vivos, esa máquina de curación y regeneración, de superación y de fortaleza, esa máquina de supervivencia, al momento en que el cuerpo sea como nosotros queremos que sea. Lo cual, muy probablemente, no sea lo mejor para nosotros.

Y lo más increíble y sensacional es que el cuerpo, cada cuerpo, tiene una horquilla de peso que es la que él naturalmente desea tener, en la que él se siente cómodo y realiza óptimamente todas sus funciones. Y, atención: es muy difícil que el cuerpo engorde más allá de esa horquilla. Sólo lo hace si la persona se pasa el día comiendo incluso sin hambre ni ganas. Esto quiere decir que vivimos inmersos en una mentira perversa y hasta asesina, porque en nombre de esa mentira hay gente que muere de inanición o llega a un punto de locura y de odio a sí misma que prefiere quitarse la vida antes que seguir habitando ese cuerpo maltratado. Pero el cuerpo es una máquina perfecta que, si se le deja funcionar tranquilamente y sin interferencias, se colocará en su peso ideal y además se mantendrá en él durante toda la vida.

Al hacernos conscientes de toda esa trampa en cuyo umbral peligrosamente vivimos, al renunciar a ocupar un espacio disminuido -no ocupamos, luego no somos visibles, luego no molestamos; sé delgado, sé bello, quédate ahí y calla, se nos dice- y al decidir activamente conquistar el espacio que cada uno de nosotros merece y para el cual ha nacido, estamos también ejerciendo una opción política: estamos dándole la espalda a toda esa industria -porque es lo que es- que quiere nuestro dinero y que, para conseguirlo, envenena nuestra mente con mensajes dirigidos a fomentar el odio a nosotros mismos y a nuestros semejantes y a que lleguemos a querer renunciar, en principio, a un poco -un poco de comida, un poco de espacio- y, al final, a todo: felicidad, salud, bienestar, cordura. Renunciar a querer encajar en esos cánones y a vivir en una dieta constante o en un sacrificio constante de tiempo en aras a “la salud física” -pasando un tiempo irrazonable en el gimnasio o haciendo carreras, por ejemplo, en lugar de haciendo cualquier cosa que en realidad deseemos hacer- supone militar en favor de un mundo en el que cabemos todos, en el que todos somos aceptables y aceptados, en el que la talla que vista cada uno no es más que eso, una talla que no significa nada, en la que la báscula no tiene lugar en el cuarto de baño, en el que el aspecto físico es sólo un atributo de la persona y en ningún modo la hace merecedora de aplauso o abucheo; en el que cada uno tiene algo que ofrecer al mundo, pero por lo que es y sabe o puede hacer, no por un físico que es sólo eso y que se va con el tiempo. Un  mundo en el que la belleza nace de dentro de la persona, y desde dentro se desborda y se refleja en su cuerpo, no  al revés.

Y al hacerlo, no sólo nos estaremos ayudando a nosotros mismos, liberándonos de este odioso mátrix, sino también a los demás. Si alguien llama ¡gorda! como insulto a una famosa presentadora que no lo está, lo primero que nos apresuramos a decir es que cómo se puede llamar gorda a fulanita, cuando está estupenda. Ya, pero ¿y si realmente estuviera gorda? ¿Entonces sí sería acreedora a ese insulto? ¿O lo inaceptable es que alguien use la palabra “gorda”, “gordo” para insultar? ¿Es aceptable que la gente se indigne por el presunto gasto en sanidad que produce la obesidad? ¿Es de recibo -y es acaso cierto, debemos preguntarnos ante todo, o quizá una mentira asquerosa y discriminatoria- tragarnos sin cuestionar y también propagar el mensaje, aparentemente bienintencionado, de que la gordura equivale a mala salud y de que uno debe estar delgado porque así estará más sano?

Si tenéis curiosidad por saber qué efectos produce el ayuno prolongado, incluso después de haber terminado, echadle un vistazo a este artículo o a otro cualquiera que hable del Experimento de Inanición de Minnesota. Veréis asimismo que el mejor régimen alimenticio para curarse de una anorexia no es otro que comer de todo, rompiendo así el círculo vicioso de los alimentos “buenos” y “malos”, y que pretender recuperarse “comiendo sano” (es decir, continuando el hábito de proscribir determinados alimentos como “malos”) y limitando la ingesta de calorías no es más que promover la ortorexia y sustituir un desorden alimentario por otro. Tened en cuenta que cualquier dieta o método milagroso que os proponga comer menos de esa cantidad -usualmente 1.000 calorías- en realidad os está proponiendo privar a vuestro cuerpo de la energía que necesita para mantenerse saludable y fuerte, y que 1.000 calorías se considera inanición.

Eso es, ni más ni menos: quieren matarnos de hambre, o, mejor dicho, quieren que nosotros mismos queramos matarnos de hambre y, encima, nos sintamos culpables por no haberlo hecho antes.

¿Es ése el mundo en el que queremos vivir?

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Saben aquel que dice que era un náufrago en una isla desierta…

Estoy leyendo otro clásico: “Robinson Crusoe”. Sí, esa novela archiconocida por todos y que a nadie le hace falta leer para saber exactamente lo que cuenta: la historia de un inglés que naufraga y llega a una isla desierta, donde consigue sobrevivir y hasta hacerse un esclavo, al que llama Viernes. Lo conocemos todos, ¿verdad que sí?

Pues no. Resulta que esa historia es sólo una parte del libro. Y ni siquiera la mayor parte. El título verdadero del libro es “Vida y extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe, marinero de York, escritas por él mismo”. Y esas “extrañas y sorprendentes aventuras” abarcan mucho más que la vida en la isla y la posterior conversión -como buen inglés- en señor colonial de su propia tierra y de los hombres que llegan a habitarla. Se nos cuenta parte de su vida en Inglaterra, sus relaciones con sus padres, cómo se hace a la mar por primera vez, algunas aventuras que le suceden antes de su naufragio y, una vez novelescamente autorrescatado de su imperio de ultramar, tooooooooooda una segunda parte, una novela en sí misma, donde se nos cuentan otras aventuras de Robinson una vez que ha vuelto a la civilización.

Resulta que el libro que yo pensaba que conocía no lo conozco en absoluto, o lo conozco sólo de oídas o (grrrrrrr) por las películas. Y por eso, al leerlo, no sólo estoy enfrentándome a un libro nuevo; también a mis prejuicios (dicho en un sentido totalmente neutro) sobre él.

A todos nos ha pasado alguna vez algo así: que lo que esperábamos que fuera de una determinada forma, pues la dábamos por conocida antes de conocerla en primera persona, luego ha resultado no ser así.

¿Cuándo os ha pasado a vosotros?

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Versatile Blogger Award

¡Ha vuelto a suceder! Dos amigos blogueros (amigo y amiga) han tenido a bien nominarme para otro blogpremio. Desde aquí agradezco de todo corazón el gesto a Xavier y a Gabriella.

 

  1. Mostrar el logotipo y el enlace con el blog de origen.                                                https://metaforadeungrito.wordpress.com/ y https://thevelvetbooks.wordpress.com

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2.  Nominar al menos 15 blogs que hayas descubierto recientemente, o que se sigas con regularidad: avisar a sus responsables.

El rincón del peque:

http://elrincondelpeque.es/

Cristian Castro:

https://cristiancastrorodriguez.wordpress.com/

Dra. Silvia Zuluaga:

https://doctorazuluaga.wordpress.com/

Flor Profusa:

https://florprofusa.wordpress.com/

Sumas Teon:

https://sumasteon.wordpress.com/

Historias tras tu DNI:

https://historiastrastudni.wordpress.com/

Sensaciones de Bolsa:

https://sensacionesdebolsa.wordpress.com/

Ramón Candelaria Infanzón:

https://ramoncandelariainfanzon.wordpress.com/

Galicia Poética:

https://rocioes.wordpress.com/

De barbas y boinas:

https://debarbasyboinas.wordpress.com/

Mis monstruos y yo:

https://mismonstruosyyo.wordpress.com/

Razones:

https://reflexionesdecadadia.wordpress.com/

La audacia de Aquiles:

https://aquileana.wordpress.com/

Ciencia políticamente incorrecta:

https://cienciapoliticamenteincorrecta.wordpress.com/

Los libros de Jade:

http://loslibrosdejade.com/

 

3. Contar 7 cosas sobre ti.

  1. Soy periodista
  2. No sigo ninguna serie ni he visto ninguna película entera desde hace más de un año (y no lo echo de menos)
  3. Me encanta Bob Esponja (es la única serie que veo regularmente)
  4. No creo en las dietas y actualmente estoy siguiendo una “antidieta”
  5. Me encanta ir en avión y, por añadidura, los aeropuertos
  6. El mejor libro que he leído es el Quijote
  7. Me gusta casi toda la fruta pero me dan alergia la sandía y el melón (que muchos recordaréis como frutas promocionadas por aquel anuncio de los años 80).

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La maledicencia, ese bumerán

Todos hemos caído o caemos repetidas veces en el mal hábito de criticar. Con esa palabra, me refiero no sólo a las críticas malintencionadas -usualmente, a espaldas del criticado-, cuyo único objeto es aflorar el rencor, el odio, la envidia o la ojeriza y no ayudar a corregir algo, sino, sobre todo, a esa variedad de la maledicencia que tanta fuerza está cobrando con la proliferación de foros, redes y corrillos virtuales más o menos anónimos: el comentario cruel, el sarcasmo afilado, la palabra-venablo con punta envenenada que tiramos con la única intención de hacer daño o de meter cizaña.

No hay nada mejor para darse cuenta de lo pernicioso de ese hábito que llevarlo a la práctica la suficiente cantidad de veces para notar que sus efectos dañinos lo son sólo en apariencia sobre terceros, y en realidad, sobre uno mismo.

A mí me dan miedo, mucho miedo las redes sociales, los foros, las “comunidades” de Internet, porque sé la mezquindad de la que es capaz el ser humano. Sin embargo, sigo, a pesar de todo, creyendo en la amabilidad y la bondad naturales de la persona. La mayoría de la gente que tira de sarcasmo como tono habitual lo hace, en realidad, para defenderse de algo que percibe como amenaza: amenaza a su autoestima, a su identidad, a su lugar en el mundo, a todo aquello en lo que cimenta su vida y su amor propio. O, simplemente, está triste, resentida o se siente agraviada por algo, olvidando que la vida no nos debe nada, como dice el personaje principal en una película de moda ahora mismo.

(Mis) razones para no criticar (que no es lo mismo que denunciar y protestar ante conductas inaceptables). Aunque seguro que cada lector encuentra las suyas propias:

1-Criticar envejece. Esto es cierto y es, además, extensible a cualquier mal hábito. Algunas veces solía ver el programa “Hermano mayor” y era de llamar la atención cómo los chavales protagonistas aparecían siempre rejuvenecidos (pese a su corta edad), relajados y hasta más guapos después de su terapia. La mala actitud nos come por dentro y se refleja en nuestro semblante.

2-La gente huye de los criticones. Porque los regañones y los cascarrabias son unos pelmas.

3-Seguramente no afectará en nada a la persona objeto de tus críticas, pero a ti te hará mucho daño.

Porque:

4-Cuando criticas a otro, eres quien se siente peor.

5-Criticar es más fatigoso porque cuando criticamos queremos ser muy sarcásticos e ingeniosos; queremos “ganar” y “enseñar una lección” a los demás, y eso obliga a discurrir mucho. Ser amable y elogiar a los demás (sin caer en la adulación) es mucho más sencillo, porque es más sincero. El sarcasmo puede estar bien como excepción, pero si es norma, cansa y repele.

6-La actitud natural de la persona es la amabilidad o, al menos, la neutralidad, no la negatividad y la crítica. Los niños pueden enfadarse entre sí, pueden guardar rencor durante algún tiempo, pero nunca son maliciosos y criticones

7-El criticado puede dejarte en ridículo, como lo muestra la magistral respuesta que dio Cristina Pedroche a quienes la tildaron de “gorda” (que fue usado como insulto, y huelga decir que la chica no está gorda ni de lejos):

«No me importa nada en absoluto que algunos digan que estoy gorda… Estoy muy feliz con mi cuerpo, con mi constitución y con mi genética… Muy orgullosa de ser como soy y me encantaría que vosotros también lo estuvierais, que nunca nadie os haga sentir pequeños o débiles por un comentario… Está claro que no podemos gustar a todos… pero a quién siempre debéis gustar es a vosotros mismos!!! :)»

8-Y, como indica la respuesta de Pedroche, en efecto: criticar denota muchas veces una carencia de autoestima o un momento de amargura que puede ser puntual pero que nos puede hacer caer en el error de hacer pagar con otro lo que no es culpa de esa persona.

9-Siempre es mejor el silencio que una palabra malintencionada, porque somos dueños de nuestros silencios, pero esclavos de nuestras palabras.

10-Hacer una crítica indica que estamos fijándonos en las cosas de la vida que no nos gustan. Si optamos por lo contrario, nos fijaremos cada vez más en las cosas que nos gustan y nos hacen felices. Y, según la teoría, esto estimulará y fortalecerá las conexiones neuronales que se activan cuando pensamos y disfrutamos de cosas positivas.

11-Cuando criticamos o atacamos a algo o a alguien, en realidad estamos demostrando que nos importa. Si no, ¿para qué íbamos a perder el tiempo pensando en algo hiriente que decir? Y si realmente queremos mostrar desprecio, ¿qué mejor que no hacer aprecio?

12-Como decía Nietzsche:

Donde no puedas amar, pasa de largo

Gracias por leer, amigos, aunque no olviden que, como decía Oscar Wilde:

“Los buenos consejos que me dan sólo me sirven para traspasarlos a otros.”

 

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