Lotería de Navidad

Había un contexto, y sólo uno, en el cual las pesetas superaban con autoridad a los euros: en las cantinelas de la lotería de Navidad. “Doscientoscincuentamillooooneeeesdepeseeeeeeeetaaaaaaaaaaaaaaas” sonaba tan bien, tan consonántico, tan bien silabeado, tan melódico, que era imposible olvidar el estribillo aun después de tantos años.

Tales recuerdos de índole sentimental no perjudicaban, por lo demás, el carácter eminentemente práctico de Marta, quien, puestos a ganar, prefería hacerlo en euros contantes y sonantes.

Y este año va a ganar, seguro. No porque se lo haya dicho ningún vidente de esos que se anuncian y atienden por whatsapp (sobre esto también tiene ella cosas que contar, y lo hará cualquier día de estos, aunque no hoy), sino porque le da el pálpito, porque… porque… porque… porque alguna vez le tiene que tocar algo bueno, ¡leches! Todos los años juega religiosamente a la lotería de Navidad, y nunca hasta ahora le ha tocado nada -bueno, alguna vez el reintegro, pero eso no cuenta, porque luego se lo ha solido jugar a la del Niño, que ése sí, es un agujero negro que se traga cualquier resto de ilusión y de miserables ahorros que les quede a los sufridos jugadores-, y ¿por qué este año sí? Pues no tiene ni idea, pero prefiere no pararse a pensarlo, porque sabe que su pálpito no soportará ni medio segundo bajo el rayo de la razón, y va a ser peor.

Isma y ella juegan con un décimo -Daniel no ha aportado nada, pero pase, también él va en el lote- y cada uno de ellos ha puesto cinco euros para jugar con algunos décimos que han comprado los compañeros en sus respectivas empresas.

Marta se ha sentado en el sofá -son las 8 de la mañana-, con el mando a distancia en una mano, el móvil en el reposabrazos y, en la mano derecha, como si fuera un rosario con cuentas en forma de rectangulitos de papel, el manojo de décimos, entre los cuales se han colado también (todos juntos y revueltos) boletos de rifas y sorteos varios que la gente del pueblo ha ido colocando a los vecinos, tan llenos de buena fe y generosidad en estos entrañables días: una cesta, un fin de semana en un spa de la costa, una cena en el mejor restaurante local, un lote de productos de deporte donados por una tienda del pueblo, etc. El verdadero objeto de culto es, sin embargo, el décimo por antonomasia, el suyo, el de casa. El número al que le va a tocar el Gordo este año ella lo tiene delante de sus ojos: el 84939.

Se prepara un café con leche y se dispone a ver el sorteo. Daniel se despierta al cabo de una hora y ella abandona su puesto sólo para recoger al niño y cambiarlo. En ese momento, los niños de San Ildefonso cantan un premio. El corazón le da un vuelco, pero ¡ah!, es sólo un cuarto premio. A pesar de todo, grandes murmullos en la sala del sorteo y aspavientos varios de los presentadores de la tele. Vuelve con Daniel y le da su chocolate hecho mientras sigue el sorteo. El niño, para variar, parece extrañamente igual de hipnotizado por el mágico ritual que está teniendo lugar ante sus vírgenes ojos.

Sigue pasando el tiempo y cantan un tercer premio, un quinto, incluso -al filo del mediodía ya- cae el segundo. Marta, como quien oye llover; nada de eso le  afecta. A ella le está predestinado el gordo, así de claro.

-Mira, cariño, mira cómo giran los bombos. Pronto saldrá nuestro número. Ocho, cuatro, nueve, tres, nueve.

-Weve -dice Daniel agitando los brazos y moviendo la mano derecha en el sentido de las agujas del reloj y la izquierda en sentido inverso, como siempre hace cuando está contento.

A las doce y veinte, el nerviosismo hace que Marta infrinja una de sus leyes no escritas y se sirve una gran porción del pan de Reyes que ha comprado en el supermercado y que normalmente sólo toma para desayunar.

Como si aquello hubiera sido una ofrenda a las deidades de los juegos de azar, en el mismo momento en que está dando un bocado, la niña con trenzas canta el Gordo.

-¡Cuatrocientosmiiiiiiiiiiiiiiiiil eeeeeeeeeeeeeeeeuroooooooooooooooooos!

A esa niña, según vio en un reportaje, luego le darán pastel de chocolate y una Coca Cola, como premio. A Marta, en cambio, no le van a dar ni flores, porque resulta que el número agraciado es el 79410, que, aparte de la coincidencia del 9 y el 4 -y ni siquiera en el mismo orden-, se parece al suyo como un huevo a la castaña que ella se acaba de pegar. Además, ella nunca ha puesto el pie en Roquetas de Mar ni ha comprado el décimo allí, o sea que ya está todo dicho.

No se lo puede creer.

Por si acaso, se abraza más fuerte a Daniel, que sigue tan impertérrito como antes, girando las manitas como si estuviera imitando las rotaciones de los bombos.

-¡Eeeeeeeuoooooooooooooooooosss! -exclama el niño.

Suena entonces el “Ay del Chiquirritín, chiquirriquitín, metidito entre paja”, que Marta ha seleccionado como sintonía navideña de su móvil.

Es Isma, que la llama aprovechando el recreo en su trabajo.

-¡Oye, chica, que me han tocado cien euros!

-¿Cómo que cien euros?

-Sí, tía, en mi décimo, el que me compré yo. Ay, chica, que no te enteras…

-Ah, es verdad -suspira Marta. Claro, se le olvidaba que Isma, tan fiado de la suerte como el que más, se había querido comprar un décimo por su cuenta y riesgo. Y le había salido bien la jugada, al muy. -Pues enhorabuena, chico. Ah, y asegúrate de que se enteren todos ahí -le aconseja.

Cuelga para no sentirse agobiada por la suerte de Isma.

-Ya me podía haber tocado a mí. Si no son 400.000 euros, al menos que sean cien. ¿No te parece, cariño?

Entonces se acuerda de los boletos de las rifas varias del pueblo, que se efectuaban a la par que la lotería de Navidad. Los agraciados serían los números que coincidieran con los cinco primeros premios de la lotería. Los repasa uno por uno con la ayuda de Internet. Nada, ni siquiera un mísero lote de productos corrientitos de charcutería.

Frustrada, rompe los boletos en pedacitos y los arroja en forma de lluvia de confeti o algo. Daniel aplaude con alborozo.

El sorteo acaba de terminar y ahora toca retransmitir los festejos desde Sort, Roquetas de Mar y los demás lugares donde han caído los premios. Pero primero, publicidad.

Sale en pantalla ahora una familia perfecta de rubios finlandeses jugadores todos de baloncesto en sus respectivas categorías: matrimonio e hijos. La mujer -una vikinga de melena ondulada y ojos azules- embarazada de siete meses y con cuerpo de top model, se dirige a los telespectadores: “Nosotros tenemos una vida perfecta. Tenemos dinero, amor y, sobre todo, salud a raudales. Pero, por si alguna vez la salud nos fallara, confiamos en Curitas, la aseguradora médica líder en todo el mundo. Haga usted lo mismo y será tan feliz como nosotros.”

Claro, piensa Marta. Lo que no dice es que abonarse a Curitas cuesta una pasta gansa. Dicho así, suena como si fuera una ONG.

La indignación le sube como una vaharada roja por la garganta. Tiene que desfogarse y, en vez de soltar una palabrota (se ha prohibido a sí misma hacer semejante cosa con Daniel delante), le pega un mordisco al pan de Reyes.

Entonces, sus dientes topan con algo duro. Lo escupe y lo mira: es una figurita. Representa una princesita que se parece muchísimo a Blancanieves. Una Blancanieves navideña, que se representa adornada con espumillón y sosteniendo una ovejita en los brazos.

Daniel mira la figurita, la señala y exclama:

-¡Amá!

Marta sonríe. Ahora ya no siente indignación, ni se siente frustrada, ni nada de eso. Saca con el móvil una foto de la figurita y se la envía a Isma.

“Mira lo que me ha tocado. Chincha y rabia”.

Apaga la tele y pone en el portátil el disco de villancicos. Daniel y ella se ponen a bailar. La figurita de Blancanieves los mira sonriente desde la mesa.

 

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2 comentarios

Archivado bajo Diario de Marta, Narrativa/Relatos/Ficción

2 Respuestas a “Lotería de Navidad

  1. Ayyy si me tocara a mí…jajajaja

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  2. El mejor premio es la alegría que me da Daniel a raudales. Sin duda alguna. Besitos

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