Periodista en busca de sentido

Decía la leyenda que la Virgen María en carne mortal se había aparecido a un humilde pastorcillo, y le había hecho saber que aquel lugar perdido para el hombre civilizado, aunque no para Dios, era un lugar mágico, especial. No le había pedido expresamente que edificara allí un templo -los santos y la Virgen jamás piden nada, eso lo hacemos nosotros-, pero eso ya había sido un extra sobrevenido cuando las autoridades eclesiásticas supieron de la historia del pastorcillo, que hizo a todo correr y sin detenerse los ocho kilómetros que separaban el pueblo de aquella masa kárstica, aquel amasijo ascendente de colinas y erupciones de piedra caliza que la Virgen había ungido con su manto.

Lo llamaron Santuario del Espinar, en honor a la maleza en la cual había aparecido envuelta Nuestra Señora.

Quinientos años después, Marta había recorrido aquella carretera -un poco demasiado estrecha y, en cualquier caso, tan retorcida como era posible- infinidad de veces, igual que cualquier nativo de aquel pueblo, pues el antiguo lugar de aparición era hoy un popular santuario, que se erigía al fondo de una explanada no natural, sino edificada por la mano del hombre, a fin de que el santuario pudiera estar adecuadamente rodeado de tres coquetos hotelitos y hospederías, algunos restaurantes con sabor montañés, una tienda de recuerdos y regalos y una oficina de turismo, además de doscientas plazas de aparcamiento. Y sin embargo, aquella asiduidad no aminoraba ni una pizca la probabilidad de taponamiento de oídos y la pereza que le daba tragarse aquellos ocho kilómetros de subida.

Y el objeto de su trabajo le producía dos veces más pereza aún y le daba ganas de empotrar su coche contra el quitamiedos para así poder librarse del rollazo de tener que cubrir el consabido concurso anual de productos hortenses, donde, como en tantas otras cosas en la vida, ganaba aquel que presentaba el ítem más grande.

La gran novedad de este año, y que hacía que su jefe estuviera que no cabía en sí de nervios y que ella misma afrontara la tarea con gran emoción, era que el ámbito, de ser exclusivamente local, había pasado a extenderse a toda la comarca. El jurado había tenido que hacer una preselección, debido al gran número de participantes que se habían presentado, y aun así habían aumentado la lista de finalistas de los tradicionales 20 a 30. El interés noticioso del evento era doble; por un lado, el propio certamen, hito local de indiscutible nombradía y raigambre, y por el otro, y la parte que interesaba de verdad a los medios de comunicación, que se temía que los caseros disconformes con el cambio de universo -muchos de los cuales habían quedado fuera del concurso en la criba inicial- intentaran reventarlo con un acto de boicot muy vistoso. A la redacción habían llegado emails anónimos avisando de ello, e incluso una cuenta anónima en Twitter había tuiteado al respecto.

(Nada de toda esa movida tenía en absoluto nada que ver con el clima preelectoral que se respiraba en todo el país; así lo habían asegurado propios y ajenos. No obstante lo cual, todos en la oficina tenían sus dudas, porque todo tenía todo que ver con el clima pre y postelectoral que se respiraba en todo el país durante todo el año.)

Medios de toda la provincia, incluso algún medio nacional que se preciaba de “dar protagonismo a las pequeñas historias de los pequeños lugares” (así, como suena) habían desplazado equipos al lugar de la gran competición. Incluso se decía que el medio nacional por excelencia iba a enviar a Rosi Barroso en persona, la periodista de televisión de moda. Pero el medio de Marta, currándose “las pequeñas historias” de su pueblo y comarca todos los días del año, tenía a su favor la gran baza de su carácter local, más local que el queso de oveja lacha con denominación de origen que se producía en los caseríos del valle. Por eso, llegaban adonde los demás sólo podían acercarse, por muy nacionales que fueran.

En el caso que nos ocupa, esa ventaja consistía en una ubicación privilegiada desde la cual Marta y su técnico, el becario Iñaki, tenían una vista incomparable y perfectamente panorámica de la explanada donde tendría lugar la exposición y concurso, una especie de plaza de medianas dimensiones encajada entre el pie de un pequeño acantilado y el dique formado por los muros posteriores del santuario soñado por aquel zagalillo que vivió quinientos años atrás. Esa ubicación era el amplio balcón, esculpido directamente en la roca, al cual se accedía desde el refectorio de los frailes franciscanos para cuya hermandad el santuario había sido hogar desde el inicio de su existencia (del santuario, no de la hermandad). Los frailes franciscanos eran como hermanos -de sangre, por añadidura- para los periodistas locales, con los cuales había un sano toma y daca -los periodistas tenían un fichaje estrella en el hermano Diluviano, el fraile meteorólogo, una celebrity en toda la comarca, y a cambio de predicciones gratuitamente radiadas desde el entorno incomparable del Santuario del Espinar, el medio local hacía publicidad de las bondades del calendario, los anuarios, las agendas, las postales y los libros de historia que los franciscanos editaban bajo su propio sello, Ediciones Espinares, SL. Ese buen entendimiento -con su aliciente comercial y todo- había forjado una alianza a prueba del relumbrón de focos de mayor potencia que los del modesto medio local.

-Tú espérame aquí, que voy a anunciarnos -instruyó Marta a su becario, que se quedó, en efecto, al volante del Skoda Roomster que tenían como único coche de empresa a compartir por toda la plantilla.

Fray Telésforo, el fraile que había permanecido al pie del cañón de la recepción y de la centralita casi desde que el santuario se inauguró, allá por 1510, volvió a no reconocer a Marta a pesar de tenerla a dos palmos y a haber mantenido con ella la misma conversación decenas de veces en los últimos años. Marta ya iba preparada para una repetición más -se sabía su parte del diálogo de memoria- y, sin embargo, la aguardaba una sorpresa:

-Buenos días, hermano Telésforo. Venimos a cubrir el concurso. ¿Nos puede anunciar al hermano Patrocinio, por favor? -dijo, refiriéndose al fraile encargado de Relaciones con los Medios y señalando la centenaria centralita que ella siempre había conocido allí. Pero, para su sorpresa, en lugar de echar mano de las clavijas que eran como una extensión de las artríticas manos del hermano Telésforo, éste agarró del mostrador un smartphone, que en aquel momento estaba en modo suspensión pero que volvió a la vida nada más tocarlo el anciente fraile.

-Perdone usted, señorita, disculpe mi lentitud con el tecleo -dijo, mientras sus dedos se desplazaban sobre el teclado virtual a la velocidad de la luz.

-Más despacio, por favor, me estoy mareando. Y, oiga, ¿qué hace usted, no me va a anunciar a fray Patrocinio, que nos estará esperando?

El hermano telefonista levantó la mirada del teléfono y la depositó en Marta como si acabara de ver un ser de otro mundo.

-Es lo que estoy haciendo, señorita. Uso el guasa.¿No ha oído hablar usted del guasa? Es que hoy tenemos aquí un barullo impresionante, señorita, y si intentamos hablar con él a viva voz, dudo mucho que consigamos inteligirnos mutuamente. ¡Ay, cáspita! Ahora no encuentro el chat que tenía abierto…

“Vaya con el frailecillo”, se dijo Marta para su coleto.

-Si me permite… -y, estirando el brazo, se hizo limpiamente con el aparato. En efecto, el buen fray Telésforo había perdido el whatsapp abierto con su congénere y la pantalla mostraba ahora la lista de contactos, que estaba en la A. Marta deslizó el dedo de arriba abajo por la lista alfabética, haciendo que las letras fueran destacándose lumínicamente al contacto con su índice. Adalberto, Hno.; Ambulatorio; Apolonio, Hno.; Ayuntamiento; Bernabé, Hno.; Crispín, Hno.; Crispiniano, Hno.; Dionisio, Hno.; Dios; Diosdado, Hno…. ¡Un momento! Marta volvió atrás. ¿Dios? ¿Qué demonios de nombre de contacto era ése? ¿Sería posible que fuera…? Pero… no, de ninguna manera racional podía ser… Pero, ¿y si…?

Ni corta ni perezosa, hizo clic en el contacto denominado “Dios”. Su memoria fotográfica registró al momento la cifra de nueve dígitos. Se la repitió por lo bajini, para estar completamente segura: seis, seis, seis, siete, cuatro…

En aquel momento, se abrió otra vez la puerta de entrada. Eran fray Patrocinio e Iñaki, departiendo amigablemente.

-¡Ah, vaya con el guasa, sí que es eficaz! -opinó fray Telésforo, desentendiéndose del problema ya resuelto.

Los dos periodistas siguieron a fray Patrocinio hasta el privilegiado lugar de promisión, donde Iñaki instaló su trípode y su cámara.

-Eh, ¿estás bien? ¿Tienes vértigo? -le preguntó Iñaki.

-Ah, no, no pasa nada. Aquella es Rosi Barroso, ¿no? -dijo Marta para despistar, aludiendo a la estrella ascendente de los noticiarios de la cadena nacional. El comentario funcionó para desviar la atención del becario a otra parte. En efecto, estaba distraída desde que había visto el número de Dios en la agenda de fray Telésforo. Aprovechando el momento de privacidad, cogió su propio teléfono y grabó el número memorizado. Lo hizo bajo el nombre “Dios”, sintiéndose un poco ridícula, pero no sabiendo qué otra etiqueta ponerle.

Era verdad que la ubicación era privilegiada; desde allí, no se les escaparía ripio. Se dominaba toda la explanada donde se celebraría el concurso, y, como extra, todos los aledaños donde se habían apostado los medios rivales. Por si eso fuera poco, se controlaban todos los accesos y salidas y las vías de tráfico rodado durante varias decenas de metros, con lo cual ellos serían los primeros en advertir -y grabar- el menor movimiento extraño por tierra, mar o aire por parte de quien quisiera reventar el evento.

Aquella era su gran oportunidad, el gran acontecimiento que podía catapultar la carrera de Marta desde las profundidades abismales de lo local al raso cielo cuajado de estrellas donde merecía figurar. Y sin embargo, su mente estaba lejos de ocuparse de aquel reportaje en ciernes; no podía apartar su pensamiento de…

-Un segundo, tengo que… -dijo, y entró al refectorio y salió de él a continuación, sin darle tiempo a Iñaki de poner la menor objeción.

Con el teléfono en la mano, abrió Whatsapp, buscó el contacto “Dios” y escribió su mensaje con dedos temblorosos.

“Si estás ahí y eres quien parece que eres, me gustaría que me dijeras cuál es el sentido de mi vida.”

Ya está. Lo había escrito. Un segundo después, lo había enviado.

Casi al instante aparecieron las dos tildes azules que confirmaban que su mensaje había sido leído.

Sintiéndose en paz consigo misma, volvió al balcón.

La cosa tardaba en arrancar, a pesar de que todo estaba listo y todos los participantes habían llegado puntualmente. Pasó un rato muy largo y después otro más. Luego, por fin, anunciaron por megafonía que se daba comienzo oficialmente al concurso de quesos y productos hortofrutícolas de la región, donde serían premiados indefectiblemente aquellos productores que aportaran el o los frutos más grandes y hermosotes. Iñaki se puso a lo suyo haciendo planos largos, planos con zoom, picados, panorámicas, barridos y contrapicados artísticos.

Durante todo lo cual (estaba siendo todo muy aburrido y previsible), Marta no pudo dejar de pensar en su mensaje y en lo que podría pasar a continuación. Lo más seguro era que no pasara nada, o quizá que alguien le contestara con una frase amable mientras se partía la caja a su costa. El consuelo era que ella nunca oiría aquellas risas, ni que su interlocutor sabría quién había sido la pazguata que le había enviado aquel estúpido mensaje. Porque, como era bien sabido, hoy día ya nadie creía en Dios ni nad…

-¡Eh, tía, mira eso! -exclamó de pronto Iñaki. Marta salió -más bien, saltó- de su sopor meditabundo. Algo estaba sucediendo, efectivamente: por una carretera vecinal, poco más que un camino de cabras con unas paladas de cemento por encima, se aproximaba una caravana de tractores, Land Rovers y Mobylettes, en medio de una barahúnda de bocinazos, proclamas vociferadas por megafonía, carracas y -Marta casi lo habría jurado- zambombas.

Venían muchos y -sin duda- venían cabreados.

De repente, Marta sintió la vibración del teléfono en el bolsillo. Le echó mano y miró la pantalla: un mensaje de Whatsapp. Un mensaje de… Dios.

La belísona presentación de los caseros en pie de guerra sonó mucho más cerca. La adrenalina, propulsada y bombeada por un corazón acelerado por la emoción, surcó sin freno ni obstáculo las arterias de Marta, que se puso en pie con su cámara de fotos dotada de superobjetivo sujeta como si fuera su propia vida.

El teléfono hizo “ploc” al chocar contra el suelo.

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13 comentarios

Archivado bajo Diario de Marta, Narrativa/Relatos/Ficción

13 Respuestas a “Periodista en busca de sentido

  1. ¡Vaya! Nos quedamos sin saber qué le contestó 😦

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  2. SumasTeon

    Me ha gustado mucho el relato, se nota ya en el primer párrafo las horas de trabajo que has dedicado. Al final, la chica elige la vocación y ganarse el pan, como debe ser. Saludos.

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  3. Me ha gustado mucho. Malditos nervios!! Aunque te digo una cosa, sonar ploc no es sinónimo de romperse… A ver si en la segunda parte Marta coge el móvil, le pone la batería y nos dice qué había escrito! Besitos

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