Antarctica

Continuar la historia tal como empezó: hendiendo el hielo, buscando la tierra húmeda kilómetros más abajo.

Reencontrarte en el lugar donde todo empezó: en este conocido rincón de blanca oscuridad, donde naciste a la vida, sola, por autogeneración.

Ahora, en una expedición, vuelves a explorar inútilmente la tierra que creías conquistada y colonizada.

Y ahora ya no hay vuelta atrás: has aprendido que, para vivir, primero has de morir.

Morir una y otra vez. Morir sin ganar en sabiduría. Terminar la partida sólo para poder comenzarla una vez más.

Repetir los movimientos ya conocidos, escrutando el vacío entre un paso y el otro, escuchando el silencio en busca del mensaje cifrado en los ecos de tu respiración.

Hundir las dos manos en el mar, recuperarlas llenas del barro que hay en el fondo.

Disputar una carrera con el tiempo, disputarle la respiración.

Ver pasar los siglos, y aprender mientras tanto a caminar bajo la superficie del agua,

aprender a hacer panes y peces para alimentarte del aire,

cerrar los ojos, aguardar el final de la extenuación,

y sentir el corazón que sigue bombeando despiadado, a lo largo de tus días y tus muchas noches.

Y al final, emerger. Emerger al otro lado, en la otra orilla, lejos de los osos y de los bloques grandes de hielo desprendidos de un glaciar o de una costa helada que flotan a la deriva en el mar

al igual que flotabas tú.

Emerger con las manos cubiertas de pez*,

con los pulmones anegados de tanto comer aire y beber mar;

emerger con la piel toda por dentro, por fuera todo el hueso, como un crustáceo;

hueso que golpea y que corta, que lesiona y que ofende la propia piel que es su hermana,

emerger con ojos ciegos de medusa,

pero emerger al final.

No una, ni dos, sino hasta tres veces.

Y ver de repente que te has convertido en dos,

que de entre los ojos opacos emerge también algo, que se parte en dos mitades el mundo viejo y ajado, y emergen pececillos anaranjados como natátiles rayos de sol,

pececillos que corren, que nadan, que ahora vuelan.

Dejando atrás la piel vieja y el cuerpo osificado, el animal nuevo, fundador de su propia especie, no tiene memoria terrenal: no recuerda la expedición,

ni el barro bajo las uñas, ni los siglos de noche, ni el frío de la Antártida.

Sino que, soñando con el lugar al que vuelve, avanza hacia la tierra inhóspita, que sin embargo le espera para ser conquistada.

(* No es lo mismo que tener manos de pez.)
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2 comentarios

Archivado bajo Poemas

2 Respuestas a “Antarctica

  1. silviazuluaga

    Hola Leire,
    ¿Sabes que tu manera de escribir transmite paz?

    Le gusta a 1 persona

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