Archivo mensual: diciembre 2015

Poner nombres al tiempo

El mejor propósito de año nuevo es el que empezamos en el año viejo.

¿Que no?

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Los números de 2015

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2015 de este blog.

Aquí hay un extracto:

Un teleférico de San Francisco puede contener 60 personas. Este blog fue visto por 1.500 veces en 2015. Si el blog fue un teleférico, se necesitarían alrededor de 25 viajes para llevar tantas personas.

Haz click para ver el reporte completo.

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Vida nueva

Anoche me metí entre pecho y espalda 800 calorías en unos 15 minutos.

 

Fue maravilloso.

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‘Cuentos inquietantes’

cuentos-inquietantes

A lo largo de mi vida lectora, me he encontrado con muy pocos autores que me hayan convencido de verdad con el género del relato, cuento o novella. La razón es que ese género da una falsa apariencia de ser fácil, una suerte de sucedáneo o formato menor de la prosa, algo que un escritor hace entre novela y novela o cuando no tiene nada mejor que hacer. Nada más alejado de la verdad: como cualquier escritor que lo haya intentado sabe muy bien, es condenadamente difícil escribir un relato redondo que no deje en el lector la sensación de que el final ha sido demasiado abrupto o precipitado, de que ha quedado una gran parte de la historia fuera de campo y uno tiene que rellenar el hueco con su imaginación o con sus suposiciones, o de que aquello no tiene ni pies ni cabeza y más parece un apaño hecho con retazos abandonados de una novela que el autor abandonó a medio hacer pero cuyo material preparatorio quiere aprovechar. Las sobras, vaya.

Leer la reseña completa en http://www.librosyliteratura.es/cuentos-inquietantes.html

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Lotería de Navidad

Había un contexto, y sólo uno, en el cual las pesetas superaban con autoridad a los euros: en las cantinelas de la lotería de Navidad. “Doscientoscincuentamillooooneeeesdepeseeeeeeeetaaaaaaaaaaaaaaas” sonaba tan bien, tan consonántico, tan bien silabeado, tan melódico, que era imposible olvidar el estribillo aun después de tantos años.

Tales recuerdos de índole sentimental no perjudicaban, por lo demás, el carácter eminentemente práctico de Marta, quien, puestos a ganar, prefería hacerlo en euros contantes y sonantes.

Y este año va a ganar, seguro. No porque se lo haya dicho ningún vidente de esos que se anuncian y atienden por whatsapp (sobre esto también tiene ella cosas que contar, y lo hará cualquier día de estos, aunque no hoy), sino porque le da el pálpito, porque… porque… porque… porque alguna vez le tiene que tocar algo bueno, ¡leches! Todos los años juega religiosamente a la lotería de Navidad, y nunca hasta ahora le ha tocado nada -bueno, alguna vez el reintegro, pero eso no cuenta, porque luego se lo ha solido jugar a la del Niño, que ése sí, es un agujero negro que se traga cualquier resto de ilusión y de miserables ahorros que les quede a los sufridos jugadores-, y ¿por qué este año sí? Pues no tiene ni idea, pero prefiere no pararse a pensarlo, porque sabe que su pálpito no soportará ni medio segundo bajo el rayo de la razón, y va a ser peor.

Isma y ella juegan con un décimo -Daniel no ha aportado nada, pero pase, también él va en el lote- y cada uno de ellos ha puesto cinco euros para jugar con algunos décimos que han comprado los compañeros en sus respectivas empresas.

Marta se ha sentado en el sofá -son las 8 de la mañana-, con el mando a distancia en una mano, el móvil en el reposabrazos y, en la mano derecha, como si fuera un rosario con cuentas en forma de rectangulitos de papel, el manojo de décimos, entre los cuales se han colado también (todos juntos y revueltos) boletos de rifas y sorteos varios que la gente del pueblo ha ido colocando a los vecinos, tan llenos de buena fe y generosidad en estos entrañables días: una cesta, un fin de semana en un spa de la costa, una cena en el mejor restaurante local, un lote de productos de deporte donados por una tienda del pueblo, etc. El verdadero objeto de culto es, sin embargo, el décimo por antonomasia, el suyo, el de casa. El número al que le va a tocar el Gordo este año ella lo tiene delante de sus ojos: el 84939.

Se prepara un café con leche y se dispone a ver el sorteo. Daniel se despierta al cabo de una hora y ella abandona su puesto sólo para recoger al niño y cambiarlo. En ese momento, los niños de San Ildefonso cantan un premio. El corazón le da un vuelco, pero ¡ah!, es sólo un cuarto premio. A pesar de todo, grandes murmullos en la sala del sorteo y aspavientos varios de los presentadores de la tele. Vuelve con Daniel y le da su chocolate hecho mientras sigue el sorteo. El niño, para variar, parece extrañamente igual de hipnotizado por el mágico ritual que está teniendo lugar ante sus vírgenes ojos.

Sigue pasando el tiempo y cantan un tercer premio, un quinto, incluso -al filo del mediodía ya- cae el segundo. Marta, como quien oye llover; nada de eso le  afecta. A ella le está predestinado el gordo, así de claro.

-Mira, cariño, mira cómo giran los bombos. Pronto saldrá nuestro número. Ocho, cuatro, nueve, tres, nueve.

-Weve -dice Daniel agitando los brazos y moviendo la mano derecha en el sentido de las agujas del reloj y la izquierda en sentido inverso, como siempre hace cuando está contento.

A las doce y veinte, el nerviosismo hace que Marta infrinja una de sus leyes no escritas y se sirve una gran porción del pan de Reyes que ha comprado en el supermercado y que normalmente sólo toma para desayunar.

Como si aquello hubiera sido una ofrenda a las deidades de los juegos de azar, en el mismo momento en que está dando un bocado, la niña con trenzas canta el Gordo.

-¡Cuatrocientosmiiiiiiiiiiiiiiiiil eeeeeeeeeeeeeeeeuroooooooooooooooooos!

A esa niña, según vio en un reportaje, luego le darán pastel de chocolate y una Coca Cola, como premio. A Marta, en cambio, no le van a dar ni flores, porque resulta que el número agraciado es el 79410, que, aparte de la coincidencia del 9 y el 4 -y ni siquiera en el mismo orden-, se parece al suyo como un huevo a la castaña que ella se acaba de pegar. Además, ella nunca ha puesto el pie en Roquetas de Mar ni ha comprado el décimo allí, o sea que ya está todo dicho.

No se lo puede creer.

Por si acaso, se abraza más fuerte a Daniel, que sigue tan impertérrito como antes, girando las manitas como si estuviera imitando las rotaciones de los bombos.

-¡Eeeeeeeuoooooooooooooooooosss! -exclama el niño.

Suena entonces el “Ay del Chiquirritín, chiquirriquitín, metidito entre paja”, que Marta ha seleccionado como sintonía navideña de su móvil.

Es Isma, que la llama aprovechando el recreo en su trabajo.

-¡Oye, chica, que me han tocado cien euros!

-¿Cómo que cien euros?

-Sí, tía, en mi décimo, el que me compré yo. Ay, chica, que no te enteras…

-Ah, es verdad -suspira Marta. Claro, se le olvidaba que Isma, tan fiado de la suerte como el que más, se había querido comprar un décimo por su cuenta y riesgo. Y le había salido bien la jugada, al muy. -Pues enhorabuena, chico. Ah, y asegúrate de que se enteren todos ahí -le aconseja.

Cuelga para no sentirse agobiada por la suerte de Isma.

-Ya me podía haber tocado a mí. Si no son 400.000 euros, al menos que sean cien. ¿No te parece, cariño?

Entonces se acuerda de los boletos de las rifas varias del pueblo, que se efectuaban a la par que la lotería de Navidad. Los agraciados serían los números que coincidieran con los cinco primeros premios de la lotería. Los repasa uno por uno con la ayuda de Internet. Nada, ni siquiera un mísero lote de productos corrientitos de charcutería.

Frustrada, rompe los boletos en pedacitos y los arroja en forma de lluvia de confeti o algo. Daniel aplaude con alborozo.

El sorteo acaba de terminar y ahora toca retransmitir los festejos desde Sort, Roquetas de Mar y los demás lugares donde han caído los premios. Pero primero, publicidad.

Sale en pantalla ahora una familia perfecta de rubios finlandeses jugadores todos de baloncesto en sus respectivas categorías: matrimonio e hijos. La mujer -una vikinga de melena ondulada y ojos azules- embarazada de siete meses y con cuerpo de top model, se dirige a los telespectadores: “Nosotros tenemos una vida perfecta. Tenemos dinero, amor y, sobre todo, salud a raudales. Pero, por si alguna vez la salud nos fallara, confiamos en Curitas, la aseguradora médica líder en todo el mundo. Haga usted lo mismo y será tan feliz como nosotros.”

Claro, piensa Marta. Lo que no dice es que abonarse a Curitas cuesta una pasta gansa. Dicho así, suena como si fuera una ONG.

La indignación le sube como una vaharada roja por la garganta. Tiene que desfogarse y, en vez de soltar una palabrota (se ha prohibido a sí misma hacer semejante cosa con Daniel delante), le pega un mordisco al pan de Reyes.

Entonces, sus dientes topan con algo duro. Lo escupe y lo mira: es una figurita. Representa una princesita que se parece muchísimo a Blancanieves. Una Blancanieves navideña, que se representa adornada con espumillón y sosteniendo una ovejita en los brazos.

Daniel mira la figurita, la señala y exclama:

-¡Amá!

Marta sonríe. Ahora ya no siente indignación, ni se siente frustrada, ni nada de eso. Saca con el móvil una foto de la figurita y se la envía a Isma.

“Mira lo que me ha tocado. Chincha y rabia”.

Apaga la tele y pone en el portátil el disco de villancicos. Daniel y ella se ponen a bailar. La figurita de Blancanieves los mira sonriente desde la mesa.

 

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Navidad Zen

El punto de lectura de tu vida se llama Navidades.

A juego con las luces y los villancicos de este año, relees aquellas páginas.

Las del inicio: como aquellas de las cenas con los parientes que no te gustaban.

De aquel año en que pasaste tanto, tanto miedo.

De aquel año en que no pudiste salir de fiesta porque no tenías con quién, y rezabas por el alma de quien inventó la televisión.

De aquel año en que, de repente, ya no estaba el abuelo.

De aquel otro en que casi te exiliaste de todo lo que amabas.

De aquellas Navidades de ayuno y abstinencia, de un rechazo demasiado grande para que lo entendieras.

De aquellas en que anhelabas algo grande y no imaginabas qué podría ser.

De aquellas en que perdiste la ilusión, y los días pasaban como si fueran noches, y las noches pasaban como ratos de vigilia entre pesadillas.

De aquella Nochebuena en que tu hijo estuvo enfermo, de aquel día de Reyes en que no tuviste fuerzas para tener ilusión.

Pero también

de aquellos años en que el pie del árbol estaba sembrado de regalos,

en que disfrutabas tus platos favoritos sin tener miedo a nada,

en que nevaba y ya sólo por eso eras completamente feliz;

años en que ponías un platito con tres pastas que aparecía vacío a la mañana siguiente,

en que venían tus parientes que sí te gustaban y aquello era una fiesta todos los días,

en que la ilusión -por los regalos que te hacían, por los que tú hacías, por las cosas que aprendías, por los programas de la tele hechos sólo para ti, por los pasteles y los helados, por las visitas inesperadas, por los buenos sentimientos- era como un incendio desatado que devoraba tu corazón,

en que te reencontraste a ti misma y por fin sentiste que amabas lo que veías,

en que dejaste que el amor rompiera todos los diques y lo anegara todo y a todos,

en que él te dijo: “todo lo malo que pasó no tiene ningún sentido, olvídalo”,

en que volviste a tu hogar y encontraste que la lumbre nunca se había apagado,

en que descubriste que la dicha puede brillar incluso en medio de la pérdida,

en que emprendiste aquel viaje sabiendo que tu hogar viajaba contigo,

en que de repente todo tenía sentido porque dejaste de creer en los Reyes Magos pero descubriste la fe en la luz que nunca se apaga.

Y así es como fue y como será:

un poco de alegría en la melancolía

un poco de melancolía en la alegría.

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Acontecimiento planetario

-Vaya resacón tienes, chica -le dijo Marta a su reflejo en el espejo. No era una resaca etílica, sino una informativa: una resaca electoral. Que, a pesar de su nombre, no era de libre elección, sino de obligatoria fatalidad. Se había hecho periodista por muchas razones -ninguna de las cuales recordaba ahora– y estas cosas iban en el (exiguo) sueldo.

Ahora tocaba encender la tele y empaparse con los análisis, debates, conclusiones, inferencias, deducciones, predicciones y entrevistas preparados por las estrellas de los magacines matinales y sus redactores a (exiguo) sueldo. No había elección tampoco en esta cuestión.

Además, se notaba que los políticos alfa del país eran todos hombres e iban a mesa puesta, porque aquel año las elecciones las habían convocado para el domingo día 23 de diciembre, o sea, víspera de Nochebuena. Se notaba que ninguno de los presidenciables pensaba apartarse lo más mínimo de su agenda poselectoral. Para eso ya tenían a sus mujeres.

Aprovechando que Daniel tenía el sueño pesado y hábitos propios de adolescente juerguista, encendió la tele, el portátil y el móvil, todo ello casi en un único gesto. La cocina americana y el minisaloncito-comedor-living se inundaron con la voz de pito de la moderadora de turno. Presentaba un debate poselectoral entre los candidatos a presidente del Partido Pop, del Partido Social Operístico, de Bailemos y Ciutat Dance. Había más líderes y colíderes que habrían querido participar, pero todos no cabían en el plató, y es sabido que una mesa redonda de más de cinco participantes provoca cacofonía y nula inteligibilidad.

Marta consultó las cifras que había apuntado antes de dar la noche por terminada -justo cuando ella y su marido, Isma, habían conseguido que Daniel se durmiera, al filo de la medianoche- y comprobó que no había habido variaciones de última hora: el pastel parlamentario se repartía casi matemáticamente al 20% entre los cuatro partidos en liza. Ergo, cada uno de los cuatro candidatos a presidente veía posibilidades muy serias y factibles de ser investido y tocar la gloria.

En el debate, que ya estaba empezado, los cuatro hombres (todos hombres) tenían cara de cansancio, descolgamiento, palidez, ojeras y rastros de barba afeitada deprisa y corriendo, así que era de presumir que no estaban siendo especialmente brillantes con su oratoria. Uno hablaba de que los demás querían un allegro y su partido prefería el moderato, para “hacer las cosas despacio y bien”; otro decía que, si le dejaban, su partido daría el do de pecho; el tercero recordaba que hacían falta al menos dos para bailar el tango (de un tango a tres o a cuatro no dijo nada, no fuera que la moderadora le preguntara su opinión sobre las orgías), y el cuarto, que no era el mejor dotado en cuestiones de retórica, se limitaba a repetir su eslogan: “Menos samba, más trabajar”.

Así estaba la cosa, o sea, en punto muerto, cuando la presentadora tuvo una idea que ya nunca se sabría si estaba guionizada o fue más bien que se marcó un Günter Schabowski, pero que quedaría para la posteridad. Y fue la cosa que, animada por el ambiente navideño a la par que musical, propuso:

-Oigan, ¿por qué no organizamos un juego de sillas y el que gane será el nuevo presidente del gobierno?

No se sabría jamás qué les pareció de verdad de la buena a los cuatro representantes, pero, por aquello de que un No suena a maldito, poco espiritual y, peor aún, poco popular y enrollado, uno saltó y dijo que sí y ninguno de los demás tuvo lo que hay que tener para negarse. En un pis pas la presentadora los puso a los cuatro en movimiento para apartar la mesa del desayuno-tertulia y colocar tres sillas formando un pequeño corro.

-A ver, compañeros, un poco de música -pidió a alguien que estaba fuera de plano. Enseguida fue obedecida y sonó un villancico. “A Belén, pastores”. Los cuatro candidatos se pusieron a corretear como niños de jardín de infancia.

Fue justo el momento que eligió Daniel para reclamar la presencia de su madre. Marta se debatió un nanosegundo entre su privilegiada posición de espectadora de aquel momento inigualable de la historia del país y su responsabilidad como madre. Ganó, como siempre, la segunda. Dejó todo atrás -la tele, el portátil y el  móvil que ya estaba empezando a zumbar con, no hacía falta mirarlo para saberlo, mensajes de WhatsApp de su jefe y de algunos colegas que querían comentar el histórico y trascendental momento que todos estaban compartiendo- y acudió presurosa a abrazar a Daniel y darle los buenos días.

-Patata -exclamó Daniel al ver a su madre, al tiempo que estiraba los bracitos para ser abrazado.

-Buenos días, mi amor -dijo ella. Abrazó su cuerpecito calentito, todavía con restos de sueño, y le dio un beso muy sonoro. -¿Abrimos la ventana para ver qué día tan bonito hace? ¿Sí?

Daniel apoyó la moción y Marta lo agarró con el brazo izquierdo, mientras con el derecho subía la persiana y dejaba entrar los rayos de sol.

En el momento en que abría la ventana para ventilar un poco la habitación, estalló un petardo y -lo nunca visto- fuegos artificiales iluminaron la ya luminosa mañana del día de Nochebuena. Se empezó a oír un rumor indefinido que fue adquiriendo definición segundo a segundo. En la salita, el teléfono de Marta empezó a sonar. El rumor dejó de serlo y se convirtió en ruido de tumulto. Y es que la calle se estaba empezando a llenar de gente.

Gente de todas las edades, condiciones, humores, estados de salud y de dinero… en fin, todo el mundo mundial estaba saliendo a la calle en tromba. Agitaban banderas, pañuelos, trapos de cocina, incluso había gente con matasuegras y trompetas de juguete. Desde los balcones, quienes no podían corretear por la calle lanzaban lluvias de confeti y serpentinas. Pronto afloraron los primeros globos y balones gigantes de playa que botaban de mano en mano, uniendo a completos desconocidos en una fiesta sin igual.

-Algo acaba de pasar, algo gordo -le dijo Marta a Daniel.

Aquello tenía todo que ver con lo que había sucedido en el programa de televisión, no podía ser otra cosa. Un acontecimiento planetario de dimensiones hasta entonces desconocidas se había producido, de tal modo que había empujado a toda aquella gente a tomar la calle, pero no para protestar, sino para ponerse a festejar y a dar salida a tanta euforia y alegría como sentían. Nadie había visto nunca algo así.

Marta se encaminó hacia la sala con Daniel en brazos. La cara de la presentadora, ahora sonriente, ocupaba la pantalla. Ahora estaba claro que hablaba sin la ayuda del telepronter, y la verdad es que no lo hacía nada mal:

-¡Es un día histórico, señoras y señores! ¡Por primera vez en toda la historia, todos los partidos políticos se han puesto de acuerdo y van a acatar el resultado! ¡Gobernarán todos juntos y revueltos y tomarán las decisiones de forma conjunta y colegiada! ¡No habrá necesidad de votar nada en el congreso porque no habrá votos en contra! ¡Señoras y señores, estamos asistiendo a un momento único en toda la historia del universo! ¡Oigamos ahora al próximo presidente, que será…!

Daniel estaba protestando y de repente su voz había subido varios decibelios, como sólo él sabía hacer cuando quería o no quería algo. En este caso, lo que quería era ver su canal. El canal infantil. Era el canal número 25, su favorito de entre los cuatro temáticos que se sintonizaban en casa.

Marta le dio el mando y el niño, ipso facto, pulsó los dos botoncitos, el del 2 y el del 5, y el televisor pasó a mostrar una escena de “Los osos amorosos”.

Daniel, mágicamente, había dejado de protestar y miraba la pantalla con sonrisa beatífica. Una sonrisa que superaba la de cualquier líder político que saborea las mieles del triunfo.

Marta se concentró en la serie favorita de su hijo. Cuatro osos amorosos jugaban en aquel momento al juego de las sillas.

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‘Las penas del joven Werther’

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Todo lo que hizo del Romanticismo lo que fue está condensado en este libro, no sólo la historia de amor romántico entendida como fuente de indecible sufrimiento, sino también el paganismo, la sublimación de la naturaleza como ente vivo que refleja los sentimientos del personaje espectador, los reproduce y los amplifica; la sensibilidad extrema hacia la belleza; la turbulencia anímica y psicológica… Pero Las penas del joven Werther es más que el compendio de un movimiento cultural. Nos muestra claramente el desastre en que se convierte la vida cuando se la hace girar en torno a un solo eje, máxime cuando éste es el amor -obsesivo, como dijimos- por una persona, y cómo todo lo que tenía importancia o valor para el personaje antes de su enamoramiento se cifra automáticamente en cero en cuanto prende la llama del amor.

Leer la reseña completa en http://www.librosyliteratura.es/las-penas-del-joven-werther.html

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Periodista en busca de sentido

Decía la leyenda que la Virgen María en carne mortal se había aparecido a un humilde pastorcillo, y le había hecho saber que aquel lugar perdido para el hombre civilizado, aunque no para Dios, era un lugar mágico, especial. No le había pedido expresamente que edificara allí un templo -los santos y la Virgen jamás piden nada, eso lo hacemos nosotros-, pero eso ya había sido un extra sobrevenido cuando las autoridades eclesiásticas supieron de la historia del pastorcillo, que hizo a todo correr y sin detenerse los ocho kilómetros que separaban el pueblo de aquella masa kárstica, aquel amasijo ascendente de colinas y erupciones de piedra caliza que la Virgen había ungido con su manto.

Lo llamaron Santuario del Espinar, en honor a la maleza en la cual había aparecido envuelta Nuestra Señora.

Quinientos años después, Marta había recorrido aquella carretera -un poco demasiado estrecha y, en cualquier caso, tan retorcida como era posible- infinidad de veces, igual que cualquier nativo de aquel pueblo, pues el antiguo lugar de aparición era hoy un popular santuario, que se erigía al fondo de una explanada no natural, sino edificada por la mano del hombre, a fin de que el santuario pudiera estar adecuadamente rodeado de tres coquetos hotelitos y hospederías, algunos restaurantes con sabor montañés, una tienda de recuerdos y regalos y una oficina de turismo, además de doscientas plazas de aparcamiento. Y sin embargo, aquella asiduidad no aminoraba ni una pizca la probabilidad de taponamiento de oídos y la pereza que le daba tragarse aquellos ocho kilómetros de subida.

Y el objeto de su trabajo le producía dos veces más pereza aún y le daba ganas de empotrar su coche contra el quitamiedos para así poder librarse del rollazo de tener que cubrir el consabido concurso anual de productos hortenses, donde, como en tantas otras cosas en la vida, ganaba aquel que presentaba el ítem más grande.

La gran novedad de este año, y que hacía que su jefe estuviera que no cabía en sí de nervios y que ella misma afrontara la tarea con gran emoción, era que el ámbito, de ser exclusivamente local, había pasado a extenderse a toda la comarca. El jurado había tenido que hacer una preselección, debido al gran número de participantes que se habían presentado, y aun así habían aumentado la lista de finalistas de los tradicionales 20 a 30. El interés noticioso del evento era doble; por un lado, el propio certamen, hito local de indiscutible nombradía y raigambre, y por el otro, y la parte que interesaba de verdad a los medios de comunicación, que se temía que los caseros disconformes con el cambio de universo -muchos de los cuales habían quedado fuera del concurso en la criba inicial- intentaran reventarlo con un acto de boicot muy vistoso. A la redacción habían llegado emails anónimos avisando de ello, e incluso una cuenta anónima en Twitter había tuiteado al respecto.

(Nada de toda esa movida tenía en absoluto nada que ver con el clima preelectoral que se respiraba en todo el país; así lo habían asegurado propios y ajenos. No obstante lo cual, todos en la oficina tenían sus dudas, porque todo tenía todo que ver con el clima pre y postelectoral que se respiraba en todo el país durante todo el año.)

Medios de toda la provincia, incluso algún medio nacional que se preciaba de “dar protagonismo a las pequeñas historias de los pequeños lugares” (así, como suena) habían desplazado equipos al lugar de la gran competición. Incluso se decía que el medio nacional por excelencia iba a enviar a Rosi Barroso en persona, la periodista de televisión de moda. Pero el medio de Marta, currándose “las pequeñas historias” de su pueblo y comarca todos los días del año, tenía a su favor la gran baza de su carácter local, más local que el queso de oveja lacha con denominación de origen que se producía en los caseríos del valle. Por eso, llegaban adonde los demás sólo podían acercarse, por muy nacionales que fueran.

En el caso que nos ocupa, esa ventaja consistía en una ubicación privilegiada desde la cual Marta y su técnico, el becario Iñaki, tenían una vista incomparable y perfectamente panorámica de la explanada donde tendría lugar la exposición y concurso, una especie de plaza de medianas dimensiones encajada entre el pie de un pequeño acantilado y el dique formado por los muros posteriores del santuario soñado por aquel zagalillo que vivió quinientos años atrás. Esa ubicación era el amplio balcón, esculpido directamente en la roca, al cual se accedía desde el refectorio de los frailes franciscanos para cuya hermandad el santuario había sido hogar desde el inicio de su existencia (del santuario, no de la hermandad). Los frailes franciscanos eran como hermanos -de sangre, por añadidura- para los periodistas locales, con los cuales había un sano toma y daca -los periodistas tenían un fichaje estrella en el hermano Diluviano, el fraile meteorólogo, una celebrity en toda la comarca, y a cambio de predicciones gratuitamente radiadas desde el entorno incomparable del Santuario del Espinar, el medio local hacía publicidad de las bondades del calendario, los anuarios, las agendas, las postales y los libros de historia que los franciscanos editaban bajo su propio sello, Ediciones Espinares, SL. Ese buen entendimiento -con su aliciente comercial y todo- había forjado una alianza a prueba del relumbrón de focos de mayor potencia que los del modesto medio local.

-Tú espérame aquí, que voy a anunciarnos -instruyó Marta a su becario, que se quedó, en efecto, al volante del Skoda Roomster que tenían como único coche de empresa a compartir por toda la plantilla.

Fray Telésforo, el fraile que había permanecido al pie del cañón de la recepción y de la centralita casi desde que el santuario se inauguró, allá por 1510, volvió a no reconocer a Marta a pesar de tenerla a dos palmos y a haber mantenido con ella la misma conversación decenas de veces en los últimos años. Marta ya iba preparada para una repetición más -se sabía su parte del diálogo de memoria- y, sin embargo, la aguardaba una sorpresa:

-Buenos días, hermano Telésforo. Venimos a cubrir el concurso. ¿Nos puede anunciar al hermano Patrocinio, por favor? -dijo, refiriéndose al fraile encargado de Relaciones con los Medios y señalando la centenaria centralita que ella siempre había conocido allí. Pero, para su sorpresa, en lugar de echar mano de las clavijas que eran como una extensión de las artríticas manos del hermano Telésforo, éste agarró del mostrador un smartphone, que en aquel momento estaba en modo suspensión pero que volvió a la vida nada más tocarlo el anciente fraile.

-Perdone usted, señorita, disculpe mi lentitud con el tecleo -dijo, mientras sus dedos se desplazaban sobre el teclado virtual a la velocidad de la luz.

-Más despacio, por favor, me estoy mareando. Y, oiga, ¿qué hace usted, no me va a anunciar a fray Patrocinio, que nos estará esperando?

El hermano telefonista levantó la mirada del teléfono y la depositó en Marta como si acabara de ver un ser de otro mundo.

-Es lo que estoy haciendo, señorita. Uso el guasa.¿No ha oído hablar usted del guasa? Es que hoy tenemos aquí un barullo impresionante, señorita, y si intentamos hablar con él a viva voz, dudo mucho que consigamos inteligirnos mutuamente. ¡Ay, cáspita! Ahora no encuentro el chat que tenía abierto…

“Vaya con el frailecillo”, se dijo Marta para su coleto.

-Si me permite… -y, estirando el brazo, se hizo limpiamente con el aparato. En efecto, el buen fray Telésforo había perdido el whatsapp abierto con su congénere y la pantalla mostraba ahora la lista de contactos, que estaba en la A. Marta deslizó el dedo de arriba abajo por la lista alfabética, haciendo que las letras fueran destacándose lumínicamente al contacto con su índice. Adalberto, Hno.; Ambulatorio; Apolonio, Hno.; Ayuntamiento; Bernabé, Hno.; Crispín, Hno.; Crispiniano, Hno.; Dionisio, Hno.; Dios; Diosdado, Hno…. ¡Un momento! Marta volvió atrás. ¿Dios? ¿Qué demonios de nombre de contacto era ése? ¿Sería posible que fuera…? Pero… no, de ninguna manera racional podía ser… Pero, ¿y si…?

Ni corta ni perezosa, hizo clic en el contacto denominado “Dios”. Su memoria fotográfica registró al momento la cifra de nueve dígitos. Se la repitió por lo bajini, para estar completamente segura: seis, seis, seis, siete, cuatro…

En aquel momento, se abrió otra vez la puerta de entrada. Eran fray Patrocinio e Iñaki, departiendo amigablemente.

-¡Ah, vaya con el guasa, sí que es eficaz! -opinó fray Telésforo, desentendiéndose del problema ya resuelto.

Los dos periodistas siguieron a fray Patrocinio hasta el privilegiado lugar de promisión, donde Iñaki instaló su trípode y su cámara.

-Eh, ¿estás bien? ¿Tienes vértigo? -le preguntó Iñaki.

-Ah, no, no pasa nada. Aquella es Rosi Barroso, ¿no? -dijo Marta para despistar, aludiendo a la estrella ascendente de los noticiarios de la cadena nacional. El comentario funcionó para desviar la atención del becario a otra parte. En efecto, estaba distraída desde que había visto el número de Dios en la agenda de fray Telésforo. Aprovechando el momento de privacidad, cogió su propio teléfono y grabó el número memorizado. Lo hizo bajo el nombre “Dios”, sintiéndose un poco ridícula, pero no sabiendo qué otra etiqueta ponerle.

Era verdad que la ubicación era privilegiada; desde allí, no se les escaparía ripio. Se dominaba toda la explanada donde se celebraría el concurso, y, como extra, todos los aledaños donde se habían apostado los medios rivales. Por si eso fuera poco, se controlaban todos los accesos y salidas y las vías de tráfico rodado durante varias decenas de metros, con lo cual ellos serían los primeros en advertir -y grabar- el menor movimiento extraño por tierra, mar o aire por parte de quien quisiera reventar el evento.

Aquella era su gran oportunidad, el gran acontecimiento que podía catapultar la carrera de Marta desde las profundidades abismales de lo local al raso cielo cuajado de estrellas donde merecía figurar. Y sin embargo, su mente estaba lejos de ocuparse de aquel reportaje en ciernes; no podía apartar su pensamiento de…

-Un segundo, tengo que… -dijo, y entró al refectorio y salió de él a continuación, sin darle tiempo a Iñaki de poner la menor objeción.

Con el teléfono en la mano, abrió Whatsapp, buscó el contacto “Dios” y escribió su mensaje con dedos temblorosos.

“Si estás ahí y eres quien parece que eres, me gustaría que me dijeras cuál es el sentido de mi vida.”

Ya está. Lo había escrito. Un segundo después, lo había enviado.

Casi al instante aparecieron las dos tildes azules que confirmaban que su mensaje había sido leído.

Sintiéndose en paz consigo misma, volvió al balcón.

La cosa tardaba en arrancar, a pesar de que todo estaba listo y todos los participantes habían llegado puntualmente. Pasó un rato muy largo y después otro más. Luego, por fin, anunciaron por megafonía que se daba comienzo oficialmente al concurso de quesos y productos hortofrutícolas de la región, donde serían premiados indefectiblemente aquellos productores que aportaran el o los frutos más grandes y hermosotes. Iñaki se puso a lo suyo haciendo planos largos, planos con zoom, picados, panorámicas, barridos y contrapicados artísticos.

Durante todo lo cual (estaba siendo todo muy aburrido y previsible), Marta no pudo dejar de pensar en su mensaje y en lo que podría pasar a continuación. Lo más seguro era que no pasara nada, o quizá que alguien le contestara con una frase amable mientras se partía la caja a su costa. El consuelo era que ella nunca oiría aquellas risas, ni que su interlocutor sabría quién había sido la pazguata que le había enviado aquel estúpido mensaje. Porque, como era bien sabido, hoy día ya nadie creía en Dios ni nad…

-¡Eh, tía, mira eso! -exclamó de pronto Iñaki. Marta salió -más bien, saltó- de su sopor meditabundo. Algo estaba sucediendo, efectivamente: por una carretera vecinal, poco más que un camino de cabras con unas paladas de cemento por encima, se aproximaba una caravana de tractores, Land Rovers y Mobylettes, en medio de una barahúnda de bocinazos, proclamas vociferadas por megafonía, carracas y -Marta casi lo habría jurado- zambombas.

Venían muchos y -sin duda- venían cabreados.

De repente, Marta sintió la vibración del teléfono en el bolsillo. Le echó mano y miró la pantalla: un mensaje de Whatsapp. Un mensaje de… Dios.

La belísona presentación de los caseros en pie de guerra sonó mucho más cerca. La adrenalina, propulsada y bombeada por un corazón acelerado por la emoción, surcó sin freno ni obstáculo las arterias de Marta, que se puso en pie con su cámara de fotos dotada de superobjetivo sujeta como si fuera su propia vida.

El teléfono hizo “ploc” al chocar contra el suelo.

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Antarctica

Continuar la historia tal como empezó: hendiendo el hielo, buscando la tierra húmeda kilómetros más abajo.

Reencontrarte en el lugar donde todo empezó: en este conocido rincón de blanca oscuridad, donde naciste a la vida, sola, por autogeneración.

Ahora, en una expedición, vuelves a explorar inútilmente la tierra que creías conquistada y colonizada.

Y ahora ya no hay vuelta atrás: has aprendido que, para vivir, primero has de morir.

Morir una y otra vez. Morir sin ganar en sabiduría. Terminar la partida sólo para poder comenzarla una vez más.

Repetir los movimientos ya conocidos, escrutando el vacío entre un paso y el otro, escuchando el silencio en busca del mensaje cifrado en los ecos de tu respiración.

Hundir las dos manos en el mar, recuperarlas llenas del barro que hay en el fondo.

Disputar una carrera con el tiempo, disputarle la respiración.

Ver pasar los siglos, y aprender mientras tanto a caminar bajo la superficie del agua,

aprender a hacer panes y peces para alimentarte del aire,

cerrar los ojos, aguardar el final de la extenuación,

y sentir el corazón que sigue bombeando despiadado, a lo largo de tus días y tus muchas noches.

Y al final, emerger. Emerger al otro lado, en la otra orilla, lejos de los osos y de los bloques grandes de hielo desprendidos de un glaciar o de una costa helada que flotan a la deriva en el mar

al igual que flotabas tú.

Emerger con las manos cubiertas de pez*,

con los pulmones anegados de tanto comer aire y beber mar;

emerger con la piel toda por dentro, por fuera todo el hueso, como un crustáceo;

hueso que golpea y que corta, que lesiona y que ofende la propia piel que es su hermana,

emerger con ojos ciegos de medusa,

pero emerger al final.

No una, ni dos, sino hasta tres veces.

Y ver de repente que te has convertido en dos,

que de entre los ojos opacos emerge también algo, que se parte en dos mitades el mundo viejo y ajado, y emergen pececillos anaranjados como natátiles rayos de sol,

pececillos que corren, que nadan, que ahora vuelan.

Dejando atrás la piel vieja y el cuerpo osificado, el animal nuevo, fundador de su propia especie, no tiene memoria terrenal: no recuerda la expedición,

ni el barro bajo las uñas, ni los siglos de noche, ni el frío de la Antártida.

Sino que, soñando con el lugar al que vuelve, avanza hacia la tierra inhóspita, que sin embargo le espera para ser conquistada.

(* No es lo mismo que tener manos de pez.)

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