Bob

Aquel día -y no era el primero-, su jefe le había pedido a Marta que se quedase más tarde de su hora. Ella había podido arreglarlo, sin tener otro remedio. Así que al final, salió casi una hora más tarde. Se metió en su coche sin más dilación, mientras hacía recuento del día: había terminado de redactar aquel tostón de informe que tanto se le resistía, había corregido y mejorado varios emails de su jefe directo y de otros adjuntos, y había dejado apuntadas algunas ideas que dejaría caer en la reunión del día siguiente.

En casa faltaban algunos víveres y artículos domésticos de uso común, o estaban a punto de empezar a faltar, pero aquel día no podía pasarse ya por el supermercado. Tendría que bajar un momento a la carnicería-ultramarinos de emergencia de al lado de casa, a la mañana siguiente. Era todo mucho más caro, pero qué se le iba a hacer.

Antes de sentarse en el coche, tuvo cuidado de coger la bolsa con el traje para el tinte y dejarlo en el maletero. Tampoco podría ir aquella tarde a la tintorería. Al día siguiente todavía andaría a tiempo, porque la reunión era el viernes, y estábamos a miércoles… Habría que pagar un poco más por el servicio exprés, pero se dio por satisfecha; un año atrás ni siquiera había tintorerías que no enviaran todo el género fuera y que, por tanto, tardaran menos de dos días en entregar la ropa de vuelta.

Ya en tránsito, Marta se encontró con algo más de tráfico que cuando salía puntualmente a su hora. Maldijo a su jefe y sus veleidades, pero luego se acordó de su tensión arterial y de su tensión en general y se recordó que de nada servía destilar odio, tenía que destilar amor o, cuando menos, comprensión.

Con un poco de comprensión y un mucho de paciencia, Marta llegó al domicilio de su “arreglo” de aquella tarde: su prima Nita, de 16 años, a la que había prometido un buen soborno si pasaba a recoger una vez más a la guardería a su (de Marta) hijo de 13 meses, Daniel (tenía a todo el mundo prohibidísimo que lo llamaran Dani; si hubiera querido que lo llamaran Dani, argumentaba ella, le habría puesto directamente Dani). Dani no estaba ni medio dormido cuando llegó. Además, la recibió con un chillido y varios manoteos y patadas al aire, como quien deja claro quién es y cuáles son sus preferencias personales. Y eso, pensó Marta, que Nita se dedicaba a echarle un ojo mientras con el otro controlaba la pantalla de su móvil autista; ni besos, ni abrazos, ni juegos colaborativos.

-Son 75.

-La semana pasada me cobraste 50.

-Es el plus por desgaste acumulativo. A este paso voy a empezar a aparentar 19.

-Toma -“pequeña sanguijuela”, dijo-pensó Marta. Era muy generosa (“tonta”). Nita ni siquiera la miró mientras luchaba denodadamente por sentar y atar a Daniel en su sillita. Un día tenía que hablar seriamente con los padres de Nita sobre la educación que le estaban dando.

El coche que usaba Marta para desplazarse al trabajo y del trabajo a casa era un utilitario de tres puertas, que de ninguna manera podía contener la grandeza física de una sillita Maclaren, así que Marta tuvo que dejar el coche aparcado frente a la casa de sus primos e ir caminando hasta su casa mientras empujaba a Daniel en su sillita. Profirió mentalmente la segunda maldición de la tarde, en este caso contra el día que se dejó convencer por el pariento para comprar la Maclaren. El pariento no tenía toda la culpa, había que admitirlo; ella se había dejado arrastrar por la moda y por el prurito de parecer ser tan pija como sus vecinas y compañeras de trabajo. La Maclaren no costaba como un Bugaboo, pero casi; aquello la había hecho parecer aceptablemente pija, ni siquiera 100% pija. Se había quedado a medio camino, ni para ti ni para mí, y eso la hacía sentir aún peor. Maldijo sus mediocres intentos de aparentar; y ya iban tres. “Paz y amor, soy una nube”, se dijo a sí misma la Marta más pacífica y budista.

Eso sí, menos mal que a Daniel le encantaba su silla. Siempre daba buena y expansiva muestra de su conformidad y satisfacción con su Maclaren, haciendo partícipes de ellas a todo viandante que se les cruzara, mediante chilliditos, aspavientos y medias palabras.

“Menos mal que es guapísimo”, pensó Marta para sí una vez más al advertir las miradas de cuantos peatones se cruzaban y eran atraídos por las manifestaciones de alegría de Daniel.

Eso la compensó del hecho de que el niño se estaba poniendo y estaba poniendo la silla como un Ecce Homo manchado de babas de galleta, la misma que Nita le había dado como despedida, sin consultar con la madre; ya se sabe que los adolescentes de ahora son muy autónomos.

Lo bueno de vivir en aquel edificio tan viejo que no tenía ascensor era que Marta estaba así exenta de apuntarse a gimnasio alguno o de hacer aerobic en casa y por su cuenta. Plegar una silla y hacer varios viajes -primero con el niño, luego con la silla y los extras para acarrear compras o cualquier otra cosa- era ideal de la muerte para tonificar todos los músculos del cuerpo y alguno más.

El marido y padre trabajaba de tarde esa semana, como eventual, claro; así pues, Marta y Daniel estaban solos en casa hasta las once, por lo menos.

En ese momento, el tiempo tiene la virtud de espesarse como una sopa de tomate. El tiempo, pero no Marta; Marta se hacía totalmente líquida, como agua del grifo. Aparcar la silla-tirar el bolso sobre el respaldo-dejar las llaves en un sitio alto-dejar la bolsa para el tinte (mierdasemehaolvidadoenelcocheporlocualnossaltamosestepaso)-ponerle el chupete a Daniel-quitarle el abriguito a Daniel intentando que no proteste-quitarme la chaqueta con una mano mientras que con el brazo izquierdo sujeto a Daniel-sacar el tomate del frigorífico para la cena de Daniel-cerrar la persiana de su habitación (con una mano)-quitarle los mocos (con una mano)-cerrar la puerta, que se me había olvidado-arreglar un poco sus sábanas-consolarle para que deje de chillarme en el oído-cambiarle el pañal intentando que llore y se mueva lo menos posible-cambiarle de ropa-ponerle su música favorita (con una mano)-dejarle en el suelo con sus juguetes intentando que llore lo menos posible.

Respirar…

Preparar su ensalada-tostarle el pan pero sin pasarse-darle agua-buscar su chupete, que lo ha tirado-hacerle unas cucamonas para que deje de protestar-vestirle el tapalotodo para que no se ponga perdido el pijama.

Respirar…

Sentarle en la trona (no quiere)-ponerme el delantal porque todavía estoy vestida de calle-sentarle en mi regazo-darle de cenar…

Respirar porque está cenando a gusto y con apetito y por tanto ha dejado de protestar…

Limpiarle la cara y las manos a medida que cena-mierda, me ha agarrado de la manga de la blusa, y es aceite, adiós blusa-no enfadarme porque él no tiene la culpa-soy una nube, soy una nube-quitarle el tapalotodo (con una mano)-tratar de hacer como si no me crispara los  nervios el hecho de que esté absolutamente todo manga por hombro-calentar el biberón-llevarle a la habitación-darle la leche…

… se ha dormido…

Respirar profundamente.

Recoger todo-pasar la bayeta por la mesa-cambiarme-lavarme la cara-quitarme este puto moño que me está dando dolor de cabeza-a ver qué hay para cenar… lata de atún, mayonesa y dos rebanadas de pan de molde: bocadillo de atún-rezar para que no se despierte-seguir rezando-recoger todo-ponerme a fregar-el crío está llorando, dejarlo todo-ponerle el chupete; se calla-reanudar el fregoteo-espray por las paredes y la encimera-escobazo por el suelo…

… y llegó el momento.

Silencio. El tiempo vuelve a su estado normal. Se desespesa, se licúa como pasado por una batidora.

Marta enciende el televisor, baja el volumen,hace zapping. En la uno: debate de actualidad. En la dos: documental sobre la ucronía de qué habría pasado si nunca se hubiera producido el putsch de Múnich. En la tres: informativos. En la cuatro: película, Lo que el viento se llevó. En la cinco: película iraní con subtítulos en farsi. En la seis: debate de actualidad política. En la siete: entrevista a un ministro. En la ocho: concierto de la Filarmónica de Viena.

Marta pasa por todos esos canales y sintoniza ClanTV.

Comienza su programa favorito, su gran secreto, algo que ni el marido sabe: Bob Esponja.

Lo descubrió cuando intentaba calmar a Daniel mediante los dibujos animados y se dio cuenta de que a Daniel (todavía) no le gustaban los dibujos animados.

Pero que ella se estaba riendo un montón con aquella chorrada.

En el episodio de hoy, Bob y Patricio Estrella vuelven al cole después de las vacaciones.

De repente, la vida es maravillosa.

Anuncios

9 comentarios

Archivado bajo Diario de Marta, Narrativa/Relatos/Ficción

9 Respuestas a “Bob

  1. Quien vive debajo de una piña en el fondo del mar??? Martaaaa jajajajaja. Que buena historia, genial, que risas. Leire, dile a Marta si la ves, que aun le queda un cuanto por pasar, sobre todo cuando Daniel llegue a lo de mochilaaa mochilaaa (puta Doraaaa) jajaja

    Ay, que recuerdos me ha traido Marta a la cabeza. Sobre todo cuando me toco pilotar la Mc Laren y no el F1, con los pies arrastrandolos por los suelos, el lugar natural del chupete…

    Suerte con Daniel, y abrazos para Leire! 😉

    Le gusta a 1 persona

  2. Jajajaja, buenísimo, me he reído un montón.
    Me ha hecho recordar cuando le cambiaba el pañal a mi peque, me tenía que inventar un cuento con su nombre para que se estuviera quieta.
    Lo de la silla ni idea, me la compraron y no la usé, usaba el fular que para mí era más cómodo.
    Me ha gustado mucho. Qué recuerdos…

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s