La verdad

Cada vez estoy más cierta de que hay Dios, más segura de su presencia constante en mi vida. No puedo hablar por otros, pienso que cada experiencia de Dios es única e íntima. Pero, según mi experiencia, un atisbo de comprensión de Dios y de reafirmación de la fe en él consiste en experimentar la paradoja que es él. En mi vida, en mi experiencia íntima y personal, Dios se manifiesta en forma de paradoja, en forma de verdad rotunda pero ilógica, pero tan manifiesta, que es más verdad, más potente que cualquier regla lógica.

Una de las citas peor citadas -valga la redundancia- y por tanto más falseadas de la Biblia es aquélla que, según los malcitadores, dice eso tan bonito de “la verdad os hará libres”. En realidad, Jesucristo no dijo eso; dijo “conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. Escamotear la mitad de esa sentencia es tanto como negarla por entero. Ya que la verdad, si no se experimenta, no influye en nuestras vidas en absoluto.

Se pasa uno media vida, o más, creyendo a pies juntillas eso con lo que lo bombardean por todos lados las 24 horas del día: que serás más feliz, o, al menos, vivirás mejor y estarás más a gusto cuanto más tengas, cuanto más joven seas, cuanto más te dediques a ti mismo, cuanto más te cuides, cuanto más puedas gastar en tu propia persona, cuanta más lozanía tengas, cuanto más popular seas (por el motivo que sea) y cuanta mejor salud tengas. Luego, uno puede descubrir – o no- que todo eso es mentira. Cierto: también eso -que todo eso es mentira- nos lo repiten por activa y por pasiva en todo tipo de artículos, libros, charlas y similares dirigidos a descubrirnos los secretos de una vida más feliz. Pero creo que hasta que uno no lo experimenta, no llega a ver todos los matices, no llega a darse cuenta ni a creérselo realmente. Piensa que puede uno simplificar su vida y será más feliz, pero en eso no consiste la verdad, no es ésa la contradicción aparente cuyo secreto palpita escondido en el destino de toda persona (otra cosa es que esa persona, caminando a ciegas como vamos todos, se tope con esa verdad, llegue a distinguir su latido sutil pero inequívoco y pueda quitarse la venda de los ojos).

Lo cierto es que uno puede perder muchas cosas. Puede perder cosas importantísimas para su vida, incluso para su concepto y su visión de sí mismo. Puede uno perder posesiones, me refiero a posesiones no materiales, cuya pérdida es la que más duele y la que más inconcebible nos resulta a priori, que consideraba imprescindibles para su felicidad. Puede uno perder tiempo, juventud, vigor, entusiasmo, facultades, estatus, frescura, fama, amistades, afectos. Puede uno incluso perder salud. Sí, salud, digo bien. Y, habiendo perdido todo eso y, por añadidura y como consecuencia, habiendo perdido en comodidad y bienestar objetivo, salir al otro lado siendo más feliz y dándose cuenta de que no querría cambiarse por quien era antes de todo eso. ¿Cómo se puede entender? No se puede. La lógica no puede abarcar un cambio así. Es una transformación. La lógica jamás puede entender que dejar morir una parte de quien uno ha sido para sí mismo, dejar morir la imagen que uno tenía de sí mismo, laboriosamente construida durante toda una vida desde el momento en que destelló por primera vez en su mente la luz de la razón, puede ser la llave que abra las puertas de una nueva vida, más auténtica, más real, más profunda, más densa, más sabrosa, más sólida.

Toda pérdida conlleva tristeza, y luto. Es necesario guardar luto por aquello que se ha perdido. Una cosa no quita la otra. La tristeza por lo que se ha perdido es real, es una presencia casi personal, corpórea. Una tristeza suave, nada brutal ni violenta, que puede que no te haga llorar y, sin embargo, se instala y se adueña de tu corazón, tomándose su tiempo para señorear en él. Un día te miras en el espejo, lees cosas que escribiste hace años, pasas revista a algunos recuerdos y quizá te reconozcas, sí, pero como a un amigo muy querido, casi un hermano, que se acaba de ir. Alguien a quien conociste de dentro afuera, como la palma de tu mano, como si hubiera sido tu otro yo. Porque era tu otro yo. Era tu yo, pero era también otro; no era tú. Lo dejas partir, elaboras el duelo necesario por él. Entonces esa dulce tristeza puede empezar a disiparse y, aunque adivines que no se va a ir nunca del todo, ya puedes vivir con ella, ya no te molesta ni te impide ser feliz. No; la pérdida nunca nos hace felices por sí misma.

Pero sí la superación de ella. Puedes un día darte cuenta de que te has enamorado de este que ahora eres. Aun con tus roturas, tus pliegues, tu sorda melancolía, tu nuevo ritmo, tus evocaciones. Eres el gran amor que siempre anhelaste. Eres tú. Por fin te has convertido en aquel que naciste para ser. Por fin te has convertido en ti mismo.

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7 comentarios

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7 Respuestas a “La verdad

  1. Creo que te entiendo. Y yo misma no he acabado de convertirme, me parece un camino, avanzando, cada día quiero más. No sé, igual no me explico bien 🙂

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    • Es difícil hacerse entender cuando se trata de estas cosas de la vida que uno experimenta y que le pueden cambiar. Para mí el último año ha sido crucial. Y creo que sí, que te entiendo también porque creo que hablamos un poco de las mismas cosas y podemos intuirnos la una en la otra.

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  2. Texto muy profundo, tanto que solo puedo decirte que enhorabuena por haber encontrado aquello que perseguías. Un abrazo Leire!

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  3. Y posiblemente nunca dejes de encontrarte más feliz por ser quien nuevamente eres a pesar de que sigan pasando los años…

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