El hombre que hacía autoestop

Me contó mi amiga que iba camino a casa, en la ciudad vecina, por la misma carretera de siempre, oyendo la radio en la frecuencia de siempre -radiofórmula, no soportaba ningún otro tipo de programa-, cuando vio, en la rotonda, un vejete haciendo autostop.

Contrariamente a su costumbre, siguiendo un impulso -“¡qué diablos!, que alguien se haya portado mal contigo no significa que debas dejar de hacer una buena obra”-, accionó el intermitente y se paró. El vejete, con boina y todo, abrió la portezuela del copiloto con gesto decidido y casi con demasiada fuerza.

“No es tan viejo”, pensó ella. En realidad, el hombre tenía cara de viejoven aún. Un viejoven mal conservado, seguramente. Era la boina -y su vestimenta de vejete- lo que le daba apariencia de tan mayor. Y las gafas tan anticuadas. Y algo en su ademán.

Abrió la portezuela de su lado como quien se siente no invitado, sino dueño absoluto del coche y de la situación. Antes de preguntar adónde iba, el hombre ya se había puesto cómodo. (Hay que aclarar que sólo había una dirección posible, por lo cual se sobreentendía que ambos, conductora y autoestopista, tenían el mismo destino).

Mi amiga ya había apagado la radio. No es que le volvieran loca las conversaciones de circunstancias con desconocidos, pero a veces el ruido no hace más que subrayar la incomodidad de la situación.

Empezó ella a hablar del tiempo, del cambio de hora (a ella no le ocasiona ninguna molestia, pero es consciente de que a muchas de las personas que sí les encanta despotricar sobre el cambio de hora), del trabajo y demás temas socorridos en tales circunstancias. En esto que llegaron a otro de los temas más manoseados en ascensores y coches compartidos por extraños: el tráfico.

-Yo es que normalmente voy en autobús, pero tengo que hacer trasbordo y aprovecho para hacer dedo. Casi siempre se para alguien. Estoy en paro y estoy haciendo un curso de cuidador de personas mayores y voy y vengo todos los días -dijo el señor.

-Está muy bien usar transporte público. Yo lo haría más a menudo, si tuviera horarios de trabajo regulares. Pero no me va bien. Ahora eso sí, las veces que uso el autobús ando muy a gusto. Ojalá anduviera más gente. Ahora mismo, los que más lo usan son los inmigrantes. Si no fuera por ellos, ya habrían quitado muchas líneas.

-Los inmigrantes… Ellos son los que nos van a salvar. Van a salvar nuestro futuro y nuestras pensiones. Ellos y los hijos que tienen y que van a tener.

Mi amiga detectó arenas movedizas y no se quiso meter mucho, pero ya estaba metida.

-Sí, ojalá, porque lo de las pensiones… lo vamos a tener mal los de mi generación en adelante.

La cosa parecía no poder ir a mejor, pero lo hizo, y de qué manera:

-Yo, mira, siento decirlo, pero a todo el mundo se lo digo: dentro de 50 años va a haber una guerra. Una guerra mundial.

Glups, hizo mi amiga para sí, y dijo:

-Bueno, dicen que a la tercera, la vencida… o sea, que a partir de la tercera guerra mundial ya no habrá ninguna más. Los misiles nucleares, ya sabe. Aquí paz y después gloria.

-Mira, yo se lo digo a todo el mundo como lo pienso: si queremos tener futuro, tenemos que compartir, y aprender a vivir con poco. Es la única forma de que haya futuro.

Mi amiga emitió ruidos guturales omnisémicos, de ésos que tienen el significado que el oyente les quiera atribuir.

-Yo empezaría por matar a todos los ricos. Yo si mandara, haría eso. Matar a todos los ricos.

Glups, vaya con el cuidador de ancianitos, me dijo que se dijo a sí misma mi amiga. Valor, amiga, se dijo.

Mi amiga dudó entre callar, erigir una muralla de radiofórmula entre el autoestopista y ella, o hablar. Decidió hablar:

-Sí, el problema es que, para muchísima gente, usted seguramente es rico. Y entonces…

El risueño autoestopista o no le oyó, o hizo como si no le hubiera oído. Y siguió:

-Así todo el mundo se daría cuenta de que ser rico es muy malo para la salud.

Por fortuna para mi amiga,al cabo de un par de minutos llegaron a destino y pudo apearse felizmente el autoestopista, quien le pidió a mi amiga que lo dejara en el centro de la ciudad para así poder unirse a sus amigos, que en aquel momento disfrutaban de una saludable y alegre ronda de vinos con su tapita de rigor. Afición ésta que, al parecer, hasta los muy pobres deben de poder permitirse.

(No hay momento ba-dump en esta historia, porque es parte de la vida real, y en la vida real, los momentos ba-dump suceden cuando a ellos les da la gana, no cuando a nosotros, contadores de historias, nos conviene).

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7 comentarios

Archivado bajo vida real

7 Respuestas a “El hombre que hacía autoestop

  1. Pues ya es raro que se pare alguien a coger un autoestopista, yo alguna vez he visto alguno y decenas y decenas de coches pasando de él… Besitos.

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  2. Que historia mas buena 🙂 . De todo, me quedo con lo que para vivir feliz, no hacen falta muchas cosas. Lo suscribo. Un abrazo Leire!

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  3. Puede que todos nos consideremos más pobres de lo que somos y que seamos más ricos de lo que pensamos.

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