Archivo mensual: noviembre 2015

Ya viene el sol

Todo el mundo, hasta los que no son fans, tiene su Beatle favorito. Hasta conocí a alguien cuyo favorito era Ringo (aunque admitió que era por ir contracorriente).

El mío es George Harrison, como no podía ser de otra manera.

El beatle más desconocido, quizá porque él mismo tenía cierta aversión natural al protagonismo (y además, para eso ya estaban John y Paul).

Se le adivinaba un hombre reservado (no exactamente tímido) e introvertido, esa etiqueta que se reparte y autorreparte un tanto liberalmente y, sin embargo, casi siempre de forma incorrecta. Una persona que disfrutaba de su elegida posición de secundario, que le iba como anillo al dedo; ver sin ser casi visto, salvo por quienes quieren verte, por quienes eligen mirarte. Se dejó arrastrar por la vorágine, aceptando su rol, hasta que despertó de su letargo y, dando rienda suelta a su natural creatividad, se puso a componer diamantes en forma de canción.

Melodías y letras sencillas, pero de una magia incontenible, alejadas de las composiciones pop de las dos estrellas principales del grupo. Canciones que comenzaban mostrándose inofensivas y, mediante quiebros que no se veían venir, se transformaban en himnos.

Cantó como nadie a la humilde pero plena alegría de estar vivo. Ensalzó como ningún otro la luz más hermosa que el hombre conoce: el diminuto rayo que anuncia el derrocamiento de la oscuridad, el final del túnel.

George sabía lo que hay en el alma del hombre, y le cantó a eso, a esa indefinición que todos tenemos en el centro del pecho, eso que nos contiene, eso que no comprendemos y eso que somos.

Incluso cuando hablaba de amor, del amor convencional, del sobado y manido amor romántico desde que el mundo es mundo, George era diferente, era muy él mismo. Eran las suyas historias diferentes, un ir en crescendo de forma morosa y sutil y seguramente no apta para todos los gustos. George era George, lo tomas como es o lo dejas. Y a él le parece bien de cualquiera de las dos formas.

Entrañable George, con su belleza discreta resistente al paso del tiempo, con su presencia que debía uno casi adivinar, que debía buscar, que no se imponía a nadie, sino que se ofrecía a quien la buscaba; presencia callada, observante, que escondía un anhelo apasionado por lo infinito, por poner lo inefable en palabras y en música, de modo que el mundo pudiera empezar a sentirlo como propio, a comprenderlo, a amarlo.

John hablaba con el Dalai Lama, pero George hablaba con Dios.

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La invasión de los ultracuerpos

Entras y ahí está: el comité de bienvenida más estático del mundo.
La invasión de los ultracuerpos no va a suceder, sino que ya ha sido.
Cada uno sentado en su cubículo, tecleando, computando, procesando, registrando.
Cuando hablan, ensucian el aire que expulsan,
ensucian la mente de quien les oye,
ensucian aquello de lo que hablan.
Pero pasa, siéntate, haz como si estuvieras donde siempre has estado,
allí donde siempre has reinado, donde has impuesto tu ley sin esfuerzos.
Nosotros haremos que todo cambie, te haremos alguien diferente.
Ríndete ahora, incorpórate al grupo, o perece.
Nos acercaremos a ti, te seduciremos, te engañaremos y te haremos daño.
Seremos tus más íntimos peores amigos.
Deja las lagrimitas, son para débiles y mujeres.´
Basta de emociones y sentimientos, nosotros te curaremos de ellos.
Keep calm and sit down.
Keep calm and pretend you are one of us,
fake it till you make it, and soon it will become real.
Keep calm and swallow your tears.
Keep calm and let go
of your pride, of your self-esteem, of your dignity, of your sobriety.
Keep calm and let us come close.
Don’t say a word, all your wisdom means nothing,
your treasured heart is dime a dozen; many we have had before yours.
So keep calm and hand it over,
give in to us,
nobody cares, so

keep calm and shut the fuck up.

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‘Gokumon-to’

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Entonces, estábamos de acuerdo en que hay dos grandes tipos de infierno, dos niveles inferiores a todo lo infernal, dos círculos dantescos que el genial poeta de Florencia dejó en el tintero -acaso porque sabía que no hacía falta escribir sobre ellos, puesto que quien más, quien menos, está condenado a sufrirlos en vida-: el infierno que son los otros y el infierno de los pueblos pequeños.

Ahora, imagínense una novela que aúne los dos. Escalofriante, ¿verdad?

Pues esa novela bien podría ser ésta: Gokumon-to, subtitulada La isla de las puertas del infierno. Y no es casualidad que sea una novela japonesa.

Leer la reseña completa en http://www.librosyliteratura.es/gokumon-to-la-isla-de-las-puertas-del-infierno.html

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Revoltosa

¿Puedes no sonreír?

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Riamos

Mirada de cerca, la vida es una tragedia, pero vista de lejos, parece una comedia.

Charles Chaplin

La comedia es como el verano, y no es casualidad que no me guste ninguno de los dos. Ambos tienen en común que parece que por fuerza tiene uno que estar feliz. En otras palabras: son una impostura, quizá la más obvia de las imposturas; una impostura convencional y acordada casi por unanimidad (exceptuando una minoría, aunque quizá seamos mayoría silenciosa, quién sabe) en la que, en virtud de un pacto no formulado, hacemos como que estamos todos encantados las 24 horas del día. (Me refiero, que conste, a la comedia en su formato de cine o televisión; la comedia como texto o como chiste es otra cosa).

Cuando era pequeña, como no estaba al corriente de ese pacto -ni de la impostura-, me encantaban las películas de risa, porque me las creía. Quizá ahora les tenga tirria y no me hagan gracia por la misma razón: porque antes me las creía y ahora me sienta muy mal que me hayan engañado de esa manera, que me hayan hecho creer que toda esa gente era así de feliz y que la vida podía ser como en esas películas, en las que todo el mundo era encantador o, si no lo era, al final descubrías que tenía buen fondo; donde no sucedía nunca nada demasiado grave ni imposible de solucionar; y donde no existía nada tan feo que te hiciera rebelarte contra el orden establecido. Tal vez es esto último lo que más me dolió descubrir: que, en efecto, en el mundo hay cosas muy feas. Ese encubrimiento, esa negación de la fealdad moral tanto individual como social, me cabreó sobremanera. Por eso ahora me es imposible -aunque lo haya intentado y lo siga intentando- participar de esa suspensión de la incredulidad que se exige a todo espectador de cine de comedia.

A pesar de eso, algunas veces sintonizo con comedias de situación en la tele, porque intento evadirme y algunas veces necesito -como todo hijo de vecino- esa evasión. Casi nunca logro engañarme a mí misma ni fingir completamente que también yo puedo participar de esa fiesta. Es porque, por ese lado, no he madurado lo suficiente, no soy lo bastante adulta; me resisto a enfrentarme a la realidad de que todos sabemos que lo que estamos viendo es ciencia-ficción, o más ficción que la ciencia-ficción. No soy lo bastante adulta para asumirlo, y por tanto renuncio a participar de las risas, porque no soy capaz de asumir esa mentira.

Además, y por añadidura, la guinda al pastel es descubrir que los actores que representan personajes tan simpáticos, ocurrentes, amables, inocentes y capaces de sacarle partido a la vida no son ningún modelo a seguir en ese aspecto, sea porque han tenido mala suerte -o no peor que muchos otros mortales, con la diferencia de que su mala suerte ha sido hecha pública- o porque ellos mismos han elegido transitar por el mal camino. Tomemos un ejemplo de reciente socialización: Charlie Sheen.

De él se ha sabido ahora que llegó a gastarse 1,6 millones de dólares (casi 1,5 millones de euros) en prostitutas en un solo año, pese a que hacía muchos meses que sabía de su situación y del peligro de transmisión a otras personas. Eso fue en 2013, señal de la adicción al sexo que muchos le han atribuido, y de un estilo de vida que provocó la desvinculación de su contrato con CBS en 2011, la cadena que le hizo rico emitiendo Dos hombres y medio con el neoyorquino como protagonista.

De www.elmundo.es

Tras cambiar de parejas con frecuencia, confesar que participaba en orgías y admitir sus problemas con las drogas, el diagnóstico del actor no es del todo sorprendente…en especial tras los constantes escándalos que protagonizó desde finales de 2010, cuando fue despedido de la exitosa serie de la cadena CBS, “Two and a Half Men”.

Fue esa imagen que la que llevó a la CBS a crear el personaje de Charlie Harper para “Two and a Half Men”, donde se retrataba a un hombre mujeriego y alcohólico, y que fue interpretado por el mismo Sheen. Durante toda su participación en ella, el actor estuvo en diferentes tratamientos para su adicción a las drogas.

De http://www.emol.com/noticias/Espectaculos/2015/11/17/759566/La-vida-de-excesos-que-llevaron-a-Charlie-Sheen-a-ser-VIH-positivo.html

Yo soy de los que opinan sobre las drogas que son una mierda, punto. No comparto la corriente más moderna de pensamiento de que sirven para expandir la conciencia, de que dan mucho placer y de alguna manera eso justifica su consumo, de que sirven para estimular la creatividad, etc. Soy más tradicional y siempre he pensado que alguien que hace girar su vida, o buena parte de ella, en torno al consumo de drogas es alguien fundamentalmente vacío, con un grave problema existencial, de autoestima y de alegría vital. Tampoco comparto la tesis de que cada uno es libre de hacer con su vida y con su cuerpo lo que quiera, porque existe algo que se llama responsabilidad, y, bajo ese epígrafe, está además la responsabilidad para con los demás, no sólo para con uno mismo. Casi todo el mundo tiene a alguien que lo quiere y ante el cual debe responder. Y, en última instancia, todos debemos responder ante la sociedad. Debemos dar ejemplo, respetarnos a nosotros mismos y procurar no ser un lastre para nadie ni un gasto innecesario para nuestra comunidad. Además, quien no se respeta a sí mismo no podrá respetar verdaderamente a los demás. Eso por un lado.

Dicen, por otra parte, que el personaje que encarnaba Charlie Sheen en su famosa telecomedia era un trasunto de sí mismo. Mentira. Puede que fuera un alcohólico, pero era un alcohólico en rehabilitación y, además, trabajaba, era funcional y siempre, o casi siempre, aparecía sobrio. Ni que decir tiene que aquel personaje no participaba -que se supiera- en desenfrenos obscenos ni dilapidaba su dinero en vicios. Tampoco sufría de depresión ni vivía encerrado en su casa obsesionado con sus películas y con las apuestas por Internet, detalles éstos que, según afirman los medios, formaban parte de la vida del actor.

No puede haber un abismo mayor entre la realidad y la ficción. Y es esa realidad de la que no puedo desentenderme cuando estoy viendo la ficción. Una parte de mí no puede salir de su asombro; se pregunta cómo esas personas que son capaces de hacer reír a tanta gente pueden ser en realidad las cáscaras vacías con forma humana que, según todos los indicios, son en realidad. Cómo alguien que en apariencia tiene todo lo que el mundo le puede ofrecer puede llegar a tomar el camino que ha tomado. Si todo eso es así, ¿qué se esconde detrás de ese chiste, de esa risa que compartimos? Nada, la nada absoluta. Una mentira sin sustancia, una burla, una risa amarga.

Yo elijo la comedia que surge de la vida real, de los momentos surrealistas o chuscos que se producen sin otro guionista que Dios mismo. Elijo la risa que nace cuando nos damos cuenta de lo absurda y ridícula que puede llegar a ser la realidad, y de lo ridículos que podemos llegar a ser, por muy en serio que nos lleguemos a tomar a nosotros mismos. Elijo la risa que no falsea ni trata de esconder la realidad; la risa que es compatible con vivir en un mundo donde hay fealdad, pero también belleza. La risa que une de verdad a las personas, incluso aunque no se conozcan. La risa que no nos hace olvidar nuestros problemas, y sí relativizarlos, inoculándonos tranquilidad, distancia y sensatez. La risa que es la distancia más corta entre dos personas, y el rasgo que nos diferencia de los animales. La risa que nos hace más inteligentes y humanos.

Casi, casi acertó, Sr. Vidal. Su manifiesto debía haberse titulado “Riamos”.

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‘El poeta’, de Michael Connelly

Por favor, lean un Connelly, aunque sea éste.

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Pero que los árboles no nos impidan ver el bosque. Y el bosque no es otra cosa que una historia policial como sólo Michael Connelly sabe urdirla y escribirla; de un modo adictivo, rico en detalles y en curvas y revueltas, en pistas falsas, en sospechas y suposiciones que podremos sustentar y descartar a medida que avance la trama. Ésta comienza cuando aparece muerto de un disparo el hermano de Jack McEvoy, Sean, policía de profesión y, al parecer, obsesionado por un caso brutal de asesinato que no se ha podido resolver. Jack no está de acuerdo con el veredicto de suicidio, y decide investigar por su cuenta.

Leer la reseña completa en http://www.librosyliteratura.es/el-poeta.html

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Bob

Aquel día -y no era el primero-, su jefe le había pedido a Marta que se quedase más tarde de su hora. Ella había podido arreglarlo, sin tener otro remedio. Así que al final, salió casi una hora más tarde. Se metió en su coche sin más dilación, mientras hacía recuento del día: había terminado de redactar aquel tostón de informe que tanto se le resistía, había corregido y mejorado varios emails de su jefe directo y de otros adjuntos, y había dejado apuntadas algunas ideas que dejaría caer en la reunión del día siguiente.

En casa faltaban algunos víveres y artículos domésticos de uso común, o estaban a punto de empezar a faltar, pero aquel día no podía pasarse ya por el supermercado. Tendría que bajar un momento a la carnicería-ultramarinos de emergencia de al lado de casa, a la mañana siguiente. Era todo mucho más caro, pero qué se le iba a hacer.

Antes de sentarse en el coche, tuvo cuidado de coger la bolsa con el traje para el tinte y dejarlo en el maletero. Tampoco podría ir aquella tarde a la tintorería. Al día siguiente todavía andaría a tiempo, porque la reunión era el viernes, y estábamos a miércoles… Habría que pagar un poco más por el servicio exprés, pero se dio por satisfecha; un año atrás ni siquiera había tintorerías que no enviaran todo el género fuera y que, por tanto, tardaran menos de dos días en entregar la ropa de vuelta.

Ya en tránsito, Marta se encontró con algo más de tráfico que cuando salía puntualmente a su hora. Maldijo a su jefe y sus veleidades, pero luego se acordó de su tensión arterial y de su tensión en general y se recordó que de nada servía destilar odio, tenía que destilar amor o, cuando menos, comprensión.

Con un poco de comprensión y un mucho de paciencia, Marta llegó al domicilio de su “arreglo” de aquella tarde: su prima Nita, de 16 años, a la que había prometido un buen soborno si pasaba a recoger una vez más a la guardería a su (de Marta) hijo de 13 meses, Daniel (tenía a todo el mundo prohibidísimo que lo llamaran Dani; si hubiera querido que lo llamaran Dani, argumentaba ella, le habría puesto directamente Dani). Dani no estaba ni medio dormido cuando llegó. Además, la recibió con un chillido y varios manoteos y patadas al aire, como quien deja claro quién es y cuáles son sus preferencias personales. Y eso, pensó Marta, que Nita se dedicaba a echarle un ojo mientras con el otro controlaba la pantalla de su móvil autista; ni besos, ni abrazos, ni juegos colaborativos.

-Son 75.

-La semana pasada me cobraste 50.

-Es el plus por desgaste acumulativo. A este paso voy a empezar a aparentar 19.

-Toma -“pequeña sanguijuela”, dijo-pensó Marta. Era muy generosa (“tonta”). Nita ni siquiera la miró mientras luchaba denodadamente por sentar y atar a Daniel en su sillita. Un día tenía que hablar seriamente con los padres de Nita sobre la educación que le estaban dando.

El coche que usaba Marta para desplazarse al trabajo y del trabajo a casa era un utilitario de tres puertas, que de ninguna manera podía contener la grandeza física de una sillita Maclaren, así que Marta tuvo que dejar el coche aparcado frente a la casa de sus primos e ir caminando hasta su casa mientras empujaba a Daniel en su sillita. Profirió mentalmente la segunda maldición de la tarde, en este caso contra el día que se dejó convencer por el pariento para comprar la Maclaren. El pariento no tenía toda la culpa, había que admitirlo; ella se había dejado arrastrar por la moda y por el prurito de parecer ser tan pija como sus vecinas y compañeras de trabajo. La Maclaren no costaba como un Bugaboo, pero casi; aquello la había hecho parecer aceptablemente pija, ni siquiera 100% pija. Se había quedado a medio camino, ni para ti ni para mí, y eso la hacía sentir aún peor. Maldijo sus mediocres intentos de aparentar; y ya iban tres. “Paz y amor, soy una nube”, se dijo a sí misma la Marta más pacífica y budista.

Eso sí, menos mal que a Daniel le encantaba su silla. Siempre daba buena y expansiva muestra de su conformidad y satisfacción con su Maclaren, haciendo partícipes de ellas a todo viandante que se les cruzara, mediante chilliditos, aspavientos y medias palabras.

“Menos mal que es guapísimo”, pensó Marta para sí una vez más al advertir las miradas de cuantos peatones se cruzaban y eran atraídos por las manifestaciones de alegría de Daniel.

Eso la compensó del hecho de que el niño se estaba poniendo y estaba poniendo la silla como un Ecce Homo manchado de babas de galleta, la misma que Nita le había dado como despedida, sin consultar con la madre; ya se sabe que los adolescentes de ahora son muy autónomos.

Lo bueno de vivir en aquel edificio tan viejo que no tenía ascensor era que Marta estaba así exenta de apuntarse a gimnasio alguno o de hacer aerobic en casa y por su cuenta. Plegar una silla y hacer varios viajes -primero con el niño, luego con la silla y los extras para acarrear compras o cualquier otra cosa- era ideal de la muerte para tonificar todos los músculos del cuerpo y alguno más.

El marido y padre trabajaba de tarde esa semana, como eventual, claro; así pues, Marta y Daniel estaban solos en casa hasta las once, por lo menos.

En ese momento, el tiempo tiene la virtud de espesarse como una sopa de tomate. El tiempo, pero no Marta; Marta se hacía totalmente líquida, como agua del grifo. Aparcar la silla-tirar el bolso sobre el respaldo-dejar las llaves en un sitio alto-dejar la bolsa para el tinte (mierdasemehaolvidadoenelcocheporlocualnossaltamosestepaso)-ponerle el chupete a Daniel-quitarle el abriguito a Daniel intentando que no proteste-quitarme la chaqueta con una mano mientras que con el brazo izquierdo sujeto a Daniel-sacar el tomate del frigorífico para la cena de Daniel-cerrar la persiana de su habitación (con una mano)-quitarle los mocos (con una mano)-cerrar la puerta, que se me había olvidado-arreglar un poco sus sábanas-consolarle para que deje de chillarme en el oído-cambiarle el pañal intentando que llore y se mueva lo menos posible-cambiarle de ropa-ponerle su música favorita (con una mano)-dejarle en el suelo con sus juguetes intentando que llore lo menos posible.

Respirar…

Preparar su ensalada-tostarle el pan pero sin pasarse-darle agua-buscar su chupete, que lo ha tirado-hacerle unas cucamonas para que deje de protestar-vestirle el tapalotodo para que no se ponga perdido el pijama.

Respirar…

Sentarle en la trona (no quiere)-ponerme el delantal porque todavía estoy vestida de calle-sentarle en mi regazo-darle de cenar…

Respirar porque está cenando a gusto y con apetito y por tanto ha dejado de protestar…

Limpiarle la cara y las manos a medida que cena-mierda, me ha agarrado de la manga de la blusa, y es aceite, adiós blusa-no enfadarme porque él no tiene la culpa-soy una nube, soy una nube-quitarle el tapalotodo (con una mano)-tratar de hacer como si no me crispara los  nervios el hecho de que esté absolutamente todo manga por hombro-calentar el biberón-llevarle a la habitación-darle la leche…

… se ha dormido…

Respirar profundamente.

Recoger todo-pasar la bayeta por la mesa-cambiarme-lavarme la cara-quitarme este puto moño que me está dando dolor de cabeza-a ver qué hay para cenar… lata de atún, mayonesa y dos rebanadas de pan de molde: bocadillo de atún-rezar para que no se despierte-seguir rezando-recoger todo-ponerme a fregar-el crío está llorando, dejarlo todo-ponerle el chupete; se calla-reanudar el fregoteo-espray por las paredes y la encimera-escobazo por el suelo…

… y llegó el momento.

Silencio. El tiempo vuelve a su estado normal. Se desespesa, se licúa como pasado por una batidora.

Marta enciende el televisor, baja el volumen,hace zapping. En la uno: debate de actualidad. En la dos: documental sobre la ucronía de qué habría pasado si nunca se hubiera producido el putsch de Múnich. En la tres: informativos. En la cuatro: película, Lo que el viento se llevó. En la cinco: película iraní con subtítulos en farsi. En la seis: debate de actualidad política. En la siete: entrevista a un ministro. En la ocho: concierto de la Filarmónica de Viena.

Marta pasa por todos esos canales y sintoniza ClanTV.

Comienza su programa favorito, su gran secreto, algo que ni el marido sabe: Bob Esponja.

Lo descubrió cuando intentaba calmar a Daniel mediante los dibujos animados y se dio cuenta de que a Daniel (todavía) no le gustaban los dibujos animados.

Pero que ella se estaba riendo un montón con aquella chorrada.

En el episodio de hoy, Bob y Patricio Estrella vuelven al cole después de las vacaciones.

De repente, la vida es maravillosa.

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Postblog

Rondaba el año 10 de la nueva era. Por si esto fuera -que lo es- pobre contextualización, digamos que por aquel entonces, a pesar de lo mucho rodado, se consideraba que Internet fuera todavía un sustituto que usaba alguna gente que carecía de lo que había que tener en caso de ser persona respetable. Gente que no tenía amigos los buscaba ahí, gente sin vida social se montaba toda una representación para poder tener, si no lo auténtico, al menos un pobre sucedáneo.

Sí, existían los blogs, pero no eran un fenómeno mayoritario. La misma palabra blog casi nunca se usaba y, cuando aparecía en textos, estaba en cursiva. Blog. Incluso se usaba log, a veces. Los que se consideraban modernos y pioneros se abrían una cuenta en Blogspot -siempre e invariablemente en Blogspot- y esperaban a que algún medio convencional -entiéndase: impreso en papel- se hiciera eco de ellos para así tener una columna, un espacio, no sé, algo. Los que no eran susceptibles de llegar tan lejos aspiraban a convertirse en minilíderes de opinión en su círculo inmediato, con un radio mayor o menor. El blog era algo que uno anunciaba -“me he hecho/abierto un blog”- porque, de buenas a primeras, nadie se iba a enterar si no. Así de en pañales estaba la cosa.

Aquí. Porque en otros sitios, era diferente. Ya había blogs usados con relativa holgura y gozando de relativa popularidad. Aunque todavía suscitaban interrogantes, claro. ¿Un blog, y para qué? ¿Para escribir en él qué?, se podía y, casi seguro, se solía preguntar uno. Abrirse un blog era algo que no se veía natural ni, casi, normal. Había que tener en mente un objeto, una meta.

Leiresroom era Leiresroom 1.5, aún no 2.0 pero tampoco 1.0, no vayan a pensar. Por medio de una amiga por correspondencia (extranjera), supo de aquel sitio web de blogs. Pongamos que se llamaba Tengoundiario.web. La amiga tuvo que explicarle a Leiresroom qué era y para qué lo usaban ella y otras amigas. “Para escribir lo que nos pasa o sobre nuestro día”. Y eso, para qué, se preguntaba Leiresroom. Pero, como por aquel entonces se escribía bastante asiduamente con la amiga extranjera, y como cada vez le daba más pereza escribir cartas, y como además parecía algo emocionante eso de ser miembro de un grupo o pandillita, aunque fuera algo virtual, ella aceptó la invitación.

Aquel fue el principio de una experiencia o aventura -que de todo hubo- que duró unos tres intensos años durante los cuales Tengoundiario.web se convirtió en uno de los ejes de la vida de Leiresroom 1.5. Trabó conocimiento y cierto tipo de amistad con blogueros de toda laya, procedencia y condición y escribió religiosamente sobre episodios de su vida, pensamientos, sentimientos, pajas mentales, creación literaria -compartiendo además retazos de su propia creatividad- y cualquier cosa que viniera al caso.

El tiempo siguió pasando, razones varias trajeron el final de aquella experiencia, y, sin que mediara ninguna causa-efecto entre aquello y esto, Leiresroom, ya en una versión mucho más avanzada (madurada es la palabra justa para adjetivar un concepto a caballo entre lo abstracto y lo humano), digamos la 2.9, aterriza en WordPress movida por su motivación de siempre: quiere, necesita escribir. Ahora el contexto es otro: casi todo el mundo, desde el escritor profesional hasta el repartidor de bombonas, tiene un blog; lo que no se sabe muy bien es para qué. Leiresroom llegó a WordPress con la idea de escribir sobre cosas muy concretas: temas de actualidad, comentarios de noticias… y con el viejo objetivo de canalizar hacia fuera su amor por la escritura, dando vía libre a poemas y a impulsos creativos que llevaba toda la vida sofocando o, cuando mejor, mostrando sólo tímidamente. Durante mucho tiempo -años; un año son varios eones, según el cómputo ultraacelerado del tiempo en esta nueva era- no tuvo público alguno, o casi (excepción hecha de una persona muy cercana a ella) y no tuvo retroalimentación. Sus artículos y poemas rara vez tenían visitantes, y perdió la costumbre de mirar el apartado de estadísticas y de visitas, porque el contador siempre estaba a cero (excepción hecha de despistados internautas que aterrizaban en sus páginas por error; a todos se nos ha perdido la brújula y el mapa en esos procelosos océanos de Internet).

Poco a poco, se dio cuenta de que podía seguir otros blogs e interactuar con ellos sistemáticamente. Tampoco de aquí surgió mayor tráfico ni nada de esto supuso diferencias significativas en la woolfiana habitación de Leiresroom. En verdad, no hubo causa y efecto algunos para pasar de esa situación a la que reina en el momento en que son redactadas estas líneas. De repente, la abejita puso su polen en la flor, el repollo dio fruto, se produjo un Big Bang y Leiresroom tenía ¡seguidores! que ¡le dejaban Megustas y comentarios! y con los que ¡interactuaba!

Lo más sorprendente de todo esto fue que, siguiendo esa misteriosa ley científica por la cual el observador provoca la alteración del objeto observado, así el blog de Leiresroom empezó a cambiar y a fundirse con el ambiente que lo rodeaba. Porque Leiresroom se había dado cuenta de que, a pesar de los eones transcurridos, y de la explosión y popularización de los blogs, la gente seguía usándolos mayoritariamente para… bien, no se sabe a ciencia cierta para qué. Digamos que para expresarse a sí misma. Pero no siempre bajo un objetivo concreto, ni para un fin concreto ni sobre una temática bien definida. Tal como sucedía en aquel protoblog, los blogs servían ahora, también, para todo y para nada. Uno publicaba cosas sobre sí mismo, otro sobre cómo había sido su día, aquél sobre su afición favorita, y cosas así.

Y los memes, siempre los memes. Si el protoblog había servido como plataforma rudimentaria de autopsicoanálisis, pudiendo uno descubrir mediante tests online desde qué personaje de Friends hasta qué sabor de batido era, y hacer guiños-llamamientos a otros blogueros, nominándolos a premios y metiéndolos en situaciones de todo tipo, ahora, eones después, tales instrumentos de comunicación seguían gozando de buena salud.

Vuelve a no haber moraleja, porque esto es la vida real. Digamos que, de haber alguna, sería ésta: el ser humano no cambia, y nosotros somos seres humanos, luego nosotros tampoco cambiamos. No, al menos, tanto como nos gustaría suponer.

La madurez seguramente está sobrevalorada.

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La verdad

Cada vez estoy más cierta de que hay Dios, más segura de su presencia constante en mi vida. No puedo hablar por otros, pienso que cada experiencia de Dios es única e íntima. Pero, según mi experiencia, un atisbo de comprensión de Dios y de reafirmación de la fe en él consiste en experimentar la paradoja que es él. En mi vida, en mi experiencia íntima y personal, Dios se manifiesta en forma de paradoja, en forma de verdad rotunda pero ilógica, pero tan manifiesta, que es más verdad, más potente que cualquier regla lógica.

Una de las citas peor citadas -valga la redundancia- y por tanto más falseadas de la Biblia es aquélla que, según los malcitadores, dice eso tan bonito de “la verdad os hará libres”. En realidad, Jesucristo no dijo eso; dijo “conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. Escamotear la mitad de esa sentencia es tanto como negarla por entero. Ya que la verdad, si no se experimenta, no influye en nuestras vidas en absoluto.

Se pasa uno media vida, o más, creyendo a pies juntillas eso con lo que lo bombardean por todos lados las 24 horas del día: que serás más feliz, o, al menos, vivirás mejor y estarás más a gusto cuanto más tengas, cuanto más joven seas, cuanto más te dediques a ti mismo, cuanto más te cuides, cuanto más puedas gastar en tu propia persona, cuanta más lozanía tengas, cuanto más popular seas (por el motivo que sea) y cuanta mejor salud tengas. Luego, uno puede descubrir – o no- que todo eso es mentira. Cierto: también eso -que todo eso es mentira- nos lo repiten por activa y por pasiva en todo tipo de artículos, libros, charlas y similares dirigidos a descubrirnos los secretos de una vida más feliz. Pero creo que hasta que uno no lo experimenta, no llega a ver todos los matices, no llega a darse cuenta ni a creérselo realmente. Piensa que puede uno simplificar su vida y será más feliz, pero en eso no consiste la verdad, no es ésa la contradicción aparente cuyo secreto palpita escondido en el destino de toda persona (otra cosa es que esa persona, caminando a ciegas como vamos todos, se tope con esa verdad, llegue a distinguir su latido sutil pero inequívoco y pueda quitarse la venda de los ojos).

Lo cierto es que uno puede perder muchas cosas. Puede perder cosas importantísimas para su vida, incluso para su concepto y su visión de sí mismo. Puede uno perder posesiones, me refiero a posesiones no materiales, cuya pérdida es la que más duele y la que más inconcebible nos resulta a priori, que consideraba imprescindibles para su felicidad. Puede uno perder tiempo, juventud, vigor, entusiasmo, facultades, estatus, frescura, fama, amistades, afectos. Puede uno incluso perder salud. Sí, salud, digo bien. Y, habiendo perdido todo eso y, por añadidura y como consecuencia, habiendo perdido en comodidad y bienestar objetivo, salir al otro lado siendo más feliz y dándose cuenta de que no querría cambiarse por quien era antes de todo eso. ¿Cómo se puede entender? No se puede. La lógica no puede abarcar un cambio así. Es una transformación. La lógica jamás puede entender que dejar morir una parte de quien uno ha sido para sí mismo, dejar morir la imagen que uno tenía de sí mismo, laboriosamente construida durante toda una vida desde el momento en que destelló por primera vez en su mente la luz de la razón, puede ser la llave que abra las puertas de una nueva vida, más auténtica, más real, más profunda, más densa, más sabrosa, más sólida.

Toda pérdida conlleva tristeza, y luto. Es necesario guardar luto por aquello que se ha perdido. Una cosa no quita la otra. La tristeza por lo que se ha perdido es real, es una presencia casi personal, corpórea. Una tristeza suave, nada brutal ni violenta, que puede que no te haga llorar y, sin embargo, se instala y se adueña de tu corazón, tomándose su tiempo para señorear en él. Un día te miras en el espejo, lees cosas que escribiste hace años, pasas revista a algunos recuerdos y quizá te reconozcas, sí, pero como a un amigo muy querido, casi un hermano, que se acaba de ir. Alguien a quien conociste de dentro afuera, como la palma de tu mano, como si hubiera sido tu otro yo. Porque era tu otro yo. Era tu yo, pero era también otro; no era tú. Lo dejas partir, elaboras el duelo necesario por él. Entonces esa dulce tristeza puede empezar a disiparse y, aunque adivines que no se va a ir nunca del todo, ya puedes vivir con ella, ya no te molesta ni te impide ser feliz. No; la pérdida nunca nos hace felices por sí misma.

Pero sí la superación de ella. Puedes un día darte cuenta de que te has enamorado de este que ahora eres. Aun con tus roturas, tus pliegues, tu sorda melancolía, tu nuevo ritmo, tus evocaciones. Eres el gran amor que siempre anhelaste. Eres tú. Por fin te has convertido en aquel que naciste para ser. Por fin te has convertido en ti mismo.

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Ganaremos, al final ganaremos.

Porque el bien y la razón están con nosotros.

Ganaremos, porque somos mejores que ellos. Porque somos los buenos.

Nada es relativo. La verdad no es relativa, la bondad no está donde quieres verla, sino donde está.

Sufrir, llorar pero, al final, ganar.

Nadie dijo que el camino fuera fácil; es más, se nos advirtió de que sería difícil;

de que penaríamos y seríamos objeto de la rabia y de la envidia, de la ira y de la brutalidad.

Llevará tiempo, pero ganaremos.

Aunque ahora estemos amodorrados;

aunque la realidad esté cerrando el círculo a nuestro alrededor

mientras la gente adora a falsos dioses y prefiere enfrentarse a las mentiras de su televisor,

jugando a juegos de reinos falsos y adormeciéndose con láudanos de sábado noche.

Ganaremos, pero para eso habremos de despertar.

Están asesinando nuestros sueños, y la tele no está ahí para contarlo.

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