Justin

Puedes observar cómo la divinidad fulmina con sus rayos a los seres que sobresalen demasiado, sin permitir que se jacten de su condición; en cambio, los pequeños no despiertan sus iras. Puedes observar también cómo siempre lanza sus dardos desde el cielo contra los mayores edificios y los árboles más altos, pues la divinidad tiende a abatir todo lo que descuella en demasía.

Heródoto, Historia VIII.10

La justicia es cosa de peso. Por eso se la representa con una romana en la mano. Por eso. No porque ella establezca o reestablezca el equilibrio, impartiendo justicia, no; sino porque siempre va a ganar el pez más gordo. Y para decidir cuál es el pez más gordo, necesitamos una romana. Clarísimo.

El pez gordo impone su ley, y, al hacerlo, muchas veces es él quien restablece el orden y asegura el imperio de la justicia, ese imperio asaltado, atacado por golpe de estado (o de imperio), desmandado, asediado por algún bárbaro con exceso de hubris (o hybris). Esto puede parecernos bien o mal, pero tengamos en cuenta lo siguiente: el pez chico fue antes a su vez pez gordo que impuso su propia ley sobre otro, y el pez gordo de esta ocasión será el chico para otro pez futuro. Dicho de otra manera: en realidad, no hay desequilibrio ni desmán ninguno más que de forma pasajera y, por tanto, ilusoria. Existe un equilibrio total, sólo que diacrónico; como sucede en distintos tiempos, nosotros, con nuestra existencia tan relativamente breve, no siempre alcanzamos a verlo, salvo en contadas ocasiones en que sí sucede que vemos cómo un desequilibrio que clama a los Cielos se corrige notoriamente. Es lo que en román paladino llamamos ver que alguien se lleva su merecido.

Y por eso, el héroe de la semana e incluso del mes puede muy bien ser Justin.

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Justin, oh, Justin. Conozco poco tu música (no voy a cometer la mentecatez de decir que es basura, o que no la escucho nunca porque es basura; he oído y me gustan las versiones que has hecho o te han hecho Skrillex y Usher) y a ti no te conozco de nada, pero has puesto en su sitio a varia gente que quizá lo necesitaba, y eso me gusta. No has hecho nada deliberado, no lo creo; simplemente, has sido tú mismo. Porque podías serlo. Eres una megaestrella, y ser una megaestrella le da a uno automáticamente patente de corso para… en fin, para todo. Siguiendo con Justin, es de admirar su total franqueza. Hace lo que quiere, pero no se le nota ninguna impostura. Es exactamente igual que cualquier otro veinteañero. ¿No es eso lo que pide la gente? Sinceridad, autenticidad. Be yourself. ¡Pues helo ahí! Le llueven las críticas, pero a él le da igual. Es una megaestrella. Quien quiera pisarle se va a estrellar. O va a quedar abrasado por su luz de fuego. Es lo que hay.

Justin, Justin. Hoy te has convertido en tu nombre. Has encarnado tu nombre a la perfección. Mejor que cualquier letra de cualquiera de tus canciones. Mejor, incluso, tal vez, que la señora de los ojos vendados con la romana en la mano. Te has sentado en tu platillo y has ganado por KO. Pero no has desbaratado nada; simplemente, has restaurado el equilibrio que se había perdido.

Justin, no sólo has dado cuerpo y notoriedad a un concepto tan carca y tan pasado de moda como la justicia; también te has convertido en un arquetipo. Dentro de muchos, muchísimos años, se hablará aún de Justin y de cómo le bastó ser él mismo para impartir cierta clase de justicia; una justicia poco espectacular y bastante jocosa, pero justicia al fin y al cabo. Bueno, dejémoslo en correctivo; son juegos de palabras, una opción como otra cualquiera; las palabras son inocentes, se puede llamar como uno prefiera. Porque el sistema es simplicísimo. Uno puede elegir libremente -Dios nos dotó de libre albedrío por una razón; por la razón, mejor dicho y para ser justos- cómo se comporta en cada ocasión, qué actitud adopta, qué papel quiere interpretar en el teatro de la vida, cómo trata a aquellos que no pueden hacer nada por él (ni contra él); pero debe estar preparado para apechugar con las consecuencias. El tiempo pone cada cosa -y a cada persona- en su sitio. Y el destino se cumple, ya se llame Justin, tribunal de Estrasburgo, mordisco en el culo o el consabido quien mal anda, mal acaba. Un destino que nos está marcado desde que somos un garabato en el cuaderno que Dios se lleva siempre en el bolsillo de sus vaqueros, para cuando se le ocurre alguna nueva idea.

Sí, claro que hay desequilibrios que no se corrigen. Hay peces gordos que se sitúan al final de la cadena alimentaria. O eso pensamos. Que todo lo que han hecho les ha salido gratis al final. Eso es lo que parece, la apariencia que da. Pura apariencia. Dios nos espera tras el telón, entre bambalinas, para encargarse de corregir también eso. Él es el gran arquitecto, el director, pero también es el gran corrector y el equilibrador supremo. Él tira de los hilos; no podemos ver cómo lo hace, pero sí podemos ver los hilos moviéndose, y podemos intuir cuáles han sido los desplazamientos exactos desde el otro lado, desde arriba del escenario. Sus dedos se mueven en la sombra, pero arrojan luz. En forma de justicia divina o de justicia poética. O de Justin, sencillamente.

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