Rueda

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En efecto, siendo el símbolo de la rueda la expresión del movimiento y la multiplicidad, también lo es de la inmovilidad original y de la síntesis. Es, asimismo, la expresión simbólica de la expansión y la concentración. De la energía centrífuga, que parte del centro a la periferia, y de la energía centrípeta, que retorna a su centro, eje o fuente. Para volver a extenderse una vez más, siguiendo una ley universal a la que obedecen las mareas de los mares (flujo y reflujo) y la tierra (condensación, dilatación).

El simbolismo de la rueda – Federico González

“Mi pasión es escribir”; “Viajar es mi vida; si no pudiera viajar, me moriría”; “Estar con mis amigos es lo más importante para mí”; “La naturaleza y mis animales son lo que dan sentido a mi vida”…

Todos hemos oído frases parecidas a ésas. Y todos las hemos dicho alguna vez, siendo sinceros, o creyendo estar siendo sinceros.

Pues

No.

La pasión de la vida de cualquiera no es ninguna de esas cosas ni otras cualesquiera que se nos puedan ocurrir. La pasión de la vida de uno, lo que le da sentido, lo más importante, es estar vivo.

No me refiero a estar respirando y con el cuerpo desempeñando sus funciones orgánicas de una forma tal que nos permita seguir sobreviviendo un momento después de otro. Me refiero a estar vivo, es decir, a gozar de buena salud.

Basta algo tan prosaico como una gastroenteritis aguda que te deja planchado, te hace morder el polvo y te postra en cama durante días -salvo los momentos en que no tienes más remedio que hacer acopio de las pocas fuerzas que te quedan y arrastrarte afuera de ella para cumplir con responsabilidades y obligaciones que sólo tú en ese momento puedes cumplir- para hacer que te des cuenta de las memeces que dices y piensas algunas veces. Como que, por ejemplo, tu pasión en la vida sea otra cosa que estar sano.

Un virus es suficiente para bajarte los humos y recordarte que eres una figurita de barro, y que de Dios sólo tienes la imagen y semejanza, y también la ayuda, pero no el poder.

Basta un pequeño trastorno como ése, una inflamación de las mucosas del estómago y de los intestinos para que tu vida entera se convierta en una emergencia: camina o revienta (y lo que el cuerpo te pide es reventar, reventar de una vez y que se acabe este malestar, esta inutilidad, esta impotencia, esta náusea, este dolor y todas esas obligaciones que te esperan al otro lado de la puerta, incluso a este lado de la puerta). Y tienes que seguir caminando. Al cuerno con todas tus grandes pasiones, con tus elevados ideales, con tus ambiciones, con tus sueños, con tus legítimas aspiraciones, con todo eso que sólo se puede expresar con sustantivos del reino de lo abstracto, palabras de tres o cuatro sílabas (mejor si son esdrújulas); con el edificio que le has construido a tu identidad. La importancia de todo eso ya ni se cuestiona; lo que te golpea en el rostro es ahora su perfecta inexistencia. Nada de eso tiene, en realidad, entidad alguna. Todo depende de otra cosa: de que tu cuerpo -luego tu mente, luego tu espíritu- vuelva a funcionar tal como lo hacía hasta que ese trastorno irrumpió en tu vida.

Ni el plano material te interesa ahora: no puedes pensar en ningún sitio web, en ningún pintoresco lugar o paraíso terrenal, en ninguna serie multipremiada, en ningún evento deportivo de alto nivel, en ninguna comida de tus favoritas que despierte tu atención. Tu nuevo aifon por quitarte esa boa constrictor de alrededor de tu cintura.

El cerebro primitivo, reptiliano, ha tomado el mando: se trata de vivir.

Y, bienvenido de vuelta: ésa es tu gran pasión: vivir.

Hasta que el robot no haya sido reparado, todas sus funciones superfluas han entrado en suspensión. Ya no es un mono sofisticado; sólo es un amasijo de órganos, células, venas y arterias, sistemas, redes, complejas estructuras bioarquitectónicas que han entrado en modo autorreparación.

Hay que agradecer al ancestral virus su capacidad, sólo pareja a la de sembrar el caos y la destrucción, de darnos una cura de humildad y de devolvernos el contacto con la terrosa pero caliente superficie de la realidad. Yo se la agradezco. Porque me recuerda lo que soy, lo que somos todos, y qué es lo importante.

Leo -puedo hacerlo ahora, a diferencia de hace sólo cuatro días- que la mayoría de casos de gastroenteritis vienen producidos por un rotavirus, es decir, un virus con forma de rueda, analogía de la cual adquiere su nombre. Misma forma que tienen millones de cosas, y, entre ellas, el tao; sí, el universal símbolo de la ambigüedad o, si prefieren (yo lo prefiero), del misterio inherente a todo.

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Tal como en lo bueno hay un poco de malo, en lo malo hay también algo bueno, dice el tao (explicado esto con términos muy maniqueos). No hay nada bueno en estar retorcido de dolor sin poder levantarse de la cama a no ser para vomitar, pero sí hay algo bueno en la circunstancia, en el contexto. Lo bueno es que se cierra el círculo. La infraestructura se queda desnuda, la catedral aparece sólo erigida sobre sus muros, sin retablos, sin rosetones, sin deambulatorios, sin arcos, sin oropeles ni figuras. Ni cánticos de coros. Sólo la piedra que resiste a cualquier inclemencia, expuesta como está al cielo y a la tierra. Así es como es posible vivir momentos de gran dicha en medio de la debilidad; es posible vivir con alegría ese estado de indefensión, de dependencia total. Porque depender de quienes verdaderamente te aman es un honor, es un orgullo, una alegría. Y servir a quienes dependen de ti también lo es. Y, aunque para muchos algo más recóndita, existe una gran alegría inherente a hacer limpieza, o a constatar una vez más cómo tenemos los apoyos justos, los amigos justos, justísimos; cualquier situación de debilidad nos pone en situación de pedir favores, y los favores espantan a los falsos amigos. A enemigo que huye, pues, puente de plata.

Al igual que es una alegría inmensa, irracional y, por ello, de calidad suprema, análoga a la alegría franca y expansiva que exteriorizan los niños ante cualquier descubrimiento, la de volver a disfrutar de los alimentos que antes se ingerían sin el menor aprecio. Contradicción en términos, vuelco total del sentido establecido de las cosas, según la cual la gula pasa ahora a ser un mandamiento, y el ayuno y la restricción, pecados que pueden llegar a ser pozos sin fondo. Paradojas de la vida: lo que comúnmente tenía por sustancia aborrecible, ahora es el pan mío de cada día. Pasteles de nata y hojaldre, macarrones con queso (doble ración), croquetas de jamón y huevo para cenar, un cuenco grande de arroz con leche, repetir el postre, comer cuando me dé la gana, saltarme todas mis restricciones.

La rueda de la enfermedad ha resultado ser la de la salud. El mal me ha vuelto a dar la vida.

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6 comentarios

Archivado bajo vida real

6 Respuestas a “Rueda

  1. Genial! Que manera mas hermosa de describir algo tan desagradable como es ir a ver al ‘Sr. Roca’ por flojera 🙂 Lo mas importante es que se te haya pasado ya. Y al medico no le describirías tu momento con esas frases, porque te manda a la ídem 😉

    La introducción buenísima, porque la física es la manera con la que siempre describo el devenir de la Bolsa (geología la llamo). Y tu alegato en favor de tener mas simpleza y menos aires de grandeza, de acuerdo contigo porque hace días también utilice la canción ‘Madre Tierra’ de Chayanne para defender la misma postura. Muy bien.

    Bueno, que el ‘rotavirus’ nos espere por mucho tiempo (toco madera) 🙂 . Un abrazo Leire!

    P.D.: Chica, cuidado ahora con tanto dulce… 😉

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  2. Que te mejores prontito. Y a disfrutar de todo lo bueno que te ha traído la enfermedad.
    Un abrazo.

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  3. Nos acordamos de que cualquier dolor es el peor de los males solo cuando lo padecemos. Yo sufro mucho de dolor de espalda, de no poder estar más que tumbado, y cualquier movimiento me dobla. Todos los dolores son horribles. De acuerdo contigo, no podría vivir sin estar siempre sano. Besitos.
    PD. Me alegro de que ya estéis todos bien

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