Archivo mensual: octubre 2015

Momento remember

Para los que dicen -casi siempre, repitiendo lo que han oído y sin pararse a pensar en lo que dicen- que lo de antes sí que molaba, que cualquier tiempo pasado fue mejor, que en “sus tiempos” (como si éstos no fueran sus tiempos también, tal como nos enseñó Mafalda) sí que se hacía buena literatura/música/comida/juguetes/fútbol/ropa…

… basta comparar la canción original, de 1993

con la versión, de 2015.

Y eso que bailé muchas veces la del 93 y reconozco que a veces me gusta meterme mi buena dosis de nostalgia. Tiene su encanto, tiene su aquél. Es bonito, porque me hace sentir la belleza de estar aquí ahora, y me hace sentir orgullosa y afortunada de que tantas cosas bellas, divertidas, emocionantes e inteligentes formen parte de mi historia.

Pero, para mí, no hay color.

Que lo disfruten.

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Justin

Puedes observar cómo la divinidad fulmina con sus rayos a los seres que sobresalen demasiado, sin permitir que se jacten de su condición; en cambio, los pequeños no despiertan sus iras. Puedes observar también cómo siempre lanza sus dardos desde el cielo contra los mayores edificios y los árboles más altos, pues la divinidad tiende a abatir todo lo que descuella en demasía.

Heródoto, Historia VIII.10

La justicia es cosa de peso. Por eso se la representa con una romana en la mano. Por eso. No porque ella establezca o reestablezca el equilibrio, impartiendo justicia, no; sino porque siempre va a ganar el pez más gordo. Y para decidir cuál es el pez más gordo, necesitamos una romana. Clarísimo.

El pez gordo impone su ley, y, al hacerlo, muchas veces es él quien restablece el orden y asegura el imperio de la justicia, ese imperio asaltado, atacado por golpe de estado (o de imperio), desmandado, asediado por algún bárbaro con exceso de hubris (o hybris). Esto puede parecernos bien o mal, pero tengamos en cuenta lo siguiente: el pez chico fue antes a su vez pez gordo que impuso su propia ley sobre otro, y el pez gordo de esta ocasión será el chico para otro pez futuro. Dicho de otra manera: en realidad, no hay desequilibrio ni desmán ninguno más que de forma pasajera y, por tanto, ilusoria. Existe un equilibrio total, sólo que diacrónico; como sucede en distintos tiempos, nosotros, con nuestra existencia tan relativamente breve, no siempre alcanzamos a verlo, salvo en contadas ocasiones en que sí sucede que vemos cómo un desequilibrio que clama a los Cielos se corrige notoriamente. Es lo que en román paladino llamamos ver que alguien se lleva su merecido.

Y por eso, el héroe de la semana e incluso del mes puede muy bien ser Justin.

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Justin, oh, Justin. Conozco poco tu música (no voy a cometer la mentecatez de decir que es basura, o que no la escucho nunca porque es basura; he oído y me gustan las versiones que has hecho o te han hecho Skrillex y Usher) y a ti no te conozco de nada, pero has puesto en su sitio a varia gente que quizá lo necesitaba, y eso me gusta. No has hecho nada deliberado, no lo creo; simplemente, has sido tú mismo. Porque podías serlo. Eres una megaestrella, y ser una megaestrella le da a uno automáticamente patente de corso para… en fin, para todo. Siguiendo con Justin, es de admirar su total franqueza. Hace lo que quiere, pero no se le nota ninguna impostura. Es exactamente igual que cualquier otro veinteañero. ¿No es eso lo que pide la gente? Sinceridad, autenticidad. Be yourself. ¡Pues helo ahí! Le llueven las críticas, pero a él le da igual. Es una megaestrella. Quien quiera pisarle se va a estrellar. O va a quedar abrasado por su luz de fuego. Es lo que hay.

Justin, Justin. Hoy te has convertido en tu nombre. Has encarnado tu nombre a la perfección. Mejor que cualquier letra de cualquiera de tus canciones. Mejor, incluso, tal vez, que la señora de los ojos vendados con la romana en la mano. Te has sentado en tu platillo y has ganado por KO. Pero no has desbaratado nada; simplemente, has restaurado el equilibrio que se había perdido.

Justin, no sólo has dado cuerpo y notoriedad a un concepto tan carca y tan pasado de moda como la justicia; también te has convertido en un arquetipo. Dentro de muchos, muchísimos años, se hablará aún de Justin y de cómo le bastó ser él mismo para impartir cierta clase de justicia; una justicia poco espectacular y bastante jocosa, pero justicia al fin y al cabo. Bueno, dejémoslo en correctivo; son juegos de palabras, una opción como otra cualquiera; las palabras son inocentes, se puede llamar como uno prefiera. Porque el sistema es simplicísimo. Uno puede elegir libremente -Dios nos dotó de libre albedrío por una razón; por la razón, mejor dicho y para ser justos- cómo se comporta en cada ocasión, qué actitud adopta, qué papel quiere interpretar en el teatro de la vida, cómo trata a aquellos que no pueden hacer nada por él (ni contra él); pero debe estar preparado para apechugar con las consecuencias. El tiempo pone cada cosa -y a cada persona- en su sitio. Y el destino se cumple, ya se llame Justin, tribunal de Estrasburgo, mordisco en el culo o el consabido quien mal anda, mal acaba. Un destino que nos está marcado desde que somos un garabato en el cuaderno que Dios se lleva siempre en el bolsillo de sus vaqueros, para cuando se le ocurre alguna nueva idea.

Sí, claro que hay desequilibrios que no se corrigen. Hay peces gordos que se sitúan al final de la cadena alimentaria. O eso pensamos. Que todo lo que han hecho les ha salido gratis al final. Eso es lo que parece, la apariencia que da. Pura apariencia. Dios nos espera tras el telón, entre bambalinas, para encargarse de corregir también eso. Él es el gran arquitecto, el director, pero también es el gran corrector y el equilibrador supremo. Él tira de los hilos; no podemos ver cómo lo hace, pero sí podemos ver los hilos moviéndose, y podemos intuir cuáles han sido los desplazamientos exactos desde el otro lado, desde arriba del escenario. Sus dedos se mueven en la sombra, pero arrojan luz. En forma de justicia divina o de justicia poética. O de Justin, sencillamente.

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En el centro mismo del corazón de la noche.

Enamorada del frío, de la herida curva de esa luna, del rumor del viento frotándose contra el mundo.

Un mensaje cifrado recorre las calles;

llaman a mi puerta.

Gárgolas centenarias velan nuestras ventanas.

No traicionaremos nuestra nobleza por una eternidad de luz.

Erigir cuatro paredes, poner un tejado de seda y algodón

y escondernos debajo.

Paraguas de color naranja, un montoncito de leña.

Es de noche, hace frío, pies descalzos, no importa.

No hace falta telescopio para ver las estrellas;

están aquí dentro.

Jugar a que dormíamos hasta despertar;

plantas escarchadas como dulces, colores amortiguados,

la dulzura de la tierra donde se juntan el día y la madrugada.

Combatir las pesadillas a puñetazos, sacudirse el sueño a patadas.

Reírnos de las sombras alrededor, jugar a que éramos un perro y un gato.

Dejar las huellas para la posteridad.

Trocitos de árboles que juegan todos juntos, y bailan.

Una noche como el pasillo de un palacio, el pasamanos de la escalera del castillo encantado.

Limpiar los sentimientos con chocolate caliente,

pasear por las calles que son sólo nuestras,

matando vampiros y pesadillas,

de la mano para no perdernos.

Doce horas seguidas de medianoche, espiar al mundo desde dentro, detrás de las ventanas.

Rosas silvestres inmunes al invierno, durmiendo,

Santa Lucía que vuelve y llama a la puerta, sonriendo suavemente.

Medio camino ya hecho, el otro medio

recorrerlo volando; juguetes del viento y del tiempo también nosotros somos.

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Siempre fieles

Noticias que nunca faltan:

5. Expertos de la Universidad de Berkeley/La Sorbona/Maryland han descubierto que el pescado blanco/el huevo/el café/la leche de vaca/el sol/las antenas de telefonía móvil/los esprays/el aire es malo para la salud

4. Ha sido el verano/invierno más caluroso/lluvioso/frío/ventoso desde que hay registros/de la última década/del último medio siglo

3. Ha subido el IPC por el pollo/el material escolar/la fruta y la verdura/la gasolina y el gasóleo

2. Hoy se jugará el partido del siglo/el entrenamiento a puerta cerrada del Real Madrid convocó a cientos de seguidores/será baja fulanito de tal en el Barsamadrid por rotura de ligamento/tendinitis/contractura muscular

1.Hoy se atrasan (no “se retrasan”) los relojes y el cambio de hora provoca distimia estacional/jaqueca/insomnio/diarrea/resfriados/sonambulismo/gripe

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‘Wilt’

wilt

Wilt es más que un libro; es una farsa biográfica, es un espejo distorsionado pero fiel dirigido al lector, es un tiro a ciegas que da en el blanco. Tengo una profunda aversión a esta frase, pero ea, esta vez la usaré, porque es cierta: todos somos Wilt. Y si no lo creen, lean el clásico de Tom Sharpe.

Las mayores genialidades son aquellas que se hacen sin pretender hacerlas. Sharpe quizá lo sabía antes de escribir Wilt, o quizá no, pero poco importa; percibimos en su muy británico e irreverente humor -algo grosero a veces, pero de un modo descacharrante y simpático, un poco al estilo de aquella gloriosa Los jóvenes– un no tomarse a sí mismo demasiado en serio que cae en gracia porque los lectores con algunos libros a cuestas ya tenemos un sensor que nos avisa cuando esa actitud es puro postureo, y en este caso no lo es: Tom Sharpe sólo pretendía escribir un libro divertido, satírico, también crítico con ciertos aspectos de la vida y el establishment británicos, pero que fuera eminentemente gracioso. Y lo consiguió. De hecho, rara como es en mí la ocurrencia de reírme leyendo un libro, Wilt ha conseguido arrancarme la risa, la de verdad, no la del LOL.

Leer la reseña entera en Libros y Literatura.

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Sentido

El verbo sentir es ahora reflexivo, por imperativo

social y político.

Sentirse esto, sentirse lo otro; sentirse de aquí, sentirse de allí.

Verbo perifrástico y nacido incompleto, al parecer.

Sentirse de tal sitio, sentirse de tal otro.

Sentirse cercano a tal, lejano de cual.

En el extremo opuesto de aquel otro.

No sentirse nada.

Me siento mal; me siento extraño; me siento invadido; me siento perseguido.

Pues siéntese bien; siéntese cercano; siéntese normal.

Como otro cualquiera, como nosotros

que tenemos cada vez menos espacio para sentarnos

y sólo nos queda sentirnos, sentirme.

Sentarnos a solas, sentirnos solos: una letra, dos mundos, la diferencia entre la vida y la existencia.

Sentir el calor, sentir la humanidad.

Abolir el sinsentido que nos rodea, a pesar de todo.

No dar nada por sentado, pero todo por sentido.

Llenar la vida de sentido. Un sentido especial.

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Indecencia

Rescato una cita apócrifa o bien atribuible a Manolo Blahnik (aunque no he podido verificar ninguno de los dos extremos; ni siquiera estoy segura de que sea una cita en absoluto) según la cual el autor (o Manolo Blahnik, en cuyo caso) dijo: “En mi cabeza sólo entra lo que yo quiero”.

Recuerdo que, al oírla por primera vez, pensé -y sigo pensando- que era una de las cosas más sabias y sensatas que había oído nunca.

Porque algo hay que hacer. Algo hay que hacer para defenderse.

La infancia es un constante nadar -y aprender a nadar- sorteando miedos. Muchos miedos todos nuevos, al principio y durante mucho tiempo; miedos como tiburones blancos acudiendo prestos al reclamo de la gotita de sangre; miedos como pirañas, miedos como Moby Dicks que arrasan con todo, miedos como icebergs esperando su Titanic para fastidiarlo pero bien. Cuando somos niños, no distinguimos muy bien lo que es real de lo que no lo es -quizá de adultos lo distinguimos demasiado bien, somos demasiado maniqueos- y tenemos que vérnoslas con terrores, más que con miedos.

Es una época dura. Puede ser -y es- maravillosa; de hecho, es nuestro paraíso perdido; el de todos, el de cada uno. pero es dura. Porque uno pasa terror.

Aun así, ni el miedo al hombre del saco, ni el miedo al médico, ni el miedo a los electrodomésticos que rugen, ni a los perros, ni a los zombis, ni a las serpientes… nada de eso nos prepara para lo que vendrá después.

Nada de lo que se vive en una infancia normal nos prepara para la indecencia, para la traición, ni para el hecho cierto de que no podemos confiar en nadie. O sí, podemos: podemos confiar en nosotros mismos.

Cuanto más nos decepcione el mundo y sus gentes, más seguros estaremos de poder confiar en nosotros mismos. Somos afortunados si tenemos a otra persona, o a dos, en las que sabemos a ciencia cierta y con los ojos cerrados que podemos confiar con el corazón y con nuestra propia vida.

La indecencia del mundo se manifiesta de muchas maneras, pero todas ellas suelen tener una cosa en común: son maneras muy poco espectaculares. De hecho, son mediocres. Las maldades de la gente, las que nos van minando la moral, suelen ser muy pequeñas de tamaño, una especie de áspides de mordedura certera, sin embargo, que nos va inoculando su veneno. El veneno puede que no nos mate, pero sí infectará nuestra savia vital hasta ponerla negra, biliar. Eso nos convertirá en personas malhumoradas y, a la postre, cínicas. Pensaremos eso de que el mundo es un estercolero y -parafraseando una pintada muy poco original que he visto estos días- la vida, un vertedero.

No me refiero a la indecencia de los ladrones de guante blanco, corruptos, criminales, farsantes, mentirosos deliberados y calculadores, malvados señores (con vasallos a veces buenos y a veces meros aprendices de sus señores, o voceros, cuando mejor), Sino a la de la gente normal.

Gente que promete que te va a hacer un favor -minúsculo- y luego te despacha con cajas destempladas, fingiendo no saber de qué le hablas e incluso dirigiéndose a ti como si le molestaras; médicos que te piden que te desnudes y esperes detrás del biombo y luego se enfrascan en una conversación telefónica poco o nada importante; amigas que te dicen que no van a salir hoy y que luego son vistas por alguien de tu confianza, pasándolo en grande; gente a la que un día diste el privilegio de un lugar destacado en tu vida y luego te diste cuenta de que no lo merecían; personas de tu edad a las que te acercas en busca de amistad y te dicen que tienen que votar si quieren frecuentar tu compañía…

Sí, todos hemos vivido situaciones así; todos… menos quienes las provocan. Curiosamente, es algo en lo que todo el mundo parece tener el boleto ganador (o perdedor, según se mire). Nadie está en el otro extremo. Se diría que son cosas que pasan; accidentes naturales; manos perdedoras de quien juega al juego del destino. Y no es así. Hay que decirlo. Aunque no se pueda hacer nada más.

Y claro que a todo eso hay que sumarle lo mencionado antes, lo que parece no importar, pero importa: los latrocinios, engaños a gran escala, exhibiciones de impudicia y cinismo que nos dejan estupefactos, alardes de prepotencia que son la llama que prende una mecha de consecuencias, la desvergüenza, las muestras de soberbia… Oímos y vemos que todo eso es cierto, que el odio y la indecencia anidan en los corazones de las personas. Pero en esta ocasión, más incluso que el odio, que es un sentimiento apasionado y que suele obedecer -en la cabeza del odiante- a una razón que se puede verbalizar cabalmente, incluso argumentar, me interesa destacar la indecencia, que no es un sentimiento, sino una forma de ser y de estar en el mundo; es una forma de ser sin pensar; la indecencia no obedece a ninguna razón, ni lícita ni ilícita, ni digna de aprobación ni totalmente despreciable; la indecencia nace con uno; se es así, y uno no ve nada malo en ser así; ni siquiera se lo cuestiona.

El que odia se hace; el indecente nace -y muere- indecente.

Es otra forma de llamar a las personas tóxicas. Contra algo tóxico, no cabe el contraataque; la mejor defensa es tomar las de Villadiego, y rápido. Buscar cobijo en tu lugar seguro, refugiarte en él hasta que recuperes las fuerzas y la moral y estés listo para volver a salir al campo de batalla. Recurrir a tus aliados y, si los tienes, a tus personas de confianza, las que jamás te han abandonado ni te abandonarán. Fortalecerte, restañar las heridas, si no se ha podido evitar el choque y de resultas de él se han abierto algunas. Eso, y, si todo lo demás falla, seguir el consejo de Manolo Blahnik (o de quien fuera).

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El hombre solo

Buscas “soledad” en google y te sale la foto de un señor

tirado cuan largo es en el suelo de un burdel.

Pasado, colocado, perdido

o dominado por el anhelo loco de un horizonte inalcanzable.

Habiendo tirado un pastizal y toda su vida por el sumidero

dime, voto a bríos, qué y adónde iba a buscar.

Después de haber probado en todas partes y haber viajado por todo el mundo

quizá acabas preguntándote: ¿por qué no en un burdel?

O quizá quieres olvidar que has fracasado sin haber aprendido nada de ello.

Una, y otra, y otra vez.

Tus hijos sollozan y claman por ti.

Ora pro illo!

Sólo Dios puede ayudarte ahora, hombre solo.

¿Dónde está tu dignidad?

Quizá vendida por 70.000 euros, o 700.000, qué más da;

todo es poco para intentar achicar el agua,

enterrar la hidra en polvos blancos, cal viva;

pero ves cómo resucita una y otra vez, siendo tú incapaz de cortar su cabeza primigenia.

Con razón dicen que el sueño del espíritu produce monstruos.

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El hombre muerto

En mi pueblo hay un hombre que está muerto. Me refiero a que el hombre, aparentemente, anda, habla, saluda, se ríe, come (aunque yo no lo he visto nunca) y, en fin, parece estar vivo, pero no.

Mi hipótesis de que está muerto se debe a la suma de varios indicios que así me lo sugieren. Para empezar, la primera vez que yo vi a este señor fue en el cementerio (vuelvo a decir que el hombre está aparentemente vivo, y seguía disfrutando de tal apariencia aquella primera vez que lo vi; lógico), y yo soy persona que cree mucho en los simbolismos de la vida. En segundo lugar, las veces que me lo encuentro, él siempre va solo, y yo también voy sola (bueno, esto no es del todo cierto, pero, por el éxito de la historia, pongamos que lo es; de cualquier forma, es verdad que siempre lo veo a él solo) y por eso puedo afirmar que, seguramente, él resulta invisible a todos excepto a mí (y a alguna otra persona que en ocasiones vea muertos). En tercero, siempre tiene el mismo aspecto.

Es un hombre del que desconozco cómo se llama, de dónde es, dónde vive o vivía antes de morirse, quiénes son su familia… Y él, que yo sepa, desconoce todo de mí. Sin embargo, cada vez que nos cruzamos, me pega unos saludos que para qué. Pero no son saludos amables, ni siquiera simpáticos o campechanos. No. Son saludos extemporáneamente afables. O sea, como si fuéramos buenos amigos que han interrumpido bruscamente una conversación, pongamos, un par de horas antes y ahora la estuvieran retomando, o él la estuviera retomando unilateralmente mientras que yo me he olvidado de mi diálogo. Una especie de diálogo monologado, o monólogo semidialogado.

La primera vez, ya digo, me lo encontré en el cementerio. Yo entraba y él salía (dicho esto sin ánimo de hacer un chiste fácil) y no recuerdo exactamente qué me dijo, pero fue algo que me hizo preguntarme de qué conocía yo a aquel hombre para que se hubiera dirigido a mí con esa amistosa familiaridad.

-¡Pero si lo vi ayer! -es lo que dice mucha gente al enterarse de que algún conocido acaba de morir. Pues yo no dije eso cuando vi a este hombre muerto que digo, pero fue, en efecto, como si nos hubiéramos visto el día anterior y hubiéramos dejado algo pendiente de comentar.

Otra cosa que me convenció de su mortedad es que jamás lo vi gastando móvil. Y eso que usan móvil personas mayores que este hombre. La última vez que estuve en el santuario franciscano mundialmente conocido de mi pueblo, el hermano telefonista usaba móvil. No era un smartphone de última generación, pero ahí estaba. Este hombre muerto, no. Se ve que una cualidad de estar muerto es que deja de importarte el aparentar y el afán de posesión, ya que pasas a poseer sólo lo que has dado en vida, y a ti mismo, que viene a ser la misma cosa.

Hace tiempo que no lo he visto. A lo mejor es que se ha cansado de ser un no muerto y ha decidido morirse completamente. O a lo mejor lo veo mañana, o la semana que viene, o dentro de dos meses, y me saluda con esa misma familiaridad un poco desconcertante.

La verdad es que no da nada de miedo, os lo aseguro. Parece simpático, el típico señor mayor (aunque no tan mayor como para estar muy muerto, quizá sólo un poco muerto pero no del todo) que goza siempre de un gran estado de optimismo inexplicable (aunque el optimismo siempre es un poco inexplicable; casi un misterio, o un don divino) y al que cuesta imaginar con otro gesto que no sea una amplia sonrisa. Tenía aspecto de escuchar mucho la radio. Me pregunto si tienen radio en el más allá y qué prefieren escuchar; programas de música clásica, pienso, porque los corrillos de actualidad y no digamos las noticias de cada hora en punto no tienen mucho sentido cuando el mundo que llamamos, ilusos de nosotros, “real” ya no existe para uno.

La próxima vez que lo vea, intentaré sacarle una foto, aunque no estoy segura de si los inmuertos salen en las fotos. Igual no, porque, como no tienen ego, pasan de dejar su huella en el mundo. O igual, como ya no van a cambiar de aspecto ni de nada, no le ven sentido a retratarse.

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Mi reseña de ‘Los papeles de Aspern’

(Contiene una errata grave -el uso del inexistente *andara por “anduviera”-, pero la editorial ya está sobre aviso y ha asegurado que lo corregirá. En cualquier caso, una lectura del todo recomendable.)

Los papeles de Aspern, de Henry James

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Ignara de mí, relacionaba siempre a Henry James sólo y exclusivamente con Otra vuelta de tuerca, dando por sentado que era su obra culmen. Ignara, infelice de mí, todavía tenía por conocer y disfrutar la existencia de esta novella, Los papeles de Aspern, que ahora he podido leer gracias a la editorial Navona.

Y, desde luego, ¡qué buen, qué excepcionalmente buen escritor era Henry James! No hace falta leer varios centenares de páginas de su mano para constatarlo; basta sumergirse en la lectura de Los papeles de Aspern, tarea que nos ocupará desde un par de horas a un par de días, dependiendo del tiempo que tengamos libre para dedicarle. Su lectura será como un oasis para nuestra inteligencia, nuestro sentido del disfrute literario y sintáctico y nuestra avidez de observadores innatos del otro, de nuestro semejante, sabiendo que atisbaremos en él rasgos que también nosotros poseemos.

Leer la reseña completa en http://www.librosyliteratura.es/los-papeles-de-aspern.html

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