Pueblo

En todo triángulo rectángulo un cateto es media proporcional entre la hipotenusa y su proyección sobre ella. La palabra hipotenusa proviene del término griego ὑποτείνουσα; una combinación de hipo, ‘debajo’ y teinein, ‘alargar’.  Otros autores sugieren que el significado original en griego fue debido a un objeto que soporta algo, o de la combinación de hipo, ‘debajo’ y tenuse, ‘lado’.

Los pueblos son así: todo el mundo se conoce pero nadie se conoce; es, por tanto, un falso conocimiento, y, lo más importante, una falsa sensación de conocimiento que se abre a nuestros pies como un foso poblado por cocodrilos antropófagos.

La vida en un pueblo es una trampa constante en la que estás expuesto a caer por partida doble, porque te arriesgas al exceso y te arriesgas al defecto. La mayoría de la gente pueblerina yerra por defecto, lo cual no es tan grande pecado, porque mal de muchos, consuelo de… muchos. Si muchos caen en la misma trampa y a la vez, es probable que una mayoría se salve porque la trampa no da abasto. Si fallas por exceso, en cambio, la trampa es toda para ti.

Los pueblos -y algunos más que otros, mucho más que otros- son así: si has tenido la mala, malísima suerte de caer en desgracia con tus congéneres de colegio, estás marcado para toda la vida. O hablemos, mejor, de las cosas como son: marcada. Porque no son congéneres, sino congéneras; contemporáneas, coetáneas, compañeras de colegio. Niñas, chicas. Malas, maliciosas, malignas. Unas auténticas puntos suspensivos. No son “cosas de crías”. Son hasta tal punto cosas de adultos, que te siguen marcando quince, veinte, treinta, cincuenta años después. Si no tienes “cuadrilla”, socialmente no existes.

Y si socialmente no existes, nadie te ve, salvo para fijarse en ti e intentar adivinar quién eres, de dónde vienes, de qué pie cojeas, si eres de los nuestros o no.

Para una persona que gusta del trato social moderado y de vivir una vida normal a todos los efectos, la única forma de pecar es pecar por exceso de frenada. O, lo que es lo mismo: acelerar mientras vas dándole al freno de mano e intentas llegar a la línea de meta sin llevarte a nadie por delante ni estamparte contra un árbol. Cosa harto difícil pero cuyo arte -el arte de hacer el suicida sin por ello suicidarse- se va perfeccionando con el tiempo.

Como ejemplo, contaré el siguiente cuadro costumbrista. El otro día, vi por la calle a una chica algunos años más joven que yo que, según había visto poco antes, acababa de ser madre. A esta chica la conocía no sólo “de vista” (forma de conocimiento universal en cualquier pueblo, como bien sabe todo el mundo de pueblo) sino porque, hace un millón de años, compartimos tiempo de ocio en una colonia de verano, donde fuimos amigas a tiempo parcial (léase un par de horas al día de lunes a viernes durante un mes). Ella no se acordaba de mí, yo de ella sí, perfectamente (maldiciones de una memoria obsesiva, a mi pesar). Tras vacilar unos segundos, resolví acercarme a ella para felicitarla; no en vano no se es madre todos los días, y qué demonios. Me recibió con cara de desconcierto, preguntándose a buen seguro “¿quién coño es esta tía y por qué sabe mi nombre?”, y le dije, “fuimos amigas de pequeñas”. Ella no se acordaba; yo, sí, perfectamente. Tras unos momentos de ortopédico diálogo lleno de las consabidas palabras que se pronuncian en estos casos, cada una continuó su camino.

Clásica conducta que casi nadie adopta en un pueblo donde se es conocido por no ser realmente conocido de una parte significativa de la población, porque lo que se espera de alguien que no conoce a nadie es no saludar a alguien a quien conoció hace un millón de años, mucho menos en un territorio tan olvidado como la infancia, del cual, al salir, se nos borra el sello de entrada y se nos conmina a no volver la vista atrás. Cosas como ésa no son lo normal, se ven como algo raro, como cosa estrafalaria. Nadie intenta entrar en lugares donde no ha estado cien millones de veces, nadie pisa terrenos desconocidos, nadie intenta ser amable con nadie nuevo. Porque eso no es algo que se haga, no es algo que se espera de nadie, no es algo normal.

Lo malo es que por hacer algo así, es uno el que acaba sintiéndose -otra vez- bicho raro.

La conclusión a la que forzosamente se llega es que uno es como es, pero también como le dejan ser. Alguien como yo que viviera en una gran ciudad sería, en mayor o menor medida, un poco diferente a como soy yo, que vivo en un pueblo. Porque -y detesto admitirlo, pero es así- las circunstancias tienen una enorme capacidad de decisión, que compite con la del individuo.

Del destino y de los planes de Dios hablaremos otro día, que no se gana en claridad mezclando argumentos de distinto tipo.

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8 comentarios

Archivado bajo Artículos, vida real

8 Respuestas a “Pueblo

  1. He leído el título e inmediatamente me vino a la cabeza “No me importa que me claves como un Cristo en la pared…” Es porque así empieza el Pedrá de Extremoduro jajajja me ha despistado después el contenido, hay que ver qué malas pasadas nos juegan nuestros entornos referenciales. Por cierto, yo soy de pueblo, bueno, de aldea mejor dicho, aunque estoy en Coruña desde hace años, y he vivido un episodio casi clavado al tuyo con la recién mamá. Me sentí como la protagonista de “La ignorancia” de Milan Kundera. No eres de un lado y ya no puedes ser del otro. Estás en ese limbo en le que las raíces se disuelven y lo que se espera de una es tan confuso que a veces lo mejor es no hacer nada jajjaa. Abrazos 🙂

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    • De aldea tiene que ser todavía peor. Aunque yo creo que en el País Vasco hay un enorme punto negro, que es el tema de las “cuadrillas”, toda una institución social tipo secta: si entras, eres suyo para siempre, y si no perteneces a ella, jamás podrás relacionarte con los de dentro. Lo curioso es que la gente no se da cuenta de lo perjudicial que es y de lo cerradas que son las relaciones sociales. Bueno, espero y supongo que tu vida social será mejor ahora que vives en ciudad. Tengo envidia sana 🙂

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      • Uy pues no te creas… mis relaciones antes eran más rutinarias, forzadas en muchos casos pero estables. Ahora son aleatorias o inexistentes, va por rachas. Todos estamos tan ocupados que nos volvemos superficialmente conocidos… Pero bueno, yo en el anonimato íntimo estoy cómoda 😁

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  2. Desgraciadamente la amabilidad y la empatía es algo que se está perdiendo en todos los sitios. Pueblos y ciudades. Y cuando eso se pierde, se deja de conocer a todo el mundo. Y no pueden conocer a nadie nuevo que esté a su lado, se encuentran demasiado entretenidos conociendo por el móvil a alguien a cientos, miles de kilómetros

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  3. agenda19892010

    Buon Lunedì da Rinaldo ☺.

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