Lugosi

Los ordenadores son herramientas maravillosas para manejar información. Sólo para eso. En todas aquellas funciones vitales en que la información sea importante, los ordenadores lo serán. Pero la inteligencia humana no se limita a utilizar información. Necesita comprenderla, valorarla, integrarla en planes personales, mantener el esfuerzo para dirigir la acción, tomar decisiones, asimilar valores. Los ordenadores son herramientas mentales. Lev Vigotski, el psicólogo más genial del siglo XX, explicó que la inteligencia humana inventa herramientas que amplían sus posibilidades. Unas le sirven para hacer cosas, y otras para ampliar la inteligencia. Herramientas mentales son el lenguaje, la escritura, el álgebra, los sistemas conceptuales, la notación matemática, las calculadoras, el ordenador. Nos permiten pensar cosas que sin ellas no podríamos pensar. Lo que debemos hacer en la escuela es enseñar a manejar esas poderosísimas herramientas que la técnica nos ofrece y las que aún no se han inventado. No sustituyen a nada: amplían. Me gusta repetir que “un burro conectado a Internet, sigue siendo un burro”, pero que si delante de la pantalla hay una persona sabia, las posibilidades que ofrece son maravillosas.

José Antonio Marina – “Educación: Ordenadores en el aula: ¿sí o no? ¿En qué quedamos?”

Una leyenda urbana -falsa, a todas luces, como buena leyenda urbana- achaca al actor Bela Lugosi haber perdido la razón en el ocaso de su vida y haberse creído conde Drácula. La imaginería que acompaña a la tal leyenda lo describe paseándose vestido de tal y durmiendo en un ataúd. Historia inventada, parece ser, pero que bien merecería ser real, y no porque le desee al Sr. Lugosi semejante final (aunque no parece implícita la infelicidad en dicha versión de locura), sino porque viene de perlas como metáfora de nuestro tiempo.

La falsa locura de Lugosi tiene mucho que ver con la verdadera locura colectiva que aqueja al mundo sesenta años después. La cultura pop recurre a la palabra zombi para describir muchos comportamientos, caracterizados por la ausencia de razonamiento, de sensatez, de sentido común y de inteligencia; comportamientos tales que éstos:

móviles en restaurante

smartphones-table

416274-smart-phonesPues, en mi modesta opinión, más a propósito sería usar la palabra “vampirizados” en lugar de “zombis”. Y aquí es donde viene a cuento la historia de la falsa decadencia de Lugosi.

Nuestra -como sociedad- obsesión por las TICs nos ha llevado a ser vampirizados por ellas.

Cada día, en cualquier lugar, vemos dispositivos móviles parasitando a personas, adueñados de personas, señoreando sobre personas.

Vemos dispositivos móviles paseando personas, llevando gente a trabajar, de compras, a comer, al parque, de compras, a esperar el autobús… Vemos dispositivos móviles que se reúnen y llevan consigo a personas que supuestamente han quedado para pasar un rato juntas, es un suponer. Para compartir una actividad social, familiar o amical cualquiera. Una en la que se supone que los participantes se miran, se ven, dan muestras de reconocer la presencia ajena, se hablan, se miran a los ojos en señal de atención… Bueno, todo eso era antes. Ahora son los dispositivos móviles los que se reúnen, hablan entre sí, forman grupo, intercambian gestos de complicidad y códigos grupales, hacen cosas juntos… Y las personas a las que pertenecen/que pertenecen a ellos van a remolque. Claro, es que los dispositivos móviles, mal llamados así, todavía no tienen patas ni ruedas. No pueden moverse de un lado a otro; para eso necesitan a las personas.

De la misma forma, los vampiros necesitaban a las personas para tener esclavos, para perpetuarse, para expandir su dominio. Los zombis pueden parecer mucho más repugnantes, más terroríficos si cabe, pero al menos se limitan a dar buena cuenta de su presa y, luego, se olvidan de ella. No arrastran a su víctima de un lado para otro, apropiándose a cada rato de su dignidad. No la utilizan.

Pero dentro de cada ser vampirizado late, nos dicen, el deseo inconsciente de haber sido vampirizado. No en vano es preciso e imprescindible que alguien invite al vampiro a trasponer un umbral o una ventana; no puede entrar en una casa sin haber sido invitado. Uno desea ser vampirizado; uno desea ser poseído por su dispositivo móvil. Lo desea porque el dispositivo móvil y la conexión a Internet y las redes sociales que trae consigo -la gente que va con móvil por la calle, usándolo, no lo hace para leer noticias o para enterarse de algo importantísimo, ni siquiera para hablar por teléfono como no sea de perfectas banalidades; lo hace para sacarse autofotos o para chatear o cotillear lo último de su red social- son un fuelle para su ego. La persona ha confiado las señas de su identidad construida por él mismo a ese soporte, y, en última instancia, le ha vendido su alma, ha dejado que su personaje crezca demasiado y lo devore. El personaje usurpa el papel del autor. El móvil usurpa el papel de la persona.

Por más que lo intento, no consigo imaginarme a Jesucristo usando un móvil ni una red social. No me lo imagino intercambiando whatsapps con sus discípulos. Ni creando una página de Facebook para expandir Su mensaje. No lo consigo ni lo conseguiré jamás, pero no porque el Jesucristo del siglo XXI que me imagino esté de vuelta de todo o se crea por encima de esas cosas, sino porque es un ser sin ego. Como no tiene ego, no necesita alimentarlo.

Las redes sociales y todas aquellas herramientas similares que nos brinda Internet y las TICs son para el ego, porque sitúan al usuario en el centro del universo. Son un mundo en sí mismos, donde el rey soberano es el usuario. Guionista, director y protagonista de su propia película, puede basarla -o no- en su vida real, y la distancia que el guión puede tomar con respecto a la realidad será la que quiera el usuario. Podrá tener cientos de “amigos”, que sólo le dedicarán palabras elogiosas siempre y cada vez; podrá tener la vida perfecta, el trabajo perfecto, el ocio perfecto. Podrá también usar Internet para arremeter contra lo que no le gusta, situándose a pie de igualdad con cualquier persona con más autoridad sobre cualquier tema. Será a la vez rey absolutista y presidente de su propia república perfectamente democrática: aquélla en la que lo que él dice vale exactamente igual que lo que diga cualquier otro, aunque tenga más conocimiento, más sabiduría y más experiencia.

En última instancia, en lo más profundo de esa adicción que, como sociedad, tenemos para con las tecnologías de la comunicación individuales -matiz muy importante- hay una total ignorancia de nuestras capacidades como persona individual y de lo que queremos obtener de la vida como personas maduras, y un pánico infantil y desatado a no ser nada, a no ser nadie. Lo uno va con lo otro. Vivimos en un mundo -construido- tan irreal, hemos comprado tan absolutamente el sueño y la aspiración de la celebridad y la fama, de que uno sólo ha triunfado si ha conseguido colocarse más arriba que todos los demás en el escalafón y que todo el mundo lo sepa (condición sine qua non; puesto que no sabemos qué sentido tiene la vida, es necesario que los demás sancionen nuestra vida, así nos aseguraremos de que tiene sentido; yo puedo estar equivocado con respecto a mi propia vida, pero los demás, no), que sólo sentimos que somos alguien en tanto en cuanto somos para otros.

El ateísmo corre rampante en nuestro tiempo y nuestra sociedad, y hay cierto esnobismo pueril en declararse ateo, cuanto más ateo y más nihilista, mejor; pero es un falso ateísmo. El hombre necesita a Dios y, a falta de Dios, intenta llenar el vacío con dioses. En esta época, le ha tocado al dios del ego, que surca ahora los mares de Internet.

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3 comentarios

Archivado bajo Artículos

3 Respuestas a “Lugosi

  1. Es tanto lo que criticamos estas actitudes y tantas las veces que sin querer las adoptamos aunque sea por un segundo… Yo he escrito alguna entrada al respecto, pero una en concreto hacía referencia a los zombis de los que hablas… La llamé Phombies 😛

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