Ayuda

¿Cómo explicar el tiempo que había pasado en LaPorte, viviendo con hombres y mujeres con síndrome de Down? Al principio creía que su trabajo era simplemente cuidar de sus cuerpos.

“Ayuda a los demás.”

Era lo que le había mandado hacer el gurú. Había pasado años en el ashram de la India, hasta que el gurú finalmente reconoció su presencia. Casi una década había permanecido allí, a cambio de una sencilla frase.

“Ayuda a los demás.”

De modo que aquello fue lo que hizo. Volvió a Quebec y se unió al hermano Albert en LaPorte. Para ayudar a los demás. Nunca, nunca se le pasó por la cabeza que serían ellos quienes lo ayudaran a él. Al fin y al cabo, ¿cómo podía tener aquella gente tan averiada algo que ofrecer al gran curador y gran filósofo?

Le había costado años, pero una mañana, al despertarse en su casita del recinto de LaPorte, algo había cambiado. Fue a desayunar y se dio cuenta de que conocía el nombre de todos. Y todos le hablaban o le sonreían. O se acercaban a enseñarle algo que habían encontrado. Un caracol, un palito, una brizna de hierba.

Trivial. Nada. Y sin embargo, el mundo entero había cambiado mientras él dormía. Se había ido a la cama ayudando a los demás y al despertarse estaba curado.

Louise Penny – “Una revelación brutal”

Debe de haber mucha gente que pulsa a menudo el botón F1. Han debido de confundirse con el libro de instrucciones. En realidad, la ayuda nunca funciona a distancia.

Llámese botón F1, “Me gusta”, “Retuitea” o, incluso, “Dona dinero en cómodos plazos mediante ingreso en la cuenta corriente tal y tal”. Dos palabras clave: “Distancia” y “cómodo”. O una: “distancia”.

Ayudar, pero de lejos.

Una vez, hace muchos años ya, conocí a un sirio. Podemos decir que nos hicimos amigos, aunque brevemente, pero hay, de hecho, mal llamadas “amistades” que duran años, toda una vida, y nadan siempre en la superficie, quizás porque no hay en ellas conflictos que las pongan a prueba. Ya no recuerdo su cara -ya digo que fue una amistad muy breve- pero era un muchacho inteligente y culto, y amable, muy amable. Me enseñó unos textos en árabe. Estaba aprendiendo alemán. Me pregunto qué habrá sido de él. Si llamara a mi puerta, lo ayudaría. No podría dejar de hacerlo.

¿Quién no tiene miedo cuando ve que él mismo o la sociedad a la que pertenece va a tener que hacer un gran esfuerzo? Pero hay que hacerlo. No nos podemos negar. Y todo esto está acarreando cambios, que van a ser profundos; de hecho, algunos ya están tomando cuerpo, ya son una realidad. Pues tendremos que adaptarnos, y lidiar con los problemas que surjan según vayan surgiendo. Pero no podemos quedarnos impertérritos.

Ni siquiera sabiendo que habrá gente que se aprovechará de la necesidad perentoria, de la desesperación de algunos. Lo mismo pasó con las víctimas de la II Guerra Mundial y con las del 11-S. Hoy sabemos que ha habido impostores, mentirosos, falsarios y malvados que engañaron, cometieron un fraude y parasitaron la bondad y la generosidad ajenas. Pero no por esa gente debemos negar ayuda a quienes verdaderamente la necesitan. Ni por miedo a las futuras necesidades que surgirán, porque surgirán. Ni tampoco escudándonos en que no tenemos la culpa, en que alguien ha provocado esto, en que hay otros más ricos y más indicados para ayudar, en que hay que arreglar el problema en origen… Y sí, hay que hacerlo; pero no por eso podemos obviar la situación actual.

Son palabras dichas millones de veces, lo sé. Y sin embargo, todavía hace falta que se digan. En realidad, lo que está pasando no es problema de ellos; no es algo que no nos incumba. No, en este mundo globalizado; pero es que tampoco antes lo era. Todo lo que esté sucediendo o haya sucedido en cualquier parte del mundo a cualquier persona es problema nuestro, o, dicho de otro modo, no es sólo problema de esa persona. Porque en la medida en que haya alguien alrededor, debería prestarle ayuda. Cuánto más en estos tiempos en que estamos viendo lo que les está sucediendo. No es una película que desaparezca de nuestra vista cuando cambiamos de canal, aunque lo solemos tratar exactamente así. Primero hablamos de eso, luego cambiamos de tema y hablamos del último chismorreo de la prensa del corazón o del mercado de fichajes del fútbol profesional.

Sin embargo, no es necesario hacer un esfuerzo ímprobo que quizá está más allá de nuestras fuerzas. Basta con hacer un esfuerzo que sí podamos permitirnos de forma razonable. Y con esto me refiero al concepto de ayudar a los demás. No hace falta acoger en casa a una familia de refugiados ni coger la mochila e irnos de cooperación a un lugar en conflicto. Porque oportunidades para ayudar hay muchísimas; hay infinitas. Empiezan, casi siempre, en nuestra misma casa, en nuestro círculo más cercano, y continúan cuando salimos a la calle. En cualquier parte habrá alguien a quien podamos ayudar, y en todas partes habrá ocasiones para prestar una ayuda que esté en razonable proporción con lo que podemos prestar. Una ayuda cercana, inmediata; porque la mediata, la lejana, no es ayuda. No hay prestación de ayuda sin una medida de incomodidad. Puede implicar desprenderte de parte de tu dinero, o dedicar cinco minutos a acompañar a alguien a cruzar la acera o sujetarle la puerta de un comercio para que pueda entrar con su cochecito de bebé. Eso también cuenta. Es importante, es valioso. Quien crea que no lo es puede preguntar a la persona ayudada. Y eso también tiene que ver con personas y situaciones más allá de nuestro alcance. Si ayudamos a alguien, quizá ese alguien ayudará a su vez a otra persona. Y esa persona, a otra más. Y, de la misma forma, que alguien nos niegue su ayuda nos enfurece y nos predispone negativamente cuando somos nosotros quienes estamos en posición de prestar nuestra ayuda.

No podemos exigir a nadie que se embarque en empresas que pueden resultarle demasiado pesadas, onerosas, difíciles o embarazosas, pero sí podemos y debemos exigirle que en algún momento de su vida ayude a alguien. Yo quiero exigirlo, porque quiero saber a qué tipo de persona me estoy enfrentando, con quién me las estoy habiendo, quién es esta persona que puede ser mi amiga, vecina, compañera, conocida.

Porque, precisamente por la incomodidad y el grado de generosidad incondicional y, posiblemente, también los tintes de humillación autoinfligida que puede implicar, el simple hecho de ayudar a alguien sirve para que ese alguien se retrate.

Porque, tal como dijo alguien,

Se puede conocer fácilmente la naturaleza de un hombre por la forma en que trata a aquellos que no pueden hacer nada por él.

Anuncios

1 comentario

Archivado bajo Artículos

Una respuesta a “Ayuda

  1. agenda19892010

    * I like *

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s