Archivo mensual: septiembre 2015

Convaleciente

Convalecer.

Fiebre, gripe, constipado, varicela, otra cosa, algo, un bichito, algo, una inoculación.

Postrado en su cama, el niño hace vagar su mirada enrojecida, encogida.

Las cabecitas de dos agujas, su mínima expresión.

Sufre, el cuerpo le duele.

“Enfermedad benigna”, le han dicho. ¡Y un cuerno!

La tele, la tableta, el móvil.

Todo, apagado, ya insuficiente, aburrido, tirado por ahí.

La bandeja con los restos del almuerzo especial para enfermitos,

malcomido, sin ganas, sin sabor, sin poder disfrutar.

Restos de una vida debilitada, aunque sólo por esta semana.

Vacaciones forzadas de la vida.

El refresco burbujeante se ha trocado en soso zumo.

El consabido termómetro, las tabletas de paracetamol, la caja mal cerrada

(el prospecto del otro lado, mamá).

Demasiadas mantas, pero hoy son demasiado pocas;

las paredes pintadas de un tono más dulce de blanco reproducen el eco silencioso de tantos minutos

sin saber qué hacer, sin saber cómo hacer pasar más rápido el tiempo

cuando todo ha sido ya probado y descartado.

Yerran otra vez los ojos cansados, ojos hoy envejecidos por el calor corporal.

Entonces, se detienen un momento:

Esta tarde,

el sol perezoso entra otra vez en su habitación, pero

esta tarde,

él sí está ahí para verlo.

Juegan los rayos con sus tenues cortinas,

caldean, tímidos, el aire, que ahora mismo ha de ir a sus pulmones.

El abrazo del sol va a parar a su sangre, y luego, a su corazón.

El tiempo sigue siendo lento, pero ya no es tan pesado.

Mira otra vez su gran cama (él, hoy, un muñequito tan pequeño en ella).

Siente, por primera vez, el milagro de estar aquí quieto, dueño por hoy de un minuto.

Ha sido colmado de besos y abrazos, de deseos de que se ponga bien muy pronto.

El mundo ha redoblado sus esfuerzos para que él se sienta arropado.

Vagamente, cree intuirlo, aunque no pueda encontrar las palabras.

(No es nada que vaya a escribir en ningún diario).

Su destino: estar hoy enfermo.

Para poder sentir el amor.

Para poder darse mejor cuenta de que es tan amado.

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Pueblo

En todo triángulo rectángulo un cateto es media proporcional entre la hipotenusa y su proyección sobre ella. La palabra hipotenusa proviene del término griego ὑποτείνουσα; una combinación de hipo, ‘debajo’ y teinein, ‘alargar’.  Otros autores sugieren que el significado original en griego fue debido a un objeto que soporta algo, o de la combinación de hipo, ‘debajo’ y tenuse, ‘lado’.

Los pueblos son así: todo el mundo se conoce pero nadie se conoce; es, por tanto, un falso conocimiento, y, lo más importante, una falsa sensación de conocimiento que se abre a nuestros pies como un foso poblado por cocodrilos antropófagos.

La vida en un pueblo es una trampa constante en la que estás expuesto a caer por partida doble, porque te arriesgas al exceso y te arriesgas al defecto. La mayoría de la gente pueblerina yerra por defecto, lo cual no es tan grande pecado, porque mal de muchos, consuelo de… muchos. Si muchos caen en la misma trampa y a la vez, es probable que una mayoría se salve porque la trampa no da abasto. Si fallas por exceso, en cambio, la trampa es toda para ti.

Los pueblos -y algunos más que otros, mucho más que otros- son así: si has tenido la mala, malísima suerte de caer en desgracia con tus congéneres de colegio, estás marcado para toda la vida. O hablemos, mejor, de las cosas como son: marcada. Porque no son congéneres, sino congéneras; contemporáneas, coetáneas, compañeras de colegio. Niñas, chicas. Malas, maliciosas, malignas. Unas auténticas puntos suspensivos. No son “cosas de crías”. Son hasta tal punto cosas de adultos, que te siguen marcando quince, veinte, treinta, cincuenta años después. Si no tienes “cuadrilla”, socialmente no existes.

Y si socialmente no existes, nadie te ve, salvo para fijarse en ti e intentar adivinar quién eres, de dónde vienes, de qué pie cojeas, si eres de los nuestros o no.

Para una persona que gusta del trato social moderado y de vivir una vida normal a todos los efectos, la única forma de pecar es pecar por exceso de frenada. O, lo que es lo mismo: acelerar mientras vas dándole al freno de mano e intentas llegar a la línea de meta sin llevarte a nadie por delante ni estamparte contra un árbol. Cosa harto difícil pero cuyo arte -el arte de hacer el suicida sin por ello suicidarse- se va perfeccionando con el tiempo.

Como ejemplo, contaré el siguiente cuadro costumbrista. El otro día, vi por la calle a una chica algunos años más joven que yo que, según había visto poco antes, acababa de ser madre. A esta chica la conocía no sólo “de vista” (forma de conocimiento universal en cualquier pueblo, como bien sabe todo el mundo de pueblo) sino porque, hace un millón de años, compartimos tiempo de ocio en una colonia de verano, donde fuimos amigas a tiempo parcial (léase un par de horas al día de lunes a viernes durante un mes). Ella no se acordaba de mí, yo de ella sí, perfectamente (maldiciones de una memoria obsesiva, a mi pesar). Tras vacilar unos segundos, resolví acercarme a ella para felicitarla; no en vano no se es madre todos los días, y qué demonios. Me recibió con cara de desconcierto, preguntándose a buen seguro “¿quién coño es esta tía y por qué sabe mi nombre?”, y le dije, “fuimos amigas de pequeñas”. Ella no se acordaba; yo, sí, perfectamente. Tras unos momentos de ortopédico diálogo lleno de las consabidas palabras que se pronuncian en estos casos, cada una continuó su camino.

Clásica conducta que casi nadie adopta en un pueblo donde se es conocido por no ser realmente conocido de una parte significativa de la población, porque lo que se espera de alguien que no conoce a nadie es no saludar a alguien a quien conoció hace un millón de años, mucho menos en un territorio tan olvidado como la infancia, del cual, al salir, se nos borra el sello de entrada y se nos conmina a no volver la vista atrás. Cosas como ésa no son lo normal, se ven como algo raro, como cosa estrafalaria. Nadie intenta entrar en lugares donde no ha estado cien millones de veces, nadie pisa terrenos desconocidos, nadie intenta ser amable con nadie nuevo. Porque eso no es algo que se haga, no es algo que se espera de nadie, no es algo normal.

Lo malo es que por hacer algo así, es uno el que acaba sintiéndose -otra vez- bicho raro.

La conclusión a la que forzosamente se llega es que uno es como es, pero también como le dejan ser. Alguien como yo que viviera en una gran ciudad sería, en mayor o menor medida, un poco diferente a como soy yo, que vivo en un pueblo. Porque -y detesto admitirlo, pero es así- las circunstancias tienen una enorme capacidad de decisión, que compite con la del individuo.

Del destino y de los planes de Dios hablaremos otro día, que no se gana en claridad mezclando argumentos de distinto tipo.

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Lugosi

Los ordenadores son herramientas maravillosas para manejar información. Sólo para eso. En todas aquellas funciones vitales en que la información sea importante, los ordenadores lo serán. Pero la inteligencia humana no se limita a utilizar información. Necesita comprenderla, valorarla, integrarla en planes personales, mantener el esfuerzo para dirigir la acción, tomar decisiones, asimilar valores. Los ordenadores son herramientas mentales. Lev Vigotski, el psicólogo más genial del siglo XX, explicó que la inteligencia humana inventa herramientas que amplían sus posibilidades. Unas le sirven para hacer cosas, y otras para ampliar la inteligencia. Herramientas mentales son el lenguaje, la escritura, el álgebra, los sistemas conceptuales, la notación matemática, las calculadoras, el ordenador. Nos permiten pensar cosas que sin ellas no podríamos pensar. Lo que debemos hacer en la escuela es enseñar a manejar esas poderosísimas herramientas que la técnica nos ofrece y las que aún no se han inventado. No sustituyen a nada: amplían. Me gusta repetir que “un burro conectado a Internet, sigue siendo un burro”, pero que si delante de la pantalla hay una persona sabia, las posibilidades que ofrece son maravillosas.

José Antonio Marina – “Educación: Ordenadores en el aula: ¿sí o no? ¿En qué quedamos?”

Una leyenda urbana -falsa, a todas luces, como buena leyenda urbana- achaca al actor Bela Lugosi haber perdido la razón en el ocaso de su vida y haberse creído conde Drácula. La imaginería que acompaña a la tal leyenda lo describe paseándose vestido de tal y durmiendo en un ataúd. Historia inventada, parece ser, pero que bien merecería ser real, y no porque le desee al Sr. Lugosi semejante final (aunque no parece implícita la infelicidad en dicha versión de locura), sino porque viene de perlas como metáfora de nuestro tiempo.

La falsa locura de Lugosi tiene mucho que ver con la verdadera locura colectiva que aqueja al mundo sesenta años después. La cultura pop recurre a la palabra zombi para describir muchos comportamientos, caracterizados por la ausencia de razonamiento, de sensatez, de sentido común y de inteligencia; comportamientos tales que éstos:

móviles en restaurante

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416274-smart-phonesPues, en mi modesta opinión, más a propósito sería usar la palabra “vampirizados” en lugar de “zombis”. Y aquí es donde viene a cuento la historia de la falsa decadencia de Lugosi.

Nuestra -como sociedad- obsesión por las TICs nos ha llevado a ser vampirizados por ellas.

Cada día, en cualquier lugar, vemos dispositivos móviles parasitando a personas, adueñados de personas, señoreando sobre personas.

Vemos dispositivos móviles paseando personas, llevando gente a trabajar, de compras, a comer, al parque, de compras, a esperar el autobús… Vemos dispositivos móviles que se reúnen y llevan consigo a personas que supuestamente han quedado para pasar un rato juntas, es un suponer. Para compartir una actividad social, familiar o amical cualquiera. Una en la que se supone que los participantes se miran, se ven, dan muestras de reconocer la presencia ajena, se hablan, se miran a los ojos en señal de atención… Bueno, todo eso era antes. Ahora son los dispositivos móviles los que se reúnen, hablan entre sí, forman grupo, intercambian gestos de complicidad y códigos grupales, hacen cosas juntos… Y las personas a las que pertenecen/que pertenecen a ellos van a remolque. Claro, es que los dispositivos móviles, mal llamados así, todavía no tienen patas ni ruedas. No pueden moverse de un lado a otro; para eso necesitan a las personas.

De la misma forma, los vampiros necesitaban a las personas para tener esclavos, para perpetuarse, para expandir su dominio. Los zombis pueden parecer mucho más repugnantes, más terroríficos si cabe, pero al menos se limitan a dar buena cuenta de su presa y, luego, se olvidan de ella. No arrastran a su víctima de un lado para otro, apropiándose a cada rato de su dignidad. No la utilizan.

Pero dentro de cada ser vampirizado late, nos dicen, el deseo inconsciente de haber sido vampirizado. No en vano es preciso e imprescindible que alguien invite al vampiro a trasponer un umbral o una ventana; no puede entrar en una casa sin haber sido invitado. Uno desea ser vampirizado; uno desea ser poseído por su dispositivo móvil. Lo desea porque el dispositivo móvil y la conexión a Internet y las redes sociales que trae consigo -la gente que va con móvil por la calle, usándolo, no lo hace para leer noticias o para enterarse de algo importantísimo, ni siquiera para hablar por teléfono como no sea de perfectas banalidades; lo hace para sacarse autofotos o para chatear o cotillear lo último de su red social- son un fuelle para su ego. La persona ha confiado las señas de su identidad construida por él mismo a ese soporte, y, en última instancia, le ha vendido su alma, ha dejado que su personaje crezca demasiado y lo devore. El personaje usurpa el papel del autor. El móvil usurpa el papel de la persona.

Por más que lo intento, no consigo imaginarme a Jesucristo usando un móvil ni una red social. No me lo imagino intercambiando whatsapps con sus discípulos. Ni creando una página de Facebook para expandir Su mensaje. No lo consigo ni lo conseguiré jamás, pero no porque el Jesucristo del siglo XXI que me imagino esté de vuelta de todo o se crea por encima de esas cosas, sino porque es un ser sin ego. Como no tiene ego, no necesita alimentarlo.

Las redes sociales y todas aquellas herramientas similares que nos brinda Internet y las TICs son para el ego, porque sitúan al usuario en el centro del universo. Son un mundo en sí mismos, donde el rey soberano es el usuario. Guionista, director y protagonista de su propia película, puede basarla -o no- en su vida real, y la distancia que el guión puede tomar con respecto a la realidad será la que quiera el usuario. Podrá tener cientos de “amigos”, que sólo le dedicarán palabras elogiosas siempre y cada vez; podrá tener la vida perfecta, el trabajo perfecto, el ocio perfecto. Podrá también usar Internet para arremeter contra lo que no le gusta, situándose a pie de igualdad con cualquier persona con más autoridad sobre cualquier tema. Será a la vez rey absolutista y presidente de su propia república perfectamente democrática: aquélla en la que lo que él dice vale exactamente igual que lo que diga cualquier otro, aunque tenga más conocimiento, más sabiduría y más experiencia.

En última instancia, en lo más profundo de esa adicción que, como sociedad, tenemos para con las tecnologías de la comunicación individuales -matiz muy importante- hay una total ignorancia de nuestras capacidades como persona individual y de lo que queremos obtener de la vida como personas maduras, y un pánico infantil y desatado a no ser nada, a no ser nadie. Lo uno va con lo otro. Vivimos en un mundo -construido- tan irreal, hemos comprado tan absolutamente el sueño y la aspiración de la celebridad y la fama, de que uno sólo ha triunfado si ha conseguido colocarse más arriba que todos los demás en el escalafón y que todo el mundo lo sepa (condición sine qua non; puesto que no sabemos qué sentido tiene la vida, es necesario que los demás sancionen nuestra vida, así nos aseguraremos de que tiene sentido; yo puedo estar equivocado con respecto a mi propia vida, pero los demás, no), que sólo sentimos que somos alguien en tanto en cuanto somos para otros.

El ateísmo corre rampante en nuestro tiempo y nuestra sociedad, y hay cierto esnobismo pueril en declararse ateo, cuanto más ateo y más nihilista, mejor; pero es un falso ateísmo. El hombre necesita a Dios y, a falta de Dios, intenta llenar el vacío con dioses. En esta época, le ha tocado al dios del ego, que surca ahora los mares de Internet.

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La soledad es el pasajero que queda en el último autobús que ya vacío se va

mientras yo sigo esperando.

Ésa es la separación suprema.

Por la cual reverberaba, en un eco diabólico, la separación primera.

La soledad es sentir que todo tu mundo, que sólo acababa de empezar, se cae a pedazos a tu alrededor.

Y ver los escombros y oír los cascotes.

La soledad es una niña martirizada por sus iguales.

Muchos años después, resulta que el mundo no acabó entonces, pero sí la inocencia.

Y el dolor más agudo, el dolor de la separación, jamás llegó a mitigarse.

Ahora, la soledad es irme y sentir que nunca llega la hora en la que nos volveremos a reunir.

Es ver tu cara minuto tras minuto, ver la sonrisa que no está ahí ya más.

Es estar contigo y no sentirte cerca.

Pero

La soledad no es estar sola contigo, asomándonos juntos a la hora del lobo.

No es otra noche en vela, por mucho sufrimiento callado que pueda caber en ella.

No es la noche inhóspita, porque tenemos mantas, luz y alimento.

Tampoco el invierno que a todos nos espera, porque nos defenderemos hasta el final.

No es saber que lo que los demás han hecho y hacen no servirá para ti.

No es saber que, sí, también tú has nacido outsider y el mundo lo confirmará.

Porque tu camino ya está hollado y abierto, otros lo estamos surcando para ti.

Aunque el pasado retumbe en el presente, yo te protegeré de él.

Tu historia será diferente.

Nada temas.

Mi vacío sirvió para enseñarme a erigir puentes.

Para ti, todos para ti.

Las llamas quedan atrás, las naves esperan amarradas en el magnífico puerto.

Tú partirás hacia destinos que no soy capaz de imaginar.

Tus miedos son para mí, todos para mí.

Tú saltas, vuelas, pisando seguro sobre el aire solidificado.

Rodeado del aroma a lirios, a azahar, a ámbar y a jazmines.

La soledad no es estar solo, porque tú nunca lo estarás

ángel de carne y sangre hecho sueño,

más leve aún que el propio aire, naciste para volar.

Un puñado de letras forma tu nombre, llave que abre el cofre del tesoro,

la rosa cabalística, la flor de la alquimia divina.

Reinas sobre los escaques de oro y plata, y en un rincón, una figura diminuta que te observa:

mi personaje.

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Pesadilla

Cuando finalmente, contra todo pronóstico serio, sucedió, resulta que no se pareció en nada a las pelis y los cómics.

Fue peor.

Porque ellos eran iguales que tú y que yo. Andaban igual, olían igual.

Parecían normales. Parecían vivos.

No andaban a trompicones ni estaban medio podridos.

Eran como tú y como yo.

Con una cosita diferente: querían comerte.

Imposible verlos venir, imposible distinguirlos hasta que ya los tenías encima.

Quizá tan sólo un algo muerto en la mirada, después un pequeño temblor

(el momento en que se libera el virus listo para cambiar de alojamiento)

y luego, nada.

No los destruía la luz del sol ni las balas de plata,

no traicionaban su presencia con olor a cadáver.

Simplemente, estaban aquí y tú eras una minoría.

Olvidaste lo del componente humano, la generosidad, bla, bla, bla…

Pura charlatanería.

Porque tú lo que querías era vivir. Sobrevivir

Y sé que habrías matado a quien fuera, hecho daño a quien fuera

con tal de sobrevivir.

Sin luz natural, sin Internet, sin vacaciones.

Comiendo moscas, bebiendo orines, despertando y durmiendo en el subsuelo.

Como un topo.

Dejando atrás a tu madre, ¡por supuesto!, a tus hijos, ¡también!

ni que decir tiene que a hermanos, primos, amantes y amigos.

Sobrevivir, sobrevivir.

Como un animal, agazapado.

Sin esperar solución, sin esperar esperanza.

Un minuto más, otro minuto más.

Victorias pírricas en una guerra perdida, pero ¿cuándo?

No es la belleza, no es el placer, no es el descanso. Mucho menos, la realización.

Sino el aire que respiras, el alimento que ingieres, el segundo que matas.

Es lo que te mueve.

Sin pensar en el porqué, sin buscar el paraíso a cambio;

y ahí radica toda tu humanidad, ése es el valor que late en ti cuando se te despoja de todas tus capas.

Y piensas que no es algo entre Dios y el hombre, sino algo entre Dios y todo lo que puebla la Tierra.

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Reseña de ‘Una revelación brutal’ en ‘Librosyliteratura.es’

En verdad, un elemento muy interesante de Una revelación brutal (y que también estaba, en cierta medida, en Doctor en Alaska) es el contraste entre pertenecer/no pertenecer, entre miembro de la comunidad/foráneo. En cierto sentido, en esta novela policiaca, se reta al lector a enfrentarse a sus propios prejuicios y a la querencia instintiva que todos tenemos a sentirnos parte de algo mayor que nosotros mismos; algo que nos da seguridad. ¿Quién es verdaderamente el malo de la historia? ¿Es el asesino? ¿O es quizá el foráneo, el distinto, el otro? ¿Por quién nos sentimos más amenazados: por un criminal que es uno de los nuestros, o por un individuo inofensivo pero que es venido de fuera, aunque esté lleno de las mejores intenciones? ¿A quién aceptamos más fácilmente, a quién perdonamos antes su grave pecado?

Leer la reseña entera en http://www.librosyliteratura.es/una-revelacion-brutal.html

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Mi reseña de “Lobo en la camioneta blanca” ha sido la más leída de la semana en el blog en el que colaboro, Librosyliteratura.es, gracias, en parte, a dos retuits del autor de la novela, John Darnielle.

Ignoro si el autor entiende el español, y, si no es así, espero que se lo hayan traducido de modo fidedigno y que le haya gustado.

Es una sensación rarísima la de saberse leído por el autor del libro que uno ha leído y por el cual se ha entusiasmado. No sé si mi reseña le hace justicia al libro; espero que así se lo haya parecido al autor.

En realidad, estoy comprobando por mí misma y a través de mi persona-cobaya que la observación y el observador transforman el objeto observado, es más, cambian el comportamiento del objeto observado. Uno debería escribir siempre como si nadie más que él fuera a leerlo nunca, y en el momento en que uno se vuelve consciente del público -aunque consista en una única persona, pongamos por caso-, ya no es él mismo, no es natural. Es la misma diferencia que hay entre una foto de una persona que sabe que está siendo fotografiada y una de la misma persona retratada sin ella saberlo. Siempre que hay alguien mirando, leyendo, observando, uno, instintivamente y sin poderlo evitar, comienza a representar. Se representa a sí mismo; representa la idea que él cree que los demás deben (o deberían) tener de uno.

Casi nunca resulta bien y, a pesar de eso, nunca se puede evitar ese comportamiento.

Volviendo al punto de partida, el ser consciente de que mis comentarios pueden ser leídos me ha hecho recapacitar sobre otra cuestión: las valoraciones en las que no he sido tan entusiasta como en el caso del que hablaba al principio de la entrada. No hay muchas, pero alguna ha habido. Estoy pensando en esos artículos o, mejor dicho, estoy pensando en los autores aludidos que hayan podido leerlos. Hipotéticamente, pero esa presencia hipotética ya basta para haber despertado mi muy judeocristiano sentido de culpa.

Hablar de culpa es cargar mucho las tintas. Pero algo de eso hay. No estoy pensando en el autor cuyo nombre está impreso en la portada del libro que he leído. No en el autor fotografiado ad hoc por un fotógrafo profesional, encarnando la imagen que él cree que debe proyectar (o sea, no siendo él mismo). Ni siquiera en el autor escritor del libro. Sino en el autor persona. En el autor hijo de alguien, si quieren ponerse en un extremo. En el autor despojado de su creación. ¿Qué debe de sentir al leer una mala crítica de su obra? Hay muchas formas de sentirse mal, y hay otras muchas de recibir una opinión negativa o peyorativa sobre algo que uno ha hecho. Los hay que reaccionan con indiferencia, con humor, con sarcasmo, con bonhomía. Los hay que utilizan la crítica como lección de la que aprender a corregir lo menos logrado de su forma de hacer las cosas. Luego hay muchos que se sienten dolidos, ofendidos, insultados o heridos en su amor propio. Hay infinidad de reacciones e infinidad de matices a esas reacciones. Pero no creo que haya nadie a quien le guste ser objeto de una opinión menos que halagüeña.

Para quien opina, autor y obra son dos cosas netamente diferenciadas, o deberían serlo. Cuando leemos un libro, casi nunca conocemos al autor, ni lo conoceremos nunca; a lo sumo, adquiriremos de él un conocimiento muy relativo, parcial, modelado por los medios de comunicación y otros factores. Pero para el autor, lógicamente e impepinablemente, su obra es él mismo y, aunque la razón le diga que la opinión se refiere solamente a su obra y no a él, pienso que su parte emocional se duele como si lo hubieran atacado a él personalmente (y, para el caso, hagamos como si una opinión negativa o crítica fuera lo mismo que un ataque).

Pienso eso y me resulta imposible censurar nada ni a nadie. En realidad, ¿de qué sirve hacerle daño a alguien, aunque sea sin querer y aunque en la profesión vaya implícita la aceptación de las reglas del juego? Y además, ¿qué pasa si esa persona no es capaz de hacerlo mejor, si lo ha hecho lo mejor de lo que es capaz de hacerlo? ¿Puede alguien honestamente criticar el producto de su esfuerzo? Puede gustarle más o menos, pero ¿no es mejor que, si no le ha gustado, se guarde su opinión para sí? ¿De qué sirve, en realidad, decirlo y que el otro lo sepa? Se supone que cada uno hace las cosas según su capacidad. ¿Para qué hacer sentir a alguien que no es lo bastante bueno siendo tal como es y haciendo como él entiende que debe hacer las cosas?

Es mucho mejor dar amor. Puede sonar cursi, y de hecho seguramente lo es, pero también es verdad. Dar amor no es sólo abrazar a alguien, es también guardar silencio cuando no hay nada bonito o amable que decir, es respetar las opciones y las aptitudes del otro, es dar por sentado que un desconocido del que se ignora absolutamente todo, o casi todo, también sufre y que hay muchas maneras de atizar ese sufrimiento vital que, en mayor o menor medida, todo ser humano padece y arrostra. No es tan nimio como puede parecer.

La falta de amor, además, tiene un karma instantáneo: en el momento mismo en que se expresa, se vuelve y lo muerde a uno en el trasero. Dudo mucho que la gente que despotrica desde el anonimato internetero contra todo y contra todos se sienta mejor por hacerlo; creo que se siente peor. Las veces en que yo he actuado así en mi vida, cada vez me he sentido peor de lo que lo estaba antes. Lo que nos hace daño no es lo que introducimos en nuestro cuerpo, sino lo que echamos de él.

El mundo está ahíto de desamor. El desamor, como la entropía, va en aumento. Irá en aumento hagamos lo que hagamos; es inherente a la raza humana. Pero basta con contribuir a su aumento lo menos posible. El desamor es el caos, el amor es el cosmos, el orden, la paz. No hay desorden ni alteración en medio de la paz; es otra forma de denominar al estado en el cual todo está donde y como debe estar. Eso es el amor: paz y orden; puede decirse incluso que es limpieza. El polvo y la mugre tienden a expandirse, pero, puestos a elegir, ¿qué es mejor? ¿Ayudar a que su avance sea lo más lento posible, o encogerse de hombros y sumarse al festín de la suciedad porque, total, para lo que yo puedo hacer…?

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Prohibido el paso

Pueblo maldito de gente marcada, de caras cerradas,

Pueblo maldito de espacios interminables, de cielos abiertos como un campo de batalla.

Pueblo maldito donde discurre la noche como río donde pescar sueños.

Pueblo maldito de pequeñas zorras que celebran aquelarres a la luz del sol, donde traman a qué niña crucificar esta vez

Pueblo maldito de muchachos embrutecidos, hedonistas ágrafos,

de hermosa basura, modélica basura que crece en árboles y fructifica por campos, aceras y jardines.

Pueblo maldito de perfume a tila, de senderos mágicos, de noches de verano donde soñar o evocar

todo lo que se pudo haber tenido,

todo lo que ellos no te dejaron ser.

Pueblo amurallado para mantener prisioneros a los de dentro y cerrar el paso a los de fuera:

nosotros no nos hacemos responsables.

Pueblo de casas centenarias donde lumbres precarias velan descansos entrecortados,

temores enmascarados,

leyendas verídicas.

Pueblo de cortas vecindades y saludos demasiado efusivos,

cafés perezosos a media tarde, amistades de patio de colegio,

con el vecinito cuyo abuelo traicionó al tuyo, y que hoy se venga de su oprobio martirzando a otro inocente.

Pueblo maldito de enfermedades colectivas, de banquetes donde la envidia se repartió generosamente

y cierra el círculo de pequeños clanes con miembros unidos hasta la muerte, mal que les pese,

donde quien entra no sale, y quien sale,

¡ay! quien sale o es expulsado

vaga cuatrocientos años por el desierto.

Pero no pasa nada; son cosas de críos; eso se olvida; algo habrá hecho; yo no me meto.

Pueblo maldito, eremítico infierno por siempre jamás, espacio donde no pasa el tiempo, la soledad forzosa como castigo.

(algo habrá hecho, ella empezó, no es mi problema).

Pueblo maldito en cuyas noches fui sirena, en cuyos días me perdí

vagando por mi propio castillo, creando mi propia corte, contándome cuentos a mí misma.

En cuyas calles también yo aprendí, en cuya belleza me sumí como en un océano balsámico.

Pese a todo, mi cuna; pese a todo, mi tumba elegida.

En ningún otro lugar puedo descansar como en tu lecho.

A ningún otro lugar puedo llamar mi hogar.

¿Cómo olvidar el lugar donde encontré la paz?

¿Cómo olvidar mi primer amor?

¿Cómo silenciar el hecho de que, con tus murallas, me enseñaste a ser

arquitecta de mi destino

ingeniera de mis caminos

capitana de mi vida?

Rey de mi castillo, también soy,

y vosotros sólo estáis lejos.

“La justicia es cosa mía”, dice el Señor;

pero a mí me ha dejado el honor de la lucha.

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Primus inter pares

Lo que veo en ti está ahora en mí.

Por transferencia, por vía infusa, por el poder que se te ha dado.

En ti veo el amor, del que me llenaste a mí.

En ti veo la compasión latente, que florecerá desde su perfecta raíz.

En ti veo el deleite, el saber secreto de los iniciados.

Veo la mirada amplia que acompaña a la risa franca.

Tantas cosas que trajiste para dar, todas para dar.

Y el viejo cántaro, rebosante del vino joven, no se ha roto; es un milagro.

Príncipe de la alegría, que trajiste también, sin embargo, dolor;

pero un dolor sin aristas, un dolor que duele pero no da pena.

Es un dolor que trasciende, el dolor inherente

al hecho de ser humanos.

Porque veo tu mirada también detrás de cada mirada sufriente.

Tras cada mano tendida que suplica, veo la tuya.

Y es que el amor que irradias ha mermado mi coraza, la piel es ahora más fina.

Todo la traspasa.

En carne viva, lo que sea, no me importa; me postro y te adoro.

Hay muchos como tú, pero ninguno es exacto a ti.

Sí: sólo en ti hallo complacencia.

¿Y cómo vivir con tanto dolor?

¿Y cómo vivir con tanto amor?

Pues ninguna otra es verdadera vida.

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Talentos ocultos (y V)

Carla y Scott no eran los únicos que recibían el nuevo día como si fuera una fiesta.

En el otro extremo de la ciudad, dos muchachas brindaban con champaña.

–¡Por nosotras!

–¡Por nosotras… y por papá!

Eran pelirrojas, aunque una iba teñida de rubio. Sus cejas, sin embargo, delataban su color natural. Esto habría debido bastar para que hasta un observador poco agudo como Charles Huntington–Whaley pensara aquello de “algo huele a quemado en el norte de Dinamarca”. O en su despacho y en su casa, respectivamente.

Pero él estaba tan obnubilado por la melena rojo pasión de su secretaria, Jackie, y había relacionado tanto ese color con sus más bajos instintos –pues en sus fantasías todo era de ese color, desde la ropa interior de los protagonistas hasta, por supuesto, el pelo de la secretaria salvaje que lo azotaba con su bloc de notas mientras gritaba aquello tan excitante de “El presidente le llama por la línea dos… la línea dos… la línea dos…”– que nunca se le ocurrió relacionarla con las cejas tímidamente rosadas de su humilde criada, Dolly. Tampoco encontró parecido alguno en cierta forma de entornar los ojos, en cierto modo de llevarse la mano a los labios cuando algo las sorprendía o cuando querían acallar algún secreto que pugnaba por salírseles de la boca. Fijarse en eso habría sido pedir demasiado a Huntington–Whaley.

Pero sólo el color del pelo habría debido ser suficiente.

Y había otro dato que debía haberlo puesto sobre la pista, pues el pelo de color rojo no sólo le había procurado placer en esta vida, sino también quebraderos de cabeza. Claro que, para tener esto presente, Huntington–Whaley tendría que haberse remontado al pasado. Y, así como su imaginación, también su memoria era pobre. Por supuesto, no toda la culpa era de su materia cerebral; también había factores psicológicos, como acertadamente habría señalado su entrañable amigo Christopher Travis –que esa mañana iba a llevarse una grata sorpresa; tan grata, que no se le ocurriría otra cosa que cerrar la consulta y telefonear a su querida amiga Rebecca Huntington–Whaley para preguntarle delicadamente cómo se encontraba y ofrecerle asesoramiento profesional, totalmente gratis, por supuesto…–: y es que los ofensores tienden a olvidar la ofensa y al ofendido, mientras que es éste el que carga con la losa del recuerdo del momento aciago, en una operación de escasa lógica y menor justicia, pues, en un mundo ideal, sería el culpable el que no pudiera olvidar jamás el pecado, siendo así que éste le atormentaría para siempre. En cambio, en el caso que nos ocupa, y siguiendo la lógica de lo ilógico –pero tristemente real–, había sido el señor Johnson, padre de dos hijas, Jacqueline y Dorothy, el que se había llevado a la tumba el disgusto y la humillación de haber sido pisoteado por un mocoso con aires de grandeza.

Había sucedido veinte años atrás. Por aquel entonces, Charles Huntington–Whaley era simplemente Chuck Whaley (ni siquiera Charles Huntington, pues eso llegaría después-, secretario del concejal de Obras Públicas de Rathole, Alabama (365 hab.), y aspirante a Algo Grande Que La Vida Me Tiene Reservado. Ese algo grande se situaba sin duda a gran distancia del ayuntamiento de Rathole, pero el siguiente peldaño hacia él estaba a unos metros del pequeño despacho que entonces compartía con otros nueve secretarios. Esos metros eran los que separaban aquel despachito de la alcaldía, a la sazón detentada por Patrick Johnson, un guardaagujas de toda la vida, de los que habían aprendido el oficio por vía familiar, y que se había presentado a alcalde porque quería hacer algo por su pequeña y entrañable comunidad. Naturalmente, ninguno de los cargos públicos de Rathole lo era a tiempo completo; era una cuestión de vocación, una palabra que no figuraba en el diccionario de Chuck Whaley.

Lo que hizo fue muy simple: como sabía que sus conciudadanos jamás votarían a otro candidato que no fuera el viejo y conocido guardaagujas, Chuck Whaley, estudiante de Derecho y Ciencias Políticas, revisó hasta el último albarán que había en el ayuntamiento para encontrar las piedrecillas con las que el alcalde había tropezado. Hasta que encontró una lo bastante significativa: Johnson no había cumplido con los requisitos reglamentarios para aprobar los presupuestos del año en curso.

De esta forma, Whaley presentó una querella contenciosa-administrativa contra Johnson. Con el reglamento en la mano, nadie podía defender a Johnson; éste sólo contaba con el respaldo de todos sus conciudadanos, además de con el sentido común, que le daba la razón; pero eso no fue suficiente, y Johnson fue obligado a renunciar a su cargo. Hubo un asomo de rebelión en el pueblo, pero se apagó espontáneamente. Cuando todo hubo vuelto a la normalidad, Whaley fue investido alcalde.

El guardaagujas se encontró con que sus antiguos compañeros en la labor pública habían tardado muy poco en olvidar aquella afrenta. No sólo eso: habían acabado por dejarse imbuir de la idea de que el honrado Johnson había hecho algo mal.

Había muchas cosas que el honrado guardaagujas y exalcalde podía soportar, pero entre ellas no figuraba la humillación y el oprobio, como sucede con todo hombre bueno que ve embarrado su nombre. Fue más que él. Se hundió. Empezó a ser descuidado en su trabajo de guardaagujas. Fue despedido. Ahora debía acudir diariamente al Ayuntamiento, pero, en lugar de ir al despacho de la alcaldía, debía pasar por la ventanilla para recoger su subsidio de jubilación anticipada. Algunas veces, se cruzaba con antiguos compañeros, que apenas si le saludaban; otras veces incluso veía a Charles Whaley –ahora se hacía llamar Charles– dirigiéndose al que ahora era su despacho.

El viejo Patrick Johnson no se suicidó, pero se fue apagando lentamente, sin hacer mucho ruido. Nadie se sorprendió verdaderamente cuando lo encontraron muerto una mañana. Ah, pero ¿no era ya muy viejo? Y no, su cuerpo no lo era aún.

Jackie y Dolly se quedaron huérfanas de padre a los siete y cinco años, respectivamente. Todo el mundo creyó que eran demasiado pequeñas para darse cuenta, pero ellas sabían que los niños nunca son demasiado pequeños para darse cuenta de las cosas importantes de la vida.

Y ahora, veinte años después de aquello, ambas brindaban con champaña, porque se acababa de cerrar un círculo que había empezado a trazarse tanto tiempo atrás.

Todavía tenían un as en la manga: las fotos de Charles Huntington–Whaley con una joven pelirroja, en actitud comprometedora y nada favorecedora para su campaña de imagen. Ellas creían que no haría falta utilizarlas, pues su enemigo estaba ya acabado.

Sólo había hecho falta escoger la llave adecuada y hacerla girar dentro de la cerradura adecuada.

* * *

Jordan F. Jordan, a bordo del coche patrulla 134, estaba a punto de tomarse su tercer desayuno de la mañana, a pesar de que todavía eran las siete. Sus horarios biológicos estaban completamente trastornados, aunque él ya lo consideraba normal. Su compañera, Laura, había salido hasta la cafetería de al lado para agenciarse un par de cafés y bollitos con los que seguir alegrando aquella mañana de vigilancia. Jordan no podía evitar pensar que no lo estaban haciendo demasiado bien, si es que habían transcurrido ya casi tres horas desde que se dio la orden y todavía no habían encontrado nada. Esto, en cierto modo, era tan inquietante o más que la profusión de hallazgos, de la misma manera que no encontrar un cadáver cuando se tienen motivos para pensar que debe de aparecer uno es la posibilidad más turbadora de todas.

El jefe había sido claro y tajante, como siempre:

–Chicos, quiero que agucéis todos los sentidos que tengáis. Puede que nos estemos enfrentando al asesino de las escamas plateadas. Su descripción es: metro ochenta, 68 kilos, pelo rubio hasta los hombros, ojos verdes, separación entre los incisivos. No lleva pendientes, tatuajes ni ningún signo distintivo. No pertenece a ninguna tribu urbana. Lo más probable es que vista bien, puede que incluso lleve ropa de marca.

Lo único que le había faltado añadir, pero que sin embargo prefería callarse por el momento, era que aquella descripción correspondía a la de Scott Marsalis, hijo menor del juez David P. Marsalis. Pero, después de enterarse de que él también había desaparecido, y conociendo un poco la personalidad apocada de Carla Huntington–Whaley, Kaminski sólo podía señalar a Scott Marsalis como instigador de aquella rocambolesca fuga en medio de la noche.

Todo concordaba: los crímenes, crueles pero refinados, sin demasiada sangre ni mutilaciones o marcas en los cadáveres, que aparecían limpios y en posiciones dignas, normalmente sedentes, delataban un espíritu elegante o convencido de serlo. A aquel tipo no le gustaban los alardes de truculencia. Mataba queriendo dar a entender que lo hacía por una buena causa, y que en el fondo odiaba lo que hacía; lo hacía como una especie de misión. Chalados como aquél había visto Kaminski unos cuantos. Pero, con sangre o sin ella, todos eran repugnantes. La mierda más maloliente de todas. Y aquel espíritu supuestamente fino y elevado correspondía perfectamente al extraño y huidizo hijo del juez Marsalis. ¿Cómo no lo había pensado antes?

Naturalmente, porque estaba cargado de prejuicios. Kaminski tuvo que admitir esto, y hacerlo le supuso una derrota personal.

Pero pudiera ser que todavía no fuera demasiado tarde para Carla.

La pobre.

Estaba pensando en ella y bebiéndose el noveno café –en eso, Kaminski les ganaba por la mano a todos sus subordinados– cuando le informaron de la llamada:

–Jefe, ha llamado el coche 134 pidiendo refuerzos. Parece ser que los han visto camino de la playa. Al sospechoso con una joven. Es muy probable que se trate de la desaparecida.

Kaminski se levantó de su sillón de un salto.

–¡A todas las unidades! ¡A todas las unidades! ¡Diríjanse a la playa!

* * *

Kaminski pretendía liquidar aquel asunto con la máxima discreción. Sin embargo, se trataba de una batalla perdida. Porque no era él el único que, en aquellos momentos, sabía de la operación policial.

En el edificio de la cadena “News Galaxy” existía un pequeño cuarto cuya puerta lucía el cartel de “Prohibido el paso”. Todo el mundo estaba convencido de que era una especie de cuarto oscuro para el revelado de carretes. Tonterías. Se trataba de una salita equipada con los más modernos aparatos de captación de radiofrecuencias. Constantemente, las antenas parabólicas “inteligentes” clavadas en la azotea del rascacielos rastreaban el espectro radioeléctrico y descodificaban todas las señales, enviándolas luego al aparato receptor–lector de aquella salita.

Rosalind Mendoza estaba sentada allí. Era una de los cuatro periodistas de la casa, además del director–jefe del medio, que conocía el verdadero propósito de la sala. Y le sacaba el máximo provecho, ¡vaya si se lo sacaba!

En aquellos momentos, con los auriculares puestos, escuchaba con avidez las instrucciones y las explicaciones que los policías se daban entre sí. Daba igual que utilizaran códigos: Rosalind se sabía los significados de memoria.

–¡Diríjanse a la playa! –oyó. Entonces, se quitó los auriculares y salió disparada de la salita, frotándose mentalmente las manos.

Había conseguido muchas y muy sensacionalistas primicias en toda su carrera, pero ninguna de ellas podría compararse a la que estaba en ciernes.

–¡Rod, coge el equipo!

–¿Adónde vamos? –preguntó el técnico, mentalizado de que podía recibir nuevas órdenes de Rosalind a cualquier hora.

–A la playa. Afila bien tu cámara. Esta vez no puedes fallar.

–¿Alguna vez te he fallado, jefa?

No, Rod era el mejor en su oficio, y eso había que reconocérselo. Más le valía demostrar todo su talento esta vez.

El resultado de todo este cruce de instrucciones, órdenes y explicaciones fue que, a eso de las siete de la mañana, tres grupos de personas diferentes se dirigían a la playa: los policías, por un lado; Rosalind y Rod, del canal de noticias, por otro; y, finalmente, Carla y Scott, protagonistas y causantes del enredo a la par que completamente ajenos a la que se estaba montando a su alrededor. 

De todos modos, y a pesar de que la ilusión embriagaba a Carla y a Scott, no les nublaba la vista ni los sentidos, por suerte para ellos. Fue por eso por lo que se dieron cuenta de que algo raro pasaba. Y es que las calles de la ciudad registraban demasiada actividad policial para las horas que eran y lo tranquilo que parecía presentarse el día. No era extraño oír sirenas de vez en cuando, pero sí lo era oírlas constantemente mientras uno va caminando por la calle. Más que constantemente, de forma ininterrumpida. Y además, en volumen gradualmente ascendente. Esto ya dejaba de ser azar y pasaba a constituir un motivo de preocupación, porque podía querer decir dos cosas: que un criminal iba en la misma dirección que uno, o que el criminal era uno mismo. Y ninguna de las opciones tenía nada de halagüeño.

–Qué extraño todo ese alboroto de sirenas, ¿no?

–Estarán siguiendo a alguien. No te preocupes. Para eso están, ¿no?

–Pero es raro que las oigamos todo el rato. ¡Mira, allí están! Vienen en esta dirección.

–Irán a la playa.

–Sí, es posible. No obstante…

–¿Qué?

–Si algo bueno he sacado de mis viviencias familiares es que lo mejor que puedes hacer es ponerte en lo peor.

–¡Scott…!

–¿Te acuerdas de lo que te dije aquella noche, en la fiesta?

–Sí. Me dijiste que fuera hacia donde quería ir, aprisa, sin distraerme… pero sin llamar la atención.

–Pues tienes que hacer lo mismo ahora. No corras, sobre todo no corras. Eso es muy importante. Éstos son igual que los perros: huelen tu miedo. Si te ven correr, correrán tras de ti, aunque no tengan ni idea de por qué lo hacen. Así que no te pongas nerviosa.

Pero Carla ya lo estaba. Aceleró el paso para igualarlo con el de Scott, pero le resultaba muy difícil seguirle el ritmo, porque él tenía las piernas más largas. De ese modo, sin darse cuenta, acabó corriendo.

Para entonces, ya estaban a un palmo de la playa. Podían verla desde donde estaban. Les separaban apenas unos metros.

Carla lo achacó al esfuerzo. El caso es que las piernas comenzaron a estallarle otra vez. Era como tener alojado un tendido eléctrico en cada una de ellas. Cada vez que daba un paso, la recorrían cientos de miles de chispazos de dolor. Tuvo que apoyarse en el brazo de Scott. Ya no podía reprimir las lágrimas.

–¡No puedo más…!

El acoso de los policías se había hecho evidente ya. Uno de ellos vociferaba:

–¡Deténgase, es una orden! ¡Deténgase y suelte a la chica!

–¡Dios mío, Scott, tenías razón! ¡Vienen a por nosotros… bueno… a por ti!

–¡Imbéciles! Creen que te he secuestrado o algo así… Esto tiene que ser cosa de mi padre… ¡pues no conseguirá lo que se propone! Carla, sé que te duelen mucho las piernas, pero tienes que conseguir llegar hasta la playa. Es lo más importante que hayas hecho en tu vida, ¡créeme! Venga, vamos, apóyate en mí. Yo te ayudaré.

Sujetó a Carla por el brazo izquierdo. Luego, girándose a los coches patrulla que los perseguían, les mostró el dedo corazón de la mano que tenía libre.

Al cabo de medio minuto, los dos peatones llegaron a la arena. Una docena de coches de policía y una camioneta negra con el logotipo de “News Galaxy” pintado en ambos laterales confluyeron en el aparcamiento del malecón. Los coches patrulla formaron una barrera en la que la camioneta de la televisión encontró su primer obstáculo de la mañana. La periodista y el cámara salieron y se pusieron a emitir en directo.

–Estamos asistiendo a una operación policial de máxima importancia. Lo que están presenciando es, ni más ni menos, que la caza y captura del asesino en serie conocido como “asesino de las escamas plateadas”, apodado así por dejar una estela de piel de pescado sobre los cadáveres de cada una de sus víctimas. Todas las pistas apuntan a que la identidad del asesino sea la de alguien muy conocido, no sólo para los habitantes de esta ciudad, sino para muchos norteamericanos de este estado. Se da la circunstancia de que el sospechoso tiene retenida a una de sus víctimas en potencia, la hija menor del conocido congresista Charles Hun…

–¡Apague eso! ¡No puede grabar! –bramó un agente de policía, al tiempo que empujaba a Rosalind y se abalanzaba hacia el cámara, tapando el objetivo con una mano enguantada en negro.

–¡Eh, oiga! ¡Esto es libertad de prensa!

–¡Está interfiriendo en una operación policial, señora! No sé si se da cuenta de que esto puede ocasionarle consecuencias gravísimas.

Rosalind, la periodista más aguerrida de cuantas se hubieran visto en aquella ciudad, sin bajar el micrófono ni la guardia por un segundo, intentó tenazmente hacer valer su libertad de información sobre las razones “de fuerza mayor” que el agente no atinaba a expresar como cabría esperar de un representante de la Ley. Al final, sin embargo, éste hizo buenos sus argumentos recurriendo a la oratoria del férreo brazo de la Ley, que se mostró ciertamente férrea en lo tocante a desmontar por la vía rápida aparatos de imagen y sonido.

–¡Le voy a denunciar, amigo! –advirtió Rosalind cuando vio la cámara tirada en el suelo. Rod se agachó, mesándose los cabellos como un padre que ha dejado caer a su bebé. Comprobó las constantes vitales de la cámara, y suspiró aliviado:

–Todavía está viva. Ésta nos la pagan, Ros, te lo juro.

–Tranquilo. Tenla encendida y enfoca cuando yo te diga, ¿de acuerdo?

–Siempre a tus órdenes, jefa.

Mientras este diálogo en susurros tenía lugar, otra escena de no menor tensión se estaba desarrollando en la arena. Carla y Scott finalmente habían conseguido alcanzarla, tal como los policías querían. Desde allí, no tenían ninguna escapatoria. El ratoncito, en su afán por huir, se había metido él solito en el cepo. Sólo era cuestión de tiempo el que el gato lo cazara.

Carla tenía la cara mojada de sudor, mocos y lágrimas. Sentía que las piernas iban a desintegrársele de un momento a otro. Ahora, el dolor lamía su carne y sus músculos con lenguas de fuego y de acero. Derrotada, se dejó caer sobre la arena. Scott, jadeante, se agachó a su lado y la abrazó. El teniente que estaba al mando de la operación volvió a lanzar su admonición:

–¡Atención! ¡Aléjese de la chica, Marsalis! ¡No intente nada, le tenemos acorralado!

–¡Aún no! ¡Aún no, maldita sea! –masculló Scott.

–No sé por qué te persiguen, Scott, pero no te dejaré solo. Mi padre… mi padre pagará al mejor abogado. No te pasará nada. Yo les explicaré lo que pasó. Nos dejarán tranquilos. Y después de esto, mi padre ya no se meterá más conmigo, porque ya le habré perjudicado todo lo que podía perjudicarle. Nos dejarán en paz. Podremos irnos… a Europa… a Australia… ¡dime adónde quieres ir, y yo iré contigo!

–No hagas más planes disparatados. No nos tienen ni nos tendrán jamás, Carla. Todavía somos libres. Hemos nacido para ser libres. Tú todavía sólo lo intuyes; yo lo sé.

Estaban muy cerca el uno del otro, sentados en la arena cálida mientras el sol se derramaba sobre ellos con todas sus bondades. Carla sólo tenía ganas de llorar contra la injusticia del mundo; pero Scott esbozó una sonrisa. Primero, sólo era un borrón en su cara; luego se ensanchó, y se convirtió en la sonrisa más deslumbrante de todas cuantas ella le había visto. Tenía todo el brillo del cosmos metido en los ojos. Entonces, Carla supo que podía abandonarse a él, porque él estaba en lo cierto y ella se había equivocado.

9. Talentos ocultos

–¿Qué vamos a hacer ahora, Scott?

–Tienes que seguirme un poco más, Carla. Sólo unos metros.

–¿Quieres decir… quieres decir… hasta…?

–Sí. Hasta el agua.

Miraron hacia el horizonte. El mar estaba en calma, como siempre. Por algo lo llamaban el océano pacífico. Con su nombre y su calma, era el mensajero portador de buenas nuevas, de buenos augurios. ¿Cómo tener miedo de un ser tan lleno de bondad?

Carla le tendió ambas manos a Scott y se pusieron de pie. Ahora ya no hacía falta apresurarse: tenían todo el tiempo del mundo. Carla sonrió: por primera vez se sentía segura de sí misma, por primera vez no necesitaba del aplauso o la aprobación de los demás para saber cuál era su lugar, quién era ella. Para afirmarse a sí misma.

–¡Es la última advertencia…! –voceó el teniente, lejos, a sus espaldas.

Entre sí, los policías empezaron a murmurar al comprender lo que estaba pasando.

–¡Están locos! ¡Los dos!

–Jefe, ¿hay alguna posibilidad de que nos estemos confundiendo de tipo?

El teniente, tan confuso como sus hombres, pero sin opción a demostrarlo, se comunicó inmediatamente con Kaminski:

–Señor, están pasando cosas muy raras aquí. Estos dos parecen estar de acuerdo. No creo que el tipo la haya hipnotizado. Parece que ella está siguiéndole por propia voluntad.

Kaminski miraba fijamente el suelo de su despacho. Quería ver una sima abrirse allí mismo, a sus pies.

Por la otra línea, le habían confirmado que un patrullero había abatido a tiros al “asesino de las escamas” cuando estaba a punto de matar a una universitaria.

–Retírense de inmediato. La operación ha terminado.

–Entendido, señor.

El teniente dio la orden de retirada. Aquellas cosas pasaban. Errare humanum est, como decían los romanos, y si un ser humano está dispuesto a impartir justicia, o al menos a intentarlo, debe enfrentarse al hecho de que puede equivocarse. Pero esto no tenía tanta importancia como el mantenerse fiel a unos principios y rectificar con el corazón lleno de humildad.

Además, al fin y al cabo, habían cumplido su misión.

Aquella noche, Kaminski rezó tres padrenuestros y tres avemarías, tal como le había enseñado su abuela polaca. Los caminos del Señor son inescrutables, fue lo último que pensó antes de quedarse dormido.

Pero, antes de que esto sucediera en casa del comisario Kaminski, algo más insólito y más extraordinario –sí, más extraordinario que el que un hombre reconozca su error, pida perdón por él y rece antes de acostarse– tuvo lugar en la playa. Sí, allí donde dejamos a Carla y a Scott.

–Se marchan –le dijo Carla a Scott.

–Se marchan. Coge los trastos y larguémonos –le dijo una cansada Rosalind Mendoza a su operador de imagen y sonido. Pensaba que todavía no eran más que las siete y media de la mañana, y que le quedaba toda una jornada de trabajo por delante. En días como aquel, deseaba ser un ama de casa. Pero luego, siempre se congratulaba de estar donde estaba: ser una estrella del periodismo y cobrar en proporción no es algo que se deba despreciar.

Además, aquel trabajo también tenía sus compensaciones. Porque ser periodista supone tener el privilegio de ver las cosas siempre antes que los demás; de disponer del tiempo y la libertad de prejuicios y opiniones ya formadas suficiente para explorar tranquilamente la realidad en sus diversas facetas. Rosalind conocía diariamente historias reales de gente que vivía, sufría, disfrutaba y hacía cosas. De gente que vivía la vida, en suma. Asistir a ese espectáculo divino era un manjar delicado y rarísimo que a pocos les era dado saborear y que menos aún sabían apreciar en su justo valor. Rosalind era de los elegidos. Y además, la pagaban por hacerlo. Sólo recordar esto servía para llenarla de energía en los días bajos.

Pero es que había más. Porque, en ocasiones, a un periodista, al primer testigo de los hechos desnudos, le es otorgada la gracia de ser testigo de cosas que jamás olvidará. Cosas que se le quedarán grabadas en la memoria del alma y moldearán su actitud ante el mundo cuando se cree que ésta ya no puede cambiar, igual que el agua blanda moldea la dura piedra.

Rosalind estaba a punto de vivir uno de esos momentos de gloria íntima. Lo estaba cuando Rod, su compañero, le palmeó el brazo y balbució:

–Ro… Ros… mira eso… míralo…

Rosalind Mendoza se dio la vuelta y fijó sus cansados ojos en el mar tranquilo. En la playa ya no había ni rastro de los dos jovencitos fugados. En realidad, no había ni rastro de nadie. Tan sólo la arena y el agua, eternos y eternamente vivos. El horizonte seguía siendo una línea que Dios había trazado con regla. Excepto por un detalle.

A lo lejos, dos enormes colas de pez, muy juntas, azules y resplandecientes bajo el sol, se alzaron por un instante y trazaron sendos arcos de gotas inmaculadas. Luego, se sumergieron en el océano para siempre.

FIN

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