Alivio

La emoción más placentera es el alivio. Para conseguirlo se hace cualquier cosa. De hecho, hacemos cualquier cosa. No siempre nos damos cuenta y, desde luego, rara vez reparamos en la motivación profunda que subyace a muchos de nuestros actos: la necesidad de aliviar la presión.

¿Presión de qué? ¿Por qué?

La presión de estar vivos y conscientes y no tener ningún instrumento a mano para contrarrestar las cargas que nos solemos imponer a nosotros mismos sin ninguna necesidad. Eso genera considerable estrés. Y algunas veces, se añaden cargas extras, como por ejemplo, alguna enfermedad, problemas graves que perturban una vida normal y rutinaria, crisis externas que nos afectan, etc. Desde una perspectiva religiosa, diríamos que se sufre por estar lejos de Dios; dicho de otra forma, porque carecemos de paz interior o no sabemos cómo hallarla.

Este mundo es un mundo de adultos gravemente estresados. Un mundo lleno de gente buscando alivio.

El alivio se consigue de diferentes formas. Una de ellas es drogarnos hasta perder el contacto con la realidad, hasta olvidarnos de nosotros mismos. Hay diferentes tipos de drogas que producen diferentes efectos. Mucha gente se conforma con hacerse dormir durante muchas horas seguidas; de ese modo, al menos por ese rato, escapan al mundo, vuelan lejos de él, aunque luego tengan que volver y el aterrizaje sea, por regla general, muy desagradable. Otra es engancharnos a acciones o actividades que nos produzcan ese momentáneo relajo.

Por eso hay tanta gente adicta a tantas cosas: drogas, deporte (que también genera su propia sustancia en el organismo, endorfinas, dopamina o no sé qué), compras, juego, riesgo (adrenalina), sexo, poder, violencia, desparrame, hedonismo… La gente está dispuesta a seguir haciendo cualquier cosa que le haya producido un alivio inesperado y extasiante. Están tan agradecidos, que son capaces de vender su alma a esa esclavitud.

Hay otro tipo de alivio, el psicológico, cuando nos liberamos de algo que nos oprime, cuando logramos deshacer un nudo en el estómago, expurgando alguna culpa, desembuchando algún secreto que nos hacía daño. Decimos entonces que nos hemos quitado un peso de encima. No en vano el alivio literal de librarnos de algo muy pesado es una sensación de lo más placentero.

(De hecho, ésa es la etimología del verbo aliviar: alleviare, es decir, hacer más leve, más liviano; aligerar.)

En la raíz de todo eso está la búsqueda de la comodidad. La mayor comodidad posible, el mayor tiempo posible. Curiosamente, en inglés, a muchos servicios y mercancías de uso común, generalmente bienes de consumo, se les llama commodity. Creyendo, equivocadamente, que a mayor comodidad, mayor bienestar, cuando eso no es cierto; pensemos en la sensación de hastío que nos invade tras pasar varias horas seguidas sin hacer nada, aparentemente disfrutando de nuestro ocio, no preocupándonos de nada absolutamente y sin sufrir ni una sola mínima adversidad. Es pesado. La comodidad extrema se torna incomodidad insoportable. Está en contra de nuestra naturaleza.

En Internet, esa gusanera, ese cofre del tesoro, di a parar una vez a un sitio web de confesiones anónimas. Se trataba de que la gente que quisiera dejara allí, sin dejar constancia de su nombre ni de ninguna forma de identificación, una frase o un párrafo breve con algún secreto, algo que nadie de su vida real sabía. Alguien había escrito: Soy feliz. Mi vida se está cayendo en pedazos, pero soy feliz. Nunca he podido olvidar esa frase. ¿Se puede ser feliz cuando tu vida se está cayendo a pedazos? Por si fuera poco lo que la intuición o incluso la experiencia nos dicta, tenemos la lógica para corroborarlo, pues sabemos que el caso justamente opuesto no sólo es posible, sino que abunda: tenerlo todo, una vida de rechupete, y no ser feliz. No haberlo sido ni ir a serlo nunca. Esto nos indica, como el dedo que señala la Luna, esto otro: que la felicidad (o mejor dicho, la alegría) es totalmente independiente de las condiciones de vida objetivas; al menos, de las condiciones de vida más allá de que éstas sean dignas, pues, si no, ni se tiene condiciones de vida, ni vida a secas. Pero, en nuestro primer mundo, todos tenemos esa dignidad asegurada; otra cosa es dónde hayamos colocado el listón, ya que lo ponemos cada vez más alto. Y, para lección nuestra -aunque siempre nos queda pendiente-, eso no nos satisface más, sino que nos hace más vacíos y necesitados. Más pobres, en definitiva.

La persona que es feliz no necesita del alivio más que a ratos. Uno necesita más alivio cuanto más desgraciado es. Se convierte en una olla a presión que necesita urgentemente dejar escapar el aire. O va a estallar. (A muchos les pasa). Se hace perentorio procurarse alivio, y vale todo, cualquier cosa, llegar a cualquier extremo, hacer daño a quien sea, sacrificarlo todo, con tal de aliviar la presión.

La cultura e imaginería budista tiene a este señor:

Fantasma hambriento

Guapo, ¿eh?

Lo llaman “el fantasma hambriento”. Debo dar crédito aquí a la novelista canadiense Louise Penny, pues ha sido en una de sus novelas donde he encontrado esa referencia y, de paso, el símil que me interesa.

Se trata del ansia y la codicia llevadas al máximo. El fantasma hambriento, con su barriga a reventar, sigue teniendo hambre. Nunca tiene suficiente. Nunca ha comido lo bastante. Nunca ha atesorado todo lo que cree necesario. ¿No es ésta la era del fantasma hambriento? No hay alivio posible para él, excepto si reconoce su mal. Sólo eso calmará su hambre.

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