Local

–¿Dónde está el centro? –preguntó/se preguntó la primera vez que estuvo allí.

Más que una pregunta, era una exclamación. No había nada que preguntar sobre algo que no existía. Curiosamente, aquello que no existía era lo primero que saltaba a la vista cuando uno llegaba allí. Era una ausencia tangible que todo lo devoraba y que era imposible de dejar de ver, igual que un cráter.

Una de las cosas que he aprendido en las sucesivas veces que he estado allí es que la no existencia de un centro urbano es algo que no podía dejar de ser así y que no es sino el trasunto urbanístico de una realidad propia. Negarlo sería lo mismo que pedirle a alguien que vista como quien no es. La sociedad es primero, su hábitat construido viene después; y, si existe de antes, la sociedad lo adapta a sí misma.

Así funcionan las cosas y, entre ellas, el periodismo. Hablo de él porque es lo que conozco, dado que es mi profesión y la que llevo ejerciendo casi toda mi vida adulta. Averiguar cosas, a veces investigación mediante, y contarlas tal como uno honestamente las ha entendido, ¿cabe imaginar algo más fácil? Y sin embargo, no lo es. Por doquier se abren trampas, cepos que quieren atrapar al pobre periodista. Uno siempre se mueve como en una zanja, pasando de puntillas por entre cristales rotos y flanqueado por zarzas, alambre de espino y montones de arena que caen de un lado y de otro y que amenazan con enterrarlo. Y es que ¿no lo hemos dicho?, el periodista se mueve dentro de un reloj de arena. Casi siempre está a punto de ahogarse. Todo es para ayer.

Pero las trampas de las que hablaba no son las referidas al factor tiempo, que es inocente, porque es eso, sólo tiempo. No. Las trampas son los poderes establecidos. Y los poderes establecidos pueden ser unos u otros según el marco en el que se mueva el periodista. Si es un periodista local, seguramente nunca en su vida deberá habérselas con jefes de estado, gobiernos, ministros, grandes lobbys y partidos políticos principalísimos, ni con CEOs de grandes corporaciones ni con grupos de presión de los que oímos hablar todos los días y que controlan nuestras vidas. Pero sí se las habrá con el pueblo, sus vecinos, la gente que lo rodea. Y a ver quién es el guapo que se muestra inescrupuloso y totalmente recto y entregado a su deber cuando quien le pide cuartelillo es alguien que mañana va a volver a ver en el supermercado, o a quien va a tener que pedirle otro favor. Es el periodismo local, el que yo ejerzo.

Allí, en ese lejano lugar, todo es igual, pero es distinto. Lo he comprobado. Es la ausencia de dicho centro físico y tangible lo que lo marca todo. Todos quieren vivir juntos, pero a prudencial distancia. No suele ser una distancia fácil de recorrer, ni física, ni psicológicamente. Pueden ser encantadores y saludarte y preguntarte qué tal estás sin haberte visto jamás en su vida, pero eso no significa que te hayan tendido un puente; te has dado la vuelta y ellos ya te han olvidado. Es su cultura, ellos son así. Ni mejores, ni peores.

El periodismo local es también así. Hablan de las mismas cosas (“lo que importa e interesa a la gente del pueblo”), pero no de la misma forma. Puede que una manera más precisa de expresarlo sea decir que la sensación que obtiene uno –el rigor me obliga: la sensación que obtengo yo– al leer sus noticias locales no sea la misma que la que tengo al leer y producir las noticias locales de aquí.

El centro, el centro…

Aquí somos centrípetas, allí son centrífugos. No puedo decirlo de forma más clara (para mí).

Leyendo su prensa local, tengo la sensación de puntitos dispersos que quizás forman alguna figura distinguible e identificable desde el espacio, pero no necesariamente, o no es una figura de significado universal. Es algo que sólo quienes lo forman pueden entender.

La diferencia estriba en que ellos no se sienten parte de un todo, y nosotros, sí. Ellos son comunidad, igual que lo somos nosotros, pero son una comunidad de individuos. Nosotros, cuando formamos comunidad, nos sentimos uno. Con disensiones, es cierto. No todas las partes de ese uno son iguales. Tiene dedos de distinta longitud, tiene muchos ojos de distintos colores, tiene hasta varias bocas que hablan cada una a su manera. Pero, a la hora de la verdad, es una sola entidad. Cuando una persona de aquí dice que es de aquí, quiere decir algo diferente (algo más) a cuando dice lo propio alguien de allí. Allí, es casi siempre sólo una indicación objetiva y geográfica o biográfica; aquí, es una declaración de principios. Allí casi nadie dice que se siente de tal o cual sitio; aquí, sí. Ni dice que es “muy de” tal sitio; aquí, sí. Como mucho, se identificarán con rasgos de tal o cual raza, etnia, nacionalidad, barrio, modo de vida, cultura urbana…

Todo eso se refleja en la prensa, que no es sino el reflejo del pueblo que la alimenta y consume. Y, muy especialmente, en la prensa local. Aquí nos gusta estar juntos y revueltos y sentirnos juntos; allí les gusta estar unidos, pero separados. Son formas totalmente diferentes de estar, de ser, de existir, de convivir. Incluso los problemas propios de cada estilo de vida vendrán definidos por esta característica. Los temas por los que se interesan y los matices que adquieren, también. La forma en que hablan, el modo en que encaran sus necesidades y problemas como pueblo. Todo es distinto, todo. Y todo viene influido por esa disparidad de tendencias de la que hablamos.

La prensa local se diferencia de la nacional o internacional en que no tiene mucho donde elegir y tiene que hacerse eco de todo, o casi todo, y dar voz a todos, o casi todos los que se presentan con algo que contar. Y suelen ser muchos, pero es lo que hay. Es un periodismo muy democrático, porque todos los protagonistas cuentan. Lo mismo quien llama a la redacción con una historia que contar que la empresa (o el taller) local que los concejales de turno que la persona a la que haces una encuesta callejera o aquella que te manda una carta confiando en su publicación. Los temas suelen repetirse, pero por eso esta prensa es un reflejo mucho más fiel de lo verdaderamente humano, de lo que en realidad preocupa e importa a la persona de la calle, que la prensa de mayor prestigio y ringorrango. Aquí, al menos según lo que yo conozco y practico, es así. El entrevistado es siempre alguien igual al propio lector, alguien que está a su mismo nivel. Todos nos conocemos y no hay engaño posible cuando alguien intenta situarse por encima de ti, porque lo conoces, e incluso conoces a sus padres, a sus hijos; y ay del que intente vender la moto o parecer quien no es; en un santiamén será despojado de sus fatuos ropajes y expuesto al oprobio público. Y es que todos nos conocemos. Aquí, es así. Somos un gran clan, para lo bueno y para lo malo. Allí, no; como todos siguen conservando su naturaleza de individuos separados del resto, con un espacio vital necesario mucho más amplio que no se puede franquear en vano, todos siguen siendo el Sr. o la Sra. Tal-y-tal antes, durante y después de aparecer en el medio local que sea. (Por no mencionar el hecho de que la población, allí, es mucho más nómada, con lo cual arraiga e intima mucho menos entre sí.)

Yo no concibo no ya la posibilidad, sino siquiera la fantasía de todo punto extravagante y descabellada de cultivar otro tipo de periodismo, ni siquiera un tipo de periodismo local distinto a éste que he mamado y que se corresponde con la cultura en la que yo misma he nacido y de la cual soy parte, tanto en lo que de ella me gusta como en lo que no (y soy muy crítica con ella, que conste). Quizá la razón última de que, a pesar de sus defectos y sus limitaciones, admire esta forma de hacer periodismo sea que, al fin y a la postre, estoy contribuyendo a escribir la historia de la gente normal, la gente de la calle que no sale en ningún libro, wikipedia ni enciclopedia de papel o virtual de ahora ni del futuro. La única enciclopedia en la que figurarán ellos, sus necesidades, sus historias, sus vidas, sus costumbres, sus mentalidades, sus idiosincrasias, sus preferencias, sus rituales, sus creencias, sus festejos… la forman estos periódicos, estos sitios web, estos noticiarios y magazines televisivos que hacemos. Miles de personas, con sus nombres y sus mensajes, quedarán inmortalizadas y lo que nosotros escribimos y contamos sobre ellas constará a todos los efectos como historia, algo real y fiable que se podrá leer, ver, consultar y estudiar en un futuro cualquiera. Esto no ha existido en otras épocas, pero preguntémonos: ¿cuán fascinante y mucho más interesante y cercano habría sido poder saber quiénes eran las personas normales y corrientes de las épocas históricas más conocidas, o de otras cualesquiera, que no los nombres de los reyes de turno, los políticos, los mandamases, los que decidían todo pero que nos resultan terriblemente extraños, lejanos y poco humanos?

Nosotros, los periodistas locales, poco reconocidos y muchas veces olvidados, cuando no utilizados por los medios grandes, nos encargamos de que la gente común y corriente también tenga su parcela de inmortalidad. Aquí y allí, en todas partes, somos los dedicados escribas de la historia de verdad.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Artículos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s