Señor/señora Andrews

Por fin sé dónde están esos otros mundos que están en éste, de los que hablaba Paul Éluard. Están en la obra de V.C. Andrews.

Ya dejé aquí constancia de mi pasión por las obras de V.C. Andrews. En realidad, no es una autora -no lo es desde que falleció, en 1986–, sino una marca. Adelantándose a lo que vendría después –que es ahora–, la familia de la difunta escritora contrató a un hombre, Andrew Neiderman, escritor a su vez, pero de temática completamente diferente, para que diese forma a los apuntes que Virginia había dejado y que podían servir de punto de partida para nuevas novelas. (Si han visto su foto, no me negarán que no podían haber elegido mejor. Yo misma no me imagino a la auténtica Virginia Andrews con otro aspecto si hubiera nacido hombre).

El nuevo V.C. Andrews se tomó la tarea tan a pecho, que a día de hoy sigue publicando bajo su obligado seudónimo, si bien dicen que hace tiempo que dejó de ser lo mismo, o tal dicen quienes han leído sus entregas. Es muy prolífico, como se puede ver en la web cuasioficial de V.C. Andrews y, en realidad, eso es lo que debe hacer un escritor, al igual que un profesional cualquiera: trabajar y producir. No dejar de trabajar es tan importante como la aceptación que obtienen los resultados. No siempre se puede dar lo mejor de uno mismo, pero ésa no es razón para dejar de esforzarse y de crear, como bien saben –sabemos– los trabajadores de profesiones no liberales.

Pues bien, reflexiones al margen, hoy he logrado hacerme con dos volúmenes de este autor que todavía me quedan por leer y que pertenecen a la obra cercana al llamado canon de V.C. Andrews, que está constituido por los libros que escribió ella. Éstos se agrupan, con la excepción de una novela autoconclusiva, en series de cinco novelas, con cada serie abarcando la historia de una protagonista femenina y de su familia.

Estoy muy contenta de poder seguir leyendo nuevos episodios de V.C. Andrews. Sé que muchos la consideran literatura basura. Me da igual. Me gusta leer a Tolstoi y a Cervantes. Me gusta leer a V.C. Andrews. No tengo que pedir perdón por nada ni tengo que justificarme ante nadie. Tampoco tengo que demostrar nada en cuestiones de literatura.

En realidad, V.C. Andrews no es una autora, pero tampoco es un autor. Es más que eso y es también más que una marca. Es un universo, es una visión del mundo. Es un mundo en sí mismo, un mundo que empieza y acaba en sí mismo y que, aunque guarda relación con lo que llamamos realidad, es independiente de ella. Es un mundo fuera del espacio y fuera del tiempo, parafraseando a Poe. Una burbuja, un cosmos redondo hecho -al principio fue el Verbo- de palabras.

Hay una identificación perfecta entre V.C. Andrews -esta vez sí, la autora, la persona- y su obra, tanto la de ella como la de su sucesor. Una simbiosis como es muy raro encontrar en casi ningún otro autor y, desde luego, hasta el extremo en que se da en ella, en ningún otro que yo haya leído mucho ni poco. Virginia Andrews fue una mujer con una vida ciertamente difícil y peculiar, como suele suceder a no pocos artistas y creadores. Su vida está rodeada de misterio y nunca se ha llegado a saber exactamente qué le sucedió. Algunas versiones afirman que padeció una enfermedad, siendo pequeña, que le dejó secuelas; según otras, fue una caída de un caballo lo que marcó su destino. De cualquier forma, quedó con la movilidad afectada y limitada, y vivió casi enclaustrada en casa, salvo algunos viajes que hizo siendo ya famosa como escritora. Hay quien afirma que sus novelas fueron su modo de vivir una vida paralela.

Las novelas de V.C. Andrews forman un corpus unitario. Incluso aquellas escritas por Neiderman. La protagonista -siempre una chica- suele ser pobre, rubia y con dotes artísticas de algún tipo, y queda desamparada tras morir su figura de referencia. Entonces, descubre que en realidad proviene de una familia rica y de gran raigambre en la región, y acaba viviendo con ellos, y siendo atormentada por algún malvado miembro de la familia, ya sea madrastra, padrastro, hermanastros o una abuela que aparenta tener veinte años. Luego, se enamora de un joven que responde a algún nombre como Troy, Logan, Julian o Philip y que, sin saberlo ella, es en realidad hermano, medio hermano, primo o tío de ella. Después de muchas cuitas, peligros y vicisitudes, todo acaba bien. Esta trama se desarrolla en los tres primeros libros de cada serie; en el cuarto, la protagonista muere y continúa la historia con la vida, tan atribulada o más, de su hija. En el quinto y último libro de la serie, se recupera al personaje malvado de la serie y se narra su historia anterior, para que el lector empatice con ella y comprenda que no siempre fue malvado, sino que el mundo lo hizo así.

Las melodramáticas, repetitivas y, sí, hermosas tramas de V.C. Andrews suelen desarrollarse, en gran parte, en fastuosas mansiones, hoteles de cinco estrellas a orillas del mar, plantaciones sureñas de más pasado que futuro, internados elitistas y academias de arte para niñas ricas.

Todo lo que acabo de resumir, aun así, por sí solo no puede dar idea fiel, aunque espero que sí vaga y aproximada, de por qué el universo Andrews es tan distinto al de cualquier otro autor.

He pensado largo y tendido sobre por qué me fascinan tanto estas novelas, y he llegado a la siguiente conclusión:

V.C. Andrews es preternatural.

Sus personajes y sus historias residen allí, en la zona de penumbra, en esa difusa franja rosácea y anaranjada que antecede a la salida del sol y sigue inmediatamente a la noche y es, por tanto, tierra de los dos y de ninguno. Residen en una zona fuera del espacio -porque es un mundo unitario sin conexión con éste, aunque comparta todos sus contornos y referencias- y fuera del tiempo -porque sus historias son, más que intemporales, atemporales; pueden suceder ayer como hace cien años como dentro de doscientos, o de mil.

Y todo en ellas es intenso, y es exagerado, pero a la vez es delicado, con personajes femeninos transidos de emociones y dirigidos por ellas.

Sus historias transcurren en ese vagoroso punto que limita -o que une, pues un límite sirve tanto para separar como para unir- lo extremadamente improbable con lo remotamente posible. ¿Puede existir alguna vez una mujer como cualquiera de las heroínas de V.C. Andrews, y, si existe, es posible que viva una vida más o menos como la que describen sus novelas? Es casi imposible, pero sólo eso: casi. Prácticamente imposible, inconcebible, pero matemáticamente factible.

Estas novelas son la combinación perfecta entre realismo y fantasía, o incluso ciencia-ficción. Constantemente juegan con el contacto entre extremos, ninguno de los cuales suele darse en la vida normal de personas normales, pero que, en cambio, existe y se desarrolla con total naturalidad en la imaginación de cualquiera.

Mundos separados del nuestro, pero, a la vez, concéntricos a él.

Es seguro que Virginia Andrews creó esos personajes, esas vivencias y esos mundos con total deliberación. Lo hizo porque conocía y experimentaba cada día en su propia piel una de las necesidades supremas del hombre: la necesidad de volar, de imaginar, de ser otro(s) por un momento, de modo inocuo e inocente; como un juego, sí, pero un juego de vida (no de muerte), un juego totalmente necesario si se quiere vivir. Ella, que probablemente se veía limitada por factores que escapaban de su control, creó para sí misma un mundo paralelo; improbable, pero posible; y lo habitó con todas las consecuencias. Y no sólo eso: lo más fascinante, lo más maravilloso, fue que compartió ese mundo con cualquiera que quisiera visitarlo.

Y eso no implica que fuera un mundo libre de dolor, un mundo perfecto; nada de eso, más bien al contrario; algunas de sus novelas son especialmente tristes. Pero son hermosas. Todas cuentan en realidad la misma historia, pero también lo hacen las novelas de cualquier otro escritor de cualquier época y lugar. En el mundo en el que ella se refugió, existía el sometimiento de la mujer, sus humillaciones, sus rigores y penas tan propias de este sexo, y V.C. Andrews no lo rehuyó, sino que lo enfrentó y lo contó. Y lo curioso es que la tristeza que algunas veces reflejan sus novelas no acrecienta la del lector -al menos no es ésta mi experiencia-, sino que sirve de consuelo y de gratísima evasión. Porque la evasión es tanto más agradecida y bienhechora cuanto menos perfecta es, porque en realidad necesitamos creer que la belleza que imaginamos en nuestro mundo de evasión es posible en el mundo real, y el mundo real es imperfecto.

Me encantan estos libros. Quiero leerlos todos y me da igual lo que piensen.

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