“Desde ahora empezaría el paraíso…”

“Mámaschka, sangrecita mía, ¿es verdad que todos, ante todos, por todos somos culpables? No saben las criaturas eso… que, si lo supiesen… desde ahora empezaría el paraíso. ¡Señor! Pero ¿es que no es verdad? -lloro yo y pienso-. Verdaderamente, yo, por todos, puede que sea más que todos culpable y peor que todas las criaturas del mundo.” (…) “Afanasii -le digo-, anoche te pegué dos bofetadas en la cara. ¡Perdóname!”, le digo. Él dio un respingo, como asustado; se me quedó mirando, fijo… y veo yo que aquello era poco, poco, sí, y de repente, con mis charreteras y todo, voy y le hago una reverencia hasta tocar el suelo con la frente: “¡Perdóname!”, le digo. Entonces ya acabó él de desconcertarse. “¡Excelencia, padrecito, señor!, ¿cómo usted… es que me merezco yo eso?” Y rompió a llorar; él también, de pronto, exactamente lo mismo que yo antes, y con las palmas de las manos, se cubrió la cara, fuese a la ventana, y todo él temblaba, sacudido por el llanto; en tanto, yo corrí a reunirme con mi compañero, monté en el coche al vuelo, y “arrea”, grité. “¿Has visto -le grité- a un vencedor? Pues delante de ti le tienes.”

Los hermanos Karamazov

Fiodor Dostoyevski

El aforismo olvida una parte esencial: errar es humano y perdonar, divino, pero perdonar es el pináculo de la proporción de divinidad que Dios puso en el hombre.

Perdonar es una herramienta divina al alcance de cualquier hombre. Y esparce su divinidad por partida doble y en doble sentido: acerca a Dios a quien lo otorga y también -el gran olvidado del aforismo- a quien lo pide. En sólo ese sencillo gesto -pedir perdón, dar perdón- nos elevamos un poco más.

Pedir perdón es casi más divino que darlo, porque al hacerlo, disminuye forzosamente en cierta medida nuestro ego, es decir, nuestra soberbia. Por un momento, contravenimos el instinto más fuerte -el de supervivencia, que nos empuja a darnos siempre la razón a nosotros mismos, por temor a que nuestra dignidad sufra algún daño- y nos olvidamos de nosotros mismos, recriminándonos algo que hemos hecho mal, o lamentándonos de haber obrado mal. Incluso hay más: nunca como en la petición de perdón hay gran empatía con la persona dañada.

Pedir perdón es como encontrarse con ese alguien en el punto central mismo de un puente. Ni siquiera importa que el ofendido nos perdone. Si no quiere hacerlo, siempre le quedará esa mitad del camino por recorrer. El hecho importante y vital es que uno mismo haya hecho su propio recorrido.

Los hermanos Karamazov, de Dostoyevski, es un canto maravilloso a la fuerza del perdón. Dostoyevski retrata lo hermoso y lo feo, lo más hermoso y lo más feo, pero su genialidad indiscutible y única consiste en que sabe hacerlo de forma simultánea, casi en un mismo trazo. Así es la experiencia humana. Su obra susodicha habla del perdón como gran rasgo divino del hombre, capaz de borrar todo lo malo, incluso lo peor, de la cuenta de su vida.

Y en realidad, así es. Dostoyevski también habla de la libertad, y el perdón es a la libertad -auténtica- lo que la puerta es al umbral: si no hubiera una, no habría el otro. El perdón libera: pedirlo y darlo: de distinta manera liberan, pero los dos liberan.

Aunque uno pida perdón, el daño hecho no se puede reparar; ni siquiera Dios quiere -porque puede, debemos creerlo, ya que Él todo lo puede- borrarlo. Quedará el recuerdo, cuando mejor; el recuerdo de la relación que nos unía a la otra persona y que queda, casi siempre, rota, en función de la gravedad del error o de la falta que se han cometido.

Sin embargo, cuando uno pide perdón -siempre y cuando lo haga con total sinceridad-, puede perdonarse a sí mismo y puede empezar a ser alguien nuevo; en realidad, es ya alguien nuevo, sólo por el hecho de haberse perdonado (pero sólo si se ha perdonado de corazón y por completo).

Junto con esa absolución a uno mismo va, como si fuera una misma cosa y sólo una, el propósito de enmienda. Y puede suceder que se vuelva a cometer el mismo error. Pues entonces, habrá de volver a exigirse a sí mismo el perdón; pedirlo y dárselo a sí mismo. Tantas veces como haga falta. Porque el verdadero ofendido es uno mismo; pues incurrir en el mismo error daña el orgullo y la estima inocente que uno se tiene a sí mismo.

Si la relación perdida se convierte en la consabida vasija rota que, aunque con pedazos pegados, no es la misma vasija más, sino una vasija rota y recompuesta, entonces deberemos perdonarnos el haberla roto, y aprender a vivir con ello y creer en el hecho cierto de que también eso estaba en nuestro destino.

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