Bendita banalidad vital

“Todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estartranquilamente sentado y solo en una habitación.”

Blaise Pascal

Las películas, las novelas, el teatro, los cuentos, las vidas de los grandes hombres y mujeres de cualquier época, incluso la nuestra; la vida de las celebridades de cualquier nivel… nos llevan a engaño. A pesar de que sabemos que no es así, nos da la sensación de que las vidas de algunas personas están llenas de emociones, de aventura, de cosas significativas, de pensamientos profundos o enriquecedores… y de que hay sólo eso y nada más. Peor aún: acabamos creyendo -y bajo esto, a diferencia de lo anterior, no hay ninguna certeza por nuestra parte de que sea una creencia absurda- que la vida debe ser así, que el objetivo debe ser llenar cada día del mayor número posible de momentos llenos de acción, diversión, consecución, revelación, etcétera.

La realidad es que en la vida, la mayor parte del tiempo se pasa haciendo y pensando cosas absolutamente banales. Y así debe ser.

No me refiero siquiera a la banalidad de las labores de mantenimiento: ir a trabajar, trabajar en casa, cuidar de nuestra familia, hacer la compra, preparar la comida, regar las plantas… No. Me refiero a algo más insignificante que todo eso. Me refiero a los momentos en los que la vida es lo más parecido a un viaje en ascensor, incluso a un viaje en ascensor en compañía de un desconocido o de un vecino con quien sólo tenemos un trato superficial. Un viaje en ascensor hablando de nada, hablando del tiempo.

En las películas, en las novelas, no se nos muestra a ningún personaje haciendo nada. Sin duda, porque eso no constituiría materia prima para ningún relato medianamente interesante, pero también, y sobre todo, porque eso produciría en el respetable cierto desasosiego, puede que incluso cierta angustia. Porque el hombre desea sentir justo lo contrario: que no hay nada banal, y que todo responde a algún motivo, a poder ser un motivo importante; mejor aún: un motivo más grande que él mismo, más grande que la vida.

Las representaciones culturales y populares, incluso las representaciones de la imaginación personal de cada uno, obvian el inmenso océano de banalidad en el que flota nuestra vida durante la mayor parte del tiempo que dura.

Entonces, gran parte de lo que se puede considerar tener éxito en la vida radica en saber gestionar ese tiempo y en convertirlo en fuente de riqueza y bienestar en lugar de verlo y sentirlo como una carga de la que debemos librarnos lo antes posible. La incapacidad o imposibilidad de hacerlo deriva en un mal muy común en nuestra sociedad, llamado aburrimiento. Y es de todos sabido que el aburrimiento es insidiosa raíz, mucho más sutil y más silenciosa que otras, de muchos de los vicios individuales y colectivos. Vicios pequeños que, con el tiempo y con la desesperación de vernos enfrentados al vacío existencial -pues el aburrimiento no es otra cosa, en el fondo; vacío existencial a pequeños sorbos, más o menos tolerables, que no emborrachan pero que, poco a poco, nos envenenan-, se convierten en grandes.

En realidad, uno es feliz cuando es feliz con esa banalidad. Los budistas lo podrían llamar el arte de saber no hacer nada ni necesitar ir a ningún sitio o convertirse en nada. En saber estar, simplemente. Estar, en este tiempo y lugar, sin querer agotar cuanto antes ese tiempo muerto -curiosa expresión, y muy elocuente, si lo piensan- para que llegue el instante en que podamos hacer algo.

No ocupar el pensamiento con planes, listas de cosas que queremos hacer, urgencias, deseos e impaciencias. Sino darle sencillamente lo que surja. Esa casa, ese coche, el sol que entra por la ventana, los sonidos que me llegan.

Ser capaces de estar a gusto con nosotros mismos, siendo uno mismo, simplemente. Sabiendo que somos todo lo que debemos ser y que todo está como tiene que estar y no puede ser de ninguna otra forma.

No se trata de conformismo ni de resignación, sino de saber que este es el preciso momento perfecto para ser nosotros mismos.

Al fin y al cabo, ¿quién va a ser mejor compañía para uno, que uno mismo? ¿Por qué no nos hemos educado en el placer de disfrutar de nuestra propia compañía?

Estar en silencio con uno mismo, conectados por el silencio que comparten dos amigos sinceros e íntimos.

No hemos aprendido a cultivar ese arte, y por eso la gente va tanto al cine y está loca por viajar, y se le caen las paredes cuando se ve obligada a quedarse en casa durante su tiempo de ocio, y odia los lunes y no vive literalmente durante cinco días y medio a la semana, porque no está aquí ahora, porque quiere estar en otro lugar y en otro momento donde es imposible, siempre imposible que esté. Y porque quiere ser otra persona y vivir otra vida, pensando quizás que otras personas que viven otra vida no tienen ni un segundo de silencio, de quietud, de bendita banalidad.

Uno ha triunfado en la vida cuando no está nunca aburrido.

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