Minorías

«Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar».

Mark Twain

Es razonable que las minorías cuenten menos que las mayorías. Que importen menos sus necesidades, sus preferencias, sus gustos; que se hagan las cosas con arreglo a lo que quiere y necesita una mayor cantidad de gente en contraste con una menor cantidad, aunque esta menor cantidad sea considerable, pese a todo.

Es una cuestión de practicidad. Lo entiendo. Creo que todos, cuando adquirimos uso de razón y empezamos a ejercitar nuestro sentido común, lo admitimos y empezamos al instante a convivir con esa norma.

Ser parte de una mayoría cuenta, pues, con indiscutibles ventajas de tipo práctico: uno no destaca, luego no llama la atención, ni para bien ni para mal. No corre peligro de ser arrinconado o acosado por raro o diferente, ni observado, ni juzgado. Es igual a otros muchos. En segundo lugar, es lo más probable que uno encuentre un mundo hecho a su medida. Pensemos en los zurdos, por ejemplo, que tienen que vivir en un mundo hecho para diestros; en gente que necesita tallas pequeñas o grandes de ropa que no se encuentran fácilmente; en gente con todo tipo de particularidades físicas que tienen que adaptarse al mundo que los rodea, porque éste no se va a adaptar a ellos…

Hay rasgos minoritarios que uno no elige y otros que sí. Por ejemplo, si la costumbre establecida y arraigada en un país -creo que es caso único en el mundo este país del que hablo- es que todo el mundo esté de vacaciones en agosto y que todos los comercios y servicios cierren a cal y canto, quien resida en un lugar no vacacional y no veranee fuera de su municipio lo va a tener muy difícil, si no imposible, para hacer vida normal.

Si se te estropea un electrodoméstico de uso común que necesite instalación, a menos que vivas en una ciudad de cierto tamaño, despídete de poder repararlo o reponerlo hasta, por lo menos, finales de mes.

Si se te ocurre almorzar o cenar fuera de casa porque sí, porque tú lo vales y quieres darte un homenaje -merecido después de un año entero de arduo trabajo-, a menos que te lo hagas tú mismo y te vayas de picnic, o te vayas al chino -son los únicos que trabajan todo el año-, la llevas clara.

La gente que vive en ciudad no siempre se da cuenta de lo afortunada que es perteneciendo a esa mayoría.

Ahora bien, ¿por qué esto es así? Pues todo responde a una razón de mercado. La minoría que se queda en su lugar de residencia habitual durante el mes de agosto no es una minoría comercialmente lo bastante interesante como para que las empresas que suministran esos productos y servicios se planteen seriamente permanecer abiertas en agosto.

Quizá tampoco los zurdos, la gente de movilidad reducida -salvedad hecha de quienes lo son por cuestión de edad, que configuran una mayoría -me refiero a la edad-, los pelirrojos, la gente con pies planos, etc. constituyan aún una minoría con el peso suficiente para inclinar la balanza del libre mercado y del capitalismo a su favor. No constituyen un target lo bastante grande. O quizá sí, pero sólo tomados en conjunto. Es decir que los miembros de todo el mundo de esas minorías sí son un montón de gente, pero a medida que se va fragmentando el mercado por regiones, por países, por ciudades, etc. no lo son. Por eso no hay productos y servicios para esas minorías en ciudades pequeñas.

Después está el terreno abstracto: ideológico, psicológico, de comportamiento en la sociedad, etc. Ahí, ser miembro de una mayoría se considera algo vulgar, ordinario y descartable. Todos participamos, en mayor o menor medida, del esnobismo de querer ser minoritarios y raros, como si ser minoría supusiera automáticamente ser parte de una elite. Al actuar así quizá no nos damos cuenta de que es todo cuestión de moda y de la época que nos ha tocado vivir. Casi todos los movimientos y corrientes ideológicas, estéticas, políticas, religiosas (incluyendo aquí el ateísmo), etc. han sido y son pendulares. Lo que hoy es mayoritario y la norma fue una vez un movimiento incipiente, una moda rara, una secta, una excentricidad… una minoría. En realidad, nos gusta pensarnos especiales y diferentes, pero hay muy pocas cosas que nos diferenciarían si pasáramos de una época y un contexto concretos a otros cualesquiera. Eso nos enfrenta a quiénes somos en realidad, qué forma parte de nosotros y qué es una capa de nuestra personalidad que realmente no nos define ni nos pertenece, aunque nos hayamos llegado a identificar con ella.

(Menos ser poeta; eso será siempre minoritario. Por eso los poetas prostituyen su talento, dedicándolo a otra cosa de mayor utilidad y beneficio práctico, o bien se mueren de hambre.)

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