Existe una cosa muy misteriosa, pero muy cotidiana. Todo el mundo participa de ella, todo el mundo la conoce, pero muy pocos se paran a pensar en ella. Casi todos se limitan a tomarla como viene, sin hacer preguntas. Esta cosa es el tiempo.

***

Pero el tiempo es vida, y la vida reside en el corazón.

***

-¿Eres tú la muerte?

El maestro Hora sonrió y calló un rato antes de contestar:

-Si los hombres supiesen lo que es la muerte ya no le tendrían miedo. Y si ya no le tuvieran miedo, nadie podría robarles, nunca más, su tiempo de vida.

***

-Esos relojes no son más que una afición mía. Sólo son reproducciones muy imperfectas de algo que todo hombre lleva en su pecho. Porque al igual que tenéis ojos para ver la luz, oídos para oír los sonidos, tenéis un corazón para percibir, con él, el tiempo. Y todo el tiempo que no se percibe con el corazón está tan perdido como los colores del arco iris para un ciego o el canto de un pájaro para un sordo.

Momo – Michael Ende

La novela Momo, de Michael Ende, es una que todo el mundo debería leer. Trasciende la etiqueta de literatura juvenil. También la de literatura fantástica. Habla de todos, de cualquiera, de cada uno y de lo que hacemos con nuestro tiempo de vida; de cómo, durante nuestra adultez, algunos más temprano y otros más tarde, decidimos trocar nuestro tiempo por dinero. Al hacerlo, no nos damos cuenta de que el dinero, sin tiempo, no sirve para nada; y para menos sirve si no hay amor en nuestra vida. Si tenemos amor, podemos usar el dinero para disfrutar con nuestros seres queridos. Pero si no, tendremos soledad, que es un gran agujero que devora todo lo que se le echa. Devorará también nuestro dinero, que, en cualquier caso, no podrá suplir nada de lo que carecemos.

No es casualidad que la heroína que devuelve a los hombres el tiempo que ellos mismos han vendido a los Hombres Grises -que son creación de los hombres, no lo olvidemos; ellos/nosotros hemos creado unos monstruos que luego nos roban nuestro tiempo, pero sólo porque nosotros accedemos a entregárselo- sea una niña, y que sean los niños los únicos inmunes al embrujo de los Hombres Grises, que fácilmente convencen a todos los adultos.

En realidad, esta preciosa novelita no es sino una exégesis de una cita bíblica, de unas palabras de Jesucristo:

Y dijo: De cierto os digo, que si no os convirtiereis, y fuereis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos.

Mateo 18:3

En Momo tenemos, simplemente, el desarrollo de esa idea.

No es que debamos volver atrás en el tiempo (ni siquiera pretender hacerlo; ése es un grave error), sino que debemos recuperar la inocencia de usar el tiempo en aquello que en ese momento nos llena, nos ocupa y queremos hacer. No se trata de un uso caprichoso ni hedonista, ni de ocio mal entendido. Se trata de no hacer cálculos con nuestro tiempo; de estar en cada momento de forma plena, de habitarlo. De vivir como si no hubiera mañana. Se trata de no intentar acaparar tiempo para canjearlo más adelante, o de no pretender comerciar con él.

En Momo, Michael Ende trata sobre el tiempo por venir, pero nos entregamos con igual fervor a la trampa del tiempo pasado. Otro ejercicio de futilidad. Claro está, no hablamos de cuando evocamos momentos agradables sin ninguna segunda intención, sino de cuando intentamos reescribir el pasado o lo utilizamos para sabotearnos a nosotros mismos y destruir nuestro momento presente.

Los niños son nuestros maestros, igual que Momo lo es para todos los adultos que la rodean. Pasar tiempo con un niño, que es un adulto que todavía conserva la inocencia, por tanto un ser humano sabio, no adulterado, es recordar todo lo olvidado. Los niños nos anclan en el tiempo, impidiendo que nos alejemos y seamos engullidos por la corriente. Nos varan en aguas pacíficas, permitiendo que podamos recordar cómo era asomarnos y vernos reflejados en el agua, o mirar los peces nadar, o jugar con los delfines, o pescar; o estar tumbados en cubierta, tomando el sol, disfrutando de la sensación, sin que estemos constantemente dando a la manivela del pensamiento, rumiando cientos de ideas a la vez. Qué hacer luego, qué hicimos ayer, despachar esto para poder hacer a continuación lo otro. Sin habitar ningún momento, sin estar en ningún lugar verdaderamente. Cuando estamos con niños, podemos fijarnos en el color de sus ojos y su pelo, podemos recordar luego cada juego al que jugamos, cada broma que compartimos, cada anécdota que nos sucedió estando juntos; porque forzosamente estamos concentrados en cada momento. Es el único tiempo que existe para los niños. La inocencia no es otra cosa que desconocer el tiempo, esa construcción humana que tanto daño nos hace.

Nosotros somos barcos a la deriva, los niños son nuestra ancla.

Son ángeles que nos hacen levantar la mirada y ver el cielo y las estrellas, y quizá una luna azul de vez en cuando. Verlos verdaderamente, no sólo fijar la mirada en ellos un momento mientras pensamos en otra cosa. Pues es posible pasar por la vida, una vida larga, sin haber visto realmente nunca jamás ninguna de las cosas hermosas que nos rodean, salvo cuando se ha sido un niño.

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3 comentarios

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3 Respuestas a “

  1. ¡¡Es maravillosa!! Adoro Momo. Gracias por recordármelo 🙂

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