Archivo mensual: agosto 2015

Alivio

La emoción más placentera es el alivio. Para conseguirlo se hace cualquier cosa. De hecho, hacemos cualquier cosa. No siempre nos damos cuenta y, desde luego, rara vez reparamos en la motivación profunda que subyace a muchos de nuestros actos: la necesidad de aliviar la presión.

¿Presión de qué? ¿Por qué?

La presión de estar vivos y conscientes y no tener ningún instrumento a mano para contrarrestar las cargas que nos solemos imponer a nosotros mismos sin ninguna necesidad. Eso genera considerable estrés. Y algunas veces, se añaden cargas extras, como por ejemplo, alguna enfermedad, problemas graves que perturban una vida normal y rutinaria, crisis externas que nos afectan, etc. Desde una perspectiva religiosa, diríamos que se sufre por estar lejos de Dios; dicho de otra forma, porque carecemos de paz interior o no sabemos cómo hallarla.

Este mundo es un mundo de adultos gravemente estresados. Un mundo lleno de gente buscando alivio.

El alivio se consigue de diferentes formas. Una de ellas es drogarnos hasta perder el contacto con la realidad, hasta olvidarnos de nosotros mismos. Hay diferentes tipos de drogas que producen diferentes efectos. Mucha gente se conforma con hacerse dormir durante muchas horas seguidas; de ese modo, al menos por ese rato, escapan al mundo, vuelan lejos de él, aunque luego tengan que volver y el aterrizaje sea, por regla general, muy desagradable. Otra es engancharnos a acciones o actividades que nos produzcan ese momentáneo relajo.

Por eso hay tanta gente adicta a tantas cosas: drogas, deporte (que también genera su propia sustancia en el organismo, endorfinas, dopamina o no sé qué), compras, juego, riesgo (adrenalina), sexo, poder, violencia, desparrame, hedonismo… La gente está dispuesta a seguir haciendo cualquier cosa que le haya producido un alivio inesperado y extasiante. Están tan agradecidos, que son capaces de vender su alma a esa esclavitud.

Hay otro tipo de alivio, el psicológico, cuando nos liberamos de algo que nos oprime, cuando logramos deshacer un nudo en el estómago, expurgando alguna culpa, desembuchando algún secreto que nos hacía daño. Decimos entonces que nos hemos quitado un peso de encima. No en vano el alivio literal de librarnos de algo muy pesado es una sensación de lo más placentero.

(De hecho, ésa es la etimología del verbo aliviar: alleviare, es decir, hacer más leve, más liviano; aligerar.)

En la raíz de todo eso está la búsqueda de la comodidad. La mayor comodidad posible, el mayor tiempo posible. Curiosamente, en inglés, a muchos servicios y mercancías de uso común, generalmente bienes de consumo, se les llama commodity. Creyendo, equivocadamente, que a mayor comodidad, mayor bienestar, cuando eso no es cierto; pensemos en la sensación de hastío que nos invade tras pasar varias horas seguidas sin hacer nada, aparentemente disfrutando de nuestro ocio, no preocupándonos de nada absolutamente y sin sufrir ni una sola mínima adversidad. Es pesado. La comodidad extrema se torna incomodidad insoportable. Está en contra de nuestra naturaleza.

En Internet, esa gusanera, ese cofre del tesoro, di a parar una vez a un sitio web de confesiones anónimas. Se trataba de que la gente que quisiera dejara allí, sin dejar constancia de su nombre ni de ninguna forma de identificación, una frase o un párrafo breve con algún secreto, algo que nadie de su vida real sabía. Alguien había escrito: Soy feliz. Mi vida se está cayendo en pedazos, pero soy feliz. Nunca he podido olvidar esa frase. ¿Se puede ser feliz cuando tu vida se está cayendo a pedazos? Por si fuera poco lo que la intuición o incluso la experiencia nos dicta, tenemos la lógica para corroborarlo, pues sabemos que el caso justamente opuesto no sólo es posible, sino que abunda: tenerlo todo, una vida de rechupete, y no ser feliz. No haberlo sido ni ir a serlo nunca. Esto nos indica, como el dedo que señala la Luna, esto otro: que la felicidad (o mejor dicho, la alegría) es totalmente independiente de las condiciones de vida objetivas; al menos, de las condiciones de vida más allá de que éstas sean dignas, pues, si no, ni se tiene condiciones de vida, ni vida a secas. Pero, en nuestro primer mundo, todos tenemos esa dignidad asegurada; otra cosa es dónde hayamos colocado el listón, ya que lo ponemos cada vez más alto. Y, para lección nuestra -aunque siempre nos queda pendiente-, eso no nos satisface más, sino que nos hace más vacíos y necesitados. Más pobres, en definitiva.

La persona que es feliz no necesita del alivio más que a ratos. Uno necesita más alivio cuanto más desgraciado es. Se convierte en una olla a presión que necesita urgentemente dejar escapar el aire. O va a estallar. (A muchos les pasa). Se hace perentorio procurarse alivio, y vale todo, cualquier cosa, llegar a cualquier extremo, hacer daño a quien sea, sacrificarlo todo, con tal de aliviar la presión.

La cultura e imaginería budista tiene a este señor:

Fantasma hambriento

Guapo, ¿eh?

Lo llaman “el fantasma hambriento”. Debo dar crédito aquí a la novelista canadiense Louise Penny, pues ha sido en una de sus novelas donde he encontrado esa referencia y, de paso, el símil que me interesa.

Se trata del ansia y la codicia llevadas al máximo. El fantasma hambriento, con su barriga a reventar, sigue teniendo hambre. Nunca tiene suficiente. Nunca ha comido lo bastante. Nunca ha atesorado todo lo que cree necesario. ¿No es ésta la era del fantasma hambriento? No hay alivio posible para él, excepto si reconoce su mal. Sólo eso calmará su hambre.

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Local

–¿Dónde está el centro? –preguntó/se preguntó la primera vez que estuvo allí.

Más que una pregunta, era una exclamación. No había nada que preguntar sobre algo que no existía. Curiosamente, aquello que no existía era lo primero que saltaba a la vista cuando uno llegaba allí. Era una ausencia tangible que todo lo devoraba y que era imposible de dejar de ver, igual que un cráter.

Una de las cosas que he aprendido en las sucesivas veces que he estado allí es que la no existencia de un centro urbano es algo que no podía dejar de ser así y que no es sino el trasunto urbanístico de una realidad propia. Negarlo sería lo mismo que pedirle a alguien que vista como quien no es. La sociedad es primero, su hábitat construido viene después; y, si existe de antes, la sociedad lo adapta a sí misma.

Así funcionan las cosas y, entre ellas, el periodismo. Hablo de él porque es lo que conozco, dado que es mi profesión y la que llevo ejerciendo casi toda mi vida adulta. Averiguar cosas, a veces investigación mediante, y contarlas tal como uno honestamente las ha entendido, ¿cabe imaginar algo más fácil? Y sin embargo, no lo es. Por doquier se abren trampas, cepos que quieren atrapar al pobre periodista. Uno siempre se mueve como en una zanja, pasando de puntillas por entre cristales rotos y flanqueado por zarzas, alambre de espino y montones de arena que caen de un lado y de otro y que amenazan con enterrarlo. Y es que ¿no lo hemos dicho?, el periodista se mueve dentro de un reloj de arena. Casi siempre está a punto de ahogarse. Todo es para ayer.

Pero las trampas de las que hablaba no son las referidas al factor tiempo, que es inocente, porque es eso, sólo tiempo. No. Las trampas son los poderes establecidos. Y los poderes establecidos pueden ser unos u otros según el marco en el que se mueva el periodista. Si es un periodista local, seguramente nunca en su vida deberá habérselas con jefes de estado, gobiernos, ministros, grandes lobbys y partidos políticos principalísimos, ni con CEOs de grandes corporaciones ni con grupos de presión de los que oímos hablar todos los días y que controlan nuestras vidas. Pero sí se las habrá con el pueblo, sus vecinos, la gente que lo rodea. Y a ver quién es el guapo que se muestra inescrupuloso y totalmente recto y entregado a su deber cuando quien le pide cuartelillo es alguien que mañana va a volver a ver en el supermercado, o a quien va a tener que pedirle otro favor. Es el periodismo local, el que yo ejerzo.

Allí, en ese lejano lugar, todo es igual, pero es distinto. Lo he comprobado. Es la ausencia de dicho centro físico y tangible lo que lo marca todo. Todos quieren vivir juntos, pero a prudencial distancia. No suele ser una distancia fácil de recorrer, ni física, ni psicológicamente. Pueden ser encantadores y saludarte y preguntarte qué tal estás sin haberte visto jamás en su vida, pero eso no significa que te hayan tendido un puente; te has dado la vuelta y ellos ya te han olvidado. Es su cultura, ellos son así. Ni mejores, ni peores.

El periodismo local es también así. Hablan de las mismas cosas (“lo que importa e interesa a la gente del pueblo”), pero no de la misma forma. Puede que una manera más precisa de expresarlo sea decir que la sensación que obtiene uno –el rigor me obliga: la sensación que obtengo yo– al leer sus noticias locales no sea la misma que la que tengo al leer y producir las noticias locales de aquí.

El centro, el centro…

Aquí somos centrípetas, allí son centrífugos. No puedo decirlo de forma más clara (para mí).

Leyendo su prensa local, tengo la sensación de puntitos dispersos que quizás forman alguna figura distinguible e identificable desde el espacio, pero no necesariamente, o no es una figura de significado universal. Es algo que sólo quienes lo forman pueden entender.

La diferencia estriba en que ellos no se sienten parte de un todo, y nosotros, sí. Ellos son comunidad, igual que lo somos nosotros, pero son una comunidad de individuos. Nosotros, cuando formamos comunidad, nos sentimos uno. Con disensiones, es cierto. No todas las partes de ese uno son iguales. Tiene dedos de distinta longitud, tiene muchos ojos de distintos colores, tiene hasta varias bocas que hablan cada una a su manera. Pero, a la hora de la verdad, es una sola entidad. Cuando una persona de aquí dice que es de aquí, quiere decir algo diferente (algo más) a cuando dice lo propio alguien de allí. Allí, es casi siempre sólo una indicación objetiva y geográfica o biográfica; aquí, es una declaración de principios. Allí casi nadie dice que se siente de tal o cual sitio; aquí, sí. Ni dice que es “muy de” tal sitio; aquí, sí. Como mucho, se identificarán con rasgos de tal o cual raza, etnia, nacionalidad, barrio, modo de vida, cultura urbana…

Todo eso se refleja en la prensa, que no es sino el reflejo del pueblo que la alimenta y consume. Y, muy especialmente, en la prensa local. Aquí nos gusta estar juntos y revueltos y sentirnos juntos; allí les gusta estar unidos, pero separados. Son formas totalmente diferentes de estar, de ser, de existir, de convivir. Incluso los problemas propios de cada estilo de vida vendrán definidos por esta característica. Los temas por los que se interesan y los matices que adquieren, también. La forma en que hablan, el modo en que encaran sus necesidades y problemas como pueblo. Todo es distinto, todo. Y todo viene influido por esa disparidad de tendencias de la que hablamos.

La prensa local se diferencia de la nacional o internacional en que no tiene mucho donde elegir y tiene que hacerse eco de todo, o casi todo, y dar voz a todos, o casi todos los que se presentan con algo que contar. Y suelen ser muchos, pero es lo que hay. Es un periodismo muy democrático, porque todos los protagonistas cuentan. Lo mismo quien llama a la redacción con una historia que contar que la empresa (o el taller) local que los concejales de turno que la persona a la que haces una encuesta callejera o aquella que te manda una carta confiando en su publicación. Los temas suelen repetirse, pero por eso esta prensa es un reflejo mucho más fiel de lo verdaderamente humano, de lo que en realidad preocupa e importa a la persona de la calle, que la prensa de mayor prestigio y ringorrango. Aquí, al menos según lo que yo conozco y practico, es así. El entrevistado es siempre alguien igual al propio lector, alguien que está a su mismo nivel. Todos nos conocemos y no hay engaño posible cuando alguien intenta situarse por encima de ti, porque lo conoces, e incluso conoces a sus padres, a sus hijos; y ay del que intente vender la moto o parecer quien no es; en un santiamén será despojado de sus fatuos ropajes y expuesto al oprobio público. Y es que todos nos conocemos. Aquí, es así. Somos un gran clan, para lo bueno y para lo malo. Allí, no; como todos siguen conservando su naturaleza de individuos separados del resto, con un espacio vital necesario mucho más amplio que no se puede franquear en vano, todos siguen siendo el Sr. o la Sra. Tal-y-tal antes, durante y después de aparecer en el medio local que sea. (Por no mencionar el hecho de que la población, allí, es mucho más nómada, con lo cual arraiga e intima mucho menos entre sí.)

Yo no concibo no ya la posibilidad, sino siquiera la fantasía de todo punto extravagante y descabellada de cultivar otro tipo de periodismo, ni siquiera un tipo de periodismo local distinto a éste que he mamado y que se corresponde con la cultura en la que yo misma he nacido y de la cual soy parte, tanto en lo que de ella me gusta como en lo que no (y soy muy crítica con ella, que conste). Quizá la razón última de que, a pesar de sus defectos y sus limitaciones, admire esta forma de hacer periodismo sea que, al fin y a la postre, estoy contribuyendo a escribir la historia de la gente normal, la gente de la calle que no sale en ningún libro, wikipedia ni enciclopedia de papel o virtual de ahora ni del futuro. La única enciclopedia en la que figurarán ellos, sus necesidades, sus historias, sus vidas, sus costumbres, sus mentalidades, sus idiosincrasias, sus preferencias, sus rituales, sus creencias, sus festejos… la forman estos periódicos, estos sitios web, estos noticiarios y magazines televisivos que hacemos. Miles de personas, con sus nombres y sus mensajes, quedarán inmortalizadas y lo que nosotros escribimos y contamos sobre ellas constará a todos los efectos como historia, algo real y fiable que se podrá leer, ver, consultar y estudiar en un futuro cualquiera. Esto no ha existido en otras épocas, pero preguntémonos: ¿cuán fascinante y mucho más interesante y cercano habría sido poder saber quiénes eran las personas normales y corrientes de las épocas históricas más conocidas, o de otras cualesquiera, que no los nombres de los reyes de turno, los políticos, los mandamases, los que decidían todo pero que nos resultan terriblemente extraños, lejanos y poco humanos?

Nosotros, los periodistas locales, poco reconocidos y muchas veces olvidados, cuando no utilizados por los medios grandes, nos encargamos de que la gente común y corriente también tenga su parcela de inmortalidad. Aquí y allí, en todas partes, somos los dedicados escribas de la historia de verdad.

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Eres una mujer 10 en un mundo -9947503475834046

No te preocupes por el mundo; ya cargaré yo con él.

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A través de ti, desde ti, por ti, todo lo absoluto.

Sin ti, sólo cosas.

Ni siquiera algo relativo.

Ni algo aproximado.

Ni siquiera la idea, el recuerdo de un sueño.

Sólo cosas, eventos, casos, meteoros.

Las cosas dignas de amor se hacen luz y transitan por el tamiz de tu pupila,

se reflejan en los espejos de tus iris,

navegan por esos diminutos océanos gemelos, océanos de pureza color verde jade,

color esperanza,

y se convierten en Lo Amor.

Sí, tengo línea directa con el buen Sr. Dios.

Le pedí que me mandara una señal, y te me mandó a ti.

Desde entonces sé que pedir más es tentarlo, y ahora sólo lo llamo para darle las gracias.

Porque donde viniste, no encontré tiquet de pago.

Otros lo llamarían regalo. Yo te llamo presente

o también, tesoro. Tesoro sorprendente que es siempre nuevo,

que no envejece.

Yo conozco a la tortuga que es capaz de parar el tiempo:

cuando dejó de importarme, cuando dejé de erosionarme con su roce,

entonces supe que ella había empezado a protegerme.

Por eso:

Encendemos una hoguera, cerramos las puertas,

cada campanada es el beso del plectro en el arpa archiantigua,

el gorjeo del ruiseñor que empieza a acariciar la dulce seda del alba.

Aquí se está cálido, se está bien;

con parsimonia damos de comer a los patitos,

con ceremonia cantamos la canción que ya, de tan repetida, se canta sola.

¡Qué bien se está!, ¡qué bien se está!,

rendimos homenaje al testamento de aquel príncipe ruso.

Todos los momentos están en éste,

todos los ojos están subsumidos en los tuyos.

El mundo es la suma de los dedos de tu mano.

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Homo potens

Dicen que el árbol de la ciencia era hermoso y lozano,

y su fruto, reluciente y delicioso.

Nadie habla del arbolillo de la praxis, justo al lado,

canijo y de ramas retorcidas,

con humildes bayas negras por fruto,

hojas enrevesadas como papiros antiguos,

espinas ingratas pero inútiles,

porque ni de las bestezuelas del bosque tenían nada que defender.

Pero es a este árbol miserable al que los hombres hubieron de recurrir.

Comer del fruto exquisito de la ciencia brinda lozanía,

da lustre a la mirada, brillo a la palabra,

hace de uno un ser magnífico, de todos admirado.

Se hinche uno de su propio saber.

¡Cuánta ciencia, cuán vastos horizontes!, dicen de uno las gentes.

Se aleja, quien lo come, de su propio punto de partida,

hasta que lo olvida, olvida que es para todos el mismo:

una motita de sangre nadando en agua y sal,

o la tierra, mojada y resistente, donde cayó un grano de mostaza o la semilla de un lirio:

un origen humilde y fuerte, sucio y duradero,

oloroso de savia y de salitre, de musgo y de miel;

un ir siendo volátil y etéreo, transido de gotas de lluvia y de raíces de drago;

una partícula de luz de aurora,

volando a mil por hora y chocando, entre risotadas, contra el pelo recién lavado de un niño;

un hombre vestido de verde, una mujer con flores en el pelo,

bailando, riendo, porque lo son todo.

Comer de ese fruto es olvidar todo eso, es olvidar cómo fue y sigue siendo.

Es olvidar que ya se sabe todo, es clavar la puñalada en el costado de uno mismo

y sacar un selfie mientras se desangra.

La mayor bendición para ese hombre ingrato es darle de comer las bayas del árbol miserable.

Usa tus manos para trabajar, usa tu instinto para prevalecer.

Aprende a sudar para comer, y pare con esfuerzo.

Aprende el valor del dolor, y la especie de amor que sólo se adquiere a través de él.

Y, a medida que aprendes a hacer más, conoce que eres más libre.

Olvida las palabras, olvida todo lo que leíste; ama aquello que despreciaste: tus manos, tu intuición.

Ser capaz de hacerlo todo es ser capaz de sobrevivir a todo.

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El libro de Leire

Leí una vez que el creador -el artista- se debate entre dos fuerzas polares: el deseo de publicidad y el deseo de estar solo con su creación. También leí que para el escritor, no hay urgencia ni necesidad mayor que la de publicar su letra escrita, aunque no vaya a tener muchos lectores, o, más bien, independientemente del número de lectores que vaya a tener. Pienso que ambas afirmaciones son ciertas.

Y a nuevos tiempos, nuevas formas de publicar. Ya no nos limitamos a las editoriales ni a los premios literarios como trampolín para la publicación; ahora tenemos sitios web, tenemos blogs, tenemos WordPress y otros sitios.

Así pues, he decidido ir publicando aquí, en esta habitación virtual, de forma escalonada, una selección de todo lo que llevo escrito desde que empecé a hacerlo en ordenador. Toda una vida escribiendo debe de significar algo, debe de tener algún valor, y tampoco yo soy inmune a la necesidad de dejar constancia pública de lo que he hecho y lo que hago. No me importa que me lean una, diez o cien personas, incluso que no me lea nadie; lo que me importa es que quien quiera hacerlo pueda hacerlo, me importa abrir la puerta a esa posibilidad, y también formar un corpus unitario de todo lo que está desperdigado por discos duros, carpetas, directorios, documentos.

En toda mi vida habré escrito miles, varios miles de hojas. Eso contando con las obras acabadas que han merecido mi aprobación, y a las obras que son únicamente de tipo literario -ficción o poesía-; si a eso añado borradores, escritos tipo boceto, reseñas, artículos y reportajes que sí han sido publicados en el medio donde trabajo, diarios, cuadernos de anotaciones, inclasificables varios y, sí, mucha basura que creo que todo escritor produce a lo largo de su vida, me sale un montante incalculable. Ha llegado el momento de hacer una buena selección -rigurosa y despiadada selección- y publicar aquí todo aquello que me parezca medianamente digno de ello. El beneficiario último de todo ello soy yo misma. Aunque no sirva para nada más, quiero dar unidad a todo eso, hacer un poco de limpieza, poder tenerlo todo a mano cuando me apetezca releerlo y, sí, que esté publicado. Quizá para nada, pero tampoco muchísimos libros publicados sirven para nada; la literatura no sirve para nada práctico ni es preciso que sirva; su objeto último es simplemente existir.

He pensado cambiar el nombre del blog y pasar a llamarlo El libro de Leire, pero finalmente he decidido no hacerlo. Lleva demasiado tiempo llamándose LHDL y, al final, ¿acaso no es mi escritura también un espacio, allí donde habita mi verdadero yo?

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Así pues, mi amor, cuando arribemos a la tierra prometida,

cuando te deslumbren las luces, los colores y las voces nuevas de los hombres,

aun entonces, no te sueltes de mi mano.

Cuando ya todo el mar se ahogue en tus ojos y los gigantes se arrodillen para perfumar tus pies,

ese día, espérame.

No me dejes atrás. No me olvides.

Mira, mi amor, que cuando llegue el día en que el mundo te adore, aún estaremos solos,

y entre los dos, yo siempre más sola sin ti que tú sin mí.

Como cuando te conocí, recién llegado del país del dolor,

irrumpiendo como un rayo, azul e inocente, esperándolo todo pero teniéndolo ya todo,

como los lirios del valle;

esperando simplemente todas las maravillas que podía ofrecerte este mundo terrible,

tú,

príncipe de intolerable esperanza arrojado a los pies de una grey desesperada,

condenado a ser amado hasta el fin de los tiempos.

Ellos nos envidian, celosos de nuestro amor,

y ellos son el mar, pero nosotros,

nosotros somos el cielo con todas sus estrellas.

Y ahora, después de cientos de noches festivas, de incursiones

al territorio de los jeroglíficos,

de cantar canciones antiguas que sólo podía yo adivinar,

después, en fin, de recoger los despojos tras tantas batallas

y de que nada más necesite romper el silencio que juntos respiramos,

cada vez falta menos para que ya no me necesites,

menos, para que busques otros lugares,

otras voces,

otros amores.

Pero ni siquiera entonces me dejes, amor mío.

Estoy clavada a la tierra, tan llena de tu mirada gris y franca,

de la luz que titila al fondo de tus ojos y que nadie más puede ver,

que ya sin ti no respiro, por no dejar que el aire desaloje ni una brizna de ti.

Cuando todo termine, si termina,

no me dejes sola, porque sin ti

yo no

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Reseña de “Momo” en ‘Libros y Literatura’

¿Es difícil escribir literatura fantástica?¿Es una empresa de mucho mérito? Pues depende, como casi todo; es relativamente fácil -y parte de una ideación muy común- escribir una historia sobre un niño que aprende magia, o sobre uno que viaja por diferentes mundos mediante las artes traslatorias de unos anillos. Es fácil escribir sobre animales parlantes o sobre vampiros enfrentados a hombres lobo. Lo difícil es escribir literatura fantástica como lo hacía Michael Ende. Lo difícil es escribir literatura fantástica como si no lo fuera; imaginar algo que no tenga correlato en nuestra realidad, y que sin embargo posea un significado poderosísimo para cualquiera que lo lea, en cualquier época y en cualquier mundo. Lo difícil es escribir Momo.

Momo es una novela atemporal y eterna, tanto como su misteriosa protagonista, la niña Momo, que aparece un día cualquiera en la vida de los habitantes de una gran ciudad. Ninguno de ellos lo sabe todavía, pero Momo va a ser la niña que les va a devolver el tiempo, ese bien al que ellos mismos han renunciado creyendo aferrarse a él y salvaguardarlo para siempre en la Caja de Ahorros de Tiempo, empresa propiedad de los Hombres Grises, que codician el tiempo de los hombres y engañan a éstos para convencerlos de entregárselo. Sin embargo, los hombres, creyendo ahorrar tiempo y no desperdiciarlo en cosas inútiles como pasarlo con los amigos, conversar, jugar, hacer música, dar de comer a sus mascotas, cuidar a sus padres o a sus hijos, en realidad lo están matando.

Reseña completa en http://www.librosyliteratura.es/momo-ii.html

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Señor/señora Andrews

Por fin sé dónde están esos otros mundos que están en éste, de los que hablaba Paul Éluard. Están en la obra de V.C. Andrews.

Ya dejé aquí constancia de mi pasión por las obras de V.C. Andrews. En realidad, no es una autora -no lo es desde que falleció, en 1986–, sino una marca. Adelantándose a lo que vendría después –que es ahora–, la familia de la difunta escritora contrató a un hombre, Andrew Neiderman, escritor a su vez, pero de temática completamente diferente, para que diese forma a los apuntes que Virginia había dejado y que podían servir de punto de partida para nuevas novelas. (Si han visto su foto, no me negarán que no podían haber elegido mejor. Yo misma no me imagino a la auténtica Virginia Andrews con otro aspecto si hubiera nacido hombre).

El nuevo V.C. Andrews se tomó la tarea tan a pecho, que a día de hoy sigue publicando bajo su obligado seudónimo, si bien dicen que hace tiempo que dejó de ser lo mismo, o tal dicen quienes han leído sus entregas. Es muy prolífico, como se puede ver en la web cuasioficial de V.C. Andrews y, en realidad, eso es lo que debe hacer un escritor, al igual que un profesional cualquiera: trabajar y producir. No dejar de trabajar es tan importante como la aceptación que obtienen los resultados. No siempre se puede dar lo mejor de uno mismo, pero ésa no es razón para dejar de esforzarse y de crear, como bien saben –sabemos– los trabajadores de profesiones no liberales.

Pues bien, reflexiones al margen, hoy he logrado hacerme con dos volúmenes de este autor que todavía me quedan por leer y que pertenecen a la obra cercana al llamado canon de V.C. Andrews, que está constituido por los libros que escribió ella. Éstos se agrupan, con la excepción de una novela autoconclusiva, en series de cinco novelas, con cada serie abarcando la historia de una protagonista femenina y de su familia.

Estoy muy contenta de poder seguir leyendo nuevos episodios de V.C. Andrews. Sé que muchos la consideran literatura basura. Me da igual. Me gusta leer a Tolstoi y a Cervantes. Me gusta leer a V.C. Andrews. No tengo que pedir perdón por nada ni tengo que justificarme ante nadie. Tampoco tengo que demostrar nada en cuestiones de literatura.

En realidad, V.C. Andrews no es una autora, pero tampoco es un autor. Es más que eso y es también más que una marca. Es un universo, es una visión del mundo. Es un mundo en sí mismo, un mundo que empieza y acaba en sí mismo y que, aunque guarda relación con lo que llamamos realidad, es independiente de ella. Es un mundo fuera del espacio y fuera del tiempo, parafraseando a Poe. Una burbuja, un cosmos redondo hecho -al principio fue el Verbo- de palabras.

Hay una identificación perfecta entre V.C. Andrews -esta vez sí, la autora, la persona- y su obra, tanto la de ella como la de su sucesor. Una simbiosis como es muy raro encontrar en casi ningún otro autor y, desde luego, hasta el extremo en que se da en ella, en ningún otro que yo haya leído mucho ni poco. Virginia Andrews fue una mujer con una vida ciertamente difícil y peculiar, como suele suceder a no pocos artistas y creadores. Su vida está rodeada de misterio y nunca se ha llegado a saber exactamente qué le sucedió. Algunas versiones afirman que padeció una enfermedad, siendo pequeña, que le dejó secuelas; según otras, fue una caída de un caballo lo que marcó su destino. De cualquier forma, quedó con la movilidad afectada y limitada, y vivió casi enclaustrada en casa, salvo algunos viajes que hizo siendo ya famosa como escritora. Hay quien afirma que sus novelas fueron su modo de vivir una vida paralela.

Las novelas de V.C. Andrews forman un corpus unitario. Incluso aquellas escritas por Neiderman. La protagonista -siempre una chica- suele ser pobre, rubia y con dotes artísticas de algún tipo, y queda desamparada tras morir su figura de referencia. Entonces, descubre que en realidad proviene de una familia rica y de gran raigambre en la región, y acaba viviendo con ellos, y siendo atormentada por algún malvado miembro de la familia, ya sea madrastra, padrastro, hermanastros o una abuela que aparenta tener veinte años. Luego, se enamora de un joven que responde a algún nombre como Troy, Logan, Julian o Philip y que, sin saberlo ella, es en realidad hermano, medio hermano, primo o tío de ella. Después de muchas cuitas, peligros y vicisitudes, todo acaba bien. Esta trama se desarrolla en los tres primeros libros de cada serie; en el cuarto, la protagonista muere y continúa la historia con la vida, tan atribulada o más, de su hija. En el quinto y último libro de la serie, se recupera al personaje malvado de la serie y se narra su historia anterior, para que el lector empatice con ella y comprenda que no siempre fue malvado, sino que el mundo lo hizo así.

Las melodramáticas, repetitivas y, sí, hermosas tramas de V.C. Andrews suelen desarrollarse, en gran parte, en fastuosas mansiones, hoteles de cinco estrellas a orillas del mar, plantaciones sureñas de más pasado que futuro, internados elitistas y academias de arte para niñas ricas.

Todo lo que acabo de resumir, aun así, por sí solo no puede dar idea fiel, aunque espero que sí vaga y aproximada, de por qué el universo Andrews es tan distinto al de cualquier otro autor.

He pensado largo y tendido sobre por qué me fascinan tanto estas novelas, y he llegado a la siguiente conclusión:

V.C. Andrews es preternatural.

Sus personajes y sus historias residen allí, en la zona de penumbra, en esa difusa franja rosácea y anaranjada que antecede a la salida del sol y sigue inmediatamente a la noche y es, por tanto, tierra de los dos y de ninguno. Residen en una zona fuera del espacio -porque es un mundo unitario sin conexión con éste, aunque comparta todos sus contornos y referencias- y fuera del tiempo -porque sus historias son, más que intemporales, atemporales; pueden suceder ayer como hace cien años como dentro de doscientos, o de mil.

Y todo en ellas es intenso, y es exagerado, pero a la vez es delicado, con personajes femeninos transidos de emociones y dirigidos por ellas.

Sus historias transcurren en ese vagoroso punto que limita -o que une, pues un límite sirve tanto para separar como para unir- lo extremadamente improbable con lo remotamente posible. ¿Puede existir alguna vez una mujer como cualquiera de las heroínas de V.C. Andrews, y, si existe, es posible que viva una vida más o menos como la que describen sus novelas? Es casi imposible, pero sólo eso: casi. Prácticamente imposible, inconcebible, pero matemáticamente factible.

Estas novelas son la combinación perfecta entre realismo y fantasía, o incluso ciencia-ficción. Constantemente juegan con el contacto entre extremos, ninguno de los cuales suele darse en la vida normal de personas normales, pero que, en cambio, existe y se desarrolla con total naturalidad en la imaginación de cualquiera.

Mundos separados del nuestro, pero, a la vez, concéntricos a él.

Es seguro que Virginia Andrews creó esos personajes, esas vivencias y esos mundos con total deliberación. Lo hizo porque conocía y experimentaba cada día en su propia piel una de las necesidades supremas del hombre: la necesidad de volar, de imaginar, de ser otro(s) por un momento, de modo inocuo e inocente; como un juego, sí, pero un juego de vida (no de muerte), un juego totalmente necesario si se quiere vivir. Ella, que probablemente se veía limitada por factores que escapaban de su control, creó para sí misma un mundo paralelo; improbable, pero posible; y lo habitó con todas las consecuencias. Y no sólo eso: lo más fascinante, lo más maravilloso, fue que compartió ese mundo con cualquiera que quisiera visitarlo.

Y eso no implica que fuera un mundo libre de dolor, un mundo perfecto; nada de eso, más bien al contrario; algunas de sus novelas son especialmente tristes. Pero son hermosas. Todas cuentan en realidad la misma historia, pero también lo hacen las novelas de cualquier otro escritor de cualquier época y lugar. En el mundo en el que ella se refugió, existía el sometimiento de la mujer, sus humillaciones, sus rigores y penas tan propias de este sexo, y V.C. Andrews no lo rehuyó, sino que lo enfrentó y lo contó. Y lo curioso es que la tristeza que algunas veces reflejan sus novelas no acrecienta la del lector -al menos no es ésta mi experiencia-, sino que sirve de consuelo y de gratísima evasión. Porque la evasión es tanto más agradecida y bienhechora cuanto menos perfecta es, porque en realidad necesitamos creer que la belleza que imaginamos en nuestro mundo de evasión es posible en el mundo real, y el mundo real es imperfecto.

Me encantan estos libros. Quiero leerlos todos y me da igual lo que piensen.

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“Desde ahora empezaría el paraíso…”

“Mámaschka, sangrecita mía, ¿es verdad que todos, ante todos, por todos somos culpables? No saben las criaturas eso… que, si lo supiesen… desde ahora empezaría el paraíso. ¡Señor! Pero ¿es que no es verdad? -lloro yo y pienso-. Verdaderamente, yo, por todos, puede que sea más que todos culpable y peor que todas las criaturas del mundo.” (…) “Afanasii -le digo-, anoche te pegué dos bofetadas en la cara. ¡Perdóname!”, le digo. Él dio un respingo, como asustado; se me quedó mirando, fijo… y veo yo que aquello era poco, poco, sí, y de repente, con mis charreteras y todo, voy y le hago una reverencia hasta tocar el suelo con la frente: “¡Perdóname!”, le digo. Entonces ya acabó él de desconcertarse. “¡Excelencia, padrecito, señor!, ¿cómo usted… es que me merezco yo eso?” Y rompió a llorar; él también, de pronto, exactamente lo mismo que yo antes, y con las palmas de las manos, se cubrió la cara, fuese a la ventana, y todo él temblaba, sacudido por el llanto; en tanto, yo corrí a reunirme con mi compañero, monté en el coche al vuelo, y “arrea”, grité. “¿Has visto -le grité- a un vencedor? Pues delante de ti le tienes.”

Los hermanos Karamazov

Fiodor Dostoyevski

El aforismo olvida una parte esencial: errar es humano y perdonar, divino, pero perdonar es el pináculo de la proporción de divinidad que Dios puso en el hombre.

Perdonar es una herramienta divina al alcance de cualquier hombre. Y esparce su divinidad por partida doble y en doble sentido: acerca a Dios a quien lo otorga y también -el gran olvidado del aforismo- a quien lo pide. En sólo ese sencillo gesto -pedir perdón, dar perdón- nos elevamos un poco más.

Pedir perdón es casi más divino que darlo, porque al hacerlo, disminuye forzosamente en cierta medida nuestro ego, es decir, nuestra soberbia. Por un momento, contravenimos el instinto más fuerte -el de supervivencia, que nos empuja a darnos siempre la razón a nosotros mismos, por temor a que nuestra dignidad sufra algún daño- y nos olvidamos de nosotros mismos, recriminándonos algo que hemos hecho mal, o lamentándonos de haber obrado mal. Incluso hay más: nunca como en la petición de perdón hay gran empatía con la persona dañada.

Pedir perdón es como encontrarse con ese alguien en el punto central mismo de un puente. Ni siquiera importa que el ofendido nos perdone. Si no quiere hacerlo, siempre le quedará esa mitad del camino por recorrer. El hecho importante y vital es que uno mismo haya hecho su propio recorrido.

Los hermanos Karamazov, de Dostoyevski, es un canto maravilloso a la fuerza del perdón. Dostoyevski retrata lo hermoso y lo feo, lo más hermoso y lo más feo, pero su genialidad indiscutible y única consiste en que sabe hacerlo de forma simultánea, casi en un mismo trazo. Así es la experiencia humana. Su obra susodicha habla del perdón como gran rasgo divino del hombre, capaz de borrar todo lo malo, incluso lo peor, de la cuenta de su vida.

Y en realidad, así es. Dostoyevski también habla de la libertad, y el perdón es a la libertad -auténtica- lo que la puerta es al umbral: si no hubiera una, no habría el otro. El perdón libera: pedirlo y darlo: de distinta manera liberan, pero los dos liberan.

Aunque uno pida perdón, el daño hecho no se puede reparar; ni siquiera Dios quiere -porque puede, debemos creerlo, ya que Él todo lo puede- borrarlo. Quedará el recuerdo, cuando mejor; el recuerdo de la relación que nos unía a la otra persona y que queda, casi siempre, rota, en función de la gravedad del error o de la falta que se han cometido.

Sin embargo, cuando uno pide perdón -siempre y cuando lo haga con total sinceridad-, puede perdonarse a sí mismo y puede empezar a ser alguien nuevo; en realidad, es ya alguien nuevo, sólo por el hecho de haberse perdonado (pero sólo si se ha perdonado de corazón y por completo).

Junto con esa absolución a uno mismo va, como si fuera una misma cosa y sólo una, el propósito de enmienda. Y puede suceder que se vuelva a cometer el mismo error. Pues entonces, habrá de volver a exigirse a sí mismo el perdón; pedirlo y dárselo a sí mismo. Tantas veces como haga falta. Porque el verdadero ofendido es uno mismo; pues incurrir en el mismo error daña el orgullo y la estima inocente que uno se tiene a sí mismo.

Si la relación perdida se convierte en la consabida vasija rota que, aunque con pedazos pegados, no es la misma vasija más, sino una vasija rota y recompuesta, entonces deberemos perdonarnos el haberla roto, y aprender a vivir con ello y creer en el hecho cierto de que también eso estaba en nuestro destino.

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