El arte de ser hormiga

Aquí estoy, tocándome los huevos, que para eso me hice diputado.

Con sólo tres palabras, nuestro héroe ha culminado una proeza homérica: la de echar abajo el discurso levantado durante décadas por cientos (o miles) de candidatos y diputados electos. Las promesas de todos ellos de dejarse la piel por sus conciudadanos, la retórica sobre la importancia de la labor legislativa, la solemnidad con que se dicen portavoces del pueblo o padres de la patria quienes ocupan un escaño, el aura que en razón de esa condición los reviste y lleva a otorgarles tratamiento de señoría, aforamientos, dietas, prebendas y honores sin cuento.

Del artículo El arte de tocarse los huevos (Elmundo.es)

La ética protestante del trabajo (…) se basa en la noción de que el énfasis calvinista en la necesidad de trabajar duro como componente del atractivo y el éxito personal es una señal de la salvación del individuo. Este concepto se apoya en que desde Lutero los protestantes habían reconceptualizado universalmente el trabajo diligente como signo de gracia. (…) Los teólogos calvinistas predicaban sin embargo que uno sólo podría ser salvado por la predestinación de Dios. Como es imposible saber si una persona está predestinada (alguien podría no ser recompensado en vida con la “gracia de la perseverancia”) discernimos que una persona fue electa o predestinada observando su estilo de vida. Esto convierte al trabajo duro y la frugalidad en dos consecuencias de ser elegido (predestinado). Es la razón por la que a los protestantes les atraían estas cualidades, señales de la salvación a la que se creían predestinados.

De Ética protestante del trabajo (Wikipedia)

Puede parecer increíble a según quién -por ejemplo, a muchas personas metidas a político en España y en otros países de mentalidad similar con respecto al trabajo -similarmente laxa, quiero decir-, pero no es universal el objetivo y la misión de pasarse la vida sin hacer nada.

Y con ello no me refiero al no hacer nada sano, que es el ocio y también la meditación, el no hacer nada contemplativo; sino al no hacer nada como actitud vital. El pasar de todo. El pasar de trabajar, de crear, de aportar nada al mundo. Que lo hagan otros.

Porque hay una gran diferencia entre descansar y no dar palo al agua, entre tener tiempo de ocio y pasarse la vida matando el tiempo. Curiosamente, no se me ocurre ahora mismo ninguna expresión educada que signifique exactamente lo mismo y dé idea más precisa de ese concepto que la expresión tocarse los huevos. Esa expresión, grosera por demás, da el significado concreto de esa actitud que consiste en vivir del cuento, en parasitar de otros y de todo lo existente alrededor. En no hacer absolutamente nada.

En realidad, quien pretende vivir de esa manera es un hedonista de la peor especie: su único objetivo es el placer -no la alegría, ni siquiera la felicidad y mucho menos la dicha; para eso hace falta tener cierta profundidad, tener un objetivo digno en la vida y una mirada más sagaz- y procurárselo a expensas de otros. No soportan la menor incomodidad ni contrariedad, y creen -equivocadamente- que de estar lo más cómodos posible durante todo el tiempo posible vendrán todos los demás placeres sensoriales. Es decir: primero, tocarse los huevos; y como consecuencia de ello, tener en cada momento aquello que yo crea que necesito para amplificar mi comodidad hedonista y mi sentido y comprensión -equivocados y rudimentarios- de lo que es el placer.

Es también un ser enfermizamente limitado en su concepto y entendimiento de lo que es la vida y el mundo, de lo que se puede obtener de ellos y de lo que ellos, como individuos, están llamados a hacer. Como consecuencia de ello, tienen un gran vacío que creen que sólo pueden llenar con los placeres mundanos; cuantos más, mejor.

Hay gente de este tipo que no tiene vergüenza ni escrúpulos, y hacen de su filosofía una realidad, pasando por encima de quien sea y llegando allá hasta donde sus artes se lo permiten, haciendo un uso utilitario de todo y tomando, si pueden, algunos de ellos, la vía del ejercicio de la política para alcanzar su meta de vivir tocándose los huevos.

Si son pillados sin posibilidad de escape, no sólo no muestran arrepentimiento, sino que algunos de ellos llegan a adoptar una actitud más chula que un ocho, creciéndose ante la acusación.

Todos tenemos clara la clase de gente que es ésa. Luego hay otro grupo muy numeroso, especialmente en países donde el trabajo no goza de buena fama y se ve sólo como un medio, y por regla general uno muy enojoso y del que conviene librarse lo antes posible y tan a menudo como se pueda, que querría vivir sin dar palo al agua, y que de hecho lo hace siempre que puede, pero que asume una serie de obligaciones y las cumple, aunque a regañadientes. Cuando tienen oportunidad de no hacer nada, la aprovechan y no sienten ningún deseo de hacer cualquier cosa que no sea no hacer nada. El ocio no los agota, no los agobia; están en su elemento. No se escaquean de sus obligaciones ni dejan de cumplir con su trabajo, pero odian los lunes y los regresos de las vacaciones y suspiran por que llegue el fin de semana/puente/período vacacional más próximo.

Personalmente, no me identifico con este grupo. Jamás he odiado los lunes por el mero hecho de suponer el regreso al trabajo; tampoco he odiado tener que ir a trabajar ni el momento del final del tiempo de ocio que me correspondía en un momento dado.

Sé que se puede no ser feliz si no se tiene nada que hacer un día tras otro, una hora tras otra. Y se puede ser muy feliz a pesar de tener muchas tareas que hacer y de sentir que falta tiempo para hacerlas todas.

No es tan simple como el aforismo de amar lo que se hace. No se puede amar todo aquello que se hace por obligación, pero al mismo tiempo, se puede saber que una vida exenta de obligaciones y de tareas no es una vida digna ni plena.

Ojo: tampoco me refiero al tópico de realizarse en el trabajo (no creo en eso).

Creo en la virtud y la dignidad y, sí, la felicidad y la satisfacción que sólo se pueden encontrar en y a través del trabajo.

Me refiero a cualquier tipo de trabajo, tanto el remunerado, en el marco de las relaciones laborales, trabajando para una empresa o por cuenta propia, como el trabajo de mantenimiento doméstico o personal y el que contiene algo más de creatividad personal.

Todo trabajo tiene en común ser una aportación de uno al mundo; aportación humilde o pomposa, anónima o de mayor o menor repercusión. Hacer algo por obligación -impuesta o autoimpuesta, aunque todo trabajo tiene cierto grado de autoimposición- supone varias cosas: en primer lugar, fuerza de voluntad y superación de uno mismo; en segundo lugar, implica que se ha aprendido algo en el pasado y que se ha alcanzado la suficiente pericia como para realizarlo relativamente bien; y, en tercero, y más importante, que se contribuye al cosmos, es decir, al mundo como lugar ordenado en el que, gracias a nuestro trabajo, es un poco más agradable vivir de lo que lo sería sin nuestra aportación.

Quizá nada de eso tenga nada que ver con la ética protestante del trabajo del modo en que se formuló por los rupturistas con la religión dominante, pero sí tiene que ver con la ética y con una forma de entender la vida como el proceso constante de afirmación de la propia dignidad.

Es digno pasar por la vida haciéndose notar, contribuyendo al mundo con el propio esfuerzo, el propio talento y la propia voluntad, reponiendo así y respondiendo a lo que otros han contribuido por nosotros.

A la cigarra no se le puede pedir que actúe como hormiga, pero al hombre-cigarra sí se le puede exigir eso mismo.

No se trata de vivir para trabajar, ni siquiera de trabajar para vivir, sino de vivir y trabajar o de vivir trabajando.

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