La flor, orgullosa de su frescura y su lozanía, no creyó hasta el final que sus pétalos también se marchitarían y un día caerían. Ella sólo quería ser para siempre tal como era entonces.

Veía a sus compañeras pasar por ese trance, y cada vez miraba para otro lado, como si fuera un girasol.

Sabía que también le sucedería a ella, pero hoy no, todavía no.

Al sentir cómo latía su corazón, olvidaba esa melancolía y sentía que la vida no terminaría nunca, que la vida es para siempre. Cuando caía la noche, recogida sobre sí misma, dejaba de notar su cuerpo joven y espinoso, dejaba de notar la atadura de las raíces. Se sentía volar, se sentía vivir. La eternidad era un puntito incandescente, una chispa que ella veía sólo un segundo antes de desaparecer en la oscuridad.

Cuando, al final, los pétalos cayeron, un otoño, desvelaron un tesoro secreto: en el centro de su corola había una diminuta flor de oro, que nunca se marchitaría, que nunca moriría. La flor supo que, aunque muriera un día, esa flor de oro existiría para siempre.

Había trocado su belleza de carne y sangre por la belleza verdadera que, sin ser suya, había sido una vez parte de ella. No cabía imaginar mayor dicha.

Y sin embargo, hay que guardar luto también por los efímeros pétalos de carne y sangre.

Hay que guardar luto también por lo superfluo, porque un día fue nuestra vida.

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