Y, por fin, ved el pequeño y dulce hogar:

este jardín sin verjas ni muros, ca a más tapiado, menos protegido; a más abierto, más resguardado.

El cielo protege a todos sus habitantes, y siempre sólo están aquí los que quieren estar.

Allí crecen flores y plantas a maravilla, nada está cercenado; nada, forzado.

Nos resguardamos para pernoctar, sin miedo a nada; el hogar nos rodea y nos abraza,

nuestro hogar nos protege.

En su centro puede crecer el precioso árbol, con sus ramitas bien extendidas al firmamento,

las hojas que el aire y el sol besan, que la lluvia limpia y las abejas alimentan;

y así, florece.

Las ramitas, a la par delicadas y fuertes; sola una mano las podría quebrar; pero ellas solas, sin moverse, sin ayuda,

resisten el invierno nevado entero, y así y más.

Al amor del calor y del silencio, aquí son bienvenidas las almas que hallan en él su espejo:

el hogar lo es de quien busca el retiro y el apartamiento, de quien se basta a sí mismo.

Las ramas de los más viejos árboles ocultan el camino, y aquí, tapados por las estrellas, dormimos.

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