Me he pasado la vida no sabiendo cómo responder a la pregunta de qué me llevaría a una isla desierta. Pero, por fin, tengo la respuesta: un ordenador a base de energía solar en el que pudiera leer las noticias de cada día. Da igual que no pudiera hacer nada más con él, y da igual que no me diera la posibilidad de comentar ni de leer comentarios de otros lectores (de cuyo valor, del comentario como nuevo género, se puede hablar largo y tendido, pero no es éste el artículo para ello); sólo pediría ser capaz de leer las noticias cada día. E incluso podría darme un poco igual no poder leer la actualización de una misma noticia casi en tiempo real, es decir, quedarme con una única versión de cada noticia por día, como pasa con los periódicos de papel; y hasta podría serme relativamente indiferente no poder leer más que un medio cualquiera, uno solo. Por supuesto, no sería tan exigente -la condición de náufraga me quitaría ese derecho; bastante suerte habría tenido con seguir viva, ¿no?- como para pedir un buscador con el cual rastrear los orígenes del hecho noticioso, ni los antecedentes de sus protagonistas, ni similitudes con otros hechos parecidos, o antagonismos con otros opuestos, o simplemente cualquier dato que me sirviera para relacionar cosas y formarme una visión de conjunto, o que mi cerebro se la formara y me la diera ya hecha en un ¡clic! del interruptor mental que reside en nuestro subconsciente. Y me conformaría con noticias escritas; ni vídeos, ni encuestas, ni infografías interactivas, ni desplegables, ni por supuesto redes sociales donde tomar el pulso a la realidad reflejada por o en esa noticia en concreto.

No; ya me consideraría muy feliz si tuviera sólo eso: la posibilidad de leer, mondas y lirondas, las noticias de cada día. Porque eso sí: cada día pediría mi dosis.

Una vez se acostumbra uno a acceder a las noticias de cada día, en cualquier ámbito -local, nacional, regional, global…-, sobre cualquier tema (lo que en los medios se llama “sección”, como si la realidad se pudiera seccionar, es decir, cortar y desgajar según lo que ha pasado verse sobre una cosa o sobre otra), incluso -o quizá sobre todo- acerca de los casos, las cosas y los personajes más extravagantes o menos estimulantes o importantes que cupiera imaginar, seguir el hilo de la actualidad resulta adictivo, máxime cuando ahora esa actualidad se ha convertido en más actual que nunca, de tal forma que los periódicos reflejan más que nunca noticias viejas, noticias que ya dejaron de serlo hace una eternidad, en términos periodísticos, y su papel retiene alguna dignidad sólo como soporte para reportajes, entrevistas y artículos de análisis y de opinión, y eso en el mejor de los casos. Ahora, el seguimiento de la información sólo es concebible cuando se hace por Internet y por ningún otro canal. Internet tiene -por ahora- la obsolescencia más pequeña de todos los medios, y a veces, nos traslada la información en el momento mismo de que suceda el hecho informativo.

Es más importante que nunca estar bien informados acerca del mundo que nos rodea, pero no está claro por qué. Parece que todo el mundo tiene interiorizada la importancia de estar al corriente de lo que sucede, de quiénes son los protagonistas y los autores de la historia -también sus personajes secundarios y sus figurantes, así como las víctimas, aunque éstas nunca lo son de la historia, sino sólo de otros hombres-, pero ¿sabrían decir también la razón? ¿Qué necesidad satisface el consumo de información varias veces al día, o por lo menos una vez al día? ¿Saber, simplemente saber lo que pasa en el mundo? ¿Tener tema de conversación sin caer en el terreno de lo personal? ¿Poder tomar postura ideológica? ¿Sentirnos conectados con el mundo, con los demás? ¿Sentir que pertenecemos a algo mayor que nosotros mismos y que nos trasciende? ¿Vernos reflejados en aquellos personajes históricos actuales con los que más nos identificamos? ¿Poder tomar decisiones con respecto a nuestro dinero, nuestro trabajo, nuestra familia, nuestras aficiones, nuestro voto?

Tal vez algo de todo eso y de más cosas hay. Tal vez no importe saber la razón. Al fin y al cabo, hay muchísimas personas a quienes no sólo no gusta en absoluto leer o escuchar las noticias, sino que las eluden; hay teorías al respecto, aunque las hay al respecto de casi cada realidad o fantasía que pueblan el universo.

Sin embargo, la razón última, para mí personalmente, no es una razón racional y mucho menos práctica. No tiene nada que ver con aclararme las ideas -o reafirmarme en las que ya tengo- respecto a modelos de estado y de gobierno, ideología política, sentido del voto, opciones de inversión, posibilidades de gasto a cual más tentadora y fabulosa que la anterior (para tener acceso a esa información no hace falta estar atento a los digitales periodísticos, por cierto), simpatías y antipatías para con personajes de la esfera pública y famosos de todo corte, estilos de vida, destinos vacacionales, empleo de mi tiempo de ocio, políticas recomendables en el espacio de trabajo, etcétera. Si lo pienso, no creo que haya ni una sola pieza de información periodística que yo haya leído o escuchado jamás que haya cambiado mi forma de pensar y de sentir en ningún ámbito, ni los mencionados ni otros cualesquiera. Mis opiniones, gustos, tendencias, filias, fobias, conductas… no han variado de ninguna forma digna de mención por cosas que haya leído o visto en los medios. Está claro que ha aumentado drásticamente mi conocimiento del mundo, pero es un conocimiento estático y colateral, no es el material principal de la noticia sino los elementos de los que se rodea el hecho noticiable en cada caso; se trata de conocimiento que podría haber adquirido por otras fuentes y de otra manera que leyendo las noticias.

No; si algo han hecho y hacen los contenidos difundidos continuamente por los medios de comunicación, tradicionales y nuevos, es servir de cemento para reafirmar los puntales de mi personalidad, de mi pensamiento, de mis creencias y sentimientos.

Gracias a las noticias, cada vez me conozco mejor. Leo las noticias y los comentarios de los lectores a ellas, y miro las fotos y las imágenes que las acompañan, no para saber qué pensar, sino para saber qué pienso ya, qué pensaba antes de que esas cosas sucedieran o esas palabras hubieran sido dichas por tales o cuales personas. Cada historia suscita una reacción, un pensamiento o una emoción, y son siempre las mismas. Leo las noticias no tanto para saber qué pasa y quiénes son esas personas, sino para saber quién soy yo.

Si fuera náufraga solitaria en una isla, necesitaría las noticias para sentirme conectada al mundo, para sentir que éste es mi mundo, mi tiempo, ésta es la gente que me rodea (o me rodeaba), ésta ha sido mi sociedad, así ha sido la vida cuando yo la he vivido, con sus cosas buenas y malas. Me guste o no, éste es mi mundo, y los medios de comunicación son, aunque imperfectos, aún los más fidedignos espejos de él.

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