¿Por qué son tan populares los libros de misterio y tramas policíacas? Llevo un tiempo preguntándomelo y, leyendo “El domador de leones”, de Camilla Läckberg, no puede decirse que haya llegado a responderme la pregunta, pero sí a notar algo ciertamente curioso.

La protagonista de sus novelas policiacas es una investigadora aficionada, pues no por profesión. Se trata de una escritora llamada Erica Falck. Gracias a que su marido es policía, Erica tiene constante ocasión de husmear en todos los casos de asesinato que se le presentan. Y se le presentan muchos. (Es necesario, por supuesto, hacer un aplicado ejercicio de suspensión de la incredulidad, máxime teniendo en cuenta que todos los crímenes de las novelas que componen la serie suceden en un pueblo de unos 1.000 habitantes -cada vez son menos, claro está). Y es ella, no la policía, quien siempre aporta la clave para resolver el caso. Para eso es la protagonista.

Erica es un prototipo perfecto de investigador aficionado. Tiene no sólo la oportunidad, sino, sobre todo, la motivación precisa para meterse en grandes berenjenales y habérselas con peligrosos locos y asesinos (generalmente, locos asesinos). En las novelas que ella protagoniza, no sólo se nos narra una investigación, sino también la vida personal y familiar de Erica. Y nos encontramos con que es una mujer de entre 30 y 40 años, casada, con una hija pequeña y, más adelante en la saga, otros dos hijos. Se nos describe cada etapa de su vida: depresión posparto tras dar a luz a la niña, una baja maternal que no se pone en cuestión y que dedica, claro está, a cuidar de su pequeña, responsabilidad que, sin embargo, no se trasfiere claramente a su marido cuando es él quien debe pedir una baja paternal (estamos en Suecia, es importante decirlo), así que Erica no puede hacer tabla rasa y dedicarse a su trabajo de escritora, sino que debe compaginarla con sus responsabilidades como madre; se las arregla para hacer huecos e ir a interrogar oficiosamente a testigos y sospechosos varios, llevándose a veces a su hija y dejándosela otras veces a su suegra o a su hermana; más adelante, vuelta a empezar con los gemelos; viajes a la guardería, viajes a otras ciudades para hacer de detective amateur, llevándose a los niños a cuestas; hacer labores de hemeroteca o de simple curioseo en los ratos que los niños pasan en el colegio infantil; limpieza y atención a la casa cuando puede; hacer de madrecita con su hermana menor; ser esposa, amante, confidente, amiga, amita de su casa…

Una carga considerable.

No son infrecuentes reflexiones de Erica sobre su vida, en términos como éstos, por ejemplo:

Patrik era fantástico en montones de cosas. Hacía su parte de las tareas domésticas sin protestar y, lógicamente, se ocupaba de los niños tanto como ella.Sin embargo, no podía decir que el reparto fuera del todo igualitario. Era como si tuviera que ser la directora del proyecto; ella era la que tenía en cuenta cuándo se les quedaba pequeña la ropa a lo sniños y había que comprarles otra nueva; la que sabía cuándo tenían que llevar merienda a la guardería o cuándo tenían que ponerse la vacuna en el centro de salud. Y mil cosas más. Ella era la que se daba cuenta de cuándo se estaba acabando el detergente, cuándo había que ir a comprar pañales; ella sabía qué crema funcionaba cuando les daba la dermatitis del pañal y la que sabía siempre dónde había dejado Maja el peluche favorito de turno. Todo ello lo llevaba ella en la sangre, pero para Patrik parecía imposible tenerlo presente. Ni queriendo. Era una sospecha que siempre había abrigado de forma más o menos latente, pero en la que había optado por no pensar más de la cuenta, sino que con la mayor naturalidad había asumido el papel de directora de aquel proyecto, y daba las gracias por tener un compañero que realizaba gustoso las tareas que se le asignaban. Muchas de sus amigas no tenían ni eso.

Y una escena cualquiera de su vida cotidiana podría ser ésta:

De repente le entró frío y fue al dormitorio a buscar unos calcetines de lana. Decidió no prestar atención al lío que había allí dentro. La cama estaba sin hacer y había ropa esparcida aquí y allá. En las mesillas de noche, vasos vacíos; la férula dental de Patrik acumulaba bacterias en su mesilla y, en la de ella, se amontonaban los frascos de spray para la nariz.

Entre tarea y tarea, pues, Erica hace labores detectivescas y desenmascara a asesinos dementes.

¿Pero no será que su motivación para meterse en líos y jugar con fuego -como cabría esperar, se ve en peligro muchas veces, si bien sale incólume en cada ocasión- es directamente proporcional a su hastío doméstico? Dicho en otras palabras: ¿no es lógico pensar que busca en la emoción, la caza y el peligro aquello que su vida diaria no le proporciona? Por mucho que quiera a su marido y a sus hijos, ¿se puede suponer sin miedo a equivocarse que Erica siente que le falta algo, y lo busca explotando esa otra faceta?

En su vida familiar y en su trabajo desde y en casa, normalmente la vemos sobreatareada, y no sólo porque tenga mucho que hacer, sino porque arrastra muchas responsabilidades. El reconocimiento le llega únicamente mucho después de realizar su trabajo; al ser escritora, el “premio” en forma de ventas y de aprecio de los lectores se hace esperar desde el momento en que termina de escribir su libro en la soledad de su despacho.De cualquier modo, el quid de la cuestión no es si ella recibe, tarde o temprano, recompensa a su labor, sino si a ella le satisface plenamente lo que hace. Y la respuesta es un rotundo no. Claro que tiene momentos de plenitud y de gran felicidad, pero anhela algo más y es por eso por lo que se inmiscuye en casos policiales que pueden acarrear gran peligro para ella y para su familia. Es adicta a los chutes de adrenalina que le proporciona su labor detectivesca: llegar a los testigos y sospechosos antes que su marido y haberlos interrogado en primicia, atar los cabos antes y mejor que los profesionales, establecer las conexiones, husmear por todas partes y, a poder ser, llevarse pertenencias de los sospechosos para poder destriparlos tranquilamente en casa y, finalmente, desvelar la identidad del asesino. Antes que nadie, claro.

Es un personaje interesante, y me pregunto si la autora, Camilla Läckberg, la ha creado así deliberadamente. Así, quiero decir, tan dividida entre su vida doméstica y familiar y su profesión y tan consciente de estarlo, tan agobiada, tan sanamente ambiciosa y, por ello, tan frustrada; tan a punto siempre de superarlo todo y ser completamente feliz y no consiguiéndolo nunca, en realidad. Erica es una mujer muy equilibrada y con una gran capacidad para la felicidad, pero da la sensación muy manifiesta y tangible de que, si le quitaran de repente su pequeña parcela de aficiones detectivescas, se sentiría menos equilibrada y menos capaz de apreciar todo lo que tiene. Quizá Läckberg podría escribir alguna vez una novela sobre Erica sin el componente policíaco, aunque no se diferenciaría mucho de la vida de casi cualquier mujer de su misma edad y extracción social y, por tanto, no sé qué aliciente tendría nadie para querer leerla.

Porque ésa es la segunda cuestión sobre la cual podemos reflexionar: si la motivación principal de la mayoría de la gente para acercarse a una novela y querer leerla es -creo que esto no se puede discutir- el deseo de pasar un rato entretenido y de evadirse un momento -por feliz que sea en su vida real, es importante subrayarlo-, entonces las novelas policíacas representan el paroxismo de ese deseo y a la vez de su cumplimiento, embarcando al lector en una aventura, en un suceso tan alejado de la realidad de su vida que bien podría considerárselo tan exótico como un suceso fantástico. Desde pequeños nos acostumbramos a leer historias de suspense y de misterio, al menos de cierto tipo de misterio -la desaparición del tarro de galletas, por ejemplo, o un hurto en la tienda local de golosinas… también existe la variante ligeramente fantástica, con niños que se pierden en el museo y descubren que la momia del faraón de turno está viva y quiere salir de allí y vestir pantalones vaqueros, o que su perro habla… ya me entienden-, y descubrimos que nos gustan y que nos ayudan a evadirnos, cualquiera que sea nuestra realidad, y así nos convertimos, de adultos, en lectores de novelas policíacas. El chute de adrenalina -como el que recibe Erica cada vez que desenmascara a un asesino- y el hecho de que nos haga sentir inteligentes cuando rumiamos las claves del misterio o cuando las encontramos nos engancha y nos proporciona un momento de ensoñación y de tener una vivencia emocionante más importante que nuestros pequeños sucesos cotidianos. En ese sentido, lo que vive el personaje de Erica no es sino lo que vive el lector, sólo que elevado a la vigésima potencia. Erica es el lector reflejado en un espejo amplificador. Es la versión exagerada del lector.

¿Le sucedía lo mismo a la señorita Marple, por ejemplo? ¿Es en realidad Erica -y era la señorita Marple- una neurótica y una infantil de tomo y lomo que si no tuviera casos de asesinato necesitaría hurtar en los grandes almacenes o beber anís a espaldas de su familia? Espero no tener que saberlo nunca.

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