Archivo mensual: julio 2015

El arte de ser hormiga

Aquí estoy, tocándome los huevos, que para eso me hice diputado.

Con sólo tres palabras, nuestro héroe ha culminado una proeza homérica: la de echar abajo el discurso levantado durante décadas por cientos (o miles) de candidatos y diputados electos. Las promesas de todos ellos de dejarse la piel por sus conciudadanos, la retórica sobre la importancia de la labor legislativa, la solemnidad con que se dicen portavoces del pueblo o padres de la patria quienes ocupan un escaño, el aura que en razón de esa condición los reviste y lleva a otorgarles tratamiento de señoría, aforamientos, dietas, prebendas y honores sin cuento.

Del artículo El arte de tocarse los huevos (Elmundo.es)

La ética protestante del trabajo (…) se basa en la noción de que el énfasis calvinista en la necesidad de trabajar duro como componente del atractivo y el éxito personal es una señal de la salvación del individuo. Este concepto se apoya en que desde Lutero los protestantes habían reconceptualizado universalmente el trabajo diligente como signo de gracia. (…) Los teólogos calvinistas predicaban sin embargo que uno sólo podría ser salvado por la predestinación de Dios. Como es imposible saber si una persona está predestinada (alguien podría no ser recompensado en vida con la “gracia de la perseverancia”) discernimos que una persona fue electa o predestinada observando su estilo de vida. Esto convierte al trabajo duro y la frugalidad en dos consecuencias de ser elegido (predestinado). Es la razón por la que a los protestantes les atraían estas cualidades, señales de la salvación a la que se creían predestinados.

De Ética protestante del trabajo (Wikipedia)

Puede parecer increíble a según quién -por ejemplo, a muchas personas metidas a político en España y en otros países de mentalidad similar con respecto al trabajo -similarmente laxa, quiero decir-, pero no es universal el objetivo y la misión de pasarse la vida sin hacer nada.

Y con ello no me refiero al no hacer nada sano, que es el ocio y también la meditación, el no hacer nada contemplativo; sino al no hacer nada como actitud vital. El pasar de todo. El pasar de trabajar, de crear, de aportar nada al mundo. Que lo hagan otros.

Porque hay una gran diferencia entre descansar y no dar palo al agua, entre tener tiempo de ocio y pasarse la vida matando el tiempo. Curiosamente, no se me ocurre ahora mismo ninguna expresión educada que signifique exactamente lo mismo y dé idea más precisa de ese concepto que la expresión tocarse los huevos. Esa expresión, grosera por demás, da el significado concreto de esa actitud que consiste en vivir del cuento, en parasitar de otros y de todo lo existente alrededor. En no hacer absolutamente nada.

En realidad, quien pretende vivir de esa manera es un hedonista de la peor especie: su único objetivo es el placer -no la alegría, ni siquiera la felicidad y mucho menos la dicha; para eso hace falta tener cierta profundidad, tener un objetivo digno en la vida y una mirada más sagaz- y procurárselo a expensas de otros. No soportan la menor incomodidad ni contrariedad, y creen -equivocadamente- que de estar lo más cómodos posible durante todo el tiempo posible vendrán todos los demás placeres sensoriales. Es decir: primero, tocarse los huevos; y como consecuencia de ello, tener en cada momento aquello que yo crea que necesito para amplificar mi comodidad hedonista y mi sentido y comprensión -equivocados y rudimentarios- de lo que es el placer.

Es también un ser enfermizamente limitado en su concepto y entendimiento de lo que es la vida y el mundo, de lo que se puede obtener de ellos y de lo que ellos, como individuos, están llamados a hacer. Como consecuencia de ello, tienen un gran vacío que creen que sólo pueden llenar con los placeres mundanos; cuantos más, mejor.

Hay gente de este tipo que no tiene vergüenza ni escrúpulos, y hacen de su filosofía una realidad, pasando por encima de quien sea y llegando allá hasta donde sus artes se lo permiten, haciendo un uso utilitario de todo y tomando, si pueden, algunos de ellos, la vía del ejercicio de la política para alcanzar su meta de vivir tocándose los huevos.

Si son pillados sin posibilidad de escape, no sólo no muestran arrepentimiento, sino que algunos de ellos llegan a adoptar una actitud más chula que un ocho, creciéndose ante la acusación.

Todos tenemos clara la clase de gente que es ésa. Luego hay otro grupo muy numeroso, especialmente en países donde el trabajo no goza de buena fama y se ve sólo como un medio, y por regla general uno muy enojoso y del que conviene librarse lo antes posible y tan a menudo como se pueda, que querría vivir sin dar palo al agua, y que de hecho lo hace siempre que puede, pero que asume una serie de obligaciones y las cumple, aunque a regañadientes. Cuando tienen oportunidad de no hacer nada, la aprovechan y no sienten ningún deseo de hacer cualquier cosa que no sea no hacer nada. El ocio no los agota, no los agobia; están en su elemento. No se escaquean de sus obligaciones ni dejan de cumplir con su trabajo, pero odian los lunes y los regresos de las vacaciones y suspiran por que llegue el fin de semana/puente/período vacacional más próximo.

Personalmente, no me identifico con este grupo. Jamás he odiado los lunes por el mero hecho de suponer el regreso al trabajo; tampoco he odiado tener que ir a trabajar ni el momento del final del tiempo de ocio que me correspondía en un momento dado.

Sé que se puede no ser feliz si no se tiene nada que hacer un día tras otro, una hora tras otra. Y se puede ser muy feliz a pesar de tener muchas tareas que hacer y de sentir que falta tiempo para hacerlas todas.

No es tan simple como el aforismo de amar lo que se hace. No se puede amar todo aquello que se hace por obligación, pero al mismo tiempo, se puede saber que una vida exenta de obligaciones y de tareas no es una vida digna ni plena.

Ojo: tampoco me refiero al tópico de realizarse en el trabajo (no creo en eso).

Creo en la virtud y la dignidad y, sí, la felicidad y la satisfacción que sólo se pueden encontrar en y a través del trabajo.

Me refiero a cualquier tipo de trabajo, tanto el remunerado, en el marco de las relaciones laborales, trabajando para una empresa o por cuenta propia, como el trabajo de mantenimiento doméstico o personal y el que contiene algo más de creatividad personal.

Todo trabajo tiene en común ser una aportación de uno al mundo; aportación humilde o pomposa, anónima o de mayor o menor repercusión. Hacer algo por obligación -impuesta o autoimpuesta, aunque todo trabajo tiene cierto grado de autoimposición- supone varias cosas: en primer lugar, fuerza de voluntad y superación de uno mismo; en segundo lugar, implica que se ha aprendido algo en el pasado y que se ha alcanzado la suficiente pericia como para realizarlo relativamente bien; y, en tercero, y más importante, que se contribuye al cosmos, es decir, al mundo como lugar ordenado en el que, gracias a nuestro trabajo, es un poco más agradable vivir de lo que lo sería sin nuestra aportación.

Quizá nada de eso tenga nada que ver con la ética protestante del trabajo del modo en que se formuló por los rupturistas con la religión dominante, pero sí tiene que ver con la ética y con una forma de entender la vida como el proceso constante de afirmación de la propia dignidad.

Es digno pasar por la vida haciéndose notar, contribuyendo al mundo con el propio esfuerzo, el propio talento y la propia voluntad, reponiendo así y respondiendo a lo que otros han contribuido por nosotros.

A la cigarra no se le puede pedir que actúe como hormiga, pero al hombre-cigarra sí se le puede exigir eso mismo.

No se trata de vivir para trabajar, ni siquiera de trabajar para vivir, sino de vivir y trabajar o de vivir trabajando.

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La flor, orgullosa de su frescura y su lozanía, no creyó hasta el final que sus pétalos también se marchitarían y un día caerían. Ella sólo quería ser para siempre tal como era entonces.

Veía a sus compañeras pasar por ese trance, y cada vez miraba para otro lado, como si fuera un girasol.

Sabía que también le sucedería a ella, pero hoy no, todavía no.

Al sentir cómo latía su corazón, olvidaba esa melancolía y sentía que la vida no terminaría nunca, que la vida es para siempre. Cuando caía la noche, recogida sobre sí misma, dejaba de notar su cuerpo joven y espinoso, dejaba de notar la atadura de las raíces. Se sentía volar, se sentía vivir. La eternidad era un puntito incandescente, una chispa que ella veía sólo un segundo antes de desaparecer en la oscuridad.

Cuando, al final, los pétalos cayeron, un otoño, desvelaron un tesoro secreto: en el centro de su corola había una diminuta flor de oro, que nunca se marchitaría, que nunca moriría. La flor supo que, aunque muriera un día, esa flor de oro existiría para siempre.

Había trocado su belleza de carne y sangre por la belleza verdadera que, sin ser suya, había sido una vez parte de ella. No cabía imaginar mayor dicha.

Y sin embargo, hay que guardar luto también por los efímeros pétalos de carne y sangre.

Hay que guardar luto también por lo superfluo, porque un día fue nuestra vida.

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‘Esther y su mundo’ (de ‘Libros y literatura.es’)

Esther y su mundo, de Purita Campos

esther-y-su-mundoA vueltas con los años 80, la única década en la historia de la humanidad cuyo revival está durando más que la propia década. Y es que, como dicen los chicos de Yo fui a EGB, no somos nostálgicos porque no hay nostalgias como las de antes. En fin. Que, si bien es cierto que la nostalgia lleva consigo una buena porción de idealización nada fiel a lo que fue la realidad y a cómo la vivieron sus protagonistas –a lo cual hay que añadir que la infancia y la preadolescencia son para todo el mundo el paraíso que cada hombre está destinado a perder–, también es verdad que los años 80 estuvieron llenos de cosas estupendas, fantásticas, divertidísimas y que llevaban impreso, más que los productos de ninguna otra época de la historia moderna, el sello de una alegría de vivir inocente y vitalista que no se ha repetido más, por lo menos hasta ahora.

Leer más: http://www.librosyliteratura.es/esther-y-su-mundo.html

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‘Mientras sorprendan los días’ (crítica publicada en ‘Libros y Literatura.es’)

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Mientras sorprendan los días es la primera novela de la madrileña afincada en Valencia Sara Mañero. Se trata de una historia llena de elementos cotidianos que pertenecen tanto al discurrir normal y previsible de todos los días como a ese recinto perteneciente al misterio consustancial a estar vivos. Se conjugan en la historia las alegrías, la nostalgia, los encuentros y desencuentros con personas queridas o que algún día lo fueron así como con los que hasta ahora eran perfectos desconocidos, el orgullo por el propio linaje y la historia de la familia de uno mismo, los sinsabores de la vida y las sorpresas, grandes y pequeñas, que ésta nos depara a todos.

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En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.

y el verbo creó el mundo

y el verbo creó el hombre

y el verbo creó la consciencia del hombre

y creó al padre, a la madre, al hijo y les insufló espíritu a todos y a todo el mundo,

y creó la vida.

y por eso la vida no es cazar,

la vida no es montear, la vida no es navegar,

la vida no es guerrear y conquistar

la vida no es vencer y someter,

la vida no es comprar y gastar,

la vida no es holgar y ociar y bailar,

la vida no es discutir ni presumir

y la vida ni siquiera es amar

sino que es escribir, es escribir

vivir es escribir, y la vida sin ser escrita

no es vida ni es nada, porque nunca llega a ser.

Es escribir hasta que se gaste la tinta y el papel,

y cuando se gaste el papel, escribir con un palo en la arena,

y cuando suba la marea y lo borre todo, abrirse las venas y escribir con la sangre en el aire

en un códice hecho con sudor y con lágrimas pero también con risas y con la palpitación del corazón,

escribir como se respira, no pudiendo nunca no escribir,

y viajar escribiendo, y descubrir escribiendo,

y trazar el propio cuerpo y los contornos del propio mundo grande o pequeño

de modo tal y manera que uno puede hacer que siempre sea primavera,

que el cielo siempre esté azul, que reine la alegría,

que se pueda hallar en todo buen contento y sosiego, y paz

porque escribir es el poder que se nos ha dado para hacer magia,

es la taumaturgia de los simples humanos

que escriben su vida como en una postal, y luego la envían con sus mejores recuerdos

y con un beso.

Escribir para no estar solo, o para estarlo menos;

escribir para responder, y para preguntar;

escribir para cantar, para tener siempre una voz a la que oír contra el ruido de la tormenta,

escribir para reordenar y para reescribir

los recuerdos y para imaginar

el futuro, y sobre todo

para morar en la casa del presente.

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Y, por fin, ved el pequeño y dulce hogar:

este jardín sin verjas ni muros, ca a más tapiado, menos protegido; a más abierto, más resguardado.

El cielo protege a todos sus habitantes, y siempre sólo están aquí los que quieren estar.

Allí crecen flores y plantas a maravilla, nada está cercenado; nada, forzado.

Nos resguardamos para pernoctar, sin miedo a nada; el hogar nos rodea y nos abraza,

nuestro hogar nos protege.

En su centro puede crecer el precioso árbol, con sus ramitas bien extendidas al firmamento,

las hojas que el aire y el sol besan, que la lluvia limpia y las abejas alimentan;

y así, florece.

Las ramitas, a la par delicadas y fuertes; sola una mano las podría quebrar; pero ellas solas, sin moverse, sin ayuda,

resisten el invierno nevado entero, y así y más.

Al amor del calor y del silencio, aquí son bienvenidas las almas que hallan en él su espejo:

el hogar lo es de quien busca el retiro y el apartamiento, de quien se basta a sí mismo.

Las ramas de los más viejos árboles ocultan el camino, y aquí, tapados por las estrellas, dormimos.

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La habitación

Cuatro paredes y ningún muro.

Un techo, y no de cristal.

Una hoguera para no temer al invierno, la ventana abierta sin rejas ni celosía.

Para ver y que me vean. Sin nada que esconder.

Dentro pero a la vez fuera; un escritorio y la pluma, una espada y una rosa.

Los pétalos y las estrellas, el arco iris y la luna, todo a una.

Es mi habitación.

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Niebla, de Miguel de Unamuno

Niebla

Acaso fuera don Miguel de Unamuno demasiado filósofo, demasiado introspectivo, demasiado analítico, demasiado cerebral y su sentido de la vida fuera quizá demasiado trágico para pasar a la historia como gran novelista, no ya de la literatura española, sino siquiera de su generación (el gran novelista será seguramente Pío Baroja). Pero ello no es óbice para que creara una imperfectísimamente perfecta novela -o nivola, según denominación unamuniana; como ustedes prefieran-, Niebla.

Y cuán grande es su oscura fascinación, cuán hipnotizante su irregular conjunto, cuán deleitosa su belleza que atenta contra todo estereotipo, al punto de que no sabemos muy bien qué estamos leyendo, si novela, si ensayo dialogado, si tragedia, si comedia, si astracanada, aunque, ¿acaso nos importa? No, porque sea novela o ensayo, tragedia o comedia lo que estamos leyendo, y pese a saber que es una obra que no se ajusta a los cánones de ninguna de esas categorías, no podemos dejar de leer. Ejerce una fascinación similar a la de ciertas bellezas extrañas que no responden a ningún ideal de tales, pero, con defectos y todo, atraen la mirada igual que un imán.

Quizá sea el lenguaje, tan bien manejado por don Miguel, ora culto, ora coloquial, siempre con sabor a antiguo, a foto en blanco y negro; quizá sean los personajes, alter egos todos ellos o casi todos del autor, dando voz y palabras a sus pensamientos, a sus contradictorias filosofías, a sus dialécticas mentales, a sus discusiones consigo mismo y con ese Dios deseado y deseante a quien Unamuno interroga constantemente y sobre el cual se interroga a sí mismo, vestido ya de Augusto Pérez, el deplorable protagonista, ya de su amigo Víctor, la voz de la razón o siquiera de la racionalidad, tan unamuniano él, ya de sí mismo, pues un autor con una personalidad tan fuerte como fue don Miguel reclamaba figurar en su propia novela como personaje decisivo en la trama.

O quizá la magia equívoca de Niebla provenga del hecho de que empieza como novela de dulciamargo romanticismo, continúa como novela de ideas y termina como novela de terror, con unos tonos macabros y tan llenos de vacío existencial y de nihilismo que habrían debido hacer verdecer de envidia a Sartre.

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“El domador de leones”, de Camilla Läckberg

el-domador-de-leonesMe resulta difícil expresar lo que me ha inspirado la lectura de El domador de leones sin destripar su argumento y algunas de sus claves más importantes. Lo que sí puede decirse sin temor a estropear la experiencia a nadie es que estamos ante la novela más insólita y más original de Camilla Läckberg. Me refiero a originalidad relativa, claro, porque resulta bastante diferente a todas las anteriores de la colección de Los crímenes de Fjällbacka. Los personajes -la pareja formada por la escritora y detective aficionada Erica y el policía Patrik; sus hijos; Anna, la hermana de Erica, y su pareja, Dan; los colegas de Patrik, cada uno con sus familias, que la autora ha ido convirtiendo en personajes igualmente recurrentes y con sus propias historias que contar- son los mismos de siempre, y misma es la localización, el pequeño y peligrosísimo pueblo costero de Fjällbacka.

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Doce del destino

Doce Del Patibulo

Doce del Patíbulo es una excelente película de aventuras bélicas, por así decir. Es un filme que consta de prólogo, inicio, nudo, desenlace y epílogo, cada uno con su tono. El nudo, a su vez, está dividido en dos partes netamente diferenciadas y diferentes entre sí, a tal punto que puede hablarse casi de dos películas diferentes.

Lo más interesante de esta película está en la parte final, y es un elemento que no sólo resulta decisivo para el decurso sucesivo, sino que, tras su conocimiento, cambia nuestro punto de vista y el tono con el que vemos la película hasta ese momento. Dicho de otra manera, la información que acabamos de registrar hace que cambie nuestra forma de pensar en lo visto hasta ese momento.

La historia versa sobre doce tipos condenados a muerte o a años de prisión suficientes para que constituyan, en la práctica, una cadena perpetua, que son reclutados por el ejército de EEUU para ser entrenados y convertidos en soldados de elite que se embarcarán en una misión suicida contra el ejército nazi. Ahora bien, son doce protagonistas, con lo cual interesa mucho -y se consigue- dotar a cada uno de personalidad lo bastante fuerte como para que el espectador quiera saber acerca del destino de cada uno de ellos; no son doce figurantes, ni doce soldaditos de juguete, sino doce personas por las que tanto el narrador como el espectador adquieren interés, al menos por la mayor parte de ellas (no se profundiza en la personalidad ni en las acciones de los doce). Al mando de la operación está el orgulloso e individualista mayor John Reisman, acostumbrado a hacer las cosas a su manera y a rebelarse todo lo que puede contra sus propios superiores, siempre sin desacatarlos ni ser desleal.

Ésa es la historia, el argumento; pero uno de los temas principales de la película, y el que me interesa sacar a relucir aquí, es el del destino y su inexorabilidad.

El destino, en esta película, tiene la cara de Telly Savalas y se llama Archer Maggott. Es uno de los doce sucios. Un tipo vulgar, de inteligencia más bien menos que mediana, normalmente silencioso y poco amigo de crear problemas pero con expresión ladina y hostil. La característica más importante de Maggott es que es un monomaníaco peligroso con una marcadísima misoginia, tan simple como peligrosa. Es peligrosa porque es simple; no se puede desmontar, ni se puede razonar con Maggott sobre lo estúpido de sus creencias.

Ahora bien; todos son presidiarios condenados por graves delitos, ninguno es una hermanita de la caridad. Pero todos -excepto Maggott- son hombres cuerdos. Se nos narran los pormenores de los delitos de algunos de ellos, por boca de ellos mismos o en medio de un diálogo que mantienen con Reisman. Asimismo, presenciamos escenas de encontronazos entre los condenados o entre alguno de ellos y la autoridad, normalmente representada por Reisman. Se nos dice y se nos deja claro que son tipos duros, con los que no se puede bromear. Pero, al mismo tiempo y por el mismo artificio, se nos advierte de que Maggott es diferente del resto; es un loco peligroso.

En apariencia, al final de su entrenamiento, los doce presidiarios han entrado en vereda y se han convertido en eficaces soldados fieles a su misión. Si tienen éxito, serán hombres libres. Están dispuestos a jugarse el pellejo por una oportunidad, ya que esa misión de alto riesgo les proporciona algo que antes no tenían: una esperanza, por tenue que pueda ser.

En el helicóptero que los llevará al palacete donde se concentran los altos mandos nazis y que ellos van a asaltar, los doce repasan una y otra vez las claves del plan. Lo estamos viendo: son hombres convencidos de lo que tienen que hacer y decididos a hacerlo bien hasta el final. No importa si lo hacen por convicción o por pragmatismo; si son mercenarios, tanto mejor para la causa, pues el mercenario jamás la abandona, cosa que sí hace el idealista. Si el plan falla, no será por culpa de ninguno de estos hombres.

Pues resulta que sí. El plan inicial falla. Y lo hace porque Maggott, uno de los infiltrados en el palacete y que iba a despejar el camino para los demás, ha visto a una bella mujer. Ella no lo ha visto a él. Vemos cómo la espía desde su escondite, en una suntuosa habitación. Están solos. Y de repente, ocurre: Maggott se deja llevar de su locura y mata a la mujer. Lo curioso es que, aunque los nazis reunidos en el palacete para pasar una agradable velada no se dan cuenta del asesinato, quienes sí se dan cuenta son los propios compañeros de Archer Maggott. Saben que la locura se ha apoderado de él y que los ha traicionado. Es el momento de abandonar el plan; éste ha fracasado. (Montan a toda prisa un plan B, y sí, la misión es un éxito, pero no se trata de eso, sino de que El Plan, ése que tantos meses les había llevado preparar, ha sido un rotundo fracaso que podía haber terminado con la ejecución de todos ellos y un fracaso aliado en la guerra contra los nazis).

La forma en que se llega al momento de la traición de Maggott está magistralmente labrada, y el momento está impecablemente elegido. El hecho de que se produzca en el tramo final causa un estupor en el espectador que no habría sido tan pasmoso si se hubiera producido antes. Ya que el espectador se ha pasado la mayor parte de la película alineado con los doce del patíbulo y su objetivo, compartiendo sus esfuerzos, participando de sus chuscas bromas y ocurrencias, alentándolos en los juegos de guerra que finalmente ganan y alegrándose cuando lo hacen y, finalmente, sintiendo la emoción y la tensión al verlos ya sobre el terreno, metidos de hoz y coz en su peligrosa misión contra los nazis. El momento en el que todo eso se desmorona es eso, sólo un momento, pero basta para que seamos conscientes de lo que significa, del fracaso que significa. Y sucede igual que suceden estas cosas en la vida: en un momento se decide la suerte de algo que se ha soñado, planificado, diseñado, para lo que se ha trabajado durante días, meses o años.

La historia de los Doce del patíbulo es la historia de la victoria incontestable y eterna del destino sobre la voluntad y el esfuerzo del hombre. En un sentido menos fatalista (en la acepción primitiva del término, es decir, despojado del sentido negativo que ahora tiene), se puede ver también como la historia de la tenacidad y de la dignidad del hombre que se levanta al momento de caerse y que persevera hasta la victoria o, al menos, hasta la superación de un revés. Sin embargo, no por ello deja el destino de ser menos inexorable y menos rotundo; cuando se manifiesta, le basta para ello un instante, y puede revestirse de comedia, de absurdo, de tontería, de suceso fácilmente evitable sin que por ello hubiera podido evitarse de ninguna manera. Maggott estaba destinado a encontrarse con una mujer y a no poder refrenar el impulso de matarla, dando con ello al traste con todo, empezando con sus propias posibilidades de seguir viviendo. Se trata de un destino irracional -en la medida en que puede hablarse de racionalidad del destino-, una fuerza sobrehumana; en este caso, su instrumento es un hombre demente, irracional.

El mayor Reisman, aun con toda su fuerza de voluntad, su disciplina, su capacidad de mando, su autoridad y su poder, no puede hacer nada contra esa potencia de la vida. Pero la película no lo culpa ni mucho menos lo condena por no haber previsto lo que podía pasar y por no haberse dado cuenta de que entre sus filas había un loco incontrolable; y es que todos tenemos una vista perfecta cuando juzgamos el pasado, pero sólo entonces. El narrador de la película sabe esto y lo comprende. Y nos insta a comprenderlo y a comprendernos y perdonarnos igual que perdonamos a Reisman.

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