Esa luz

Se han propuesto cientos de definiciones de la inteligencia. Tantas veces se ha intentado definir como veces se nos ha seguido escapando el concepto. Nuestro afán por describirlo de forma unívoca y unánime es proporcional a su inasibilidad y su carácter abstracto.

La inteligencia es, según a quién se le haya preguntado:

  • Facultad de la mente que permite aprender, entender, razonar, tomar decisiones y formarse una idea determinada de la realidad.
  • El l término inteligencia proviene del latín intelligentia, que a su vez deriva de inteligere. Esta es una palabra compuesta por otros dos términos: intus (“entre”) y legere (“escoger”). Por lo tanto, el origen etimológico del concepto de inteligencia hace referencia a quien sabe elegir: la inteligencia posibilita la selección de las alternativas más convenientes para la resolución de un problema. De acuerdo a lo descrito en la etimología, un individuo es inteligente cuando es capaz de de escoger la mejor opción entre las posibilidades que se presentan a su alcance para resolver un problema.
  • La capacidad para resolver problemas, o crear un producto valioso en distintas culturas,es para el neuropsicólogo Howard Gardner, la definición de Inteligencia.Gardner es reconocido por su teoría de las inteligencias múltiples, por la cual, cada persona posee al menos ocho tipos de inteligencias u ocho habilidades innatas. En el libro “Inteligencia  múltiple”, afirma la cantidad de inteligencias cognitivas que nos ocupan y las resume en 8 tipos.
  • inteligencia.
    (Del lat. intelligentĭa).
    1. f. Capacidad de entender o comprender.
    2. f. Capacidad de resolver problemas.
    3. f. Conocimiento, comprensión, acto de entender.
  • La inteligencia es la capacidad de relacionar conocimientos que poseemos para resolver una determinada situación.
  • Es una serie de reglas y manipulaciones que te garantizan llegar a una solución en n pasos o menos. O, dicho de una manera más simple: la inteligencia consiste en encontrar soluciones simples a problemas complejos. (Krakauer)
  • El conjunto de las habilidades cognitivas o intelectuales necesarias para obtener conocimientos y utilizar esos conocimientos de forma correcta con el fin de resolver problemas que tengan un objetivo y una meta bien descritos (Resing y Drenth).
  • Etcétera…

Si nos fijamos en esas definiciones -copiadas de varios sitios de Internet y, creo, representativas de lo que se tiene por establecido a día de hoy- veremos que casi todas, o directamente todas ellas, inciden en la acción. Es decir: la inteligencia, según lo que acabamos de leer, es un don para algo, es una herramienta. Nos permite, dicen todos estos autores, resolver un problema de manera óptima, de manera rápida, de manera eficaz, o todo a la vez. También se da por bien entendido que cuanto más inteligente sea la persona, más ingeniosa, brillante, ágil, intuitiva… será su resolución al problema.

Son, todas ellas, definiciones pragmáticas. Y no son otra cosa que eso: pragmáticas.

No hay romanticismo ni belleza algunos en ellas.

La inteligencia nunca se ha valorado por sí misma, sino siempre en función de lo que es capaz de conseguir, de los efectos visibles que produce. Cuanto más visibles los efectos, más valorada la inteligencia. Pero a nadie se le ha reconocido tan sólo por ser inteligente, sino por los efectos que ha causado esa inteligencia, por el uso pragmático que le ha dado; y tanto más cuanto más universalmente práctica ha sido esa solución, cuanto más nuevos estándares ha creado para que otros la puedan usar.

Se diría que, cuando no hay nada que resolver -o nada que no esté ya trillado y cuya solución más sencilla esté al alcance de todos-, da igual lo muy o lo nada inteligente que se sea.

Pero no da igual.

Destaca y llama la atención la definición, de entre las anteriormente recogidas, la más generalmente accesible y la más común de todas.

Inteligencia: capacidad de entender o comprender.

La inteligencia es la capacidad de darse cuenta de las cosas, o, dicho de otro modo más poético, la capacidad de ver la verdad.

En la vida cotidiana, hay multitud de problemas que no tienen solución; hay otros cuya solución ya está universalizada; hay otros que se resuelven por sí solos y otros más que requieren discurrir un poco.

De estos últimos, son pocos los que requieren un proceso de razonamiento consciente. En la mayoría de ellos, debemos actuar por intuición (hay quien diría que por instinto, pero es la misma cosa).

De cualquier forma, para poder solucionar un problema, primero hay que ser consciente de él. Y para resolverlo, tenemos que darnos cuenta de la verdad.

A veces, la única alternativa posible para el hombre inteligente es asumir que no puede hacer nada. Porque es así: a veces, ser inteligente no sirve absolutamente para nada útil.

No sirve para medrar. No sirve para superar obstáculos puestos deliberadamente por otros. No sirve para enfrentarse a enemigos poderosos. No sirve para reclamar justicia ni para administrarla o hacerla cumplir. Ni siquiera sirve como mérito que goce de reconocimiento y conduzca al éxito, puesto que la sociedad actual ha abolido por completo el valor del mérito en aras de otros valores, muchos de ellos muy discutibles y poco morales.

En esas situaciones, insistir no es de inteligentes, sino de necios.

Lo único para lo que la inteligencia tiene un valor intrínseco, aquello en lo que jamás defraudará a su poseedor, es para darse cuenta de la verdad. Y quizá no sea evidente, pero ese acto es valioso en sí mismo y lleva en sí su premio, sin necesidad de reconocimientos ajenos. Da igual que se resuelva algo como que no.

Es el machete que va limpiando la maleza de la selva para dejar a la vista el camino. Y eso puede dar mucha alegría. A pesar de que el camino no lleve a ningún sitio más que a un pequeño calvero. El valor último no estriba en llegar al calvero, sino en haber limpiado la maleza. Lo que los budistas llaman maya y la tradición cristiana llama vanidad del mundo, la pura apariencia, la mentira y la falacia, el engaño y los oropeles con los que se viste. Los cantos de sirena, el veneno diluido en la copa de ambrosía. Basta con darse cuenta de eso. Con reconocer la mirada de quien se oculta bajo la máscara. Con no dejarse engañar. Con mantenerse firme en la posición, defendiéndola contra los enemigos que vengan.

Ese reconocimiento en la mirada, esos rayos equis en los ojos, esa luz. Eso es la inteligencia.

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