Hoy se me ha ocurrido: morirse es como salir de una estafa piramidal: tú cobras tu parte, y esa parte la ha puesto por ti otro. Luego, el pago para ese otro lo hará un tercero, y así todo. Es una estafa piramidal relativa, porque no hay estafa alguna: desde muy temprano sabemos ya que tenemos que apoquinar.

Morirse no es caro, lo caro lo tiene el que sigue vivo. Letras, deudas, bonos y obligaciones, y no precisamente del estado, sino de uno mismo. Todo para él. Los amigos y conocidos se pasarán por allí y habrá que agasajarlos con manjares comprados y pagados al contado. Todo lo demás ya es harina de otro costal, y no precisamente del que se usa para hacer bollos (sin grasas trans, que pueden acelerar la salida de la pirámide).

Alguien me contó una vez que un amigo de un amigo (ADUA) estaba en el ajo de una de esas sectas. Pero es diferente, porque las estafas al uso tienen un final, tienen que tenerlo tarde o temprano -quien tenga dudas, pregúntele a Madoff- y ésta, en cambio, no lo tiene nunca.

Ayer leí una noticia sobre un condenado a muerte en EEUU, por violación y asesinato, que expresó, como última voluntad, su deseo de donar sus órganos; a poder ser, a su hermana y a su madre, ambas en espera de riñón y corazón, pero a cualquier otra persona también le iba bien. La gente comentaba la noticia y la mayoría decían que, si se trataba de la vida propia o de un ser querido, aceptarían el órgano donado sin importarles su procedencia. Pero había quien argumentaba que, siendo los órganos los de un criminal confeso y convicto, debía informarse al receptor y darle la oportunidad de rechazar aquel órgano. Esto me hizo pensar una cosa: ¿se hará alguna vez un trasplante de cerebro? Doy por hecho que sí. Y, en tal caso, ¿no será necesariamente una de las incógnitas si parte de la personalidad del muerto pasa al vivo? Es decir, si el vivo se convierte, en parte, en quien era el donante cuando estaba vivo. Yo pienso que no, que eso nunca sucederá porque nosotros no somos nuestro cerebro, pero no me cabe duda de que, cuando el momento llegue, la cosa suscitará gran polémica (como casi todas las cosas del mundo, sean importantes o no, por otro lado; ¿no conocen una cosa llamada foros de Internet? ¿De uso anónimo, para más inri?) porque el ateísmo que dominará entonces hará que se haya extendido en la generalidad de la gente la creencia de que uno es creado por su cerebro y es lo que piensa, lo cual es un concepto tremendamente equivocado. El cerebro no puede producir nada con su masa física ni con las partes físicas y objetivas que lo componen. Las personas no somos un producto de la biología. El ser humano es la única máquina, la única entidad de la naturaleza y del mundo natural y creado que es capaz de producir algo de la nada, que no necesita energía para poder transformarla. Recuerden el cuento arquetípico de la gallina de los huevos de oro; concretamente, el momento en que madre e hijo despanzurran a la pobre gallina para descubrir el secreto de su aurífera producción. No consiguieron nada. La gallina era un conjunto de vísceras igual a cualquier otra gallina. Lo mismo que descifrar todo el genoma humano no sirve para saber quién es esa persona.

El ser humano es capaz de crear algo donde no había nada. Piensen en el amor, por ejemplo. Es el producto supremo de la vida, y es, y no por casualidad, el ejemplo más claro de creación a partir de la nada. No me digan que es cosa de las neuronas. Yo no soy un conjunto de huesos, sangre y neuronas, ni tampoco soy un bloque de piedra de una pirámide. No soy una gallina ni tampoco soy un amasijo de vísceras.

Por favor.

Aunque tampoco soy una “esa persona”. (Los tratamientos que convencionalmente son respetuosos pueden ser, estarán conmigo de acuerdo, la cosa más desdeñosa y desagradable del mundo).

Yo soy yo, y esto vale y es de aplicación para todo el mundo. Igual que todo el mundo tiene su opinión, todo el mundo tiene su yo. Y si todo lo que tiene nombre es, entonces no hay más que hablar.

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