Archivo mensual: junio 2015

Esa luz

Se han propuesto cientos de definiciones de la inteligencia. Tantas veces se ha intentado definir como veces se nos ha seguido escapando el concepto. Nuestro afán por describirlo de forma unívoca y unánime es proporcional a su inasibilidad y su carácter abstracto.

La inteligencia es, según a quién se le haya preguntado:

  • Facultad de la mente que permite aprender, entender, razonar, tomar decisiones y formarse una idea determinada de la realidad.
  • El l término inteligencia proviene del latín intelligentia, que a su vez deriva de inteligere. Esta es una palabra compuesta por otros dos términos: intus (“entre”) y legere (“escoger”). Por lo tanto, el origen etimológico del concepto de inteligencia hace referencia a quien sabe elegir: la inteligencia posibilita la selección de las alternativas más convenientes para la resolución de un problema. De acuerdo a lo descrito en la etimología, un individuo es inteligente cuando es capaz de de escoger la mejor opción entre las posibilidades que se presentan a su alcance para resolver un problema.
  • La capacidad para resolver problemas, o crear un producto valioso en distintas culturas,es para el neuropsicólogo Howard Gardner, la definición de Inteligencia.Gardner es reconocido por su teoría de las inteligencias múltiples, por la cual, cada persona posee al menos ocho tipos de inteligencias u ocho habilidades innatas. En el libro “Inteligencia  múltiple”, afirma la cantidad de inteligencias cognitivas que nos ocupan y las resume en 8 tipos.
  • inteligencia.
    (Del lat. intelligentĭa).
    1. f. Capacidad de entender o comprender.
    2. f. Capacidad de resolver problemas.
    3. f. Conocimiento, comprensión, acto de entender.
  • La inteligencia es la capacidad de relacionar conocimientos que poseemos para resolver una determinada situación.
  • Es una serie de reglas y manipulaciones que te garantizan llegar a una solución en n pasos o menos. O, dicho de una manera más simple: la inteligencia consiste en encontrar soluciones simples a problemas complejos. (Krakauer)
  • El conjunto de las habilidades cognitivas o intelectuales necesarias para obtener conocimientos y utilizar esos conocimientos de forma correcta con el fin de resolver problemas que tengan un objetivo y una meta bien descritos (Resing y Drenth).
  • Etcétera…

Si nos fijamos en esas definiciones -copiadas de varios sitios de Internet y, creo, representativas de lo que se tiene por establecido a día de hoy- veremos que casi todas, o directamente todas ellas, inciden en la acción. Es decir: la inteligencia, según lo que acabamos de leer, es un don para algo, es una herramienta. Nos permite, dicen todos estos autores, resolver un problema de manera óptima, de manera rápida, de manera eficaz, o todo a la vez. También se da por bien entendido que cuanto más inteligente sea la persona, más ingeniosa, brillante, ágil, intuitiva… será su resolución al problema.

Son, todas ellas, definiciones pragmáticas. Y no son otra cosa que eso: pragmáticas.

No hay romanticismo ni belleza algunos en ellas.

La inteligencia nunca se ha valorado por sí misma, sino siempre en función de lo que es capaz de conseguir, de los efectos visibles que produce. Cuanto más visibles los efectos, más valorada la inteligencia. Pero a nadie se le ha reconocido tan sólo por ser inteligente, sino por los efectos que ha causado esa inteligencia, por el uso pragmático que le ha dado; y tanto más cuanto más universalmente práctica ha sido esa solución, cuanto más nuevos estándares ha creado para que otros la puedan usar.

Se diría que, cuando no hay nada que resolver -o nada que no esté ya trillado y cuya solución más sencilla esté al alcance de todos-, da igual lo muy o lo nada inteligente que se sea.

Pero no da igual.

Destaca y llama la atención la definición, de entre las anteriormente recogidas, la más generalmente accesible y la más común de todas.

Inteligencia: capacidad de entender o comprender.

La inteligencia es la capacidad de darse cuenta de las cosas, o, dicho de otro modo más poético, la capacidad de ver la verdad.

En la vida cotidiana, hay multitud de problemas que no tienen solución; hay otros cuya solución ya está universalizada; hay otros que se resuelven por sí solos y otros más que requieren discurrir un poco.

De estos últimos, son pocos los que requieren un proceso de razonamiento consciente. En la mayoría de ellos, debemos actuar por intuición (hay quien diría que por instinto, pero es la misma cosa).

De cualquier forma, para poder solucionar un problema, primero hay que ser consciente de él. Y para resolverlo, tenemos que darnos cuenta de la verdad.

A veces, la única alternativa posible para el hombre inteligente es asumir que no puede hacer nada. Porque es así: a veces, ser inteligente no sirve absolutamente para nada útil.

No sirve para medrar. No sirve para superar obstáculos puestos deliberadamente por otros. No sirve para enfrentarse a enemigos poderosos. No sirve para reclamar justicia ni para administrarla o hacerla cumplir. Ni siquiera sirve como mérito que goce de reconocimiento y conduzca al éxito, puesto que la sociedad actual ha abolido por completo el valor del mérito en aras de otros valores, muchos de ellos muy discutibles y poco morales.

En esas situaciones, insistir no es de inteligentes, sino de necios.

Lo único para lo que la inteligencia tiene un valor intrínseco, aquello en lo que jamás defraudará a su poseedor, es para darse cuenta de la verdad. Y quizá no sea evidente, pero ese acto es valioso en sí mismo y lleva en sí su premio, sin necesidad de reconocimientos ajenos. Da igual que se resuelva algo como que no.

Es el machete que va limpiando la maleza de la selva para dejar a la vista el camino. Y eso puede dar mucha alegría. A pesar de que el camino no lleve a ningún sitio más que a un pequeño calvero. El valor último no estriba en llegar al calvero, sino en haber limpiado la maleza. Lo que los budistas llaman maya y la tradición cristiana llama vanidad del mundo, la pura apariencia, la mentira y la falacia, el engaño y los oropeles con los que se viste. Los cantos de sirena, el veneno diluido en la copa de ambrosía. Basta con darse cuenta de eso. Con reconocer la mirada de quien se oculta bajo la máscara. Con no dejarse engañar. Con mantenerse firme en la posición, defendiéndola contra los enemigos que vengan.

Ese reconocimiento en la mirada, esos rayos equis en los ojos, esa luz. Eso es la inteligencia.

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Basado en hechos reales

… tal vez soñar

En la mayoría de las citas parecía ser el de siempre, rápido de mente y cercano con sus amigos y sus hijos. Pero también estaba más gordo y despeinado que de costumbre y a veces aparecía muy cansado, como si no hubiera dormido nada la noche anterior.

“Todo eran drogas y alcohol. Consumía cualquier cosa que me daban. Me gustaba todo”.

“Creía que ese capítulo había terminado”.

50 papelinas después, supimos que no.

Dormir…

El pasado mes de abril completó un tratamiento voluntario para superar su adicción a una sustancia que no fue especificada en un centro de rehabilitación. Ya con 19 años recibió tratamientos similares.

Dijo que, cuando tenía 19 años, era “adicto a cualquier cosa”.

Murió por una “aparentemente casual” sobredosis de heroína y alcohol.

Tal vez…

“No me quité el pijama durante siete meses”.

“Dejé el viejo equipaje atrás”.

Poco después: Ahogamiento accidental producto de sus problemas cardiacos y el abuso de la cocaína la misma noche de su muerte.

… olvidar.

416 miligramos de alcohol por 100 mililitros de sangre

sobredosis de metadona y vómitos

“Construyeron centros de rehabilitación por mí”.

fumar de 15 a 20 cigarros de marihuana por día

sobredosis de barbitúricos a los 47 años

“es como tener un arma cargada, en la boca y el dedo en el gatillo, sabes que en cualquier momento se va a disparar pero te gusta el sabor del metal del arma”

“Bebo todo el tiempo. Si estoy feliz, bebo. Si estoy triste, bebo. Si el día amanece soleado, bebo. Si amanece lluvioso, también”

“No prueben la cocaína, jóvenes. Yo lo hice durante muchos años”.

Dos décadas de drogas, fiesta y alcohol.

“No podía explicar cómo podía estar tan triste”. Y eso que había ganado un Emmy.

Dos botellas de vino cada noche.

… fue hallado inconsciente, boca abajo, a los pies de su cama. La autopsia reveló que la combinación de medicamentos para controlar el insomnio, la ansiedad, la depresión, el dolor y los resfriados fue mortal.

catorce medicamentos distintos fueron encontrados en su cuerpo, diez de ellos, en cantidades significativas.

Al entrar a la habitación, la encontraron muerta, tirada en el suelo a un lado de su cama. La causa oficial de su muerte fue una sobredosis de heroína, probablemente bajo los efectos del alcohol.

Me levantaba de la cama y me ponía a ver cricket por televisión a las 11 de la mañana mientras me bebía una botella de vino. Nunca fui un alcohólico, pero bebía casi todos los días. Es importante tener una motivación que te ayude a levantarte por la mañana. A día de hoy mi mánager me sigue diciendo: ‘Tienes que hacer algo’. Pero yo no siento la necesidad de hacer otro disco. Mi médico me decía: ‘Puedo hacer que dejes de beber, pero no puedo darte una razón para levantarte por las mañanas’. Dejé de beber hace 18 meses, pero aún están intentando que encuentre esa razón”.

* * *

El doctor canadiense Gabor Mate fue el primero en explicarme que los consumidores clínicos lo dejan sin más, a pesar de que se han estado drogando durante meses. La misma droga, utilizada durante el mismo período de tiempo, convierte a los usuarios de la calle en adictos desesperados, mientras que no afecta a los pacientes médicos.

Si sigues creyendo -como me pasaba a mí antes- que la adicción está provocada por sustancias químicas, esto te resultará incomprensible. Pero si crees la teoría de Bruce Alexander, el puzle empieza a cobrar sentido. Los adictos callejeros son como las ratas de la primera jaula, aislados, solos, con una sola vía de escape a su disposición. El paciente médico es como las ratas de la segunda jaula. Vuelve a casa a una vida rodeada por la gente que ama. La droga es lo mismo, pero el entorno es diferente.

Esto nos da una visión que va mucho más allá de la necesidad de entender a los adictos. El profesor Peter Cohen defiende que los seres humanos tienen una necesidad profunda de apego y de crear vínculos. Es así como obtenemos satisfacción. Si no podemos conectar con las personas, conectaremos con cualquier cosa que encontremos, el zumbido de una ruleta o el pinchazo de una jeringuilla. Afirma que deberíamos dejar de hablar sobre “adicción” en general para empezar a llamarlo “apego”. Un adicto a la heroína se ha adherido a ella porque no ha podido vincularse con otra cosa hasta ese punto.

Por tanto, lo opuesto a la adicción no es la sobriedad. Es la conexión humana.

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Hoy se me ha ocurrido: morirse es como salir de una estafa piramidal: tú cobras tu parte, y esa parte la ha puesto por ti otro. Luego, el pago para ese otro lo hará un tercero, y así todo. Es una estafa piramidal relativa, porque no hay estafa alguna: desde muy temprano sabemos ya que tenemos que apoquinar.

Morirse no es caro, lo caro lo tiene el que sigue vivo. Letras, deudas, bonos y obligaciones, y no precisamente del estado, sino de uno mismo. Todo para él. Los amigos y conocidos se pasarán por allí y habrá que agasajarlos con manjares comprados y pagados al contado. Todo lo demás ya es harina de otro costal, y no precisamente del que se usa para hacer bollos (sin grasas trans, que pueden acelerar la salida de la pirámide).

Alguien me contó una vez que un amigo de un amigo (ADUA) estaba en el ajo de una de esas sectas. Pero es diferente, porque las estafas al uso tienen un final, tienen que tenerlo tarde o temprano -quien tenga dudas, pregúntele a Madoff- y ésta, en cambio, no lo tiene nunca.

Ayer leí una noticia sobre un condenado a muerte en EEUU, por violación y asesinato, que expresó, como última voluntad, su deseo de donar sus órganos; a poder ser, a su hermana y a su madre, ambas en espera de riñón y corazón, pero a cualquier otra persona también le iba bien. La gente comentaba la noticia y la mayoría decían que, si se trataba de la vida propia o de un ser querido, aceptarían el órgano donado sin importarles su procedencia. Pero había quien argumentaba que, siendo los órganos los de un criminal confeso y convicto, debía informarse al receptor y darle la oportunidad de rechazar aquel órgano. Esto me hizo pensar una cosa: ¿se hará alguna vez un trasplante de cerebro? Doy por hecho que sí. Y, en tal caso, ¿no será necesariamente una de las incógnitas si parte de la personalidad del muerto pasa al vivo? Es decir, si el vivo se convierte, en parte, en quien era el donante cuando estaba vivo. Yo pienso que no, que eso nunca sucederá porque nosotros no somos nuestro cerebro, pero no me cabe duda de que, cuando el momento llegue, la cosa suscitará gran polémica (como casi todas las cosas del mundo, sean importantes o no, por otro lado; ¿no conocen una cosa llamada foros de Internet? ¿De uso anónimo, para más inri?) porque el ateísmo que dominará entonces hará que se haya extendido en la generalidad de la gente la creencia de que uno es creado por su cerebro y es lo que piensa, lo cual es un concepto tremendamente equivocado. El cerebro no puede producir nada con su masa física ni con las partes físicas y objetivas que lo componen. Las personas no somos un producto de la biología. El ser humano es la única máquina, la única entidad de la naturaleza y del mundo natural y creado que es capaz de producir algo de la nada, que no necesita energía para poder transformarla. Recuerden el cuento arquetípico de la gallina de los huevos de oro; concretamente, el momento en que madre e hijo despanzurran a la pobre gallina para descubrir el secreto de su aurífera producción. No consiguieron nada. La gallina era un conjunto de vísceras igual a cualquier otra gallina. Lo mismo que descifrar todo el genoma humano no sirve para saber quién es esa persona.

El ser humano es capaz de crear algo donde no había nada. Piensen en el amor, por ejemplo. Es el producto supremo de la vida, y es, y no por casualidad, el ejemplo más claro de creación a partir de la nada. No me digan que es cosa de las neuronas. Yo no soy un conjunto de huesos, sangre y neuronas, ni tampoco soy un bloque de piedra de una pirámide. No soy una gallina ni tampoco soy un amasijo de vísceras.

Por favor.

Aunque tampoco soy una “esa persona”. (Los tratamientos que convencionalmente son respetuosos pueden ser, estarán conmigo de acuerdo, la cosa más desdeñosa y desagradable del mundo).

Yo soy yo, y esto vale y es de aplicación para todo el mundo. Igual que todo el mundo tiene su opinión, todo el mundo tiene su yo. Y si todo lo que tiene nombre es, entonces no hay más que hablar.

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Suponiendo que mi hipótesis sea errónea de principio a fin

y no tenga ni base ni fundamento algunos, y así

seamos sólo unos ilusos irremediables abocados a buscar nuestro significado y sentido, sin encontrarlos,

eso nos deja a ti y a mí como meros tripulantes locos de un barquito en medio de un mar de sinsentidos, un mar sin sentido

alguno ni esperanza de tenerlo jamás.

Sopas de letras, tempestades a babor, vientos en proa,

y me veo con un balde achicando agua de vez en cuando, con una mano

mientras que con la otra te mantengo siempre, siempre, siempre a cubierto, mi grumete.

Y entonces, con una mano barreré la cubierta, y con la otra te estaré haciendo un gorrito de papel

para que, a pesar de nuestro destino desolador, mientras viajamos a él no pilles una insolación.

Si -sigamos con la suposición- nada de todo esto fuera finalmente verdad, entonces, al final,

nos quedaría siempre esto, y sólo esto:

tú y yo en ese barquito, tantas horas, tantos días;

las noches en vela con la luz en un rincón, las luciérnagas bailando contra los cristales de nuestra ventanita;

los días de un otoño confundido y de un verano entristecido, guarecidos bajo nuestro pequeño soportal.

Cerrar la puerta y olvidarnos de todo; cerrar la puerta y dilatar este segundo.

Mirar tus ojos y ver que comprendes, tocar tus manos y sentir el calor que antes era mío y ahora es para siempre tuyo.

Ni la nada más poderosa, con todo su supuesto poder, podrá hacer jamás que todo esto no haya existido;

ni el dios supremo de la nada más negra y absoluta podrá habernos quitado lo que aún seguimos viviendo.

Quod erat demonstrandum.

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