El cero encarnado

Si alguien está dispuesto, lo invito a hacer la prueba de mirar unos cuantos retratos de psicópatas asesinos -es fácil, son sujetos sobre los cuales se publican multitud de artículos y reportajes, y son además tristemente famosos- y estar atento a lo que siente tras haberlos mirado. En particular, sugiero mirar sus ojos. Sus circunstancias -época en la que vivieron, edad, raza, nacionalidad, víctimas que eligieron- quedan atenuadas o se invisibilizan ante un rasgo escalofriante que todos ellos tienen en común.

¿Qué sentimos cuando miramos los ojos de estos criminales? Nada. Un momento después, surge el rechazo ante esa nada, pero es porque el cerebro ya ha actuado, sintiendo horror ante esos sujetos. Pero la intuición ya ha emitido su veredicto. Y es que detrás de esos ojos no hay nada. O sería más exacto decir que no hay nadie.

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Los psicópatas asesinos son una prueba que Dios nos ha dado de la existencia del alma. Y lo son por imagen en negativo: los psicópatas asesinos no tienen alma.

Puede aducirse que sí tienen, y que es un alma malvada. Yo no opino así. El mal existe, pero lo que se da en llamar “maldad” es algo distinto de lo que desarrollan y causan estos personajes. El mal proviene del miedo o de la ignorancia, y los actos que cometen estos seres inanimados no provienen ni del miedo ni de la ignorancia, porque son seres incapaces de sentir ninguna de esas emociones, así como tampoco otra cualquiera. Hacen lo que hacen porque no tienen alma. Si la tuvieran, sentirían igual que sentimos los seres humanos, y ese hecho en exclusiva ya les impediría hacer lo que hacen y de la manera en que lo hacen, con frialdad, con ausencia total de sentimiento, de forma metódica, calculada, eficaz y operativa.

Hay quien argumenta que son lo que son porque de pequeños no los abrazaron y besaron lo bastante. Si me preguntan, eso no son más que excusas que nos ponemos como sociedad, porque nos da pánico no tener respuestas, nos da horror no tener siquiera la expectativa de una solución. Si el problema fuera la ausencia de cariño durante la infancia, algún día podríamos dar respuesta a ese problema y así frenar el goteo de personajes sin sentimientos capaces de amenazar la vida y la salud mental de los miembros de la sociedad. Sin embargo, no es así. Pues no en todos se da ese hecho, ni tampoco ese hecho produce siempre monstruos.

Y sin embargo, preferimos pensar que hay causantes de que existan esos seres y de que cometan atrocidades. Preferimos cargar con culpas imposibles de purgar -porque no tienen una base real- antes que enfrentarnos a la verdad de que no hay nada que podamos hacer para impedir que se produzcan más seres de ese tipo.

Como civilización, nos apoyamos demasiado en la lógica y demasiado poco en la intuición. Y no hace falta un largo recorrido. Sencillamente hace falta mirar los rostros de esos remedos de persona. Son incapaces de sentir nada más elevado del plano de lo mundano, de lo sensorial y de aquello que gira en torno a sí mismos. Son seres inhabitados, cáscaras vacías que simulan contener vida. Son robots orgánicos dotados de un programa destructor. Su mirada es heladora, y produce, en distinto grado, el mismo pasmo, el mismo frío interior que nos embarga la mirada de un maniquí de cera que imita en todas sus formas y aspectos al ser humano pero no es un ser humano. Al mirar a los asesinos psicópatas, nuestro ser más humano es instantáneamente consciente de que estamos contemplando una imitación, pero nuestra mente no lo reconoce.

Sentiríamos más emociones positivas o meramente humanas si abrazáramos un apestoso cadáver de pez sacado del cubo de la basura que si hiciéramos lo propio con uno de estos seres.

El excelente escritor Harry Mulisch expresa todo esto magníficamente en su recomendable novela “Siegfried”, en la cual viene a decir que Adolf Hitler -de sobra está decir que es el epítome perfecto de estos existentes– no era en tanto que persona; era un cero, era una nada con piernas, pero con la capacidad de infectar de nada todo aquello que tocaba o que caía bajo su influjo. En otras palabras: era un agujero negro, una no-persona con la capacidad de destruir todo a su paso. Como efectivamente fue.

Entonces, podemos preguntarnos por qué Dios permite que existan entre nosotros en libertad para ejercer sus bárbaras acciones sin explicación posible.

Seguramente sean preguntas sin respuesta, como tantas otras que se refieren a la acción divina. Serán preguntas a las cuales sólo podemos dar un amago de respuesta, hipotética cuando mejor, que siempre caerá en lo indebido.

Sin embargo, lo cierto es esto: que porque ellos existen podemos intuir la existencia del alma en todos nosotros, en la -por suerte- inmensa mayoría. Quizá la parte alícuota de espíritu que les falta a ellos ha ido a parar a otras personas. Quizá.

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